Wichy Nogueras o la ocurrencia
de no morir nunca

Madeleine Sautié Rodríguez • La Habana, Cuba

A 29 años de su fallecimiento, con solo 40 años, Luis Rogelio Nogueras —también  Wichy o el Rojo— vive, como si la muerte enamorada que se lo llevó en plena juventud fuera una farsa.

Haberse asomado alguna vez a su obra es suficiente para que el embrujo dure toda la vida y el poder de seducción eche a andar sobre ella sus resortes. La espontánea sinceridad que emana de sus escritos es una de las múltiples razones por las que este poeta mayor —intelectual de talla mayúscula, sin que debamos temerle al adjetivo— cautivó a sus coetáneos e imanta con natural espasmo a la actual generación de jóvenes lectores de poesía.

Imagen: La Jiribilla

Un entorno hogareño amante de la lectura, la “herencia” literaria de Alfonso Hernández Catá, del que era sobrino nieto —valga decir que al tener en el abolengo familiar al notable escritor, los libros de este autor eran de obligada consulta para todos los parientes— y un culto inapelable a José Martí, condicionaron en buena parte su formación; pero todo eso no habría valido de mucho sin el poeta interior que había en Wichy, quien nutrido de una exquisita sensibilidad por las cosas realmente sustanciales desarrolló en todo su esplendor el oficio.

Cuando ingresó en 1964 en la Escuela de Letras, ya había descubierto una de sus pasiones: el cine. Había trabajado en el Departamento de Dibujo Animado del ICAIC, como auxiliar de cámara de animación y también como dibujante, diseñador, guionista y director. Comenzar la carrera universitaria lo hizo abandonar en ese momento aquel mundo audiovisual e insertarse como redactor de mesa y periodista en la revista Cuba internacional. Fue por este tiempo que conoció a uno de sus más grandes amigos: el escritor Guillermo Rodríguez Rivera.

De ese proyecto literario que se gestaba por esos días, El Caimán Barbudo, le habló Rodríguez Rivera —uno de sus fundadores junto con Carlos Díaz y Víctor Casaus—. El Caimán sería un suplemento del periódico Juventud Rebelde. Wichy pronto empezó a colaborar con la nueva publicación. Después ocuparía el cargo de jefe de redacción de la  revista cultural, un medio de divulgación que pronto alcanzó un merecido prestigio.

Imagen: La Jiribilla

El Instituto Cubano del Libro fue otro de los parajes laborales de Wichy donde fue editor e investigador literario. La editorial Pueblo y Educación lo acogió como redactor especializado en Arte y Literatura  y más tarde fue asesor nacional de literatura. Pero mientras dejaba su huella de caminante culto y renovador por estos lares, la poesía anidaba y pronto sería una revelación, y sin abandonar las más tradicionales formas estróficas fue autor de novedosos textos que dejaron boquiabiertos a líricos renombrados frente a los sinuosos artificios de su poesía.

El poemario Cabeza de Zanahoria, viva estampa de la posmodernidad, le valió al poeta el premio de la Primera Edición del concurso David, en 1967; en 1977 publica Las quince mil vidas del caminante, y estando en imprenta El último caso del inspector, gana en 1981 el Premio Casa de las Américas de poesía con  Imitación de la vida, un cuaderno poético al que  un jurado compuesto por el argentino Juan Gelman, el mexicano José Emilio Pacheco, el cubano Fayad Jamís y el peruano Antonio Cisneros le reconoció “una contribución de primer orden a la lírica de nuestro idioma.”

La narrativa también fue un terreno fértil para el joven autor, amante del policial. En el año 1976 recibió el premio Aniversario del Triunfo de la Revolución  que otorga el MININT,  en coautoría con Guillermo Rodríguez Rivera por El cuarto círculo, y en el 77, la UNEAC lo galardonó con el Cirilo Villaverde, de novela, por Y si muero mañana. El cine no le reconoció menos su talento. El filme El brigadista, del que fue guionista, como también lo fuera de  Guardafronteras y Leyenda, estos últimos como coautor, fue también premiado por el Festival Internacional de Cartagena, y por el festival de Berlín Occidental.

Brilló en todos los escenarios expresivos en los que depositó su gracia creadora, un “solo gran todo”, como les llamó. Sin embargo, a la pregunta que le hiciera en una excelente entrevista Orlando Castellanos sobre cuál de los medios comunicativos prefería, la poesía fue la respuesta, “porque tal vez sea la poesía lo que con más gusto hago, aunque no quiero decir que lo demás no lo hago con gusto; me refiero al gusto íntimo… tal vez es que también la poesía es un arte de soledad… al contrario del cine que es el arte de las multitudes. Tiene que haber inspiración (...) pero es más de oficio y  de trabajo, y de darle taller.

Imagen: La Jiribilla

De su pluma nacieron poemas inolvidables, textos donde la esencia humana encuentra total acomodo entre la expresión y la inspiración.

Haciendo honor a que “la poesía empieza en todas partes y termina siempre en los papeles” recogió en su obra tantos momentos de la cotidianidad que convirtió en verdaderas joyas de la lírica.

Wichy nos dejó la estampa del amor y del erotismo en encendidos versos. Recordemos Materia de poesía, A una dama, Horario de oficina…, otros, plenos del sabor difícil del desamor como Ama al cisne salvaje, Labios sin beijos y Don’t look, lonesome boy. Sobre arte poética, la familia, Cuba y su Revolución, la literatura universal, los poetas, los males sociales, y los múltiples sentimientos humanos, lo cotidiano, la vida y la muerte escribió Wichy con la certeza de que el arte imitaba la vida y que la poesía le enriquecía el espíritu.  

Una imaginación fecundísima y una osada creatividad lo hicieron “cometer”, como dijo en una ocasión para referirse a la factura del poema, libros enteros en los que el poeta se desdobló en personajes de todas las épocas y diversos movimientos literarios, para dejar constancia de  que aún amante acérrimo del verso libre era capaz de construir todo tipo de estrofas imitando estilos y paradigmas clásicos.

 Wichy concibió una poesía capaz de sorprender con creces al lector que bien podía escalofriarse, reconocerse a sí mismo en los versos ajenos, sonreírse por el convite a la complicidad, llorar, regocijarse o divertirse. Recordemos, por solo citar uno de los tantos textos que podrían ilustrar el asunto su Madrigal confuso que tanto honor hace a ese estado de indefinición  en que nos deja la turbación amorosa:

Sonríe a pierna suelta/Me mira a media voz/Enseña provocativamente los cabellos/Se peina despacio las rodillas/Entorna suavemente la cartera/Mientras busca en el fondo de sus párpados/Una polvera de plata/Esta mujer acabará con mis nervios/Ya ven/No sé lo que digo.

Imagen: La Jiribilla

No en balde no pudieron entender su muerte sus contemporáneos cuando un 6 de julio Wichy nos dijo adiós. No faltaron espacios para homenajearlo, ni publicaciones que reseñaran la triste novedad. Recordemos El Caimán Barbudo que se le dedicó y donde intelectuales como Pablo Armando Fernández, Víctor Casaus, Félix Contreras, Eloy Machado y Milagros González, entre muchos otros,  dejaron versos de inconforme dolor ante el absurdo de su partida.

Algunos como Eduardo Heras León consideraron el siniestro como una más de sus bromas pesadas al resultarles tan difícil entender su ausencia. Pablo Armando resumió la ironía del destino así: “No porque te hayas muerto, ya lo sé, se nace para morir, ni porque no andes vivo entre nosotros, también lo sé, sino porque no quiero perdonarle a la vida, perdonarle a la muerte que haya sido en la hora de tu luz.”, otros más jóvenes como la poeta santiaguera Mabel Díez Ochoa, escribieron después en su honor preguntas sin respuestas: “¿Qué teléfono escuchó su voz en la tiniebla / y tanto amor terriblemente detenido?”.

El llanto de todos los poetas de la tierra juntos, siguiendo la fórmula vallejiana, no habría podido traernos a Wichy de vuelta tras el inexorable tránsito que emprendió hacia la muerte. Pero como mismo hay muchos modos de jugar, hay muchos modos de quedarse. Wichy, dispuesto a no morir del todo respira cada vez que alguien se sacude con su mensaje, comprometido con la justicia,  con la verdad y con todas las causas bellas.

Comentarios

Mira que busqué el poema El Madrigal Confuso! Lo leí en un libro que recopilaba varios autores hace alrededor de 7 a 8 años, pero no podía recordar el nombre. Recuerdo que fue mi favorito de ese libro, y hoy por hoy uno de mis favoritos de todos los tiempos.

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