Hay frío y sigo pensando en la trova

Amado del Pino • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Centro Pablo
 

Escribo en uno de los días más grises del año. Parafraseando a Sabina —ya que de buena trova va este texto—, tengamos en cuenta que estoy hablando desde Madrid. Tal vez en Suiza o en Holanda, más que por días, se cuenten por semanas las que son así de lluviosas y frías.

Los periódicos nacionales destacaron por aquí un suceso tan relevante como los 50 años de las primeras actuaciones de Joan Manuel Serrat. Está por aparecer una antología de medio centenar de canciones escogidas por el autor. Tengo muchas ganas de escuchar una y cien veces —como siempre hago con este cantor de mi alma— ese resumen, pero también me asalta el temor de que me pregunte por alguna que se quedó fuera de la generosa muestra.

Imagen: La Jiribilla

Para los cubanos que andamos por la amplia franja de entre 35 y 65 años, Serrat ha sido mucho más que un cantautor extranjero. Nos ha visitado mucho durante años, se escuchó abundantemente en la radio, y sus letras —las propias y las de los grandes poetas como Miguel Hernández y Antonio Machado— nos ayudaron a vivir, a enamorar, a pensar.

Alguna vez he escrito que su llegada al centro de los férreos años 70 de mi adolescencia traía un soplo de aire fresco. Su pelo era largo —como el que no nos dejaban usar en las escuelas y otros ámbitos— y —a diferencia de la ingenuidad de muchas historias divididas entre buenos y malos que veíamos en la televisión— nos recordaba que un hombre puede andar “con tres heridas” o que las historias de amor desembocan en territorios tan diversos como la melancolía o el desencuentro.

Es casi imposible en la tele y raro en la radio encontrar resonancias de la canción inteligente o expresamente poética si uno vive en España. Podría aventurar que a un joven que ahora tenga la edad de Serrat y —cosa rara pero no imposible— su talento, le será muy difícil tejer una obra y hasta una leyenda como la del catalán.

Pero no se trata de ponerse demasiado pesimista en un día tan nublado. Por varias provincias españolas estuvo el poeta cubano Víctor Casaus —alentador, gestor, cómplice de la trova desde su propio trabajo como cineasta— y ofreció varios conciertos en compañía de la joven trovadora Lucía Sócam. Bajo el nombre de Amar sin papeles recorrieron buena parte de la geografía española. 

Imagen: La Jiribilla

No pude estar en ninguno de los conciertos pero haber colaborado —en Cuba y en España— con Víctor, con María Santucho y con el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau que encabezan, me permite suponer con certeza que los conciertos juntaron a muchas personas sensibles, inquietas, inconformes con la programación cultural más legitimada por los medios. 

En La Habana, el Centro Pablo ha sido, durante muchos años, una sede propicia y un refugio cálido para trovadores de estilos diversos y de varias generaciones.

En las redes sociales hay gente —cubanos y de otras latitudes— que sigue gozando de los clásicos y de los nuevos talentos en materia de canción trovadoresca. No es cosa de viejos ni tiene que ser pesada o densa. Esquematizar y simplificar es cómodo pero no es siquiera justo.

Y me guardo unas líneas de las que escribo habitualmente para que en ese tiempo de lectura gocemos juntos una de las tantas canciones con que Serrat nos ha acompañado e impulsado durante las últimas cinco décadas de nuestros sueños y certezas.

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