Entrevista con Luis Rogelio Nogueras

“La poesía está más cercana a eso que pudiéramos llamar inspiración”

Orlando Castellanos • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Centro Pablo
 

Wichy, me gustaría que hablaras del lugar en que naciste, de tu familia, de cómo fue el ambiente en que se desenvolvió tu infancia y tu adolescencia. Me gustaría saber si entre tus parientes hubo algún escritor.

Nací en La Habana un 17 de noviembre, en medio del ciclón del 44. Mi familia era de origen pequeño-burgués. Durante años, mis padres estuvieron vinculados a la publicidad. Como antecedente ilustre, en mi familia hubo un gran escritor: Alfonso Hernández Catá, que fue tío abuelo mío. Por parte de mi madre, mi familia profesaba una especie de veneración a la memoria de Hernández Catá. Sus libros eran de casi obligada lectura. Algunos de ellos hasta los llegué a odiar de niño.

Hoy, sin embargo, los releo con mucho amor y mucho cariño. Pienso que ese ambiente de culto a un escritor, a un escritor realmente notable, hizo que se formara en mí la idea de lo que era realmente un escritor, la imagen de la importancia que tenía, desde el punto de vista social, el hecho de ser un escritor. Claro, Alfonso fue un escritor un tanto especial dentro del contexto de la literatura cubana: tuvo suerte. No es el caso de otros escritores cubanos con tanto talento como él –el mismo Luis Felipe Rodríguez– que vivieron medios difíciles. Alfonso, de procedencia burguesa, tuvo cargos de embajador y se desenvolvió siempre a un nivel de vida muy alto. Vio publicar sus obras en España, en América Latina, en Cuba. No es un escritor típico cubano de la época en ese sentido. La media del escritor cubano en el período prerrevolucionario, no era esa.

El escritor cubano debía bandeárselas para vivir. Si vamos a creer en el destino, podríamos decir que a Alfonso el destino le pasó la cuenta. Como bien sabes, él murió en un accidente de aviación en Río de Janeiro, en 1940 si no recuerdo mal. Por cierto, un dato interesante: Hernández Cata dejó inéditos algunos trabajos. En las maletas chamuscadas que dos de sus hijas recuperaron, aparecieron, quemados, algunos de sus papeles que se conservan. Una parte de ese material la tengo yo y siempre le estoy dando vueltas a la idea de trabajar sobre ellos, porque entre sus papeles hay un relato inconcluso en el cual un personaje muere en el hundimiento de un barco. He estado tentado de continuar esa narración marcando dónde terminó Alfonso y dónde comencé yo. Quizá sea interesante. También me gustaría hacerle un reconocimiento a mi madre: una escritora por afición, con cierto nivel de calidad que hasta llegó a obtener en el año 46 ―y no sé si en esto influyó el ser sobrina de Alfonso―el premio Hernández Catá.

De modo que me formé en el seno de una familia donde no faltaron las lecturas, ni cierto entusiasmo por la literatura. Creo que mi padre también contribuyó a despertar mi interés no ya por los libros (que es un primer interés siempre decisivo en la formación de un escritor) sino ese otro interés por el mundo del escritor. Por otro lado, recuerdo que mi familia sentía gran admiración por la figura de Eduardo Chibás, y aunque no sea el momento de juzgar la ortodoxia como proceso político-histórico, no es menos cierto que en su momento desempeñó un papel interesante y aglutinó algunas fuerzas de la pequeña burguesía y del estudiantado. A través de Chibás, y por la vía de mi padre, admiraba a Martí. Nunca faltaron en casa sus obras completas, ni un pequeño busto suyo que todavía existe y que tenía y tiene un sitio privilegiado en la casa. Recuerdo la guerra entre nosotros para que ese busto no fuera un adorno más. En cuanto a la enseñanza, asistí a una academia militar privada, de enseñanza laica, la Academia Militar del Caribe, donde estudié desde el segundo grado hasta los estudios superiores. Allí estudié comercio que terminé en 1959.

Imagen: La Jiribilla

Lo primero que escribiste, ¿fue un cuento o un poema?

Muchas veces he estado tentado de escribir el relato sobre el primer relato que escribí. Aunque desgraciadamente no lo conservo, ese relato absoluta y totalmente infecto de ineficiencias, tenía un tema que continúa obsesionándome. Lo escribí imitando un libro que fue (y es) para mí un libro de cabecera: Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain. Yo tendría alrededor de 11años. Naturalmente, contaba la historia de un adolescente, el remedo cubano de Tom, con la virtud de que, aun cuando a los 11 años uno tiene la tendencia a ser muy simétrico, lo ubicaba en el campo cubano. Tuve esa intuición. Poseía ese atractivo, creo yo; un joven cubano en la Cuba rural. Quizá valdría la pena intentar de nuevo la historia, pero manejando el cubano, es decir el español hablado en Cuba, como hizo Mark Twain con los giros del inglés de la zona del Mississippi.

¿Cuándo publicas por primera vez?

En una revistica llamada Libertad y que editamos en la Academia Militar en 1959. Era un poema de corte patriótico, francamente malo, debo decirlo así, sin sonrojo, pero con la virtud de que era mío. Se trataba de un poema rimado que no copié de ninguna parte. Es decir, un poema muy malo mío.

¿Qué haces cuando terminas tus estudios?

Me voy a Venezuela. Mi madre había ido a vivir allá desde principios del 1956. En el 60 me reúno con ella y vivimos juntos poco menos de un año. Hago en Caracas algunos estudios, más o menos por la libre, de publicidad. Trabajé en una compañía de cine, haciendo de todo, desde auxiliar de cámara hasta auxiliar de laboratorio: por esa fecha el cine comenzaba a picarme como curiosidad. Luego, junto a un grupo de muchachos de mi edad en el que había un colombiano, un italiano y dos cubanos más, quemamos un establecimiento de periódicos de Bohemia Libre, aquella revista contrarrevolucionaria que publicaba Miguel Ángel Quevedo, en Caracas. Como consecuencia, la policía me declaró una especie de persona non grata, y tuve que abandonar Caracas en noviembre del 60.

Cuando regresé a Cuba, ingresé en el ICAIC, primero como auxiliar de cámara, en dibujos animados, luego como dibujante y finalmente como director de cortos. En 1963 hice una película que se llama Sueño en el parque, en colores, con 8 minutos de duración, que representó a Cuba en dos o tres festivales de cine de animación europeos, entre ellos el Festival de Mamaia, en Rumania. Vista en la distancia y pensando en que el hombre que la dirigió tenía 19 años, esta película continúa gustándome. Recuerdo que trata sobre la guerra nuclear y sus peligros. En aquellos años yo dibujaba y pintaba. Aparte de hacerlo en el ICAIC por profesión, también lo hacía como violín de Ingres.

Escribí algunos cuentos. Hubo uno con el estrambótico título de "Tulioso el enterrador", muy influido por Poe, que resultó un cuento bastante malo e ingenuo. Pensé entonces que no tenía talento para escribir y no escribí porque, por otra parte, el cine y la pintura resultaban una obsesión tremenda. Sobre todo el cine continúa siendo una obsesión en mí. Ya el tiempo ha limado un poco aquellas aristas de agresividad cinematográfica, pero de todas maneras sigue siendo una gran obsesión. En 1964 me presento a exámenes por oposición en la Escuela de Letras de la Universidad, y como yo trabajaba en Cubanacán y la Escuela de Letras queda en el otro extremo de la ciudad, tuve que irme del ICAIC. Ingresé en la revista Cuba Internacional que dirigía Lisandro Otero y ahí empiezo a publicar mis primeros textos.

Recuerdo una entrevista que le hice a Tomás Gutiérrez Alea cuando se estrenó La muerte de un burócrata. Redacté algunos trabajos sobre planes agrícolas, entre los que había uno que aún hoy releo con agrado y que se refería a un plan lechero en el Norte de La Habana. En ese período conozco a Guillermo Rodríguez Rivera, que estaba en tercer año de la carrera cuando yo estaba en primero. Un buen día ese personaje que es Guillermo Rodríguez Rivera me habla de un proyecto, de una revista literaria que quieren publicar y en la que me piden participación. Se trataba de El Caimán Barbudo y el grupo que iba a fundarlo lo formaban aparte del propio Guillermo, Jesús Díaz, Víctor Casaus, el dibujante Posada y yo. Con entusiasmo comenzamos a trabajar en esa revista que iba a ser un suplemento del periódico Juventud Rebelde, el Órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas. En mayo de 1966 salió a la luz el primer número de El Caimán Barbudo con una tirada enorme. Eso era tener en la mano un medio de difusión cultural importante. Al principio yo continué trabajando en Cuba Internacional hasta que Guillermo tuvo que salir de El Caimán y ocupé el cargo de Jefe de Redacción. Allí trabajé hasta el número 17. Por cierto, ahora en mayo esa publicación cumple 15 años. Quince años de que se iniciara esa aventura que se llama El Caimán Barbudo y que creo que a lo largo del tiempo, haciendo un saldo general, ha hecho un trabajo positivo, en todas sus etapas y en todos sus momentos.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuándo publicaste tu primer libro?

En 1967 se convoca por primera vez al concurso David. Tuve la buena suerte de ganar en poesía con mi primer libro Cabeza de zanahoria. En 1977 publico mi segundo libro Las quince mil vidas del caminante que ―aunque esté mal que yo lo diga, pero en definitiva, quién mejor que yo para decirlo― tuvo muy buena acogida de público y de crítica.

 Aparte de premios en poesía, has obtenido premios en otros géneros, ¿no es así?

En 1976, junto con Guillermo Rodríguez Rivera, obtuve el premio Aniversario del Triunfo de la Revolución que otorga el Ministerio del Interior, por una novela policial escrita a cuatro manos, o mejor dicho, a dos manos, porque la derecha mía (soy zurdo) y la izquierda de Guillermo no tuvieron nada que ver. Esa novela se llama El cuarto círculo. Al año siguiente obtuve el premio nacional de novela "Cirilo Villaverde" que otorga la UNEAC por una novela de contra-espionaje titulada Y si muero mañana. Como  se aprecia, a mí me interesa de modo particular la literatura policial. Ella tiene no sólo los valores demostrados y sabidos de ayudar a la formación patriótico-militar de nuestros jóvenes, de contribuir de alguna manera a la lucha contra el delito común o contra el delito contrarrevolucionario, de exaltar el trabajo abnegado y silencioso, de los combatientes del Ministerio del Interior (tanto los que luchan contra el delito común como los que luchan contra el contrarrevolucionario, porque creo que los dos son un mismo delito, que el que es un delincuente es también un contrarrevolucionario y viceversa), no sólo, digo, este es el único valor de la literatura policial, sino que también puede alcanzar excelencias artísticas notables. Este género surgió ―como diría Marx― del lodo y la sangre del capitalismo y, sin embargo, ya ha comenzado a dar frutos en el socialismo.

Entre todos, ¿qué género prefieres?

Ya sabes que en 1977 trabajé con Octavio Cortázar en el guion de El Brigadista. En 1980 emprendí con el propio Cortázar mi segundo guion, Guardafronteras, que batió récord de taquilla. Hace apenas un par de meses terminé con el cineasta Miguel Torres un guion para el realizador Rogelio París titulado Leyenda que está en rodaje en este momento. Por eso responderte a esa pregunta me pone en un callejón sin salida. Es difícil, Castellanos, sé que sabes que es difícil y por eso me pones en el aprieto: eres un gran periodista. Pero si yo tuviera que optar (y ojalá nunca tenga que hacerlo) me quedaría con la poesía. No sólo porque me inicié como poeta. Quizá sea porque la poesía es un arte de soledad, al contrario del cine que es el arte de las multitudes. En cuanto a la narrativa, aunque también es un arte solitario, es un arte de continuidad, es decir, que uno no puede escribir una novela en el tiempo en que escribe un poema, en un rato, en una guagua, a partir de un hecho que ocurrió. La novela requiere todo un ritual: sentarte diariamente, trabajar diariamente. Y la poesía ―sin que yo crea demasiado que es solamente resultado de la inspiración: creo, con lógica, que la poesía es noventa por ciento de técnica y diez por ciento de inspiración―; sí es evidente que está más cercana a eso que pudiéramos llamar, aunque la frase suene un poco demodé, la inspiración.

Con esta declaración pública estoy haciendo quedar mal a Don Alfonso Hernández Catá. Por cierto y porque me resulta curiosa esta pregunta selectiva, me gustaría decirte que, sin que haya sido premeditado, yo he ido intercambiando títulos de libros y de obras cinematográficas. Por ejemplo, mi tercer libro de poemas se llama El último caso del inspector, título de novela policial. En cambio mi próxima novela se llama como un libro de poemas Ama al cisne salvaje, mientras que el poemario que acaba de premiar Casa de las Américas se llama como un filme célebre de Deborah Kerr: Imitación a la vida.

Imagen: La Jiribilla

Ahora me gustaría que hablaras sobre el premió Casa de las Américas y sobre el libro con que lo has obtenido.

Resulta difícil contar un libro y más aún un libro de poemas. Imitación a la vida intenta ser un resumen, si cabe esta palabra hablando de poesía, de las experiencias que yo había acumulado desde Cabeza de zanahoria hasta Las quince mil vidas del caminante. Cuando digo resumen uso una palabra que suena un poco a contabilidad, debí haber dicho una summa. Creo que en este libro he logrado ―y que esto se interprete con toda la modestia del mundo― algunas cosas que buscaba en libros anteriores, algo sobre todo desde el punto de vista formal. Pienso que este libro agota un terreno de investigaciones formales en el que yo he venido trabajando y creo que en él mi obra poética alcanza una culminación. A partir de este libro, mi poesía ha dado un vuelco formal. Con este libro cierro un camino en la medida de mis fuerzas, de mis posibilidades, de mi imaginación, de mi talento y de mi cultura. En este sentido es un libro resumen-summa, como decía usando un poco en broma una palabra pedante.

Ahora quisiera decir que para mí obtener el premio Casa es algo que significa no sólo una alegría y una enorme felicidad, sino también un compromiso. Este premio está unido al entrañable recuerdo de la querida Haydée Santamaría y también a la memoria de un grupo de escritores latinoamericanos que en diversos años estuvieron entre nosotros como Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Haroldo Conti, Roque Dalton. Además, el jurado que premió mi libro estaba integrado por Juan Gelman; el mexicano José Emilio Pacheco; el peruano Antonio Cisneros y el cubano Fayad Jamís, de modo que es un jurado de rango continental, cuatro poetas que yo admiro de cerca y de lejos, cuyas obras he leído con verdadero interés. Por eso es un compromiso moral enorme y una enorme responsabilidad. No sé si habrás quedado complacido.

 

Versión de la entrevista que realizara a Luis Rogelio Nogueras, el periodista Orlando Castellanos, de Radio Habana Cuba y que fuera publicada en El Caimán Barbudo, Edición Especial, febrero de 1986, pp. 2-4

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