Sus prólogos a obras de Teodoro Guerrero

Las aguas detenidas

Cira Romero • La Habana, Cuba

Reconocida por su obra poética, narrativa, dramatúrgica, confesional y, como diríamos hoy, promotora cultural, permanece menos estudiada la faceta de Avellaneda como ensayista y crítica literaria. Pocos expertos —María Concepción Albin, Nina Scott y Susana Montero, entre otros escasos nombre— le han dedicado especial reconocimiento a esta zona de su creación para revelar sus aportes en ambas manifestaciones,[1] ignoradas, incluso, por críticos tan autorizados como Cintio Vitier.[2]

Al apreciar la labor de Avellaneda como prologuista de obras literarias Susana Montero precisó:

En estas páginas de la Avellaneda el juicio crítico surge no a través de un acto intelectivo, sino de una coparticipación de sentires y creencias, con lo cual quedaba desplazada una vez más la comprensión de la racionalidad, atribuida por la cultura a lo masculino, en favor de la comprensión emocional, denotada tradicionalmente como femenina… [...] No esperemos pues hallar en el desenvolvimiento de su discurso crítico —como tampoco se halla en el de sus coetáneos— un método entendido como sistema preconcebido de interpretación y análisis, ni una voluntad de dictar cátedra a partir de la revelación exegética de las “verdades” de cada texto; postura que a impulsos del positivismo marcaría las décadas finales del siglo xix como el alba de la crítica literaria científica. (Montero 2005 126).

Imagen: La Jiribilla

Los textos críticos y ensayísticos de Avellaneda hasta ahora localizados, donde acaso pudieran ubicarse también varios artículos, son escasos. Destacan, en ensayo, el estudiado por Albin sobre Luisa Molina, su célebre y a la vez denostado “La mujer” y sus artículos “Lo bueno y lo bello” y “Situación actual del artista”, más su “Galería de mujeres célebres”, los cuatro últimos aparecidos en su revista Álbum cubano de los bueno y lo bello (Habana, 1860). A ellos sumemos su labor como prologuista. De “Situación actual del artista”subrayo una afirmación que retrata una percepción muy personal sobre el artista, acaso la de ella misma, pues, como se sabe, puedo disfrutar, a un tiempo, del brillo del espectáculo emanado de sus obras teatrales y del aplauso por su poesía, reconocida por los críticos más notables de la época. Dice la autora de Baltasar: “Una corona en el teatro, millares de palmadas en un liceo, la admiración de un pueblo entero delante de un cuadro o de un edificio, son las verdadera riqueza de la inteligencia” (Avellaneda 1860 241).

El ejercicio como prologuista de obras literarias acaso constituya uno de los principales aportes críticos de la cubana. “Apuntes biográficos de la señora condesa de Merlín” (1844), que abrieron las páginas de la edición en español de Viaje a La Habana; el que dedicó al tomo Poesías (1860), de Luisa Pérez de Zambrana; otro, involuntario,[3] al volumen de versos Melancolías (1863?), de Ángel Mestre Tolón, y dos a obras de Teodoro Guerrero: a la tercera edición de su novela Anatomía del corazón (1858) y una carta-prólogo a Lecciones del mundo. Páginas de la infancia (1865), forman su universo en esta dirección. En el caso del últimoautor citado nuestro interés se centra más en el dedicado a la referida —y hoy desconocida novela— que, por cierto, llegó a alcanzar nueve ediciones, tres de ellas en Las Habana, dato que no puede pasarse por alto.

El nombre (y la extensa obra) de Teodoro Guerrero y Pallarés (La Habana, 1824-Madrid, 1910) no tienen significación en el ámbito literario cubano y español, a pesar de haber publicado más de veinte títulos entre novelas, piezas teatrales —como El matrimonio. Pleito en verso, en colaboración con R. Sepúlveda, con varias ediciones— y hasta un Diccionario filosófico del amor y las mujeres (Madrid, 1848). Educado en España, donde se graduó de abogado. A su regreso a Cuba colaboró en periódicos y fundó en 1845 la revista Quita Pesares, de carácter burlesco. Fue presidente interino de la Audiencia de Camagüey.

Aparte de estas escasas noticias, se sabe fue amigo personal de la hoy homenajeada y uno de los pocos asistentes a su sepelio. Quien acudió a seudónimos como Juan Diente, Goliat, Mr. Papillon y Juansin miedo debió tener, quizás, un buen sentido del humor, pero es solo una especulación. Guerrero integra una vasta nómina de novelistas coetáneos cubanos hoy desconocidos como Francisco Javier Blanchié, más atendible como poeta, Andrés Avelino de Orihuela, que evocó en su novela El sol de Jesús del Monte (París, 1852) el doloroso final de la vida de Plácido, y José Güell y Renté, más atenido a temas americanos en sus Leyendas de América y Tradiciones de América, ambas de 1861, entre otros nombres perdidos en nuestra historia literaria, quienes en la década comprendida entre 1850 y 1860 enriquecieron solo cuantitativamente la narrativa insular.

Para Max Henríquez Ureña la obra novelística de Guerrero era celebrada por el público de “gusto fácil” (1963 233), criterio que obligaría a preguntarnos por qué una escritora de juicio atinado y buena lectora desde sus años de infancia accedió a prologar obras de quien apenas tuvo reconocimiento literario, ni siquiera en su momento de mayor presencia en los anaqueles de las librerías españolas y cubanas. Sin embargo, su prólogo a Anatomía del corazón tiene una significación especial, no por la obra presentada, por cierto apenas aludida en sus palabras, (¿acaso una estrategia de Avellaneda para evitar juicios poco entusiastas?), sino porque los criterios expuestos sacan a la luz los ideales estéticos y éticos que postulaba a finales de la década del 50, muy opuestos a los expresados en Sab y Dos mujeres.

Su prólogo fue, primero, una carta privada de Avellaneda al autor, utilizado a posteriori como carta-prólogo, procedimiento habitual hasta ya entrado el siglo xx. A la altura del año 1858, cuando aparece la novela —la misiva data, al parecer, del año anterior— los patrones del gusto regentes en aquel momento se afiliaban, sobre todo en España, a la poesía y a la narrativa románticas nacidas en la propia península, y también en Francia: las novelas de Chateaubriand, fallecido en 1848, tan del gusto de la cubana, y a quien leyó en su ya lejana juventud, la poesía de Lamartine, juzgada por ella, en carta a Ignacio de Cepeda, como “uno de los más grandes poetas de la moderna escuela, y acaso el más dulce y fácil” (1969 59). Sin embargo, por entonces se hacían sentir las seducciones del realismo, sobre todo en el campo de la novela, hechizo que ella y otros escritores rechazaron. El argumento de la obra de Guerrero, desarrollada en Madrid en 1839, es absolutamente banal: el autor intenta a lo largo de sus páginas “anatomizar” a los personajes protagónicos y secundarios, en un intento por explicar cómo y qué siente el ser humano en sus pasiones y misterios más íntimos y concluye con la apreciación de que “Mi libro es inútil: es imposible hacer la Anatomía del corazón [...] pues donde acaba el hombre empieza Dios” (1858 345).

Según declara Avellaneda al comienzo de su misiva, “he leído con mucho placer, y en verdad que con solo decir esto último hago de ella el mayor elogio, pues confieso a V. que he perdido (Avellaneda 1858 7, énfasis mío) gran parte de mi afición a esta clase de obras, y muy particularmente a las modernas de que nos inunda la nación vecina (en alusión a Francia), y de la que existen entre nosotros no pocos imitadores” (Ibid.). Precisa detenerse en la forma verbal del pretérito he perdido, o sea, tuvo predilección —y bien se sabe que fue así— por autores que leyó con fruición y que ahora cita —y nombra incluso alguna de sus obras— para rechazarlos: Víctor Hugo, “con el prestigio de su gran talento” (Id. 48) y su Nuestra Señora de París (1831), de la cual censura el modo en que la madre de Esmeralda expresa su amor maternal; y Balzac y su Papá Goriot (1834-1835), personaje que da título a la obra y para Avellaneda “verdadera caricatura, degradación repugnante del alto carácter del padre” (Id. 9).

Los dos escritores franceses mencionados por Avellaneda son una de las más contundentes pruebas de los difícil que es “clasificar” en literatura, pues ambos transitan, como luego lo haría Flaubert, del romanticismo al realismo, dejando atrás, y lejos, las brumas que produjeron Chateaubriand y Madame de Staël, sin olvidar que Stendhal detestó el lirismo de Víctor Hugo y de Lamartine y que George Sand, la baronesa de tempestuosa juventud, escribe, según su propia confesión, al dictado de los personajes que encuentra en la vida. El tránsito operado en la literatura de lo romántico a lo realista, constatable también en Stendhal y sus El rojo y el negro (1830) y La cartuja de Parma (1839), novelas posiblemente leídas por la autora de Sab, ¿fue acaso una incomprensión de Avellaneda ante el avance de la también llamada escuela verista, que venía haciéndose sentir desde la década del 30 del siglo xix? Permítanme una digresión para responder a esta pregunta.

Si romántica fue Sab (1841), hay en ella indiscutibles rasgos realistas, palpables aún con mayor fuerza en Dos mujeres (1842-1843), ambas, y en este momento es necesario subrayarlo, prohibidas en Cuba por diferentes razones: la primera porque “contiene doctrinas Suvercivas del sistema de esclavitud de la isla, y de ser contrarias á la moral y buenas costumbres la segunda, pr. estar plagada de doctrinas perjudiciales á Ntra. Sta. Religion y atacada en ella la Sociedad conyugal y canonisado el adulterio” [sic], según se lee en el expediente abierto en la aduana de Santiago de Cuba.[4] Recordemos además que en su primer cuaderno de viajes narró con emoción su visita al estudio de Montesquieu y en algún momento de su autobiografía refiere la lectura de otros ilustrados, cuyos libros formaban parte de la biblioteca familiar principeña. Había leído también, con empeño, a Juan Jacobo Rousseau. Aunque estos autores habían escrito sobre la mujer en tanto condición como sujeto y sus derechos, no les faltó la vacilación en lo concerniente a sentirla como igual. Ambos autores, en los que se sumió con juvenil entusiasmo años atrás, aunque el autor de El espíritu de las leyes se había referido a la absoluta subordinación de la mujer a la autoridad del hombre en el matrimonio, no son ahora bienvenidos en sus palabras prologales.

Imagen: La Jiribilla

Para responder a la interrogante antes formulada es preciso aludir no solo el año en que Avellaneda escribe su carta a Guerrero: 1857, hecha pública al siguiente, sino, sin sumirnos en el puro biografismo, recordarlos caminos por los que, entre 1846 y 1858, ha transitado su azarosa vida. Puntualmente: publicó Guatimozín, último emperador de Méjico [sic] (1846), contrajo nupcias, ese mismo año, con Pedro Sabater, Jefe Político Superior de Madrid y Secretario de su Majestad con Ejercicio de Decretos, del que enviuda poco tiempo después; reinicia por algún tiempo sus relaciones con quien fue el gran amor de su vida: Ignacio de Cepeda; se enlaza matrimonialmente (1855) con Domingo Verdudo, Coronel del Ejército, Ayudante del Rey y Diputado a Cortes; estrena entre 1846 y 1858, generalmente con gran éxito, trece obras dramáticas, entre ellas Saúl, La hija de las flores, Baltasar y Los tres amores; viaja en compañía de su esposo por los Pirineos y escribe sus deliciosas impresiones de viaje… Solo dos hechos enturbian su vida en ese lapso: el rechazo a su solicitud de admisión a la Real Academia Española de la Lengua (1853) y el atentado de que es víctima su esposo Verdugo (1858), al parecer por móviles políticos disfrazados de antipatía en el campo de las letras y de cuyas lesiones nunca se recuperó. Fue la causa de su muerte (1863) residiendo en Cuba, donde cumplía funciones de gobierno.

A estas alturas de su vida —me refiero al año 1858— Gertrudis Gómez de Avellaneda, cansada, acaso ya desapasionada en amores, agobiada de luchar contra no pocos convencionalismos sociales, pero con una posición pública respetable y tan encumbrada que hasta comparte con la realeza española, ¿acaso estaría dispuesta no a defender la obra de Guerrero, honrada discretamente por ella, sino la de autores que antes leyó con fruición? Creo que no. Al respecto le dice al autor de esta anatomía:

¿Por qué no he de ser franca con V.? He cobrado hastío a esos cuadros, más o menos recargados, pero siempre antipoéticos, de las miserias humanas y de los vicios de nuestra actual sociedad. Ni Víctor Hugo con todo el prestigio de su talento, ni Balzac con todo el ruido de su pasada boga, han logrado hacerme amena la pintura de las deformidades del hombre moral, o interesarme en el trabajo inglorioso de desenvolver ruindades y miserias de entre el oro y la púrpura de eso que se llama el gran mundo en nuestros días.

Y prosigue:

Poeta antes que todo, yo amo lo bello, y aunque sepa por desgracia, que no siempre es lo verdadero, siento repugnancia invencible por esas anatomías, cuando solo se hacen para presentar asquerosidades. Imagine V., pues, si el título de su libro debió ser para mí simpático y atrayente, y comprenderá lo mucho que digo en su favor al asegurar que lo he leído con gran satisfacción (18587-8).

Admira la obra de Guerrero porque él “no pertenece a esa escuela bastarda de los pintores de lo feo” (1858 8) y no ha dejado en ella “una sensación de asco” (Id.9), palabra de la que se disculpa debido a su vulgaridad. Con la obra ahora juzgada, dice,

No me ha sucedido ni una sola vez […] lo que con otros libros, muy ponderados por cierto, que he solido arrojar con ira, maldiciendo al ingenio que solo emplea los brillantes colores de su paleta en retratar monstruos o bichos. (Páseme V. también, le dice a Guerrero, este sustantivo mal sonante (Id. 9).

Avellaneda se enoja ante la obra de los autores franceses citados, Hugo y Balzac, aunque muchas de sus novelas, como las que cita —Nuestra Señora de París y Papá Goriot, como antes vimos— “han gozado y gozan todavía de gran reputación, no faltando gentes que sostengan que pintan con verdad al corazón humano” (Id.10). Sorprende en verdad Avellaneda con sus criterios ciertamente pacatos, sostenidos, más que desde la razón literaria misma, desde una razón “moral” que en su caso se desvirtúa por sus propias realizaciones novelísticas, sobre todo en las citadas Sab y Dos mujeres, pero, a la vez, explican quizás por qué, apenas unos años después, escribe y publica en La Habana, durante su estadía entre 1859 y mediados de 1864, su novela El artista barquero; o Los cuatro cinco de junio (1861), una de sus obras más singulares y relevantes, pero desasida de las impetuosidades y “gravedades morales” de Sab y Dos mujeres y preñada de una proyección ideológica mucho más conservadora, aunque muy apreciable por los recursos técnicos empleados.

Creo son las circunstancias personales antes mencionadas las gravitantes en Gertrudis Gómez de Avellaneda para expresarse de tal maneraen su carta a Guerrero, verdadero tour de forcé al que se ve precisada, opino, por estrategia pública y, hasta cierto punto, para “curarse en salud” y quedar a bien con una sociedad que la había censurado (y quizás despreciado) en su momento. Es cierto que sus criterios los expone en una misiva en principio privada, pero qué son las cartas sino conversaciones en las que el espacio entre una y otra permite la reflexión, la incertidumbre, el espejo lejano que nos ofrece el otro. Ahora Avellaneda se ha tornado una consejera lúcida, una amiga generosa con el compatriota necesitado de un fuerte apoyo intelectual. Ya casi ha concluido la arquitectura literaria de su carrera, está a punto de ser coronada, no una sino varias veces, al regresar a su tierra de nacimiento a finales de 1859, aunque no pocos compatriotas, jóvenes en su mayoría y con fuerte sentimiento antiespañol, llegado el momento en que se abrieron las cortinas del habanero teatro Tacón, el 27 de enero de 1860, para que la condesa de Santovenia y Luisa Pérez de Zambrana colocaran en su cabeza la corona de laureles esculpidos en oro, habían hecho circular por la ciudad un soneto anónimo, por demás injusto, que, de conocerlo la escritora, mucho debió disgustarle.[5]

Prólogo convencional y retórico, Avellaneda arrincona sus ideales, prácticamente subviertesus valores éticos, o, al menos, los menoscaba, y se sumerge en convencionalismos donde cede ante los conflictos emocionales, tan de su gusto en años anteriores, para convertirse en una perita prejuiciosa, nada afín con su personal “vanguardismo” de años anteriores. Su documento prologal adquiere un carácter tópico y deja a un lado, al menos aparentemente, su proverbial modo de enfrentar el acto literario, tan alejado de los convencionalismos sociales. ¿Acaso ha variado, reitero, su sistema de valores literarios y éticos? Es posible, o, acaso también, como una Talía, se esconde tras su propia máscara. No pasará mucho tiempo, tras su segunda viudez, que encuentre de nuevo en la religión católica, nunca abandonada, pero a veces un tanto excluida de su vida, el amparo que necesitaba, y se dedique con pasión a escribir su Devocionario nuevo y completísimo en prosa y en verso (1867) o, incluso, llegue a interesarse levemente por los misterios del espiritismo gracias a su amigo Luis Coloma, quien, por cierto, poco después tomó los hábitos sacerdotales.

El segundo prólogo, mejor, carta-prólogo, sobre una obra de Guerrero es el que dedica a la quinta edición del libro titulado Lecciones delmundo. Páginas de la infancia (La Habana, 1865). Fue obra declarada por el “Superior Gobierno de la Isla” un “texto forzoso de lectura en todos los establecimientos de enseñanza” (1865 3) en Cuba y también, en una nueva edición al año siguiente, en Puerto Rico. Cuando redacta su carta, Avellaneda vive todavía en la Isla, de donde se marchó, en compañía de su hermano, en los primeros meses de 1864, pues le dice a su amigo: “¿qué me corresponde hacer sino envidiarla [la obra comentada], yo que siento enseñorearse la estéril pereza de todas mis facultades bajo la influencia de este clima del trópico? (1865 3). No puede extrañar que al momento de redactar su carta le exprese a Guerrero: “preciso me es también tomar mi ya olvidada pluma para probar a V. que inalterable en la amistad, a pesar de las diferencias de tiempos y lugares, me hago siempre un deber complacerle” (Ibidem 3). Se excusa de no formular un juicio crítico “pues sería tan exagerada modestia suya como excesiva presunción mía el suponer de grande autoridad mi fallo, tratándose de una obra que, además de llevar al frente el nombre de V. bien conocido del público, aparece tan competente y razonablemente juzgada” (Ibid. 3) por las autoridades competentes. Tras marcharse de Cuba, Gertrudis se establecería por un tiempo en Sevilla, donde permanece algo alejada de la sociedad intelectual, aunque entre sus amistades de entonces figura la novelista Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) y un grupo de jóvenes con aficiones a la literatura, en especial al teatro. Por esos años preparaba la edición en cinco tomos de sus Obras literarias (1869-1871), de las cuales deja fuera, entre otras, sus novelas, Sab, Dos mujeres y Guatimozín… La diabetes sacarina que por entonces padecía le dificultaba realizar mayores esfuerzos.

De la lectura de la carta-prólogo al libro de lectura de Guerrero se desprende su sana envidia ante el texto juzgado, no solo por su calidad, sino porque ve reflejado en él “al padre amante, al padre que adelantando su sabia previsión a la inteligencia de la hija que hace sus delicias, se goza en allanarle el áspero camino de la virtud, para que llegue en lo futuro a una felicidad sólida” (Id. 4). No ha olvidado su prólogo anterior y le dice sentirse “persuadida de que le parecerán ya imposible las anatomías del corazón” (Id. 4), y alaba la unción religiosa del nuevo texto y la moralidad que emana de sus páginas.

Este texto sería acaso, mientras no se demuestre lo contrario, la última página prologal escrita por Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien, a no dudarlo, estaba urgida de una paz interior después de haber sufrido tantos avatares durante su compleja vida y su no menos compleja rica trayectoria literaria. Atrás habían quedado sus días de esplendor, cuando lo arriesgaba todo, tanto en su acción literaria como personal. Quizás no hiciera calcetas —creo que nunca las manufacturó—, pero para ese momento ya todo estaba dicho, ya todo estaba hecho, ya todo, al parecer, quedaba rectificado. La historia literaria demostraría que fue grande por obras como Sab y Dos mujeres, entre otras, y que ella sería recordada siempre por su altivez, por su fortaleza y su grandeza de espíritu, vertidos en obras y acciones, y no en prólogos circunstanciales como los dedicados a las obras de Teodoro Guerrero, aunque otros que escribió, como el concebido para Viaje a La Habana, de la condesa de Merlín, atesora otras novedades.
 

Bibliografía
 
Gómez de Avellaneda, Gertrudis. Prólogo a Anatomía del corazón. Madrid:Imprenta de L. García, 1857.
___________________________. “Situación actual del artista”, Álbum cubano de lo bueno y lobello. La Habana, 8 (1860): 240-241.
___________________________. [Carta-prólogo] a Lecciones de mundo. Páginas de infancia. . La Habana: Imprenta del Gobierno, 1865.
___________________________. Diario de amor; Autobiografía. Cartas a Ignacio de Cepeda. La Habana: Instituto del Libro, 1969.
 Guerrero, Teodoro. Anatomía del corazón. Prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Madrid: Imprenta de L. García, 1857.
Henríquez Ureña, Max. Panorama histórico de las letras cubanas. La Habana: Edición Revolucionaria, t. I, 1963.
Montero, Susana. “El discurso crítico de la Avellaneda: un fantasma ilustre de la historiografía literaria cubana”.La Avellaneda bajo sospecha. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2005.
 
Notas:
 
* Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Salvador”
 
[1] Véanse, de Albin, su trabajo “El genio femenino y la autoridad literaria: ‘Luisa Molina’ de Gertrudis Gómez de Avellaneda”, en Atenea. Concepción, Chile, número 490, segundo semestre, 2004, pp. 115-130, ensayo que dedica a esa desconocida poetisa cubana nacida en 1821 y fallecida en 1887. De Scott “Los espíritus tutelares de la Avellaneda”, en Mujeres latinoamericanas: Historia y cultura. Siglos xvi al xix. Casa de las Américas. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Ediciones Casa de las Américas. La Habana, t. II, pp. 187-192. (Cuadernos Casa 35, Serie Coloquios). De Montero léase “El discurso crítico de la Avellaneda: un fantasma ilustre de la historiografía literaria cubana”, en su La Avellaneda bajo sospecha. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, pp. 117-135.
[2] No tomó en cuenta esta arista de la escritora en su ya clásica obra en tres tomos La crítica literaria y estética en el siglo xixcubano (1968-1974).
[3] Lo califico de tal porque el autor le envió el libro antes de publicarlo para recibir sus consejos, emitidos con mucho tino a través de una carta donde lo invita a repensar algunas composiciones estimadas defectuosas, pero MestreTolón, quizás impaciente, publicó dicha misiva como prólogo del libro. En una nota de este a la edición advierte, en referencia a la carta-prólogo, que “ha hecho algunas variaciones en mi obrita, ora mutilando y corrigiendo varias poesías, ora incluyendo otras nuevas, redactadas bajo la impresión de las juiciosas observaciones de la Sra. Avellaneda, ora, en fin, excluyendo de la colección algunas producciones que conceptué del todo imperfectas”.
[4] Este documento, titulado “Expediente donde se decreta la retención y reembarque de dos obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda por contener doctrinas subversivas y contrarias a la moral”, puede consultarse en Boletín del Archivo Nacional. La Habana, año 40, número 1-6, enero-diciembre, 1941, pp. 103-108.
[5] Texto del poema: Esa torcaz paloma dejó el nido / Cuando apenas sus alas se movieron, / Entre las flores que nacer la vieron / Bajo la luz del Trópico encendido. Los prados exhalaron un gemido. / Los montes a la par se estremecieron: / Y las índicas palmas repitieron: / ¿Por qué se va volando? ¿Dónde ha ido? / —A España, —dijo en su partida ufana, / Rompiendo el lazo de fraterno yugo / Que le ligaba a la región indiana./ Hoy vuelve a Cuba; pero a Dios le plugo / Que la ingrata torcaz camagüeyana / Tornara esclava en brazos de un verdugo.

 

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