El brigadista y los recorridos del héroe cotidiano

Joel del Río • La Habana, Cuba

Luis Rogelio Nogueras se refugió en el ICAIC de los años 70, al igual que  Jesús Díaz, Víctor Casaus, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, para esperar que amainara el diluvio de inflexibilidades, incomprensiones,  y sanciones predominantes en otros ámbitos de la cultura como la literatura, la música o la televisión. Poeta y narrador, Nogueras muy pronto encontró en la escritura de guiones un modo de relacionarse con el cine cubano en un momento en que el Instituto parecía marcado por el imperativo de acercarse al gusto popular y renovar el contacto gozoso del público cubano por el cine de su país luego de los excesos historicistas, épicos y didácticos del llamado Quinquenio Gris.

Entre los mejores trabajos de cuantos emprendió Wichy Nogueras como guionista en el ICAIC se cuentan sus colaboraciones con Octavio Cortázar en dos de los filmes más populares de aquella época: El brigadista (1977) y Guardafronteras (1980). Tanto el director como el guionista se propusieron demarcar la línea que separa lo real y lo histórico. En ambas películas se habla de acontecimientos que ocurrieron realmente pero los personajes son ficticios, de modo que pudieran encarnar el ideal del cubano común: gente como uno, jóvenes sencillos y hasta corrientes, pero capaces de ascender al heroísmo en tanto comprenden lo que deben hacer en beneficio de su familias y paisanos.

"Si fuera una película de la primera mitad de los años 70, no escrita por Wichy, El brigadista probablemente hubiera recorrido los caminos del docudrama y se hubiera acercado a la labor alfabetizadora de Manuel Ascunce hasta el momento en que lo asesinan.

Si fuera una película de la primera mitad de los años 70, no escrita por Wichy, El brigadista probablemente hubiera recorrido los caminos del docudrama y se hubiera acercado a la labor alfabetizadora de Manuel Ascunce hasta el momento en que lo asesinan. Cortázar y Nogueras se propusieron, según declaró el segundo al periódico Granma el 20 de diciembre de 1977, “reflejar la significación que tuvo la Campaña de Alfabetización como acto cultural de la Revolución, ejecutada en un año crucial para nuestro proceso, pues también se produjo la invasión de Playa Girón. Al mismo tiempo, en las vivencias del joven protagonista se recogen las experiencias de miles de jóvenes que marcharon a los campos a erradicar el analfabetismo, enfrentando una realidad completamente nueva para ellos, que influyó de modo decisivo en su formación ideológica y humana. Junto a este motivo de interés histórico, existió otro de índole emocional para la realización de la película, producto de la profunda identificación que nos une al periodo abordado”.

En el mismo periódico, 13 de enero de 1978, Nogueras afirma concluyente que “la campaña de alfabetización sigue siendo el hecho cultural más importante que ha tenido lugar en América Latina en lo que va de siglo; para nosotros los cubanos, significó un hito en el camino revolucionario. Una generación completa comenzó a forjarse, justamente, de aquel contacto directo con la realidad del país. Los cien mil jóvenes que alfabetizaron, y también el millón de analfabetos que (…) comenzaron a ser tratados por primera vez como seres humanos, y que aprendieron a leer y escribir en aquel momento de 1961, son el público natural de El brigadista; pero también —y eso es para nosotros lo más importante y conmovedor— los jóvenes de hoy (que entonces no habían nacido y que se han visto retratados en Mario, porque aún le quedan muchas tareas revolucionarias a la juventud) forman parte del público natural del filme”.

Tanto el realizador como el redactor de la historia coinciden en la dimensión humana, emotiva, de un hecho cultural con enorme repercusión política. De modo que El brigadista se sitúa en las agendas propagandísticas del ICAIC (lo afirmo sin espíritu peyorativo, simplemente se infiere de las declaraciones de los autores y de la comprensión del cine cubano en aquella época) pero buscaba un lenguaje genérico, los códigos del cine de acción y aventuras, que le garantizaran la más amplia comunicación con el público y la fluidez o amenidad narrativa de la que carecían numerosas películas cubanas de aquella década.

Al igual que clásicos como Las aventuras de Robin Hood, de Michael Curtiz o Siete samuráis, de Akira Kurosawa, El brigadista presenta un héroe, o un grupo de ellos, capaces de asumir la defensa de las causas justas y la gente humilde.  En el filme cubano el joven héroe intenta proteger a los campesinos de Maniadero de los ataques combinados de la ignorancia y de los bandidos que intentan restaurar el antiguo régimen. De acuerdo con el instrumental teórico de desarrollo narrativo que provee Joseph Campbell sobre “el recorrido del héroe”, El brigadista encarna los mitos revolucionarios (enraizados en una tradición épica que se remonta a los griegos) sobre la supeditación voluntaria y gloriosa de los valores individuales a los intereses colectivos.

Campbell presenta la hipótesis de que el héroe pasa a través de ciclos, que constituyen su recorrido o viaje, con un patrón cultural común relacionado con etapas como la partida, la iniciación, la apoteosis y el regreso, componentes esenciales de la aventura que se identifican con leyendas, tradiciones y rituales de todos los pueblos del mundo. Mario, el personaje principal de El brigadista, abandona su mundo ordinario (la vida medio aburguesada y capitalina) para penetrar en un mundo extraordinario (la Ciénaga, con su naturaleza virgen y sus costumbres rústicas) y se verá compulsado a intercambiar iniciaciones con los campesinos (ellos aprenderán a leer y escribir, él vencerá sus miedos de bitongo capitalino), habrá una apoteosis en la disposición del muchacho a enfrentarse con los malvados opuestos a los ideales de aprendizaje y libertad que encarnan el joven maestro y sus nuevos amigos.

Si aplicáramos las fases de “el recorrido del héroe” al cine de acción y aventuras, y por tanto a El brigadista, tendríamos las siguientes variables, respetadas a pie juntillas por la dirección de Cortázar y el guion de Wichy Nogueras: la historia se ambienta en un periodo histórico que garantice cierta distancia mítica y entornos exóticos o desconocidos; el héroe acepta una misión que le aportará grandeza a los mundos ordinarios y extraordinarios que atraviesa; el héroe posee poderes especiales para emprender su misión (en el caso de Mario, está la instrucción, la nobleza, la humildad y la disposición a vencer el miedo); la búsqueda del héroe está vinculada con un conflicto personal y colectivo que complicará la misión (contrarrevolución, ignorancia, miedos); el llamado Elixir o recompensa del héroe culmina el recorrido o búsqueda y debe contribuir a la solución de los problemas colectivos; los aliados del héroe, y su interés romántico, actúan como auxiliares en el cumplimiento de la misión, pero a veces se muestran reluctantes a su realización debido a sus propios miedos e incapacidades.

El crítico cubano, especialista en el cine nacional, Luciano Castillo, en el texto “Doce meses que estremecieron a Cuba”, aparecido en la antología de ensayos “Cuba, Cinema et Revolution”, a cargo de Julie Amiot-Guillouet y Nancy Berthier, describe este recorrido del héroe, y sus variaciones circunstanciales, a la hora de resumir el argumento del filme: “Una vez insertado el joven brigadista en aquel lugar, enfrenta el rechazo inicial, los comentarios irónicos y las bromas de los pobladores a costa de su corta edad y su inexperiencia, al mismo tiempo que aprende a sobreponerse a sus miedos. Fue un propósito desde la propia concepción del personaje central que no tuviera nada en común con aquellos héroes tradicionales y esquemáticos, superdotados, capaces de saberlo todo y de vencer toda dificultad sin el menor esfuerzo; en este caso presentan, simplemente, un muchacho de quince años, lleno de temores”.

Por último, para evaluar El brigadista en tanto película de acción y aventuras debe tenerse en cuenta que el recorrido del héroe en este tipo de filmes tiene que ver con alguna búsqueda o misión (los filmes de Indiana Jones), con persecuciones (Butch Cassidy and the Sundance Kid, Thelma y Luisa), la defensa de alguien o algo (Star Wars), y la venganza o justicia aplicada (Corazón valiente). En diversos momentos de la trama, El brigadista asume estas cuatro instancias, y así se explica parcialmente el sempiterno atractivo de una película que parece no pasar de moda, en tanto consigue la emoción e identificación del auditorio cubano de cualquier época.

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