Al compás del Festival llega la danza

Toni Piñera • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

La danza es una sola. Viene de la mano del movimiento y el sentir del hombre. Transformada en arte es un diálogo con los Dioses, desde el mismo comienzo de su desandar por la Tierra. Todos hemos bailado alguna vez, porque el solo hecho de caminar, correr, girar intensamente, es convocar un sentimiento o deseo interno que emerge transformado en danza. Con los siglos alcanzó diversos apellidos, pero en definitiva todas desembocan en un mismo camino: el del hombre saliendo de sí mismo para dibujar en el espacio, un lenguaje silencioso, de gestos/expresión que todos podemos traducir porque es parte intrínseca de nuestro ser.

Valgan estas palabras de reflexión para expresar lo que alientan los Festivales Internacionales de Ballet de La Habana, desde su misma fundación en 1960: reunir la danza toda, en un foro donde baile como protagonista, más allá de tendencias, contemporaneidad y tradiciones.

El 24 Festival dejó grabada su primera imagen con la presencia de la Maestra, la bailarina que marcó una época y un tiempo signado por el movimiento en esta pequeña Isla del Caribe: Alicia Alonso, quien junto con los otros fundadores: Fernando y Alberto Alonso, sembraron juntos la semilla que no deja de germinar en el tiempo.

Imagen: La Jiribilla

Dedicado en esta oportunidad a celebrar los 450 años del nacimiento del dramaturgo y poeta inglés, William Shakespeare, apareció en la escena del teatro Karl Marx una pieza emblemática ya, de la ilustre bailarina y coreógrafa Alicia Alonso, para dejar inaugurada esta fiesta de un arte tan antiguo como el hombre: Shakespeare y sus máscaras o Romeo y Julieta.

Vale anotar que Alicia/coreógrafa le brinda a este eterno tema del amor entre Romeo y Julieta un tratamiento similar al que aplica en sus más reconocidas versiones de obras clásicas, estableciendo con su consabida estética, un equilibrio entre el empleo de la técnica clásica hasta los límites de la actualidad, y las necesidades del argumento. Todo movimiento en sus piezas está subordinado al carácter de los personajes y a la correspondiente situación. Y se observa un predominio de la danza sobre la pantomima. Amén que un detalle interesante es que el personaje de Shakespeare aquí ofrece también al espectador una cierta perspectiva de distanciamiento, pues el teatro es la vida contada por un vendedor de máscaras. De la mano de Anette Delgado/Dani Hernández en los protagónicos, secundados por solistas y cuerpo de baile, comenzaba con notas altas el encuentro. La suerte estaba echada.

Mirada retrospectiva

De nuevo La Habana fue plaza fuerte del arte danzario, sumando emociones. Acaban de cerrarse las cortinas del 24. Festival y aún están efervescentes, los instantes vividos en estos días. Durante 11 intensas jornadas se reunieron en la Isla caribeña bailarines, críticos, coreógrafos, maîtres, empresarios, diseñadores, directores, profesores de varios continentes, incluyendo compañías de Suiza, EE.UU.-Suecia, Argentina, Francia, y Cuba con sus disímiles maneras de hacer.

Una rápida mirada saca a flote el éxito de este encuentro. En primer lugar, en cada Festival —se confirma con creces— que en Cuba  el ballet no es un arte de minorías, como sucede en casi todo el mundo. Cuatro teatros capitalinos: el Nacional (con sus dos salas: Avellaneda y Covarrubias), el Mella y el Karl Marx, fueron insuficientes para dar cabida a los amantes de la danza que en miles invadieron las instituciones estos días.

Las brisas del evento acercan, cada dos años, a importantes agrupaciones y solistas de las más variadas tendencias, que con su quehacer danzario matizan de un singular colorido la escena cubana. Esta 24ta. edición no fue una excepción. Clásicos, modernos, contemporáneos, vanguardias, deambularon por las tablas con esa carga de energía que nos conmueve, porque los coreógrafos son como artífices del fuego que con sus luminosidades llegan a lo más profundo de nuestros sentimientos para hacernos pensar/soñar/imaginar.

Estimulante presencia del Ballet Hispánico de Nueva York

El Ballet Hispánico de Nueva York “ancló” en La Habana con un halo de frescura, vitalidad extrema, un saber mezclar los diversos ritmos/danzas con una organicidad ilimitada, en perfecto diálogo de banda sonora/movimientos. Refrescante entrega, que además, goza de un envidiable sentido de la dinámica contemporánea —sin olvidar las tradiciones del apellido que llevan—, en los planos de la expresión corporal, la sonoridad y la provocación plástica.

Imagen: La Jiribilla

El teatro Mella, durante dos jornadas, ovacionó cada obra presentada por esta original agrupación danzaría estadounidense –radicada en Manhattan– y fundada en 1970 por la bailarina venezolana—norteamericana, Tina Ramírez, y en la que refleja, en un primer plano, la experiencia de los hispanos y latinoamericanos. Cuatro piezas seleccionadas —de distinto corte y filiación escénica— sedujeron al espectador cubano. La bienvenida llegó con: Asuka, del coreógrafo Eduardo Vilaro (en colaboración con los artistas de la compañía), y banda sonora debida a JesseFelluss/Eduardo Vilaro, donde recrea la música de Celia Cruz y muchos otros sonidos relacionados con Cuba. 

Ágil rítmicamente, este trabajo desborda de colorido, no solo visual, si no de movimientos/ideas, y resulta una amalgama artística —que es común apreciar en el conglomerado de obras del grupo— en la que emergen diferentes técnicas de bailes populares, danza, ballet clásico que arman sus faenas escénicas. En ellas, hay también algo de gesto social, desmesura en el manejo de ideas, y, sobre todo, pleno dominio del cuerpo para expresar sensaciones, emociones y acciones.

Instante original de la tarde lo constituyó, sin dudas, Sombrerísimo, de la coreógrafa Annabelle López Ochoa (de ella conocemos en el BNC Celeste), en el que dibujando y rastreando nuestra identidad encontró, para personalizar su obra, el surrealista universo del célebre pintor belga René Magritte, y en particular los perennes sombreros de hongo de sus figuras. Multiplicándolo en la escena por seis bailarines, todos los movimientos, gestos y acciones tienen como protagonista el sombrero que “baila”, se agita de mano en mano, robando espacios. En ella, la creadora explora  preocupaciones conceptuales y estéticas, acariciando aspectos lúdicos, y hace más de una vez un guiño cómplice al espectador, involucrándolo en el juego, y compulsándolo a ovacionar el original trabajo. En Sortijas, de Cayetano Soto, los excelentes bailarines Lauren Alzamora/Jamal Rashann Callender  escenificaron un dúo subyugante y pleno de misterio; mientras que al final fue la apoteosis danzaría con El beso, del español Gustavo Ramírez Sansano, quien con esta obra debuta con esta agrupación, y que resulta un original acercamiento a los diferentes matices del beso, que tiene como apoyatura musical obras de la zarzuela española y un magnífico vestuario firmado por el célebre diseñador de modas  Ángel Sánchez (Venezuela). Todo en esta compañía queda en casa, si de Hispanoamérica hablamos.

Eficaz teatralidad de Pontus Lidberg Dance

Un toque de especial colorido, en cuanto a diseño coreográfico se refiere, acercó la compañía Pontus Lidberg Dance (EE.UU.-Suecia). Dirigida por el coreógrafo, director de cine y afamado bailarín sueco Pontus Lidberg pasó, con mucho éxito de  crítica y público, por la sala Covarrubias del teatro Nacional (Plaza de la Revolución) con cuatro piezas: Faune, Within labyrinth within, This was written on water y Tactile en las que emergió esa síntesis magistral de ideas coreográficas que lo acompañan, sorprendiendo por los significados de su mensajes. Todo ello quedó expresado en una ininterrumpida secuencia de eficaz teatralidad, coherencia coreográfica, organicidad plástica, sentido del espacio y evocación de muchas artes.

Imagen: La Jiribilla

Con estas piezas, plenas de proposiciones artísticas, el auditorio quedó atrapado en las redes artísticas lanzadas por el creador, evidenciando una manera particular de enfrentar el movimiento y traducirlo al arte, en el que esboza un saber plantear ideas mediante el cuerpo, con la formulación de las dinámicas y los fraseos pertinentes para sacudir al auditorio, llevándolo a sentir con el pensamiento también. Explota el sentido dramático de los movimientos y gestos que siembra en los bailarines donde se confirma una preparación física extrema que los nutre. A ello podemos agregar las combinaciones sonoras de obras de Debussy, David Lang, Stefan Levin y Philip Glass que aportan el esqueleto para el convincente andar de las piezas que llegan escoltadas por el peculiar empuje y vena creativa de su singular autor.

Los clásicos

Algo que ha llamado siempre la atención de especialistas y conocedores de este arte reunidos en torno al encuentro, es la posibilidad de alcanzar, en pocos días, variados clásicos que han dejado huellas a través de los siglos en el ballet. Y, sobre todo, la manera en que Alicia y los miembros del BNC los desempolvan en el tiempo con un carisma/personalidad especial. El Lago de los cisnes, Giselle,La bella durmiente, se acomodaron en los programas de manera protagónica, además, que parte de otros llegaron combinados en ese éxito internacional que es La magia de la danza donde convergen los títulos cimeros del arte de las puntas. Una posibilidad única del Festival para el deleite de todos.

Con un hálito singular apareció El lago de los cisnes, en el Karl Marx. El primero de ellos, liderado por una figura extrema de la danza nuestra, un nombre que ya ha hecho historia también por el mundo: Viengsay Valdés, quien bailó acompañada por el ucraniano Iván Putrov.

La memorable jornada abrió espacio para disfrutar una función plena de colorido, en la que la primera bailarina dejó plasmado en la memoria, los signos de una madurez, rayana en la perfección al enfrentar el doble papel de Odette/Odile. Su compañero, Putrov, otrora solista del Royal Ballet de Londres con el que llegó aquí durante el 22 Festival, no pudo estar a la altura de la cubana, pues no colmó las expectativas sembradas en el público, dada su calidad y currículo artístico. Más allá de un porte/interpretación clásica, poco exhibió del resto, a no ser sus notables saltos. Aunque a decir verdad trató de hacer un esfuerzo inmenso para acompañar a Viengsay en toda su dimensión artística.

Desde el mismo momento en que pisó el escenario, la bailarina mostró un personaje bordado hasta el último detalle, siendo característica fundamental el trabajo de brazos (“port de bras”) que marcó toda la función. Mesurada, inteligente, con una sensibilidad siempre a flor de piel paseó su actuación. Hermosos arabesques, balances, giros precisos... Ella junto con los profesores/ensayadores creó un personaje bastante completo, pero sobre todo, con tremenda vitalidad. Ese es otro detalle del clasicismo, la sensación de que quedan fuerzas en reserva y que, como dicen los ingleses: “no todo lo bueno está en el escaparate del establecimiento". En su Odette no hubo disonancias. Su técnica, cercana en la perfección, fue medio y no fin. Ahí demostró la coherencia de su desarrollo artístico, y tejió, a manera de una filigrana,  hasta el último detalle el cisne blanco. Su Odile fue de alto calibre, guardando para la coda buenas cartas, en especial el giro quíntuple al comienzo de la serie de fouettés combinados, los piqués, y el desplazamiento a lo ancho del escenario en arabesquesauté (la conocida vaquita), que levantó al auditorio de sus butacas. Una noche en que destacó, con su peculiar manera de enfrentar ese papel, Serafín Castro (bufón), esos cuatros cisnes ¡perfectos! (Amanda Fuentes, Mercedes Piedra, Massiel Alonso y Mayrel Martínez), Aymaro Vassallo e Ivis Díaz en un trabajo muy sincronizado en los dos cisnes, el toque de distinción de la reina madre (Carolina García), la personalidad que aporta Alfredo Ibáñez al Von Rothbart y el baile de Grettel Morejón/Camilo Ramos en la danza española. Por supuesto, otro aplauso sonoro a ese cuerpo de baile que no ha descansado en este Festival, y a la buena labor ofrecida nuevamente por la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la batuta del maestro Giovanni Duarte. Todos se unieron en una noche feliz.

En otras funciones los primeros bailarines cubanos Joel Carreño/Yolanda Correa ahora trabajando en el Ballet de Noruega escenificaron otro instante de alto vuelo en la interpretación de los roles protagónicos de este clásico, así como Amaya Rodríguez y Sadaise Arencibia quienes compartieron el tercer Lagode la corta temporada, en los papeles de Odile/Odette, respectivamente.

Estrenos, pas de deux, acción…

Las salas Covarrubias del Teatro Nacional y el teatro Mella, en el corazón del Vedado, abrieron anchas sus puertas a decenas de bailarines llegados desde disímiles compañías de renombre internacional que matizaron jornadas donde el lirismo, la fuerza, el ritmo y la acción se entrelazaron en pas de deux y obras que motivaron la sensibilidad del público. Demostraron que toda la danza (lo moderno y contemporáneo, vanguardia, folclor, hispano, latinoamericano…) tiene cabida en estos foros que deslumbran por el movimiento.

El termómetro artístico del teatro Mella subió muchos grados, a pesar de las bajas temperaturas de estos días de noviembre, cuando apareció en la escena Irene Rodríguez y su compañía con el estreno de Aldabal. Con esa pasión/ánimo que acompaña al grupo liderado por una personalidad soberbia sobre las tablas que infunde de energía a la agrupación, llegó con esta nueva creación de escasos diez minutos donde la poesía se transforma en baile puro. Siete puertas como escenografía para siete excelentes bailarines, una música (fusión de ritmos flamencos y nuestros), esas luces que descubren siluetas y traspasan fronteras visuales, y un decir escénico de alto calibre fueron suficientes para triunfar nuevamente. Con una técnica precisa bailan lo español, en una pieza donde las castañuelas (excelente trabajo sonoro) son protagonistas, porque con ellas se alcanza la meta de llegar a estremecer la puerta (vida) con esa aldaba que, como metáfora lírica, abre caminos y nos enseña el largo camino de la vida.

En uno de los programas más balanceados del encuentro, la pareja integrada por Alicia Amatriain/Alexander Jones (Ballet de Stuttgart) mantuvo los grados bien altos cuando interpretaron la coreografía Mono Lisa, de Itzik Galili. Al compás de una música mecánica, sus cuerpos (dúctiles al máximo) se amoldaron a la perfección con sus movimientos para seducir al auditorio que coronó con fuertes ovaciones una entrega diferente y actual. De un extremo a otro corrieron las obras. La nota de lirismo la regalaron el cubano Javier Torres (Northern Ballet) y Carolina Agüero (Ballet de Hamburgo) cuando se unieron en la sutil pieza Otelo, de John Neumeier. Con un vocabulario expresivo de alto nivel: imaginación, y creatividad en un lenguaje que echa manos de los gestos más simples y de las más elaboradas actitudes, el autor todo lo toca con la interiorización de un mensaje estético traducido por intérpretes idóneos. Es danza, teatro sin palabras, expresión corporal puestos al servicio de ideas rectoras. Grettel Morejón nuevamente deliciosa y el ágil Rodrigo Almarales (Ballet de Cincinatti) unieron fuerzas y buen baile para dejar al público deseoso de prolongar los breves instantes de su paso por la escena en el pas de deux Las llamas de París con los que conquistaron al público. Por esta cuerda paseó también el muy joven dúo del Ballet Nacional de China: QiuYunting/WoSicong en El corsario, en el que se desenvolvieron con soltura, siendo ella superior en técnica al componente masculino. El relato, una interesante pieza de la bailarina Regina Hernández que dejó gratas huellas en el reciente Taller coreográfico del BNC y donde expone sus venas creativas, causó  agradable estela en la jornada: así como Sinergia, de Luis Serrano por el BNC, pieza de estreno en Cuba, en cuyo planteamiento coreográfico, lo clásico y lo contemporáneo tratan de establecer un armónico diálogo, que se alcanza en el quinto movimiento con la fusión de ambos. La vitalidad de la música (excelente banda sonora firmada por David Beal, David Beacon y Lindsay Jehan, Claude Challe y Greg Ellis/Van) realzan las cinco escenas, aunque en ciertos instantes, y dada la premura de los montajes/ensayos se observaron ciertas fisuras en el desenvolvimiento de algunos intérpretes.

Recordando a Iván Tenorio

Hubo también espacios para homenajear y recordar. De uno de los más grandes coreógrafos cubanos: Iván Tenorio (Premio Nacional de Danza, 2007), quien acaba de fallecer en pleno Festival; el maestro que legó obras altas donde se regodeaba en la estrecha relación entre danza/teatro, como esa tragedia lorquiana que exhala intensidad escénica: La casa de Bernarda Alba,o en la que apostó por el diálogo fascinante entre la tradición clásica y los ritmos afrocubanos: Rítmicas, así como Estudios para cuatro, Cantata (su pieza cumbre ,entre muchas otras); aparecieron esa noche escenas de su Hamlet. Un trabajo sobre el clásico shakesperiano que, dentro de una traslación bastante literal de la obra, resulta un espectáculo que logra eficacia comunicativa a partir del uso de términos no convencionales del llamado ballet moderno. En esta ocasión fue recibido con la carga de profesionalismo que lo anima y el aprovechamiento de las dotes técnico-interpretativas de las figuras utilizadas, en primer lugar, Javier Torres quien pleno de recursos permeó, con su sensibilidad histriónica, el personaje de Hamlet, así como Anette Delgado (Ofelia) y Camilo Ramos (Laertes). Un grato instante que recordó a un creador esencial cubano que seguirá viviendo en su obra desde nuestros escenarios.

Imagen: La Jiribilla

Dialogando con Hamlet, en otra noche del Festival emergió en la sala Avellaneda Las sílfides. El sólido aporte de Mijail Fokin a la danza constituyó un buen momento para reconocer la calidad del BNC en  esta joya de pureza neorromántica, que cuenta con montaje sobre la versión original (1908) de nuestra Alicia Alonso. La obra vibró esa noche en primer lugar por una Yanela Piñera segura y plena en el difícil estilo fokiniano, tanto en el Nocturno como en la Mazurca  y pas de deux (aunque debe hacer hincapié en el trabajo de los brazos para lograr la perfección con su técnica envidiable), no obstante marcó el paso para que todo marchara a la perfección; a su lado, Ernesto Álvarez asumió El Poeta con lirismo/elegancia, así como Ivis Díaz (hermosa en el Preludio), y Lissi Báez que con su clásico quehacer insufló de belleza estética y perfección al espectáculo, que el cuerpo de baile terminó de bordar. La noche puso punto final con Dido abandonada, donde brilló particularmente una Sadaise Arencibia, radiante que conquistó el auditorio con su presencia en la reina de Cártago, excelentemente secundada por Arián Molina y Alejandro Silva, en Eneas y Jarba, rey moro, respectivamente.

Hubo otros momentos cumbres en el encuentro, pero atrapar en escasas líneas lo acontecido en 11 días multiplicados por la danza en disímiles escenarios, instituciones, donde entraban y salían decenas de creaciones coreográficas, clases magistrales, talleres, exposiciones de artes plásticas, conferencias… es tarea harto difícil. Mucho más cuando se habla de figuras de calibre universal, que llegan aquí atraídas por ese imán potente que es el Festival Internacional de Ballet de La Habana.

Sería injusto si no se hiciera una mención y en mayúsculas  a ese cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba que, sin descanso, dividiéndose en partes, y siempre con el ánimo de dar lo mejor al público vistió los clásicos, estrenos, llenó diversos pas de deux y múltiples obras en las cuatro salas. ¡Qué poder de concentración, qué esfuerzo y nivel de esos jóvenes que lo mismo enfrentan lo contemporáneo, clásico y lo más tradicional, con lo romántico! Una ovación sonora para ellos que anónimamente mueven el espectáculo y le regalan el brillo necesario.

Imagen: La Jiribilla

¡Hay tanto por decir y comentar! Pero dejemos que dos grandes de nuestra escena: Orlando Salgado/Marta García, un binomio inolvidable que tantas alegrías nos entregó desde las tablas, quienes han visto y vivido tanto la danza en carne propia, cierren este artículo con sus certeras palabras:

¿El Festival? La pregunta se hace eco en ellos, quienes coinciden en destacar: “Es una fiesta en plural. Para el público que puede alcanzar lo que se hace en diferentes países, además de recibir conocimiento/arte. Para los bailarines, críticos, profesores, coreógrafos, quienes absorben tantas experiencias unidas. Pero más allá del valor cultural de estos encuentros, tiene otra arista que es una delicia tremenda: el poder dialogar, disfrutar con los amigos conocidos en tantos lugares del mundo, maîtres, coreógrafos y, sobre todo, esos bailarines con los que compartimos alguna vez el escenario. Es un espacio mágico de amistad”.

Es así, Cuba destaca en el mundo por su símbolo de amistad/solidaridad que enarbola  como un faro que alumbra a todos. La danza no podía ser menos aquí. Ella y el Festival marcan con su ritmo, un tiempo, que desborda de amigos en esta fecha cada dos años. Están en la escena, en los teatros, en la calle. La Habana es danza también multiplicada, y las palabras se permean con esa cadencia para hablar de un encuentro que cada día es más joven, a pesar de sus 54 años bailando.

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