Coleccionismo y nostalgia en un álbum
de autógrafos de Gertrudis Gómez
de Avellaneda

Zaida Capote Cruz • La Habana, Cuba

Hace poco anuncié en Camagüey, la antigua Puerto Príncipe y ciudad natal de Gertrudis Gómez de Avellaneda, el arribo a Cuba de un álbum de autógrafos suyo.[1] Pensaba entonces en uno de esos álbumes al uso de su época, donde se solicitaba a los amigos un par de versos para adorno de su destinataria. Quizá aquellas primeras elucubraciones respondían al prejuicio latente de pensar en Avellaneda como mujer antes que como intelectual. No se trataba, sin embargo, de un álbum de recuerdos amistosos, o sí, pero de otro modo.

El parentesco quedaría mejor establecido si lo pensáramos según otros antecedentes, mucho más prestigiosos, hay que decirlo, de nuestra tradición: el Centón epistolario de Domingo del Monte o La vida literaria en Cuba de José Zacarías González del Valle.[2] Ambas colecciones de cartas son, más que un testimonio de amistad —aunque lo son, sin duda—, un registro de época; más que un compendio de los afectos de la vida privada o familiar, un documento para la historia. En esos dos casos, de hecho, la figura del destinatario se desdibuja; aparece apenas en la selección del coleccionista, en el gesto de conservar ciertas cartas y no otras. En este álbum Avellaneda, poniendo una vez más en solfa la pretendida invisibilidad femenina, será aquí la persona más visible, no solo porque es el objeto de la escritura de los otros, sino también (o sobre todo) porque es el sujeto que las comenta para sí misma y sus potenciales lectores del futuro: con numerosas notas al pie de las misivas, explicaciones de su elección, juicios sobre el desempeño público o artístico e incluso acerca de las virtudes privadas de sus corresponsales, irá armando frente a nosotros un prodigioso tapiz donde su imagen, lejos de borrarse, se delinea con mayor claridad que las de sus interlocutores.

Imagen: La Jiribilla
 XXIV Congreso Anual de la Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica dedicado el bicentenerario de Gertrudis Gómez de Avellaneda, celebrado en el Hotel Nacional de Cuba del 10 al 14 de noviembre
 

Recientemente adquirido por el estado cubano, este es un álbum que Avellaneda configuró seleccionando algunas de las más sobresalientes cartas que recibiera, una especie de legado oblicuo en testimonio no solo de su notabilidad y del alcance de sus relaciones sociales, sino pleno de reflexiones íntimas sobre sus corresponsales y las circunstancias del intercambio epistolar en un gesto que expone, más que hurta, su vocación de legado a la posteridad. Sin apelar a las consabidas “tretas del débil” para justificar su asunción de una práctica cultural habitualmente masculina, la escritora disfruta organizando su colección según la procedencia de las cartas. Aparte de estas, que integran casi todo el volumen, hay dos documentos excepcionales: un manuscrito sobre el sistema carcelario del Estado de Nueva York atribuido a José María Heredia —el gran poeta romántico cubano a quien veneraba y a cuya muerte escribió un sentido poema— y una carta autógrafa del Duque de Berg, dirigida al Ayuntamiento de Vitoria en 1808, justificando la invasión francesa a España con la necesidad de “dar vigor a esta nación lánguida que se halla en abatimiento”. Aunque ambos escritos —recibidos de algún amigo atento—, precisarían ver confirmada su autenticidad; su inclusión expande el registro de esta colección documental por el resguardo de otros papeles de interés ajenos a la correspondencia propia, dada la calidad política de ambos.[3] El coleccionismo expone así, pues, el compromiso de la dueña del álbum con los asuntos públicos.

Podemos imaginar a Avellaneda revisando una y otra vez las cartas recibidas, en trance de elegir las más interesantes. Las fechas más tempranas de sus notas corresponden a la del retorno a Cuba en compañía de su esposo Domingo Verdugo, a fines de 1859. ¿Habrá tenido algo que ver aquel viaje a la patria con el impulso de documentar una vida sumamente exitosa en arte y en política? Su interés de legar al futuro la confirmación de una existencia provechosa toma cuerpo en la vecindad de estos silentes testimonios. Pero, ¿en qué consiste el álbum?, ¿quiénes fueron los corresponsales elegidos?[4] Tiene que haber sido arduo decidir la selección final. Afectos, influencia política, amistades literarias, compañeros de empeños intelectuales, todo se mezcla en esta colección que, inevitablemente, nos invita a atribuirle cierta dramaturgia.

Debo aclarar que parte de esa correspondencia fue publicada por Domingo Figarola-Caneda, quien copiara de las transcripciones en posesión de Carlos del Cristo y Valverde.[5] Sin embargo, muchas de las notas de Avellaneda no fueron publicadas por Figarola, no sabemos si por decisión suya o del copista previo, empeñados tal vez en “proteger” a Avellaneda de sí misma, omitiendo sus opiniones más espinosas.

Las primeras cartas pertenecen a personajes de la alta nobleza española. Casi todas dan prueba del respeto que los más notables de esa condición le profesaban, e incluso de cierta complicidad franca: Eugenia de Montijo la pone al tanto de cómo han hecho llegar a la Reina su solicitud de trabajo en Palacio;[6] el padre del Rey le agradece su celo y sus consejos, justo en los días en que se acordaba el casamiento de su hijo con Isabel II:

cada día veo más que vos sois quien debe ser la consejera y compañera para que en medio de mis continuos sinsabores me saquéis de dudas y hagáis llevaderas mis penas. Todo cuanto me decís lo he hecho al momento; veo y conozco lo que os interesáis por mí y mi familia. Os aprecio cada vez más, y en todo os consultaré.[7]

Tal familiaridad se mantendrá en su trato con numerosos miembros de la nobleza, y todos, invariablemente, reconocen en Gertrudis a una interlocutora atenta pero altiva, una igual, en suma.[8] La Duquesa de la Torre, esposa del General Serrano, cubana como ella, representará un caso sui generis: varias de sus cartas, a veces insulsas, se recogen en este tomo. Evidentemente Avellaneda se sintió muy agradecida de las atenciones que Antonia y su esposo tuvieron con Verdugo y con ella, y esa inclusión numerosa es una especie de agradecimiento postrero por el cobijo emocional en trance tan difícil como su retorno a Cuba, la dolencia de su esposo y su posterior viudez.

Numerosas misivas pertenecen a políticos o militares notorios en la movida vida pública española de esos años. Y de casi todos expone ella su impresión. Una carta de agradecimiento de Leopoldo O’Donnell, quien había sido capitán general en Cuba y era para esa fecha, 1858, presidente del Consejo de Ministros en España, lleva al calce una reveladora anotación de Avellaneda:

Conservo este autógrafo por lo que desde la revolución del 54 viene figurando en España este General y Ministro. Por lo demás, no sé si su estatura como hombre de Estado le dará derecho algún día a contarse entre las celebridades legítimas.[9]

Así, quienes ocupan algún espacio en su álbum de recuerdos es porque ella considera que lo merecen. Si tiene dudas acerca de si O’Donnell merecerá la gloria,[10] no ocurre lo mismo con Ramón María Narváez, de quien asegura: “ha figurado tan largo tiempo en primera línea en España, que creo deberle la honra de conservar algunos de los escritos que tengo suyos”.[11] La misma razón la asiste para juzgar la inclusión de una carta de Juan Bravo Murillo: su “notabilidad política”. Pero el interés en esos asuntos dista mucho de ser ingenuo. De Sartorius, Conde de San Luis, su oponente en el episodio de la frustrada entrada a la Academia, dice sin ambages que

podrá no merecer el puesto que le doy entre personajes augustos o célebres; pero si eso será una verdad dentro de cincuenta años, hoy día ningún contemporáneo puede extrañar que coloque aquí su autógrafo. Pocas personas han dado tanto que hacer en España como el antiguo redactor del Heraldo; ninguna le iguala en la habilidad de saber meter ruido y hacerse atmósfera conveniente. Además, el exceso de la corrupción presta también cierta celebridad, y como Presidente del Consejo de Ministros, del 52 al 5 [sic], el Conde de S. Luis excedió, en tal concepto, todas las previsiones.[12]

Tales opiniones, además de ser más o menos comunes en la época entre la clase ilustrada, podríamos atribuirlas al despecho por el frustrado intento de ingresar a la Academia —también concienzudamente documentado en este álbum, como veremos— pero hay otras que no dejan resquicio alguno a la confirmación del interés de Avellaneda en la cosa pública. Si no bastara su manifiesta amistad con los más notables políticos liberales del momento, si no fuera suficiente el testimonio de lealtad con que ofrece cobijo a Romero Ortiz en horas de peligrosa incertidumbre política,[13] bastaría su aversión expresa a la corrupción y al mal gobierno en una breve nota al pie de la carta que le dirigiera Antonio López de Santa Anna, gobernante de México —autoproclamado como “Su Alteza Serenísima”— donde anota Avellaneda: “Fue por muchos años Presidente, o mas bien dictador, de la República Mejicana”.[14]

Imagen: La Jiribilla
Entrega del álbum de autógrafos de la Avellaneda a la Biblioteca Nacional José Martí. En la foto, de izquiera a derecha, Eduardo Torres Cuevas, director de la institución; Fernando Rojas, viceministro de Cultura y Zaida Capote, investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística 
 

El álbum hace de Avellaneda, una vez más, nuestra contemporánea. Opinión, relaciones, arrojo, nunca le faltaron; ni tampoco la solidaridad de muchos de sus pares. Salta a la vista, en el célebre trámite fallido por entrar a la Academia, el alcance de sus relaciones, los hilos que movió para intentar comprometer el voto de los más respetados académicos, todo perfectamente documentado aquí. Misivas de Mesonero Romanos, Pacheco, Donoso Cortés y una del Marqués de la Pezuela[15] cuyo desanimado relato de la infructífera sesión todavía conmueve:

Muy Señora mía y de todo mi aprecio. Debo a usted contestación a sus dos últimas. No la di antes porque esperé el resultado de nuestra sesión de la Academia creyendo que indudablemente sería otro del que ha sido. El Sr. Duque de Rivas, Pacheco, Apezechea y yo hicimos lo que pudimos. Nos derrotó[16] la mayoría. En mi juicio casi todos valíamos menos que usted pero sin embargo por la cuestión del sexo (y el talento no debe tenerlo) los partidarios de usted sufrimos todos la pena de no contarla a usted por ahora entre nuestros académicos, y para nadie es mayor esa pena que para su apasionado servidor, que sus pies besa,

El Marqués de la Pezuela[17]

La reputación de su talento era tal y tan indudable, que los más célebres de sus contemporáneos dejaron testimonio de su admiración por ella. Así, este álbum reúne epístolas de la Condesa de Merlin, quien la llama “Mi estimada paisanita” y le ofrece colaborar en sus revistas y abrigo en su casa de Versalles; Fernán Caballero, que solicita ayuda para un amigo de su familia. Concepción Arenal, inspirada por el homenaje que los obreros de Barcelona le rindieran a Avellaneda, le escribe acerca de unos versos que había escrito sobre el tema pero no logró publicar, sometiendo a su juicio el modo en que funciona “la aduana literaria”. Levantisca, Arenal le merece a la cubana un juicio solidario, ese sí, publicado, como su carta, por Figarola, aunque con una de esas correcciones cuya causa sigue siendo esquiva:

La autora de esta carta, poco conocida en España como escritora, es, sin embargo, uno de los más grandes talentos de su sexo. Sus artículos políticos,[18] publicados sin firma en el periódico La Iberia, bastarían á su reputación, si no la hubiera desdeñado por modestia ó por misantropía. Es, además, poeta no vulgar, y de los más desgraciados de cuantos[19] recibieron del cielo[20] ese don funesto que parece incompatible con la fortuna.[21]

Aunque a menudo Avellaneda reniega de la política, es evidente que tuvo trato con muchos de sus más influyentes representantes. Su rechazo se manifiesta en la nota a uno de los autógrafos de García Tassara; pero nunca sabremos si en ese juicio no pesaba también el resentimiento por el triste pasado compartido con el poeta sevillano. La nota a un breve billetito suyo, añadida en 1860, reza: “Tassara sería el más grande de nuestros poetas, si no se hubiera empeñado en ser un adocenado hombre político. Se halla actualmente de embajador en los Estados Unidos de la América”.[22] Creo que, más que la actividad política, ella repudiaba la mediocridad; su reproche a Tassara no se justifica por su dedicación a la vida pública, pesa más aquí lo de “adocenado”. Avellaneda detestaba sobre todo la falta de originalidad; quizás fuera precisamente eso lo que la hacía aborrecer a quienes, viviendo en la política, no alcanzaban a conseguir la gloria.

Otro espacio importante lo ocupan, en este álbum, las firmas de notabilísimos artistas del momento. Julián Romea, Matilde Diez, Marietta Alboni, Anne de La Grange y Enrico Ronconi comparten ese paisaje íntimo que dibujó para nosotros, donde quedan aún un par de personajes poco conocidos: un entusiasta poeta italiano, Enrico Bensoy, y el mayordomo de los Duques de Montpensier, el Marqués del Moscoso, cuya carta, confiesa Tula, quedó encuadernada en este libro por error. Aun así, escribe en 1867:

La anterior carta se encuadernó en este libro por equivocación, pero la dejo en él complaciéndome en conservar un recuerdo de las atenciones que merezco a los Infantes Duques de Montpensier, cuyas virtudes privadas les conquistan en España más íntimos y sinceros respetos que su rango de príncipes.[23]

Su condición de prima inter pares se manifiesta no solo en las profesas declaraciones de admiración y respeto de sus corresponsales más sobresalientes, sino también en la declaración abierta de la preferencia que gozaba entre sus contemporáneos. Antonio Ferrer del Río —de quien anota sucintamente: “Creo a Ferrer del Río uno de los mejores críticos que tenemos en nuestros días”— le confiesa sin reparos que “A nadie más que a Vd. fui a ver a Sevilla” (1867)[24] y el célebre Zorrilla le dice también, a su turno, desde París, que envía a su apoderado a verla:

El mismo hará a V. en mi nombre una proposición, que á nada la obliga por compromiso conmigo,[25] pero que yo me creo obligado á hacer, á V. porque creo que sus obras son las solas en España de las cuales debo acordarme. V. hará libremente lo que la convenga, no olvidando que yo soy su amigo más sincero y desinteresado y su más apasionado admirador.[26]

Sin embargo, ella mantuvo lucidez y opinión propia en cada comentario. Aun frente a amplios y repetidos elogios, serenamente expuso su visión del firmante o de la circunstancia del intercambio epistolar. En algunas ocasiones erró, como es lógico, llevada por su amistad o su admiración. Tal es el caso de su juicio sobre el actor que dirigiera varias de sus obras: “Julián Romea, más aplaudido en nuestros días como actor que como poeta, (porque dos preeminencias no parecen compatibles en España) figurará algún día entre los más distinguidos de nuestros escritores contemporáneos”.[27] Sin embargo, casi siempre sus opiniones se han visto avaladas por la historia y en muchas ocasiones son tan certeras como interpretación de la personalidad y la obra que merecerían figurar en un breviario de crítica; así, dice de Pastor Díaz, con penetración digna de un analista profesional: “Pastor Díaz, mi amigo, casi mi hermano desde la juventud, es un escritor y un orador de sentimiento. Su talento es extenso y penetrante, su carácter algo débil y veleidoso : su estilo es el resultado de esa amalgama”.[28] Un gracioso juicio sobre Ventura de la Vega expone otra arista de sus comentarios: “Ventura de la Vega, comenta, es un bello talento, pero, según dicen, un feo carácter. Yo no soy juez porque le quiero”. Otras veces, sin rubor, incluyó epístolas que dicen mucho de su propio carácter, como el simpático regaño que le dirigiera Hartzenbusch, aturdido por su insistente solicitud de realizar en el Teatro del Príncipe, subvencionado por el Estado, una puesta de La hija de las flores en beneficio de una célebre actriz del momento, violando los estatutos de la institución. Disfrutemos este testimonio de cómo sabía bien Avellaneda hacerse un lugar en el mundo cultural al que pertenecía:

V. quiere complacer a Teodora, no es esto? Pues lo mismo quiero yo, y otros muchos de nuestro gremio quieren otro tanto; pero Teodora sabe mejor que V. que por un acuerdo de nuestra Sociedad se determinó que ninguna obra nuestra, representada ya, se diese o permitiese poner en escena para beneficio: por lo mismo yo le hubiera agradecido en el alma que se abstuviese de echar mano de La Hija de las flores u otra composición que se hallare en igual caso. Como individuo de la Sociedad no puedo decir otra cosa; como humilde servidor de la autora y la beneficianda...[29] ¿qué quiere V. que diga sino que hagan Vms.[30] lo que quieran sobre el particular? No seré yo por cierto quien pretenda causar el más leve disgusto a una persona que tanto honra a nuestra Sociedad como V.

Respecto a mediar entre esos sres. y vosotros, cuanto V. haga será bien hecho, porque nadie hay más amante de la paz que yo. Intente V., Tulita, y sobre todo, intente de modo que se salga con la suya, consiguiendo que todos vivamos[31] en buena armonía. Difícil es; pero no lo creo imposible, y para V. menos.[32]

Hartzenbusch, como tantos de sus contemporáneos, conoció de cerca el brío de Tula, su capacidad para hacerse obedecer o complacer, así como el alcance de sus relaciones sociales, que este álbum tan bien documenta.

Imagen: La Jiribilla

Pero el hallazgo más prominente de esta colección, si hubiera que elegirlo, sería el del compromiso de Avellaneda con el liberalismo español, la calidad de sus opiniones políticas, que niegan irrevocablemente aquella tesis tan llevada y traída —y tan aprovechada para demeritarla ante sus coterráneos patriotas— de su neutralidad política. A Avellaneda se la ha acusado de todo: de no ser una escritora sobresaliente, de no ser cubana, sino española, de ser neutral en política. La discusión sobre su escritura, aun cuando uno de los más prominentes críticos cubanos, Cintio Vitier, se dé el lujo de escribir que a él su poesía “no lo conmueve” es, cada vez más, cosa del pasado;[33] esta misma convocatoria que nos reúne hoy lo prueba, así como la actualización de sus lecturas. Su condición de cubana, defendida por Dulce María Loynaz, entre otros, con pasión exaltada,[34] solo ha sido puesta en duda por quienes no advierten que atacar a Avellaneda —quien dejó testimonio suficiente de su amor por Cuba— sería restarle a esta una de sus glorias más altas, disminuyéndola. Este álbum impugna la tesis de su presunta neutralidad con juicios tan claros como contundentes sobre la situación política de España. Entre ellos, la más notable revelación, la más inesperada, ocupa el pie de una carta de su admirado General Serrano:

Conservo esta carta del Gl. Serrano, Duque de la Torre, aunque hay en el volumen otras del mismo, por la circunstancia de haber sido escrita cinco días antes de la célebre batalla de Alcolea, que ha trocado completamente la faz de España. La revolución grande, radical, que ha tenido por uno de sus primeros corifeos al General Duque de la Torre, podrá llegar —y es probable que llegue— a los escesos más lamentables ; pero sería injusticia negar a sus primeros caudillos la gloria de haber intentado salvar al país de la ignominiosa servidumbre á que se veía reducido por el absolutismo vergonzante de una reina sin talento, ni virtudes, ni instintos siquiera que alguna vez la impulsaran hacia el camino del bien, y una camarilla corrompida y audaz, posesionada de la cosa pública como si fuese de su propiedad exclusiva. La bandera por la cual combatió y triunfó Serrano, no era la misma que hoy tremola una democracia inexperta, ignorante y violenta, que por desgracia, se va sobreponiendo á todo. En los momentos en que trazo estas líneas los amantes del legítimo progreso, los hombres de libertad y de órden, se empiezan a preguntar con espanto, ¿á donde vá España ?... Dios lo sabe. Solo él nos puede salvar de la anarquía.[35]

Ahora bien, la carta de Serrano es de septiembre de 1868 y la nota de Avellaneda, del mes siguiente, precisamente la fecha en que un puñado de criollos y esclavos recién emancipados comenzaba a morir por la independencia de Cuba. Con seguridad ese contraste entre ella y estos explica en parte la exigente lectura y los reproches de algunos de sus críticos. Pero esas no son, concordarán conmigo, palabras de una mujer ajena a su circunstancia política.


[1] Un adelanto del hallazgo aparece en “El azar o el trabajo o De cómo llegó a Cuba un álbum de autógrafos de Gertrudis Gómez de Avellaneda”, La Siempreviva (en prensa), donde incluí la transcripción de diez de ellos. El álbum constaba originalmente de 105 autógrafos manuscritos (104 ahora, falta uno de Alberto Lista), encuadernados en cuero verde y anotados por su destinataria.
[2] Gertrudis Gómez de Avellaneda es quizás el más famoso de los epistológrafos cubanos; la correspondencia de ninguno de sus coterráneos ha conocido la celebridad de que gozan sus cartas desde la publicación, en 1907, de la Autobiografía y cartas de la ilustre poetisa hasta ahora inéditas, con un prólogo y una necrología por D. Lorenzo Cruz de Fuentes.
[3] José María Heredia estuvo involucrado en una conspiración independentista y fue desterrado por el gobierno colonial; el general napoleónico Joachim Murat, Duque de Berg, gobernaba Madrid durante los célebres fusilamientos del 2 de mayo, cuya tétrico retrato nos dejó Goya.
[4] Los corresponsales recogidos en el álbum son Eugenia de Montijo, luego Emperatriz de Francia; El Rey consorte, Francisco; la infanta Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier; su esposo, el Duque de Montpensier, Antonio María de Orleáns; Francisco de Paula, padre del Rey; el infante Enrique de Borbón, Duque de Sevilla; el Duque de Rianzares, segundo esposo de María Cristina, la reina regente; Leopoldo O’Donnell, Capitán General de Cuba entre 1844 y 1848; el General Ramón María Narváez, líder del Partido Moderado y presidente del consejo de ministros en varias ocasiones; Juan Bravo Murillo, presidente del consejo de ministros y amigo de Ignacio de Cepeda; el Conde de San Luis, Luis José Sartorius, fundador de El Heraldo y contendiente de Avellaneda en su solicitud de entrada a la Academia; el Príncipe de Polignac, presidente del consejo de ministros de Francia entre 1829 y 1830; Juan Francisco Donoso Cortés, presidente del consejo de ministros en 1836 y amigo de Gabriel García Tassara; la Duquesa de la Torre, Antonia Domínguez, esposa del General Serrano; Francisco Serrano, Capitán General de Cuba entre 1859 y 1862, y presidente del consejo de ministros en 1874; Manuel José Quintana, poeta y amigo de Avellaneda, quien leyera poemas suyos en un homenaje público y en su sepelio; Juan Nicasio Gallego, sacerdote y poeta español, amigo de Avellaneda; el Duque de Frías, poeta, presidió brevemente el consejo de ministros en 1838, con su esposa, fueron padrinos de boda de Avellaneda y Sabater; Francisco Martínez de la Rosa, poeta, ministro de Estado en 1822, director de la Real Academia Española entre 1839 y 1862, donde apoyó, sin éxito, la admisión de Avellaneda; el Duque de Rivas, Ángel María Saavedra, dramaturgo y poeta, participó en el alzamiento de Riego y dirigió, en 1865, la Real Academia Española y el Ateneo de Madrid; Manuel Bretón de los Herreros, dramaturgo y poeta, miembro de la Real Academia Española desde 1837; Ramón de Mesonero Romanos, cronista de costumbres, miembro honorario de la Academia desde 1838 y de número en 1847; José Zorrilla, poeta y dramaturgo, autor del célebre Don Juan Tenorio; Eulogio Florentino Sanz, poeta y dramaturgo; Gabriel García Tassara, poeta y diplomático, padre de Brenhilde, la malograda hija de Avellaneda; Cristino Martos, abogado y político, fue ministro y presidente del Congreso, Avellaneda lo nombró albacea sustituto del capellán de la reina en su testamento; Juan Manuel de la Pezuela, Conde de Cheste, dirigió la Real Academia Española; Joaquín Francisco Pacheco, abogado y dramaturgo, dirigió la Real Academia Española y ante ella presentó la solicitud de Avellaneda en 1853; María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlin, escritora y cantante, en sus cartas se dirige a Avellaneda, quien había prologado la versión española de su Viaje a la Habana, como “paisana” o “paisanita”; Concepción Arenal, poeta y ensayista, organizó en España la Cruz Roja del Socorro; Fernán Caballero, Cecilia Böhl de Faber, novelista española, Avellaneda le dedicó El príncipe de Viana; Julián Romea, actuó en y dirigió muchas de las obras de Avellaneda, tanto en El Circo como en el Teatro del Príncipe, luego Español; Matilde Diez, actuó en varias obras de Avellaneda, estuvo en México y La Habana entre 1853 y 1858; Salustiano de Olózaga, militar y político, en 1843 presidió el consejo de ministros y en 1871 ingresó en la Real Academia Española; Miguel Miramón, general mexicano, en 1860 ocupó el gobierno de México mientras Benito Juárez, el presidente legítimo, recorría el país; pasó por Cuba, camino del exilio, en 1861; Antonio López de Santa Anna, fue varias veces presidente de México, se declaró dictador vitalicio y cedió a Estados Unidos parte del territorio mexicano, estuvo en el exilio en Cuba y Colombia; Manuel Gutiérrez de la Concha, militar, diputado a Cortes y presidente del senado, ocupó la Capitanía General de Cuba entre 1850 y 1852; Nicomedes Pastor Díaz, periodista y político, amigo de Avellaneda, para cuyas Poesías (1850) escribió una “Noticia biográfica”, entre otras críticas a su obra; Pedro Antonio de Alarcón, periodista y narrador, dirigía el periódico satírico El Látigo; Juan Eugenio de Hartzenbuch, poeta y dramaturgo, autor de Los amantes de Teruel, ingresó a la Real Academia Española en 1847; Luis González Bravo, periodista y político, miembro de la Real Academia Española, secretario de Gobernación del gobierno de O’Donnell; Modesto Lafuente, historiador y periodista satírico, fundador del semanario Fray Gerundio; Alberto Lista, poeta y periodista, miembro de la Real Academia Española, Avellaneda le dedicó Sab; Evaristo San Miguel, militar y político, diputado a Cortes, secretario de Estado entre 1822 y 1823 y ministro de Guerra durante el gobierno de Espartero; Ventura de la Vega, traductor y dramaturgo español, miembro de la Real Academia Española y director del Teatro Español, donde se puso, entre otras, Recaredo; Cirilo Alameda, entre 1838 y 1841 fue arzobispo de Santiago de Cuba, también arzobispo de Toledo; Manuel Nicolás Corpancho, poeta y diplomático peruano en México, de donde fue expulsado por Maximiliano por apoyar a Juárez, murió en un incendio en el barco que lo traía de Veracruz a La Habana; Antoine de Latour, hispanista e italianista francés, preceptor y secretario del Duque de Montpensier y amigo de Fernan Caballero; Marietta Alboni, cantante lírica italiana, discípula de Rossini, se presentó en Madrid entre 1850 y 1851; Giorgio Ronconi, barítono italiano, actuó en La Habana en 1847, profesor del Conservatorio Real; Enrico Bensoy, autor de un poema a Avellaneda que no he podido identificar; Anne de la Grange, tiple de ópera francesa, Avellaneda le dedicó un poema por su interpretación en Safo, en Sevilla; Abel-François Villemain, escritor y político francés, consejero de Estado, ministro de Educación Pública y secretario perpetuo de la Academia Francesa, un juicio suyo se incluye en las obras de Avellaneda editadas por Rivadeneyra; Antenor Joly, periodista y director de teatro francés, sus juicios sobre las obras de Avellaneda aparecen en la edición de Rivadeneyra; Antonio Cánovas del Castillo, político, presidente del consejo de ministros en varias ocasiones, redactor del manifiesto de Manzanares, fue ministro de Gobernación y de Ultramar; Leopoldo Augusto de Cueto, escritor y diplomático, fue secretario de estado, miembro de la Real Academia Española desde 1858; Antonio Ferrer del Río, historiador y periodista, vivió en La Habana en su juventud, miembro de la Real Academia Española; Juan Valera, escritor y diplomático, miembro de la Real Academia Española desde 1862, autor de Pepita Jiménez, publicó varios juicios críticos sobre Avellaneda de quien llegó a decir que solo Santa Teresa la superaba; Marqués del Moscoso, mayordomo de los Duques de Montpensier; José Fernández Espino, crítico y poeta, sucedió a Lista en la presidencia de la Academia de Buenas Letras de Sevilla; Juan Martínez Villergas, escritor y periodista satírico, fundó en La Habana El Moro Muza; Manuel García Barzanallana, político, fue presidente del Senado; Narciso Campillo, poeta, redactor de El gaditano, donde Avellaneda publicó “Nuevo mes de María”; Francisco Flores Arena, médico y escritor; Antonio Romero Ortiz, periodista y político, fue ministro de Ultramar, tuvo amoríos con Avellaneda, a quien escribió bajo el seudónimo de Armand Carrel; Segismundo Moret y Prendergast, político, diputado a Cortes, ministro de Ultramar, autor de la Ley de vientres libres o Ley Moret (1870); Domingo Dulce, militar y político, anfitrión de Avellaneda y Sabater en Barcelona, a su regreso de Francia, fue gobernador de Matanzas y Capitán General de Cuba entre 1862 y 1866 y durante un breve período en 1869. Dos autógrafos más, los mencionados documentos de José María Heredia y el Duque de Berg, completan la colección.
[5] Como el propio Figarola-Caneda, quien a la sazón estudiaba medicina, un hijo de Carlos del Cristo y Valverde se vio involucrado en el proceso seguido contra los estudiantes en 1871, y aunque se libró del fusilamiento sufrió prisión, como el propio Figarola-Caneda. Quizás ese abyecto episodio de nuestra historia colonial le hizo abandonar su pretensión de hacerse médico; quién sabe si haber compartido con su hijo la injusta prisión decidió a Del Cristo y Valverde a proporcionarle a Figarola algunas de estas cartas. Ignoro cómo habían llegado a manos de aquel.
[6] En torno a tal solicitud se ha exagerado mucho; aquí queda claro que no se trataba de un rebajamiento de sí misma, sino una confirmación de su valía: estaba harta de ver cómo a sus colegas varones el Estado les aseguraba medios de subsistencia honorarios, algo que nunca pudo ella conseguir.
[7] Carta no. 3, de Francisco Antonio, padre del rey, de1 25 de junio de 1845. En las citas he actualizado la ortografía.
[8] Sus comentarios acusan familiaridad al mismo tiempo que opinión propia; algunos nos hacen sonreír. En la carta del Duque de Rianzares, por ejemplo, escribe al pie: “El Duque de Rianzares, como marido de la reina Cristina ha sido en España, hasta la revolución de 54, un personaje influyentísimo. Además, creo que debo conservar un autógrafo del hombre que de simple guardia de Corps pasó a ocupar el tálamo real de la viuda de Fernando 7º”.
[9] Carta no. 6, de Leopoldo O’Donnell, fechada “Hoy, 24”. Figarola-Caneda no incluye esa fecha, sino simplemente “Madrid, 1858”.
[10] Tales dudas podrían ilustrarse ampliamente recordando que el gobierno de O’Donnell en Cuba fue de los más represivos de la etapa colonial, como prueba el feroz sofocamiento de la Conspiración de la Escalera, a consecuencia del cual fue asesinado el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, quien “en un proceso amañado, carente de garantías, fue sentenciado a morir fusilado por la espalda, junto con otros diez acusados” (Instituto de Literatura y Lingüística, Diccionario de Literatura Cubana, tomo II. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984, p. 1061).
[11] En otra carta, la no. 12, anotará: “Conservo más de una carta de este hombre público —ya por su ancianidad venerable—, porque muestran algunas, y entre ellas la presente, que sabe ser buen amigo. Durante mi viudedad, en país extranjero, le debí atenciones y consuelos singulares; que más tarde, me han impedido juzgarle con la severidad que merecía por muchos de sus actos como Ministro y jefe de partido”. Sus juicios políticos dan paso muchas veces a comentarios íntimos. Al pie de una carta de Serrano, fechada en La Habana el 20 de mayo de 1862, anotará un año más tarde: “a mi juicio el mayor título de Serrano para ocupar distinguido puesto entre los hombres notables de la época es, indudablemente, el de ser verdadero tipo de hidalguía caballeresca” (Carta no. 15).
[12] Carta no. 9. En Figarola-Caneda, p. 190. No incluye esta nota.
[13] Incluida en Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cartas inéditas existentes en el Museo del Ejército. Edición e introducción José Priego Fernández del Campo. Madrid, Fundación Universitaria Española, 1975.
[14] Carta no. 45, inédita.
[15] Todas reproducidas por Figarola
[16] F-C: “derribó”.
[17] Carta no. 31, fechada el 12 de febrero de 1853 y reproducida por Figarola-Caneda (p. 172), y por Cotarelo y Mori (pp. 249-250), quienes, sin embargo, no incluyen la nota de Avellaneda. De 1859: “Este General-poeta es un tipo de los antiguos caballeros y en tal concepto conservo como precioso su autógrafo”.
[18] F-C: no aparece. La supresión parecería justificar la sospecha de que las opiniones de Avellaneda fueron censuradas por sus copistas previos.
[19] F-C: “y de las más desgraciadas de cuantas”
[20] F-C: “Cielo”
[21] Carta no. 36.
[22] Carta no. 29.
[23] Carta no. 89.
[24] Carta no. 91.
[25] F-C: no aparece.
[26] Carta no. 27, del 2 de agosto de 1852. En su nota, que no reprodujo Figarola quizás por considerarla poco adecuada al elogio del autor del Don Juan Tenorio, escribiría ella: “Creo sinceramente a mi amigo Zorrilla el príncipe de nuestros poetas descriptivos, no obstante su incorrección”.
[27] Carta no. 38.
[28] Carta no. 49.
[29] F-C: “beneficiada”
[30] F-C: “ustedes”
[31] F-C: “iríamos”
[32] En Figarola-Caneda, pp. 146-148.
[33] Cintio Vitier, Lo cubano en la poesía. La Habana, Editorial Letras Cubanas, p.
[34] Dulce María Loynaz, La Avellaneda, una cubana universal. Conferencia pronunciada en el «Liceo de Camagüey», por la ilustre poetisa y escritora cubana, Dulce María Loynaz, la noche del 10 de Enero de 1953. Por iniciativa de la señora María Teresa Aranda de Echeverría, La Habana, 1953, 27 pp.
[35] Carta no. 27.

 

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