El suspiro placentero de la felicidad

Thais Gárciga • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau
 

Virgen Gutiérrez ha tenido el privilegio, como pocas mujeres, de formar parte de la vida de hombres singulares, propiamente de intelectuales. Seres labrados con una arcilla especial, y a la postre escasa: la sensibilidad.

Cuando aún no llegaba a los 20 años conoció al primero de ellos, quien pautó el sino poético de su existencia, porque de poetas y escribidores siempre estuvo rodeada. Luis Rogelio Nogueras, o Wichy, el Rojo, fue, sin remilgos ni protestas, su primer amor. Desde entonces su vida transcurre desbordada de pasiones, demasiadas quizá, tanto así que la mitad de ella no se agota en una mera entrevista. Aunque la vida de ninguna persona se resuma en un diálogo, mucho menos la de un poeta y sus musas inseparables.

Wichy es solo una cara del rombo ¿Cuántos rostros esconde un poema? ¿Y del verso qué emana?: desgranar las palabras del idioma en busca de un verso muy bueno que tratase de asuntos muy viejos, como el amor, la verdad o el mañana [1].

¿Cómo se conocieron usted y Wichy?

Nos conocimos justamente cuando fuimos a averiguar cómo se podía matricular en la Escuela de Letras porque ninguno de los dos era bachiller. Había que pasar exámenes de ingreso y una entrevista que era la que definía si aprobabas. Algunas pruebas no tenían nada que ver con las humanidades. Yo era graduada de la Escuela de Comercio y no sabía nada de Química ni Física, por ejemplo.

Imagino que Wichy tampoco, aunque él era muy hábil y un lector ávido, leía de cuanto hubiera. Él provenía de una escuela militar que cursó antes del triunfo de la Revolución.

Aprobamos lo esencial: Literatura, Español, Historia. Supuestamente si suspendías el resto no ingresabas a la universidad, pero si pasabas la entrevista política entonces sí. Nunca hablamos sobre qué le preguntaron.

En aquel tiempo yo trabajaba en la dirección provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y por eso califiqué. Nunca me lo dijeron, pero con seguridad en Física y Química no tuve buenas notas.

Éramos muy jóvenes en aquella etapa, teníamos solo 19 años. Él me llevaba dos meses nada más, nació el 17 de noviembre de 1944. Empezó a jugar con su edad a partir de los treinta y tantos. En una entrevista realizada por Orlando Castellanos [2] le dice que nació en ese año, y meses después en otro encuentro le cambia la fecha por el 45.

Imagen: La Jiribilla

Coincidimos más tarde cuando vamos a saber el resultado de las calificaciones en el mural de la escuela. Allí hablamos por primera vez. Él me contó una historia —que está en un cuento mío— de un amigo que él tenía ahí y se había suicidado porque una muchacha con la que había estado lo dejó. Ese cuento nunca se me va a olvidar. Ganó premio en Guatemala, fue uno de los primeros que obtuve.

Nos ubicaron en el mismo grupo, junto a otras personas que después fueron figuras notables: Fernando Pérez, Lina de Feria, Nicolás Dorr, Nara Araújo, Eddy Pérez —ya fallecido—, Pío Emilio Serrano…. En primer año tuvimos como profesores a Roberto Fernández Retamar, Beatriz Maggi y Camila Henríquez Ureña que para mí es el summun de las maestras. Luisa Campuzano nos dio latín, en ese entonces ella estaba en quinto año.

El curso comenzó en octubre y nuestro noviazgo en marzo del siguiente año, más o menos. Como estábamos en la misma aula estudiábamos juntos. Mi relación con Wichy era magnífica, no obstante, nuestro noviazgo fue muy lindo y tormentoso al mismo tiempo. Wichy era un picaflor. Yo veía cómo se le iban los ojitos detrás de una mujer cuando pasaba delante de él.

Imagen: La Jiribilla

Pese a que ya había estado casada, en realidad vine a descubrir el mundo por Wichy, desde todos los puntos de vista. Me desperté en la vida gracias a él. Creo que por eso el recuerdo es imborrable. Al principio sufría mucho, pero rápido aprendí.

Mi madre se suicidó a causa de mi padre, y yo tomé conciencia de que no iba a sufrir por ningún hombre aunque lo amara con la vida. Fueron tres años de novios hasta que nos casamos en 1967, después de un viaje al que lo invitaron a Canadá. Era la primera vez que iba a ese país una delegación cubana de intelectuales.

Unos meses antes Wichy había ganado el primer Premio David, compartido con Lina de Feria, por el poemario Cabeza de zanahoria. Le puso así por su color de pelo rojizo.

Al regresar de Canadá me visita a casa de mi abuela. Nunca antes había ido porque ella era muy estricta. Yo estaba becada por esa razón, para zafarme de sus garras. Había dejado el empleo de la UJC y opté por una beca, no tenía otro trabajo tampoco, mi familia siempre había sido pobre.

Gracias a que no vivía con ella tenía un poco más de libertad. Él me dijo: “vamos a hablar con tu abuela porque nos vamos a casar”. Como te dije, yo no quería casarme, y de hecho, el matrimonio duró desde noviembre de 1967 hasta julio de 1968. De todas formas siempre fuimos muy amigos y mantuvimos una bonita amistad tras divorciarnos.

Me hice viejo
Me hice viejo, pero no sabio;
todo lo que aprendí sobre el amor de nada me sirvió.
Todo lo que vi en el corazón de las mujeres
no era todo lo que había en el corazón de las mujeres,
con las piedras que tropecé no volví a encontrarme
pero otras nuevas me hicieron caer
cuando me aparté diciendo:
“a mí esa perra ya me mordió”
entonces me mordió una gata.

El cine, la Escuela de Letras, El Caimán y otras causas…

Los padres de Wichy se divorciaron cuando él era pequeño, entonces su madre se marcha con su hermana, Ámbar, para Venezuela. A fines de 1958 o principios del 59, él viaja para verlas y ahí cursa unos talleres de cine.

En ese tiempo junto a un grupo de amigos le hacen una especie de mitin de repudio a Quevedo, el antiguo dueño de la revista Bohemia, que al triunfar la Revolución se marcha hacia ese país a fundar esta misma revista, por esas acciones los expulsan.

A su regreso a Cuba por esa fecha se incorpora al proceso revolucionario. Entonces, se integra como instructor de preparación militar en unas brigadas para varones —que ya existían antes del 59—; y a la vez se vincula al Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Como ya él había pasado un taller de animación se va para Cubanacán en 1960, donde estaban los Estudios de Animación del ICAIC. Ahí realizó su primera película, Un sueño en el parque, que ganó premios en festivales de países socialistas.

¿Él dibujó el animado?

Hizo todo. El dibujo, la animación, el guion…

Tiene que dejar Cubanacán cuando comienza la carrera en la Escuela de Letras. Luego trabaja en la revista Cuba, y en 1966, en segundo año de la carrera, entra en la revista El Caimán Barbudo que se había acabado de fundar.

Jesús Díaz, quien fue su primer director, llama a Guillermo que en ese entonces era estudiante de quinto año y colaboraba con Pensamiento Crítico, una publicación muy querida. A su vez, este avisa a Wichy y así es como entra al Caimán.

¿Cómo se conocieron Silvio Rodríguez y Luis Rogelio Nogueras?

Desde El Caimán…, por mediación de Guillermo que conocía a Silvio desde adolescentes. Ambos trabajaron en la revista Mella. En el primer recital que organizaron invitaron a Teresita Fernández. Eran prácticamente unos desconocidos. La presentación se llamó Teresita y nosotros.

Silvio empieza a relacionarse con los poetas. Nos reuníamos en una casa que tenía Guillermo en el Vedado, salíamos al Coppelia, hacíamos lo que se llaman descargas. Allí iban Pablo, Sara, Miriam Ramos, Vicente Feliú

Imagen: La Jiribilla

¿Qué distingue su obra de la del resto de los novelistas y poetas de ese periodo?

Yo creo que la autenticidad. Los poetas de esa generación tienen puntos comunes en los asuntos que tratan: la infancia, el amor, los temas sociales. Yo creo que el modo de abordar esas temáticas es lo que distinguió a Wichy, sobre todo de los del Caimán. Con el tiempo se alejó un poco de esa línea e incluso experimenta.

Él tenía una manera muy personal de escribir su poesía. Influye también su sensibilidad por otras artes, el gusto por los sonidos y el poder de convertirlos en metáforas.

Sus novelas son excelentes. La última tenía una maestría tremenda. Y si muero mañana es la que más me gusta, me fascinó.

¿Tenía esa voluntad expresa de ser original, de sentar su propio estilo?

Sí, y creo que lo logró en la medida en que se lo propuso.

¿Sus dibujos e ilustraciones están recogidos en algún libro?

El trabajo de animación está recogido en un documental de animación en el ICAIC. Ilustró el conjunto de sus poemas eróticos, Hay muchas formas de jugar, que se publicaron póstumamente.

En un dossier anterior dedicado a Wichy en La Jiribilla, Ernesto Sierra, autor de uno de los textos, finaliza: “Debemos pensar que desde el Paraíso poético donde debe estar persiguiendo musas con fines imaginables, Luis Rogelio, Wichy, el Rojo, está pidiéndonos menos homenajes y más reimpresiones, o quizá, ambas cosas. Nunca se sabe cuando se trata con un poeta tan presumido”.

Eso fue una ponencia que Sierra presentó en un coloquio que organicé en el año 1997 dedicado a Wichy. Es la única vez que se le ha hecho.

Propuse un coloquio en Casa de las Américas y no me lo aceptaron, entonces fui a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y hablé con Francisco López Sacha. El encuentro se llamó Cabeza de zanahoria, fue en noviembre por el aniversario del natalicio de Wichy. Participaron Excilia Saldaña, José Miguel Gómez (Yoss), Guillermo Rodríguez y el propio López Sacha. Víctor Casaus inauguró una exposición de fotos en el Centro Pablo de la Torriente Brau.

Lo único que se ha hecho como reimpresión —hasta donde sé— es poesía, Cabeza de zanahoria. Imitación a la vida, que es premio Casa, nunca se ha reimpreso.

Yo trato de convertir lo que ambos vimos en palabras
Y luego, con dificultad
Las palabras en versos
Y más tarde, con dificultad
Los versos en poemas
Cosas que a veces consigo, con dificultad
Y entonces publico esos poemas
Con dificultad
Y por ellos a menudo, con dificultad
me felicitan amigos y desconocidos
Y también con dificultad
Me odian más los mentirosos
Me llaman mentiroso los ciegos,
las mentiras me ciegan de odio.

Wichy fue un autor prolífico. En sus cuatro décadas de vida escribió poemas, novelas, guiones e incursionó en el periodismo, ¿trabajador incansable o talento innato?

Él tenía afán por vivir y escribir mucho. En la escuela durante las clases a veces no atendía porque estaba escribiendo un poema. Era muy inteligente, tenía una memoria fabulosa. Se destacaba en las muchas actividades que organizábamos: exposiciones, tertulias, lecturas de poemas, conferencias de diferentes intelectuales.

También era una persona culta, cuando él entró en la carrera ya tenía una instrucción, se había leído a muchos autores. De pronto me hablaba de un poeta del siglo XIX del que nunca había oído, y los dos teníamos la misma edad.

Además, era muy ingenioso y contaba con una tremenda memoria. Yo no he conocido a un hombre con más ingenio que él para solucionar rápido una situación que crees puede ponerte en aprieto. Apenas estudiaba, su talento era innato. Si teníamos que hacer una lectura, en ocasiones me decía: “yo me lo leí hace tiempo y todavía me acuerdo”.

Tenía la capacidad de unificar ese conocimiento a su sensibilidad, a su espíritu, su imaginación. Eso pasó con el latín. A ninguno de los dos nos “entraba”. Nosotros lo estudiábamos de memoria. Nos poníamos a repetir y uno le preguntaba al otro. A tal punto lo aprendió que escribió un poema en latín. A mí jamás se me hubiera ocurrido escribir un poema de amor en latín antiguo.

Tenía cierto complejo por ser diferente: pelirrojo, de tez muy blanca y pecoso. Le insistía en que eso lo hacía ver atractivo, era una diferencia positiva.

Poseía una facultad para improvisar cosas bonitas… Si te piropeaba era al estilo de los poetas. No era hombre de decir: “que ojos más lindos tú tienes”, sino que te encantaba con un símil, como un verso que él había leído en no sé qué libro. A las mujeres eso les gusta mucho.

Gastaba muchas bromas, le gustaba el juego. A veces llamaba por teléfono a alguien y cambiaba la voz, fingía ser otra persona, cosas así…

¿Sus famosos epitafios están recogidos en alguna antología o compilación?

Lamentablemente nunca los escribió. Todo el grupo se los sabía de memoria. Era una forma de burla porque además, las personas estaban vivas. Guillermo es el que más epitafios recuerda. Logré que recitara algunos para grabarlos y ponerlos en Voces, un programa en el que trabajo en Habana Radio.

Imagen: La Jiribilla

Desde el fondo, Vallejo sonreía sin descanso pensando en el futuro, mientras una piedra inmensa le tapaba el corazón y los papeles [3]

Mantuvo hasta el final su espíritu bromistaLos dolores en la espalda se los achacaba al nervio ciático, en realidad era que había hecho metástasis y se le había expandido la enfermedad. Él nunca supo que tenía cáncer. Nadie se lo dijo.

La última vez que lo vi fue en el hospital. Su papá me llamó y me dijo: “Si quieres ver a Wichy vivo tienes que apurarte”. Yo soy muy expresiva y cuando lo vi me impactó tanto que tuve que salir, refrescarme la cara y volver a entrar al cuarto.

En la funeraria me impresioné más aún. El rostro que vi en el féretro era el que había conocido en la juventud.

 

Notas
[1] Versos del poema “Una muchacha” transcritos de una grabación facilitada por la entrevistada.
[2] Orlando Castellanos Molina (1930- 1998) Periodista radial. Fundador de la emisora Radio Habana Cubana. Creó, dirigió y condujo el programa de radio Formalmente informal de esa emisora, donde entrevistó en varias ocasiones a Luis Rogelio Nogueras. Estuvo casado con Virgen Gutiérrez hasta su muerte.
[3] Versos del poema “El entierro del poeta”, del libro Cabeza de Zanahoria. 1967.

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