Un héroe de Santa Clara olvidado (I)

Rolando Rodríguez • La Habana, Cuba

José Ramón Leocadio Bonachea, alcanzó el rango de General de División en 1979. Bonachea en euskera significa buena casa. Nació el 9 de diciembre de 1845, en Santa Clara, en la calle de Buen viaje, entre Maceo y Parque. Esa vivienda ya no existe, y su memoria casi tampoco pues los villaclareños parecen haber olvidado al único general que dio esa ciudad a la Independencia.

Es muy posible que la connotada Nicolasa Pedraza Bonachea haya sido maestra de Ramón Leocadio. También lo fue Miguel Jerónimo Gutiérrez.

Ya hecho un jovencito, por un incidente con militares españoles, fue enviado a casa de un amigo abogado, en Puerto Príncipe.

Se inició en la masonería en la Logia Tínima, junto a Ignacio Agramonte, en la cual el venerable Maestro era Salvador Cisneros Betancourt.

Se alzó en Puerto Príncipe, a los 19 años, el 4 de noviembre de 1868, según el testimonio de Victoria Sarduy, su esposa.

Participó el 4 de noviembre en la toma de Guáimaro. Se le dio de inmediato el grado de teniente, por su labor de reclutador. Comenzó la guerra con la captura de un oficial y 30 soldados y la ocupación de armas y monturas. El 28 de noviembre del 68 bajo el mando de Augusto Arango atacó por sorpresa a los españoles en Ceja de Bonilla. Les hicieron 10 muertos. Peleó en Sabana Nueva y Pitajones, a las órdenes de Ángel del Castillo y en el ataque a Puerto Príncipe, dirigido por Agramonte, el 20 de julio de 1869. Formó parte de la escolta del Mayor. Estuvo en el rescate de Sanguily. A fines del 69 ya era comandante. Peleó el primero de enero de 1870 en Minas de Juan Rodríguez, donde le hicieron al general Puello 223 bajas. Se le citó en el parte cubano del día. Formó parte de la legión invasora que en San Diego de Buena Ventura organizó Gómez para llevar la guerra a occidente. Peleó en Las Guásimas, donde liquidaron las fuerzas de Armiñan. Siguió a las órdenes de Maceo cuando Gómez partió a Jimaguayú a contener a Báscones. Después de la invasión fracasada de Gómez fue enviado a territorio espirituano.

Libró operaciones sobre la trocha y Morón. El 10 de enero del 75 atacó el campamento de Naranjo, lo tomó al machete y sus fuerzas mataron a 14 soldados y seis voluntarios. Ocupó 26 fusiles y seis carabinas, 1500 balas y 400 cartuchos, caballos y monturas. Se le incorporaron 24 hombres. El 14 de enero dispersó el refuerzo que venía hacia el campamento de Ranchuelo. Ocupó cuatro fusiles y tres carabinas, 200 balas, caballos y monturas. Cruzó la trocha. Lo hizo de 11 a 13 veces durante la guerra. El 25 de enero del 75, en Cumanayagua se incorporó a Gómez, quien al fin había invadido Las Villas. El 26 salió por el norte de Sancti Spíritus. Gómez ordenó al brigadier González invadir las jurisdicciones de Villaclara y Cienfuegos. En esa tropa marchó Bonachea, quien peleó en Marroquín, Chambas y Jatibonico.

El 26 de diciembre del 75 casó con su vieja conocida de niña, Victoria Sarduy, ante el prefecto de Santa Cruz del Sur. A su primera hija la llamó: María América Ana, el 3 de octubre de 1876. El primero de febrero del 78 nació su hija Leocadia. Poco después partió Bonachea a cruzar la trocha hacia Las Villas orientales para continuar la lucha. El 27 de abril de 1876, al mando de Gómez, entró en Ciego de Ávila. El 19 al 20 de julio del 76, bajo el mando del general Manuel Suárez, atacó Morón. A principios de 1877 pasó a Río Entero en Las Villas. En junio retornó a Camagüey, en la zona de Morón.

Se produjo el pronunciamiento de Lagunas de Varona, por parte de Vicente García. Salió Gómez de Las Villas. Dejó a Julio Sanguily al mando. Bonachea regresó a Camagüey y trasmitió el sentimiento de disgusto de los villareños a Gómez por la designación y surgió un incidente con El Generalísimo por el cepo a que condenó a un oficial. Esto le impidió a Bonachea el ascenso a grados superiores. En febrero del 78 solo había llegado a Teniente Coronel. Sin embargo, en su hoja de servicios de los Diez Años, se anota “valor a toda prueba”.

En Camagüey lo sorprendió la paz del Zanjón el 10 de febrero del 78. Siguió la lucha después del vergonzoso pacto, con menos de un centenar de hombres. Libró una campaña solitaria de 14 meses más, hasta el 15 de marzo de 1879, en que presionado de diferentes maneras depuso las armas. Había continuado combatiendo en las proximidades de la trocha de Júcaro a Morón, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Trinidad y Remedios. Peleó desde febrero del 78 a abril del 79, no obstante todas las solicitudes de que capitulara. Asaltó Morón, derrotó al batallón Simancas; en la hacienda El Rubio se apoderó de los depósitos de pertrechos, salió victorioso en el combate de Cabeza del Negro, también resultó victorioso sobre 3 mil españoles en la hacienda San Marcos, marchó desde la trocha a Remedios, donde hostigó fuertes.

El 2 de noviembre Bonachea libró combate en Ciego Potrero y Vereda del Caballo con una guerrilla montada del teniente Carrión, del batallón de Cazadores de Siguanea, mandados por Correa, de la brigada de Sancti Spíritus. Le causó cinco muertos y le ocupó cuatro caballos y una mula. Bonachea sostuvo combate con el coronel Machín y lo mató junto a siete soldados. El 12 Bonachea partió enfermo, para la zona de Morón. A todas estas, protestaría que el general Maestre le interceptaba toda la correspondencia.

El 10 de noviembre del 78 el Comité Revolucionario de Nueva York, le envió el diploma de General de Brigada. Lo vino a recibir en abril, días antes de marchar de Cuba.

El 14 de noviembre Calixto García le escribió y lo encomia: “Hay quien pretende  desviar a usted de la gloriosa senda […] Habiéndose usted colocado en ese puesto debe morir, antes que rendirse al enemigo…”, le dijo.

El enemigo pide parlamentar y a mediados de noviembre de 1878 se entrevistó Bonachea con el coronel Martínez Fortún en las cercanías del ingenio San Agustín, próximo a Zulueta, entre Remedios y Placetas. Pero a nada se llegó.

A fines de enero de 1879 atacó en el potrero de La Ceiba a una fuerza del regimiento de la Reina, mandada por el teniente Marchante y le quitó 27 caballos, armas y monturas y le ocasionó varias bajas. El 14 de febrero sufrió una derrota en un punto entre Cabaiguán y Nazareno.

El 15 de febrero de 1879 la laborante Cuba le comunica que un traidor trataría de incorporarse a sus filas para matarlo. Para entonces le mostraban a Bonachea cartas de jefes capitulados, en que le expresaban la necesidad y conveniencia de su capitulación pues mantenía alerta a los españoles. Entre ellos firmaba Serafín Sánchez, quien dijo: “…su permanencia en el campo hacía aquí imposible todo trabajo beneficioso y mi conciencia me exigía salvar a este hermano, contra quien los españoles lanzaban a asesinos que a milagro no lo mataron […] Al ver yo que la traición jugaba con él y que hasta la correspondencia del extranjero se la ocultaban sus jefes, decidí tomarme el empeño en que se marchara, salvando el honor de nuestro hombre […] Tal vez me inculpen […] pero yo confío en el porvenir y vivo con la satisfacción de mi conciencia”.

Bonachea fijó su cuartel en San Marcos. Presionado una y otra vez por los autonomistas y los antiguos capitulados, como Spotorno y por los conspiradores de la nueva guerra que venía, como Serafín Sánchez, quienes le piden cesara la lucha porque entorpecía la reconstrucción o porque estaba alertando a los españoles y porque querían salvarle la vida. Por fin depuso las armas en Hornos de Cal, a 22 kilómetros al sudoeste de Sancti Spíritus, poblado de Jarao. En la protesta afirmó que si bien no había capitulado ante los españoles, ni con sus autoridades, ni aceptaba el Zanjón se encontraba conforme en cesar la lucha. Evidenció, junto a Maceo, con su Protesta de Baraguá, ser la encarnación de la rebeldía cubana.

 El 15 de abril del 79 Bonachea reunió en su presencia  a los jefes, oficiales y demás patriotas que hasta la fecha habían estado sirviendo a sus órdenes y les dirigió la palabra haciéndoles presente que cuando tuvo conocimiento de las estipulaciones hechas en el Zanjón, no las aceptó por considerarlas perjudiciales para el país, y porque mantenía la creencia de que no contentos los habitantes en su generalidad con la dominación española ni con la preponderancia que en virtud de ella habían de ejercer en los pueblos de Cuba los hombres procedentes de la Península, y especialmente los militares y empleados, pronto se reunirían a su alrededor patriotas en número suficiente; pero habiendo transcurrido más de un año sin que el pueblo de Cuba respondiese al llamamiento que se le hacía y habiéndose manifestado muchos patriotas residentes en las ciudades y poblaciones y algunos de los mismos jefes capitulados que su actitud hostil en medio de la pacificación ya efectuada, al paso que les granjeaba el aprecio de los patriotas por su abnegación y liberalismo, perjudicaba al mismo tiempo los intereses del país, porque imposibilitaba los trabajos agrícolas, comprendía que era ya llegado el momento de reflexionar sobre la situación actual y resolver lo que más conviniese a la Isla de Cuba. Enterado de la miseria que pesaba sobre las familias residentes en el territorio que había sido teatro de la guerra, así como también que el pueblo se mostraba conforme con las instituciones liberales prometidas por el gobierno español, había creído conveniente y beneficioso para el país deponer las armas, abandonar la actitud hostil y retirarse de la Isla. Declaró, que su resolución de dejar las armas y retirarse obedecía solamente al deseo de no interrumpir la reconstrucción del país sin beneficio alguno para la causa de la independencia, bajo la inteligencia de que de ninguna manera había capitulado con el gobierno español, ni con sus autoridades ni agentes, ni con este se hallaba conforme bajo ningún concepto. Enterados de estas manifestaciones D. Juan Bautista Spotorno, D. Serafín Sánchez y D. Juan Pablo Arias, jefes capitulados, así como los demás concurrentes firman este documento juntamente con el brigadier Bonachea y conmigo su secretario, agregando también sus nombres algunas personas que, sin haber estado presentes, han coadyuvado a preparar la determinación que en el propio documento se explica, Antonio Nicolau, Serafín Sánchez, Juan P. Arias, Rafael Félix Pérez, Tomás de Pina, Cirilo Cancio, Miguel Mariano Gómez, Pedro Ignacio López, Juan B. Spotorno, Landelino Carbonell, El brigadier Ramón Leocadio Bonachea. Como secretario Emilio O. Tamayo.

Cuando marchó de Cuba en 1879, solicitó al gobernador general un comprobante de que no había recibido cantidad alguna. Cuando los hacendados trataron de entregarle una gruesa suma de dinero que habían recolectado (unos 20 000 pesos, más 10 000 puestos por los españoles) pidió se la entregaran a sus hombres y él  no tocó ni un centavo.

En la segunda mitad de abril de 1879 Bonachea embarcó en el Don Juan de Austria, rumbo a Jamaica, desde Tunas de Zaza. En Jamaica lo esperaban dos primos, a su vez hermanos de Eduardo Machado. Tenían vegas de tabaco. Le dieron una casa: abajo vivió con Victoria y sus dos hijas. En la segunda planta sus compañeros.

El 2 de junio de 1879 ya volvió a conspirar para lograr la libertad de Cuba. Marchó a Nueva York a encontrarse con Calixto García. El Comité Revolucionario Cubano, firmado por Calixto García y Carlos Roloff, le entregó el 7 de julio de 1979 el diploma de General de División. El consejo de gobierno lo validaría en Ciego Potrero, el 4 de noviembre de 1895, cuando acordó reconocer los grados otorgados con motivo de los movimientos de 1878 a 1895.

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