Tres títulos y una misma voluntad

Cira Romero • La Habana, Cuba

A comienzos de la década de 1910, cuando la poesía cubana transitaba por una etapa poco feliz de realizaciones artísticas y en La Habana, metrópoli cultural por excelencia, apenas se publicaban libros de valor literario y las revistas recibían colaboraciones lastradas por un epigonal modernismo, comenzó a surgir en la entonces capital de la provincia de Oriente, Santiago de Cuba, un foco cultural renovador que intentó y logró remover, aun a espaldas de los cultores habaneros, el estado de crisis en que se encontraba ese género.

Estas nuevas voces comenzaron a nuclearse en tertulias, como la muy famosa llamada El Palo Hueco, constituida en la casa de la calle Calvario donde residía el escritor dominicano Sócrates Nolasco,en revistas literarias y en las redacciones de los periódicos más importantes que aparecían en dicha ciudad, como El Cubano Libre. Era un grupo integrado por José Manuel Poveda, su figura principal, Ángel Alberto Giraudy, Fernando Torralva, Juan Jerez Villarreal, Enrique Gay Calbó, RecaredoRépide y Héctor Poveda, entre otros, que se reunían para comentar las obras de autores franceses como Jean Lorrain, Verlaine o el uruguayo Julio Herrera y Reissig.

Fue en El Cubano Libre, en un trabajo titulado “Crónica crítica”, aparecido el 4 de agosto de 1912, donde Poveda formuló uno de los ataques más fulminantes y llenos de ironía al analizar la situación cubana. En su repaso apuntaba:

Nuestro público no sabe nada de literatura. Él no tiene la culpa, pero así es. Fuimos una factoría durante varios siglos. Vinieron de lejos los expoliadores, los arruinados y los bandidos, y extrajeron todo el oro de las tierras, las aguas y las almas. Fue ignorado, durante cuatro siglos, todo lo que no era caña, tabaco, látigo y capitanes generales. Llegaron las épocas rebeldes, y la colonia no pudo pensar sino en el machete, los cañones de madera y el cadalso. Por último, arribaron los bárbaros. Trajeron el “espíritu práctico”, esa cosa odiosa de que hoy habla todo el mundo. Ignorarlo todo en inglés y en castellano fue una suprema distinción. Y así, gracias a nuestra educación anterior y a nuestro actual amor al yanqui, lejos de ser mejores cada día, somos peores cada vez.

Pero puntualizaba:

Un renacimiento no es imposible. Hay una juventud fuerte y valiosa que lo cree posible. Esa juventud, cuyos nombres conocemos aun apenas, proclama que el medio de llegar hasta él es la educación literaria; difundir la cultura artística, defender sueños e ideales, propagar quimeras, encender fogatas sobre la muchedumbre: dejar de ser sordo músculo de "football” para ser espíritu.

Y en otra crónica, del 25 de agosto, Poveda exteriorizaba sus afanes renovadores, pero sin fijar postulados estéticos, ni generales ni individuales, sino para mostrar las inquietudes que comenzaban a aflorar. Dice el  autor de Versos precursores:

Las figuras principales de la juventud intelectual de Cuba se preparan a luchar con empuje en una nueva era literaria que ya se inicia. Es preciso un renacimiento en las artes en nuestro país, y el renacimiento vendrá. Se trata, no de improvisar artistas y comenzar a crear arte nuevo porque es preciso crearlo, sino de dar a conocer talentos que ya han probado su fuerza, altas labores ya realizadas, poner cátedras de crítica moderna, multiplicar las tribunas desde las cuales se diserte sobre los problemas de la estética contemporánea. Es este un gran sueño, una hermosa quimera hacia la que marcha nuestra juventud, insegura de vencer, pero segura de que no vacilará en la porfía […] Solo le falta a esa juventud conquistar un público (un público, no el público; distingamos. Y lo tendrá, sin duda. El principal obstáculo con que luchan los jóvenes, en esta clase de lucha, son los viejos. Resultan un escollo esos viejos prestigiosos, glorias del ayer, que retardan su partida, y quieren perpetuar su ayer.

Tres importantes revistas, a pesar de su breve duración, fueron portavoces de este nuevo sentir literario, que Poveda y Regino E. Boti, sus dos poetas proa, siguieron llamando modernismo y que las historias literarias llaman postmodernismo, sin duda, antesala de lo que sería nuestra débil vanguardia en ese terreno, tan rico, sin embargo, en las artes plásticas y la música. Esas publicaciones fueron Oriente Literario (1910-1913), Arte y Bohemia (1911) y Oriente y Bohemia(1912), íntimamente vinculadas y, posteriormente, dos de ellas fusionadas.

Oriente Literario apareció como “Revista semanal ilustrada” a comienzos del año 1910. Era dirigida por Pascasio Díaz del Gallego, cargo que pasó a Fernando Torralva, fallecido en 1913. Enrique Gay Calbó, quien se destacaría como periodista y ensayista, al trasladarse a La Habana fue su jefe de redacción. Los mencionados integrantes de la tertulia El Palo Hueco, más otros escritores como Dulce María Borrero y Federico Uhrbach, colaboraron en sus páginas. En enero de 1912 se fusionó con Arte y Bohemia, que venía publicándose desde finales de 1911 y estaba dedicada por entero a la literatura, con colaboraciones de Boti, Manuel Serafín Pichardo y otros. Fue entonces que surgió Oriente y Bohemia, dirigida por Ángel Clarens. Se publicaron cuentos, poesías, prosa poética, trabajos de historia, notas sobre teatro y deportes y algunas  sociales. Los colaboradores fueron algunos de los nombres antes citados, más Mariblanca Sabas Alomá y Guillermo Montagú. Existen evidencias que apenas unos números después de aparecer con este último título retomaron el de Oriente Literario, según se puede constatar en el epistolario que cruzaron José Manuel Poveda y Regino E. Boti.

Repasar Oriente Literario, Arte y Bohemia y Oriente y Bohemia permite tener a la mano una confirmación, al menos en lo que respecta a las composiciones que se incluyeron de los dos últimos autores citados, de que, en efecto, en el oriente del país se estaba produciendo un cambio de signo estético cuyos más preciados valores descansaban en las poesías de ambos. Un poema de Poveda como “Sopla ya la brisa incierta”, dedicado a su amigo Sócrates Nolasco, ofrece una idea de cuál era el tipo de poesía que iba a revolucionar, por entonces a la lírica cubana.

Sopla la brisa incierta,
llega ya la sombra vana.
Corre, hermano, los cerrojos de tu puerta,
cierra, hermano, tu ventanal!
Ya la brisa del recuerdo está despierta,
ya, por sobre la sabana,
viene en ronda su callada sombra muerta;
vagabunda cortesana
de nenúfares cubierta,
destronada soberana
que a los tristes hace oferta
de sus senos y sus labios, con arcana
sed de almas… ¡y ay de ti, mortal, si acierta
la nefasta sombra vana,
la errabunda sombra yerta,
a asomarse a tu ventana
o a franquear tu puerta abierta!

Mientras, Boti, en el prólogo a su poemario Arabescos mentales (1913) expresaba:

por falsa, he huido de cierta poesía cerebral, de ciertas baratijas retóricas (no importa que parezcan nacidas del alma), de muchos poetas (es impropio el nominativo) que se sientan a su mesa a escribir con la frialdad matemática con que un ingeniero calcula la resistencia de una cuerda. Esos poetas en frío no se pueden presentar en público sin que se les conozca el artificio. Yo los desprecio. Por ese lado soy un verdadero impulsionista: mis versos son jirones de mi yo que he ido poniendo en la ruta de mi vida, ya cuando la impresión me la ha impartido una obra artística (lienzo, pentagrama, mármol); ya cuando me ha llegado de la Naturaleza (mujer, mar, bosque, noche, montaña, playa) […] el poeta tiene que mirar hacia fuera y hacia adentro. El contraste lo hace más perfecto y más fecundo.

Ambos modos de expresarse indican que algo nuevo estaba surgiendo en la provincia de Oriente, en su capital. Jóvenes poetas —lamentablemente solo Boti y Poveda alcanzaron resonancia más allá de esa frontera— transitaban por nuevas hechuras líricas que reclamarían atención en un futuro cercano. Dieron señales inequívocas de que la penuria poética que se padecía comenzaba a ceder su lugar para novedades que recuperarían la dignidad poética perdida.

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