Los setenta de Wichy

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Centro Pablo
 

Era 1965, o quizá los primeros meses de 1966.

Ese año yo debía terminar mis estudios en la Escuela de Letras y de Arte, a la que había ingresado cuatro años antes, cuando se inauguraba en febrero de 1962.

Entre los estudiantes de dos o tres cursos posteriores al mío, estaba un jovencito flaco y pelirrojo que, yo no sabía por qué, me saludaba con deferencia.

Imagen: La Jiribilla

Las Ediciones La Tertulia, que había fundado Gómez Vallina años atrás y que ahora dirigía el poeta y pintor Fayad Jamís, acababan de editar Cambio de impresiones, mi primer cuaderno de poesía.

La primera vez que hablé con el jovencito pelirrojo, comprendí que mis poemas eran la causa del saludo que el muchacho me dirigía sin conocerme. Había leído el poemario. Se llamaba Luis Rogelio Rodríguez y también escribía poesía. Yo, apenas era un año mayor que él, aunque su delgadez y su rostro lampiño, lo hacían casi parecer un adolescente.

Conversamos en el histórico banco del vestíbulo de la Escuela y allí, me hizo leer algunos de sus poemas. Escribía bien el muchacho. Por eso, cuando Jesús Díaz organizaba la aparición de El Caimán Barbudo y me pidió que “le reclutara” algunos colaboradores, pensé enseguida en Wichy, que era como apodaban al pelirrojo.

A la hora de publicar Wichy no empleaba su muy común primer apellido ―era el mismo mío― sino que prefería firmar con el Nogueras de su madre. Ya El Caimán… estaba andando, y una agresión a la guardia cubana apostada frente a la base norteamericana de Guantánamo, que causó la muerte a un soldado nuestro, nos hizo idear un número especial del magazine: Wichy escribió un poema que se convirtió en la estrella de la edición.

Un año después, ganaría la primera convocatoria del premio David, junto a Lina de Feria. El cuaderno se titulaba Cabeza de zanahoria y era la clara alusión al cabello del autor pero, a la vez, la exacta traducción de Poil de carotte, el libro de Jules Renard.

Desde el inicio, Wichy tenía ese gusto por la literatura que lo aproximaba al juego intertextual, antes de que la posmodernidad lo pusiera de moda.

Se ha hablado de la revitalización de la literatura cubana después del sombrío momento de los años 70, y hay autores que pretenden atribuírsela.

En verdad, hubo tantos buenos autores excluidos en ese período, que la recuperación que empieza tras la fundación del Ministerio de Cultura, es una obra colectiva.

Wichy vuelve a la vida literaria en 1976 con la novela policial El cuarto círculo. Siendo como él, otro excluido, tuve el gusto de acompañarlo en esa empresa.

Imagen: La Jiribilla

En 1977 publica Las quince mil vidas del caminante, pero en los primeros años de la década de los 80 hay un aporte esencial de Wichy a la renovación de la poesía cubana, con su poemario Imitación de la vida, Premio Casa 1981, donde el juego intertextual se vuelve dominante: Nogueras no solo crea los poemas del libro sino, además, los poetas que escriben esos textos.

Wichy escribe además dos textos que ponen una nota nueva en la novela policial cubana: Y si muero mañana y Nosotros, los sobrevivientes.

Nogueras escribió además uno de los mejores guiones del cine cubano, El brigadista, para la película de Octavio Cortázar.

Acababa de cumplir sus 40 años y tenía un montón de planes cuando lo reclamó la muerte. Ahora, el 17 de noviembre, habría cumplido 70 años. Todavía no me conformo con su ausencia.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato