Notas de Wichy sobre sus libros

Coordenadas para leer al Rojo

Luis Rogelio Nogueras • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Centro Pablo
 

Sobre Cabeza de Zanahoria

Cabeza de zanahoria nació entre l965 y 1966 en las aulas y pasillos de la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana y en aquella oficinita mal ventilada de Juventud Rebelde donde hacíamos El Caimán Barbudo. El maquinuscrito se llamó primero Poemas en la pizarra, luego Cosas comunes, y al cabo se echó sobre las espaldas el título del libro eterno de Jules Renard, Poil de carotte, cuyo personaje principal fue uno de los héroes de mi infancia a causa de su pelo rojo y de cierta tristeza que ambos compartíamos en digno silencio.

Con aquel cuaderno obtuve en 1967, compartido, el Premio David de poesía, el primero que se otorgó, por cierto.

Imagen: La Jiribilla

Buenos amigos y algunos críticos afirman con vehemencia que la mayor virtud de Cabeza de zanahoria era su relativa madurez formal. No me encuentro en condiciones de juzgar al joven Nogueras con objetividad. Pero lo cierto es que si tuviera que escribir hoy aquellos textos, no sabría hacerlos mejor; eso quizá no diga mucho del poeta de 20 años, sino más bien poco del hombre de 38 que está escribiendo estas líneas.

Cabeza de zanahoria le debe lo suyo a varias personas, pero sobre todo a dos: al melenudo y jovial Roberto Fernández Retamar, que enseñaba Estilística en el segundo año del curso regular, y al alumno Guillermo Rodríguez Rivera que cantaba boleros en Latín, mascullaba a Goethe y sabía un mundo de poesía.

Para ambos, en la nostalgia, un abrazo con fragancia de magdalena mojada en té.

 

Sobre Las quince mil vidas del caminante

Amanece. Se despierta. Sobre la mesa de noche hay un libro titulado Las quince mil vidas del caminante. Algunas hojas están rotas. Lo toma en las manos. Varios poemas le gustan. Varios le disgustan. El no escribió ese libro sino otros. Sobre la fea cubierta hay polvo. Ciertas páginas crujen de dolor y de ira, y conservan la humedad de una gaveta. Lo empezó en 1968. Yo lo terminé en 1973. Lo publicaron en 1977. Como dice Hermann Broch, había que esperar, esperar con mucha paciencia, y tardó mucho, insoportablemente mucho. Luego, sin embargo, llegó algo. Y cosa extraña, lo que llegó, aunque contrario a todo lo esperable, estaba dispuesto así mismo como por necesidad.

 

Sobre La liebre y el gato

El gato y la liebre, como libro, quedó en esa página tan célebre como letal: la dos. Tenía unos quince poemas, de los cuales sólo los que presento aquí me gustan todavía.

Era graciosa (?) la dedicatoria que escribí para el libro. Si me permiten, la reproduzco aquí, con tres o cuatro comas de más o de menos:

Ortega, siempre sombrío, afirmó que todo esfuerzo de los poetas por aprehender la  realidad era una acción fatalmente condenada al fracaso. La poesía, pues, no podía  expresar la vida y, por tanto, los poetas de todas las épocas y lugares no habían hecho más que darnos gato por liebre. Algunos románticos alemanes pretendían que la vida era quien,  en vano, intentaba parecerse a la poesía. Es decir, que los poetas nos pasaban liebre por gato. De  una manera modesta y conciliadora yo pienso que la poesía es, al mismo tiempo, gato y liebre, gato o liebre y ni liebre ni gato. Hecha entonces, esta consideración pedestre, procedo a titular El gato y la liebre al presente cuaderno, y una vez titulado, lo dedico con gran placer a mi muy ilustre maestro.

Imagen: La Jiribilla

 

Sobre Imitación de la vida

Imitación de la vida recibió el Premio Casa de las Américas de poesía  en 1981. El jurado ―que integraban Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fayad Jamís y Antonio Cisneros― dijo en el acta de premiación  algunas frases sobre el libro que me llenaron de alegría; es una verdadera lástima que un erróneo sentido de la modestia me impida reproducirlas aquí.

Imitación... reflejo... Son dos palabras bien distintas, como todos sabemos. Pero creo que el libro hubiese podido titularse, con legítimo derecho, Reflejo de la vida, porque nada se parece más a un poema (ni siquiera una mujer desnuda) que un espejo. Pero ojo: el espejo del que hablo no es aquel que Stendhal quería pasear por los caminos, sino el que puso Carroll a los pies de su imposible amor Alicia Lindeell: la neblina plateada, a través de la cual ella entró en el reino de la imaginación, ese reino sin rey y sin fronteras.

 

Sobre El último caso del inspector

En su muy celebrado Ensayo de un crimen, De Quincey afirma que aquellos que se dejan tentar por el asesinato, muy pronto piensan que robar no es nada malo, y del robo descienden a la bebida, y de la bebida caen en la impuntualidad, para llegar finalmente al abominable crimen de no quitarse el sombrero ante una dama.

Quien escribe un poemario y le pone un tópico título policial (El último caso del inspector o El misterio de la naranja mecánica), muy pronto piensa que pudo haberlo titulado Cien consejos para no leer este libro, o Manual de fantasía ramplona, y probablemente se decida al final por Versos de los que ya no vienen. 

Imagen: La Jiribilla

 

Nota a La forma de las cosas que vendrán

Se prohibe bostezar, emitir ruidos groseros o escupir durante el desarrollo del libro. El editor no se hace responsable por la pérdida o deterioro del tiempo de los lectores. Se autoriza la reproducción de cualquier poema, siempre y cuando no se indique la fuente. Estos versos expresan únicamente la opinión pública.

"Aquí (h)ay, ante todo, huellas sobre el mar de fondo: nada fuera del agua del otro mundo, al fin y al cabotaje. Rasca tu joppla, birdo: lanza la triste lanza en trino temerario entre los dos antes del funferal. Con las mismas notas en tu flauta mágica, rezuma unas gotas de algo distinto que enjuague el lenguaje; con la misma sabia alimenta tu calidoescapo junto al árbol de Pan. Lo importante es poner bien los pies en el aire, tomar la pluma en el ave del paraíso, disponer de claridad y dejar que corra esa miel adánica que, desde la manzana de Dante, va goteando lentamente, a través de los deseos, sobre la zorra que en la blanca nieves aguarda por el pequeño príncipe y los siete enanitos de Grecia...".

Esto escribió, hacia 1956, el doctor Walter Sabasius Thomas Hillip Zen Eugen Jahra, bajo la obvia influencia del Finnegans Wake de Joyce. Más adelante decía:

"Una antigua creencia, no por eso menos herrada, afirma que en músaca lo más importante es la orillinalidad, lo falso nuevo al margen del río. Pero Saint Saens Poul Roux afinaba, con toda razón, que el compositorpe que se crea absolutamente orillinal, o está muerto viviente o es tonto macute o perdió la mejoria sin posible mejoría. La sobada baba babilónica de que un ardista es un ser que resirve su inspiración desde un hipotétrico Mal Allá, hoy no alcanza, como diría Joke, ni para dormir a un sueño. Ya sabemos que la músaca, y el Arde en general, nacen del encuentro fortuito de un palabraguas y una deus ex machina de ser sobre una masa de disensión, o lo que es igual, del encuentro de una sensibilidad dada y de una gran capacidad de reelaboración de legado (no de las reglas, que sólo son otra fosa, sino que intruso no competen el Arde más que para quemarlas), con una voluntad inconformista. En mis canciones, por ejemplo, no es imposible hallar ecos de Otobardo Gol o de Berlioz; pero atención: un compás de Gol o un aire de Berlioz, si posan para mi amor o mi cólera, son ya ojos míos, los engendré yo y los ayudé a crecer con el sudor de mis lágrimas...".

Hace poco más de un año le pregunté al doctor Zen si aquel texto sobre su libro La forma de las cosas que vendrán era suyo, o era una parodia o una recreación. El patriarca de la Antártida miró hacia la impenetrable noche polar, se pasó la mano por la áspera barba blanca moteada de copos de nieve, se puso de pie, dio un corto paseo, volvió a sentarse, cerró los ojos, echó ligeramente la cabeza hacia atrás, frunció el ceño, tosió, abrió de nuevo los ojos, los cerró de nuevo, tornó a abrirlos, se frotó las manos, se golpeó las rodillas, rechinó los dientes, chasqueó los dedos, se encogió de hombros, enarcó las cejas, chocó los talones, cerró una vez más los ojos y se quedó dormido.

Quizá soñó con la respuesta.

Imagen: La Jiribilla

 

Paladras al lectorvo

El destarado escretor de fricción, soñar W.S.T.H.Z. Eugen Jahra, cerebrado por mochos crípticos de basta refutación y considerasco de madera enánoma el mojar peota de su pequeña noción ― Simbeck ― pero asimiasmo colmo uno de los más talentopos leprosistas del Siclo Vientre, aclava de pudricar un nuevo librium de poesilga titulado La sorna de las fosas que venderán.

El gigaenteco legrado littlerario de peste alabardaeado escretor ha sido comprado con el de Diantre, ¡el burdo hunanista florentino que inmoralizó en su más célibre líbrido a Beretriz, inmaenculada niña, cama su cebestial guía en el Pajadizo! En el palorrama de las lepras contemporarias, no conhosco potro autorpe que  hallá escalado cimias tan elevanas como Zen, en pus del milloncino de oro del harte de la calabra...

Mi primor compacto con ladrán sobra de Zen escurrió hocio el frígido infierno de l922. Remuerdo que loí  nalgunos trabados suyos en la cara robista eróptica sementral The Transatanic Review. En  aquerella soportunidad le envié a Zen una carpa; allí lo felisitiaba de tosco codazón por los experilentos que estraba llevlando  a cago con el idiotma y la animalba  a procegar su brúsqueda de sordoridades inépditas. Le desidia, humorísticamente, en uno de los primierdos farrágos de la carpa:

¿Tratas de emuladar las concocidas y fabrosas lasañas de Atilda, el bárbero empelador de los hunos, aquel Atilda sanguinoario que cruzó, a la cabeza de sus hávides y veloces juanetes, lodo el contunante eurofeo para danzarse  sobre bRoma? ¿Trotas de emuladar con Atilda y sus feroces vioiladores de rumbo y fuck truck, aquellos bárberos que, ante el mudo tenor del  inmundo cifilisado, dejaron sin un solo pero a las honratas matonas bromanas, para luego escalvizarlas en los vestilentes harenques de la lejarana Mognolia?... Hieres un hambre de genio provago, Zen, perro no te vayas a pasar mal allá de tus posibilidudas...

Diescupa mi atrozvimiento, puerque yo sed que tú eres un consumido meastro,  sólo estoy  represuntadando el epidémido papiel de alodado del diáblogo. Me pregunto a voces, Zen, si ese rebruscado estiro tuyo yaga a los vectores o se queda en unos locos. Tu trosa es una humolgama emítica de muchas fosas a un miasmo tiento, especie de ensalodo de foenemas y leczemas manicómica. Yo se que la literadura es un comino solidario, y que sierpe acecha el pelibro de que  al mejor nobelista lo ablandonen los lectorvos. Sed desiertos proetas y   desiertos  prosiosistas que se quedaron más solos que Joynás prosainiero en el  mondóngolo interior de la callena. A veces tengo la tontoción de decirte: ¡vuelve  al orden y al equilibrio, Zen! ¡Represa sin demoda a las fohormas traicionales!...

Tal viscosa esgrimí a Zen muchos daños atracos. Pero, hit et knock, quiebro romper mi silanza para retratarme de mis orrores... Perdoma mi animalversión de entonces, quejido Zen. No sufre ver harta qué punto tu sobra se malancea en una cuerda flota entre el presiente y la literatruca de manana ―ese manana que, arte o templado, caerá sobre el ciego sin nubes de Homero sobre los esctutores―. "Nadie ve más legos que el vigilia desde el pathos más apto del bardo", dijo Cincerón; "hay que tener siempre el volar de asonarse al futuro con las hojas bien abiertas..." ¿Qué dura cave, Zen, de que tú estás en ese pathos más apto?

Un admitador sincerlo

Imagen: La Jiribilla

 

Nota a la oncena edición

Desocupado lector, mi semejante, mi hermano: si accedes generosamente a ello, y no veo razón que te lo impida, pero sí muchas que debieran inclinarte a complacerme, quisiera colocar esta oncena edición de La forma de las cosas que vendrán bajo la advocación del llorado Fernando Antonio Nogueira Pessoa, a quien conocí en la Universidad de El Cabo, en 1905, volví a encontrar en Lisboa en 1925, y cuyo tránsito ocurrió, ¡lo supe dos décadas después!, el mismo funesto año en que llegué a Simbeck perdiendo contacto con el mundo civilizado...

Paréceme que, apenas ayer, platicábamos Fernando y yo, en su modesto pisito de Lisboa, sobre mujeres hermosas ― ¡todas lo son, a fin de cuentas!―, Gil Vicente y Whitman. Y es que a mi excepcional edad (me aterra a veces este simulacro de eternidad que la naturaleza ensaya conmigo), el pasado distante y el presente son una misma y misteriosa niebla; ciertas tardes, por ejemplo, he sentido la tranquila convicción de que, si regresara a Viena, aún iba a toparme con el café Saint Pölten, a orillas del Danubio, con el camarero ligeramente estrábico, alto y avellanado que me llamaba ceremoniosamente "herr Zim" por allá por 1902 ó 1903.

El hermoso rostro afilado de Fernando... su voz de bajo profundo... sus maneras agradables... su brillante conversación... la pasmada envidia que producía aquella, su inagotable memoria, cuando, entre un vaso de vino y otro, recitaba extensos pasajes de Martín Fierro o Fausto. Jamás conocí a nadie que pudiera, como él, llegar tan certeramente al corazón de la realidad a través de la fabulación; no dudo que don Antonio lo evocara cuando escribió: "también la verdad se inventa".

Qué extraña cosa, la poesía: susurrante y dolida entre las manos trémulas de un hombre con el corazón roto por una pena de amor; convocadora y alegre en labios de los que han rozado la dicha; fugaz como los últimos islotes de nieve que aún resisten el sol de primavera; eterna como la misma eternidad. Invalorable tesoro para todos los siglos nos legó aquel semihombre de rostro horrible, pero prodigiosa inteligencia que, una noche de hace miles de años, viendo arder en una fogata salvaje el anca de un venado, comparó trabajosamente las sombras que danzaban en las paredes de su cueva con una flor negra mecida por el viento, abriéndole el camino así ― ¿sin saberlo?― a la primera claridad.
 

W.S.T. Hillip Zen Eugen Jahra
Candysburg, diciembre, 1984

 

El texto aparece en el libro Nada del otro mundo. La Jiribilla puede publicarlo hoy gracias a la cortesía del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

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