¿Cómo era La Habana del siglo XVI?

David López Ximeno • La Habana, Cuba
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A propósito del 495 aniversario de la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana.

El primitivo pavimento de piedra de cantería que hoy se muestra a flor de piel en la intercepción que conforma la calle Obispo con la de los Oficios, en la Plaza de Armas, no es más que la huella indeleble de tiempos pasados. Es la piel insepulta de otra ciudad que respiró y sobrevivió a los constantes asedios llegados del mar tras el estruendo del cañón, el olor a pólvora y la bota enemiga. Bajo los adoquines de la primera de nuestras plazas, que ahora colman los libreros con sus tarimas repletas de libros antiguos y raros ―objetos que desatan la curiosidad―, yacen historias, cuya porción más visible son estas rocas, que se extienden silenciosas hasta las faldas del Castillo de la Real Fuerza. Es el cuerpo de una Habana desconocida, enigmática. La ciudad del siglo XVI. ¿Cómo era? Si entrenamos la pupila, observaremos la silueta de aquella ciudad que solo en apariencias, suponemos ya perdida. Poco a poco surgirán sus primeros vestigios algo transformados pero de cuerpo presente. Eso indica que La Habana no muere pues no abandona su pedregoso lecho. Y está aquí para todos. Para destacar su importancia como ciudad capital y perla de las Antillas, nuestro Emilio Roig de Leuchsenring expresó: "Durante casi toda la época colonial, la historia de Cuba puede decirse que es la historia de La Habana. Cuando en 1762 los ingleses se deciden a arrebatarle a España ésta, su más importante posesión antillana, les basta tomar La Habana, y no se preocupan del resto de la isla, porque Cuba era La Habana."[1]

Imagen: La Jiribilla

Desde hace casi cinco siglos un misterioso palio oculta el sitio donde por primera vez vio la luz nuestra ciudad. Cuentan que ocurrió su fundación el 5 de julio del ya lejano año de 1515 en la costa sur del cacicazgo indígena denominado Abana. Aunque sin prueba alguna, pues no llegaron a nuestros días las actas fundacionales del Cabildo, los historiadores refieren que el primitivo sitio, sin duda, puede ser ubicado en algún lugar de la costa sur. A falta de datos fidedignos se estima que el hecho ocurrió en parajes cercanos al actual pueblo de Güines, o en la desembocadura del río Mayabeque. Otros comparten el criterio de que el asentamiento primigenio se ubicó más al oeste quizá cerca de Batabanó. Se supone que los rigores del clima tropical, así como las características de una costa baja, por entonces poblada de manglares y mosquitos, provocaron epidemias e insalubridad al pequeño poblado, y con ellas, la muerte de muchos de sus avecindados. Otra de las causas que pudo haber influido en su despoblamiento fueros las sucesivas expediciones organizadas hacia el norte de la isla y rumbo al continente. Se destaca que todavía en 1519 quedaba en el lugar un reducido número de habitantes. Auque ya en ese mismo año la villa había sido trasladada a la costa norte, teniendo como primera ubicación la margen derecha del río Casiguaguas o de la Chorrera, hoy Almendares. En 1508 Sebastián de Ocampo, natural de Galicia, zarpó del puerto de Santo Domingo con dos navíos bajo su mando. Bordeaba la costa norte de Cuba cuando una tempestad lo hizo buscar refugio en la tierra desconocida, dándole cobijo una hermosa bahía, que él bautizó con el nombre de Puerto Carenas, lugar donde más tarde encontró definitivo asiento la Villa de San Cristóbal de La Habana.

Durante todo el siglo XVI se perfiló la imagen de la nueva ciudad, favorecida por las excepcionales condiciones naturales de su bahía y puerto. Además la posición estratégica que para la protección de las flotas de Su Majestad, que retornaban de las Indias cargada de valiosa mercadería, ofrecían La Habana y la Isla de Cuba, posibilitó en muy poco tiempo que la corona española designara a La Habana como escala obligatoria de sus naos. Después de esta decisión comenzó el declive comercial de los puertos antillanos de Santo Domingo y Santiago de Cuba, donde los barcos de Su Majestad tenían por costumbre hacer escala.

Imagen: La Jiribilla

La estancia obligada de las flotas además del consabido desarrollo económico, también trajo a la ciudad un constante flujo y reflujo de personas de toda índole, entre las que se encontraban emigrantes y aventureros, misioneros, militares fugados de sus guarniciones, oficiales de la corona, ex piratas, ladrones, estafadores y nobles arruinados que venían a probar fortuna en las tierras del Nuevo Mundo. Sobre este aspecto, comenta Joaquín E. Weiss que “…la población fluctuante era de la peor calaña. A pesar de ser La Habana «escala de todas las Indias» y de tener ya a mediados del siglo XVI un tráfico fabuloso, el gobernador Mazariegos expresa (1562) que era «un pueblo de pocos vecinos y pobres». Por su parte el obispo decía por la misma época que el paso de las flotas y armadas traía a La Habana «muchas gentes de diversas naciones» que corrompían las buenas costumbres. En efecto, las flotas que se reunían en el puerto de habanero cargadas de riquezas con destino a la metrópoli volcaban en la villa, en determinadas ocasiones, miles de personas, que permanecían allí «muchas semanas y a veces muchos meses».[2]

El intenso tráfico comercial y la fundación de astilleros dedicados a la construcción de barcos, demandó el desarrollo de otras actividades económicas como la tala de bosques para obtener madera. Se fomentó la hospedería y la ganadería, que además de brindar alimento a los pobladores de la villa, abastecía de carne salada a las flotas en su paso hacia la península. Fue tal la preeminencia del asentamiento, que antes de finalizar el siglo, en el año 1592, La Habana ya tenía el título de ciudad.

Los primeros pobladores de Puerto Carenas se establecieron en la zona del litoral donde confluyen el canal y la bahía. Con posterioridad el primitivo trazado urbano comenzó a gestarse a partir del enclave que ocupó la primera Plaza de Armas, lugar donde la tradición destaca que se levantaba la frondosa ceiba bajo la que se celebraron el primer cabildo y la primera misa. Así la ciudad creció en dirección hacia los terrenos de lo que hoy conocemos como la Plaza de San Francisco de Asís.  El poblado se levantó con bohíos construidos con tabla de palma y techumbre de guano, perfectamente alineados, con su fachada principal mirando hacia el litoral de la bahía. Después se conformó el trazado paralelo de las calles de los Oficios y de los Mercaderes, denominadas así por la ocupación de sus avecindados. Otro eje urbano de vital importancia se inició en el callejón del basurero, con posterioridad calle del Teniente Rey. Hacia los terrenos del norte, después de la fortaleza Vieja, hoy Castillo de la Real Fuerza, y en dirección a La Punta, se expandió también el caserío. El poblado quedaba separado de su célula urbana inicial por una franja cenagosa en la que fue necesario construir un puente de madera que facilitara el tránsito de personas. De esta forma quedó esbozada la faz de la ciudad, caracterizada por la angostura de sus calles.  

Imagen: La Jiribilla

En el siglo XVI también vieron la luz dos de las principales plazas del casco histórico habanero, me refiero a la Plaza de Armas y a la Plaza Nueva, hoy Plaza Vieja. Resulta evidente que por entonces dichos espacios públicos no tenían la fisonomía que lucen hoy, aunque sus funciones quedaron muy bien definidas desde el momento en que fueron trazadas. Sobre la formación de la Plaza de Armas, Emilio Roig de Leuchsenring nos refiere: “Dos acuerdos tomados por el Cabildo el 25 de febrero y 3 de marzo de 1559 nos permiten localizar el emplazamiento de esta primitiva plaza en el lugar que hoy ocupa el castillo de La Fuerza”.[3] Respecto a la Plaza Nueva, su formación se comenzó a gestionar a partir del año 1584 porque los moradores de la villa se quejaban de no contar con un espacio público definido, pues el que tenían fue desecho por Diego Fernández de Quiñónez, alcaide de La Fuerza, para ser emplearlo con fines militares. Otros baluartes de La Habana de la época lo conforman los castillos de La Real Fuerza, el de los Tres Reyes Magos del Morro y el de San Salvador de La Punta, que dotaron a la ciudad de un excelente sistema defensivo para rechazar los ataques de corsarios y piratas.


[1] Roig De Leuchsenring Emilio, en La Habana apuntes históricos,  página 9, editado por el Municipio de La Habana. Administración del Alcalde Dr. Antonio Beruff Mendieta. Año 1939.
[2] Weiss E. Joaquín, en La Arquitectura Colonial Cubana, página  14, Tomo I. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, año 1979.
[3] Roig De Leuchsenring Emilio, en La Habana apuntes históricos,  página 12, editado por el Municipio de La Habana. Administración del Alcalde Dr. Antonio Beruff Mendieta. Año 1939.

 

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