Fragmentos de la novela Ariza

A Friend

—Profe.

—Sí.

—¿Puedo hablarle un momento?

El recluso estaba parado en la puerta de la biblioteca y esperó a que Daniel terminara. Cuando Daniel salió le entregó unos cuentos que había escrito uno al que no permitían dejar la celda. Eran unos papeles manuscritos a tinta. Daniel los guardó en la carpeta.

—Me ves en el próximo encuentro —le dijo al hombre y se despidieron.

Un guardia, que había hecho amistad con Daniel, se acercó.

—¿Qué quería el cabroncito ese?

—Me dio los trabajos de uno que no dejan salir de la celda.

—De Jorge. El que degolló al custodio de Paraíso.

Daniel sacó los papeles y comprobó que era cierto. ¿Qué habrá escrito?, pensó. Le entraron ganas de leerlos enseguida.

—La historia es un poco fea —dijo el guardia—. No solo lo mató para robarle, había también celos.

—Mariconería.

El guardia asintió.

—Dijo en la celda que en la autopsia encontraron al custodio minado de cáncer. Un poco que hasta había que agradecerle al asesino.

—¿Pero eso es cierto?

—Es cierto. Se filtra cada cosa. Por ahí andan unas diapositivas con el tipo abierto. Estamos parecidos a la película de Amenábar.

—Sí, parecidos —dijo Daniel.

 

The Library

La biblioteca estaba en la planta baja. Enrejada como una celda más, aunque espaciosa y en una zona favorecida por la entrada de luz natural. Si ibas bien temprano los rayos del sol resplandecían sobre los tomos de una Enciclopedia Británica que ocupaba casi un estante. El mobiliario lo constituían muchas sillas, pero solo tres mesas plásticas que se reservaban para los pocos lectores que la frecuentaban, pues la mayoría prefería pedir el libro en préstamo para llevárselo a la celda, lo que había ocasionado que muchos ejemplares se perdieran. La biblioteca, inaugurada con la propia institución, exhibía una pulcritud extrema. Las paredes estaban pintadas de blanco y del techo bajaba una cadena de la que pendía un candelabro del siglo XIX, que para muchos era un regalo del mismísimo Conde de Montecristo, y no la donación del Archivo Histórico de la ciudad.

Ese día el número de alumnos superaba los sesenta. Daniel miró a su alrededor con suspicacia.

—Buenos días. Me alegra ver nuevas caras —les dijo, mientras sacaba de la carpeta varios libros—. La literatura puede ser el patrimonio de muchos. Hoy hablaremos un poco de lo que se conoce como el Realismo sucio. Escucharemos luego algunos textos escritos por ustedes, los discutiremos, y finalmente, leeremos unas cartas de amor que les traje, y que pienso les interesarán.

—Profe, permiso.

—Sí.

— ¿Por qué no empezamos con las cartas de amor?

—Podemos, pero recuerden que mi razón aquí es la clase de literatura y esto se ha ido transformando un poco. De todas maneras no hay problema, que empiece el que lo desee.

Cada uno había traído una carta de amor y empezaron a leer. Daniel estaba impaciente. El giro que tomaba la clase no le estaba gustando. Uno es por naturaleza cursi, pero si no se lucha es mucho peor. El azúcar hacía estragos en el recinto. Hubo uno al que se le aguaron los ojos. Daniel mandó a detener aquello.

La clase se había desviado definitivamente del propósito inicial y él, como nunca, entendió que pronto dejaría de ser el profesor. Por una parte había estado asegurando un dinero, pero por otra se daba cuenta de que estrechaba vínculos con algo intrínsecamente morboso, hasta el extremo de no ver en ocasiones el lado oscuro. Recordó cómo ya las golpizas no le daban ganas de vomitar. Lo veía, además, en la propia biblioteca. No cesaban de llegar libros que botaban de otras, regalos sin sentido de organismos que, un día, presionados por no se sabía quién, le hacían una entrega de algo que no servía de nada. La Agricultura, por ejemplo, les obsequió un arado en miniatura, trabajado en madera y metal, obra de un artista plástico del municipio. El artefacto estuvo en exhibición hasta que le llevaron un pedazo, que luego fue encontrado bajo la forma de un arma blanca. Los clásicos del marxismo abarrotaban más de una tercera parte de los libreros y nadie se atrevía a autorizar el descarte.

A Daniel le dolía que actuaran así con personas que se daban cuenta de lo que pasaba, seres que había llegado a apreciar, en un lugar que sentía a veces como su trabajo. Le preocupaba este sentimiento. Él era uno más y por razones de supervivencia había estrechado vínculos con el mercado negro. La ciudad había cambiado en unos pocos años. Ahora hervía y no se vislumbraba el arreglo. Esto, por supuesto, se reflejaba en su vida a través de un número de resquicios que solo conducían a la sala de lectura del penal. Mientras organizaba los libros, cambiaba de lugar una mesa, o simplemente ojeaba el catálogo, le parecía estar preparando su propia celda. Era como un hacer amistades por si lo detenían. Luego se llamaba a contar, pues cuántos no estaban en lo mismo y no pasaba nada.

Un guardia le avisó que tenía teléfono. Lo siguió por una madeja de pasillos hasta la cabina. Reconoció la voz del taxista. El chofer le explicó que lo habían llamado del Centro del Libro para que lo recogiera antes, pues tenía que estar en el recibimiento de los invitados a la Feria. De súbito Daniel recordó que le tocaba un señor muy viejo, premio nacional de literatura, que posiblemente debía hasta llevar de la mano, aunque la última información era que venía con una silla de ruedas. Los de Cultura le hacían una trastada todos los años. Qué se pensaban ellos que era un escritor. Pensó en Antón Arrufat. No se lo imaginaba de ayudante de nadie. Aunque claro, él no era una personalidad y Arrufat sí. Las cosas son también un problema de tiempo. Quién sabía dónde iría a parar con los años. En toda organización humana siempre hay una jerarquía. Hasta la más elemental se divide en estratos con el tiempo, caviló.

Frente al Centro del Libro había parqueada una guagua enorme. El taxi se estacionó detrás y Daniel pudo escuchar claramente cuando alguien lo mencionaba. Se trataba de Dolores, la directora, quien lo señaló desde un grupo que se había formado en la puerta. Daniel reconoció al escritor, un hombre de unos ochenta años, sentado en una silla de ruedas. La directora presentó a Daniel como alguien educado y capaz, dispuesto a hacer lo necesario para que el programa se desenvolviera sin tropiezos. Daniel le dio la mano al invitado y recogió el equipaje: dos maletas y una mochila enorme, de las que se ajustan a la cintura. Era el inicio de unos días amargos, cargados de actividades locas, en las que la cultura se repartía en dosis cuyos resultados se evaluaban por la cantidad de público asistente, el número de botellas de ron consumidas y el supuesto impacto que tenía en la población. Subieron a otro taxi que los esperaba en la esquina. En el camino Daniel se percató de que el anciano no dejaba de mirar por la ventanilla. Después se volvió hacia él y le preguntó dónde quedaba el Parque Martí.

Al día siguiente le dieron la noticia de que debía trasladarse con la personalidad a la prisión. El hombre había recibido información sobre el proyecto a través de los funcionarios de Cultura y quería ver cómo era eso de la literatura en el presidio. Daniel no pudo hacer nada. La actividad se planificó para que durara toda la mañana. Se tomaron medidas de seguridad extremas, que incluyeron hasta el apoyo de una brigada de practicantes de artes marciales en sus atuendos tradicionales. El programa abrió con una conferencia sobre Lezama Lima, donde se detallaba una carta que le había enviado al conferencista, allá por la década del 50, con motivo de unos poemas que publicara en una revista literaria. Los reclusos prestaron atención al inicio, luego, empezaron a seguir jocosamente los movimientos de la mano del escritor, mientras subía y bajaba con las explicaciones, hasta que derribó el vaso de agua que le habían puesto en la mesa para evitar que se ahogara con las palabras.

 

Informer

—Chivato.

—La lengua es mía.

—¡Vaya, coge tu chivato aquí! ¡Baratico!

Tuvieron que apartarlos.

 

Rape

El olor se impregnaba en las fosas nasales como una tupición diabólica. Los reclusos se habían apartado, dejando dos o tres literas por el medio, para evitar embarrarse los zapatos. Se preguntaban cómo era posible tanta mierda dentro de alguien.

Acostado bocabajo, con una sábana que le cubría hasta la mitad de la espalda, un hombre lloraba. Tenía los hombros finos, suaves, de muchacha. Un tatuaje en forma de flor adornaba su omóplato izquierdo. De súbito se escuchó una risa, seguida de un comentario procaz. Luego encendieron un radio donde casualmente se hablaba sobre el derecho a la identidad sexual.

 

Alexis Sebastián García Somodevilla: La Habana, 1964. Obtuvo el Premio de Cuento El Caimán Barbudo en 1989 con el libro El deshollinador. Tiene publicados dos libros por la Editorial Mecenas, El deshollinador (2000) y Senderos virtuales (2002). Textos suyos aparecen recogidos en antologías publicadas en Estados Unidos y el Reino Unido. Los cuentos publicados pertenecen a la novela inédita Ariza.

Comentarios

La novela ha sido escrita de forma impresionable, su expresión nos lleva a representar una imagen viviente, pudiéramos decir: Es un retrato hablado, que envuelve al lector, por lo que considero que es digna de leerse en su totalidad, pues tiene una enseñanza irrepetible.

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