Literatura

Las canciones de Tony Ávila

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Es sabido que la literatura se encuentra en mucho más allá que en libros, en revistas y en escritos de toda índole. La vieja discusión sobre si los dramaturgos, por ejemplo, deben ser considerados o no escritores conllevó a que importantes artistas nuestros como Abelardo Estorino recibiera primero el Premio Nacional de Literatura, y más tarde el Premio Nacional de Teatro, cuando el segundo fue instaurado. Asimismo, los historiadores, los traductores y quienes ejercitan otras ramas que se derivan del tronco intelectual, claman para que sea reconocida la condición de “escritor” que implica el oficio al que se dedican. ¿Acaso los Licenciados en Derecho, los médicos, los guionistas, por mencionar algunos, no llevan a cabo su desempeño a través de la escritura? Sin embargo, no pretenden estas líneas adentrarse en tan controversial e irresuelto asunto, porque después de todo, saber colocar bien los vocablos, no otorga condición de “escritor” a quienes lo hacen, sino llamar la atención sobre las letras de canciones que verdaderamente constituyen páginas literarias. Tampoco es novedoso el tema: vastos estudios analizan la calidad de poemas que alcanzan muchos de los textos de autores de la llamada Trova Tradicional, de la obra de Silvio y de Pablo, y de muchos(as) músicos cubanos, entre quienes no faltan importantes creadoras mujeres, como Isolina Carrillo y Mayté Vera.

El deterioro de la calidad de las letras de músicas cubanas del momento, ha sido plasmado (casi denunciado) a través de distintos medios. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reconocer que en la abundante producción musical de nuestro país, existen autores y autoras que se destacan por el intenso contenido, a la vez que hermoso, de sus canciones. Podrían citarse los casos de Marta Valdés, Liuba María Hevia, el dúo Buena Fe y de un habanero devenido cardenense, cuya simpatía conquista cada vez más al público: Tony Ávila.

Coincido plenamente con el investigador y musicólogo Tony Pinelli, quien tuvo a su cargo las palabras de presentación del segundo fonograma de este trovador: “… [Timbiriche] va a trascender su tiempo y será comprendido como crónica de este minuto que por suerte nos toca vivir, con sus defectos y virtudes, narradas a través de la recia personalidad y talento de este magnífico trovador”.

Así como Formell reseñó la vida cubana durante muchos años a través de inolvidables canciones, desde “Compota de palo” hasta “La Habana no aguanta más”, Tony Ávila, asume la postura del punto de vista de su generación, para contar, a través de temas musicales nuestra ética, nuestros conflictos, las amenazas que implica el nuevo mundo que ya está aquí. Sería reiterativo elogiar la capacidad de este compositor para desarrollar el humor: eso es sabido. El “doble sentido”, típico de la picaresca musical cubana (Ñico Saquito, El Guayabero) renace en canciones suyas muy populares: “La choza de Chacho y Chicha”, de su disco Tierra, es quizá el ejemplo más elocuente, pero también “La guaravenganza”, de Timbiriche, lo confirma como heredero de aquella tradición criolla.

Es la profunda honestidad, la valentía y la hermosura de sus letras lo que provoca este comentario, nacido de una simple oidora de la música cubana. El tema “Mi casa.cu”, ampliamente aclamado por el público, y perteneciente al primer disco de Ávila, sentó las bases de expresión de esa generación de cubanos y cubanas que reconoce la necesidad de cambios sociales que no dañen la estructura sobre la cual se han erigido múltiples conquistas. La canción que da título a esta nueva entrega discográfica, “Timbiriche”, sin abandonar la intención de esa primera canción definitoria, apunta a más lejos, señalando los riesgos que implica la modalidad actual de vida, en términos económicos. La advertencia de que no debemos dejarnos consumir por el consumismo, dicha en tono jocoso, alerta al público de forma más efectiva que si eso mismo fuera dicho de forma lineal. Los temas dedicados a La Habana (“Habana”), así como a su madre (“Madre”), sobresalen por la fuerza del lirismo, por la poética de las letras, sin desdeñar la exquisita melodía “Necesito un bolero”. “Ella saltó del papel”, por su parte, compartida a voces con Silvio, resulta, al decir de Pinelli (y una vez más coincido con el musicólogo) una trovada gloriosa. El amor, asunto tan trillado y tan mal gastado, asume categoría de delicadeza, de embellecido regalo en composiciones francamente inmejorables, como se demuestra en varias de sus propuestas: “Cuatro paredes para amar”; “Con lo mucho que ha llovido”; “Del amor, de Sabina y otros demonios”. Todo esto, lejos de provocar disgregación estilística, confirma la versatilidad de un trovador que no se conforma con el éxito que aseguran sus composiciones alegres, bailables, esas guarachas y sones que le brotan a Tony con increíble facilidad (“La vida tiene sus cosas”, “Alunizando”, “Nacimiento”).

Instamos al público al disfrute de los discos (que hemos comprado en moneda nacional, en el Pabellón Cuba, por cierto) de Tony Ávila, más que un cantautor, un verdadero cronista, con quien resulta delicioso y sobre todo, instructivo, dialogar. Su carisma, su talento, su cubanía a prueba de infortunios, nos permiten sentarnos a su lado. Y escucharlo.

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