Fábula en el escritorio:

Historias de lápices, pinceles, gatos, ratones y una ratita

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Creo en la obra de arte como una evidencia íntima de las obsesiones de su creador, la percibo como un secreto que se exterioriza ya sea a través de una metáfora, una imagen, un tropo, un sonido… pero que sigue siendo, al fin, el mismo substrato que aparece en formas analógicas. En el momento que catalogamos un estilo con respecto a un artista realmente estamos hablando de la detección de patrones que se repiten, que evolucionan, que se explicitan en la sumatoria de la propia obra.

En el teatro un creador omniscio va a correr más riesgos de revelar prontamente su estética y más ardua ha de ser su lucha por cambiarla, para sorprender al espectador. Tras una seriada muestra de exitosos unipersonales (Pico Sucio, El Ruiseñor), es más grande el reto que supone Fábula en el escritorio para Christian Medina y creo distinguir en ella contrastes precisos con relación a las anteriores, distinciones que —por el momento—, dotana la actual trilogía de un carácter particular en cada una de sus representaciones.

Imagen: La Jiribilla

Lo primero que lo distingue es que no es un argumento monolítico el de este espectáculo, sino la sumatoria de tres “juguetes”que, eso sí, se conectan como historias improvisadas surgidas de los juegos de palabras y del uso de los objetos que encuentra en su buró un Escritor. Este personaje, conector y narrador, y su crisis creativa, condicionan e impulsan el crecimiento y la complejidad de lo que acontece.

Si en El ruiseñor el espacio de narración parecía inquebrantable desde la intimidad que luces y espacios imponían, aquí estamos frente a un montaje que se expone ante el público y se arriesga con el antiguo truco de hacer del niño un performer, un sujeto activo, ya bien desde los más consabidos gags (como ese de hacerlos fisgones-cómplices-participes de una persecución) o de otro, más osado, al conducirlos, a través de la mímica y la imagen, hacia el próximo personaje (cuando con una soga hace cola y orejas y luego sale un ratón diseñado con fibras de henequén).

Tras los dos primeros encuentros volvemos a toparnos con una historia conocida por lo famosa de sus versiones: ya bien desde la de Pepe Carril, las Bodas del ratón Pirulero o a partir de Historia de Burros de René Fernández. Esta vez la ratita Fifi, o la burrita perla, se trasmutan en la ratita Marianita Pérez —unigénita del matrimonio entre el Ratón Pérez y la Cucarachita Martina— quien le anuncia a su padre, ya viudo, que tiene novio. El padre, sabiendo que tiene una hija única —literalmente porque es ratita con alas, antenas y sin cola— quiere al más exclusivo de los yernos y se lanza a su risible búsqueda del marido ideal que, como sabemos, desciende hasta el común ratón que ya no Pirulero, se llama Nino. Los componentes intertextuales de esta historia conforman en gran medida su hilaridad y la ratita parlanchina ubica sus antecedentes en las Caperucitas cubanas de Centeno y de Fernández Santana, mientras sus modismos lingüísticos la conectan con la Cocinerita Menor del mismo Christian.

En esta versión la suposición también forma parte de la diversidad de recursos que emplea el director para evitar la redundancia, de esta forma el viento es tan solo el efecto del aire sobre el ratón y el titilar de unos flecos, mientras que el muro se reduce a la presencia del tótem y el monólogo del Ratón padre en torno a lasrespuestas que tan sólo él escucha.

Otro elemento que separa a este proceso de los anteriores descansa en la disposición espacial, si en Pico sucio y El ruiseñor todo acontecía en los límites de la mesa del animador, ahora, la mesa tan solo marca el punto de partida para una puesta que se expande en semicírculos alrededor del proscenio y que alza su nivel al convertir el escritorio en retablo.

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