Tarjeta roja

C. M. Tuma • La Habana, Cuba
Foto: Cortesía del artista
 

Durante 30 años he hablado con obras de arte. Cuando se trabaja en un museo enorme y se deambula por reservas que contienen miles de piezas de todas las épocas, culturas y tendencias, nos convertimos en una especie de experimentados viajeros. Las obras nos fascinan por razones increíblemente disímiles y a veces hasta sin razones. Las más deslumbrantes son misteriosas, iluminadoras e inteligentes, como los buenos libros. Puedo afirmar, con una determinación sustentada en un tesauro de 47,000 obras de arte, que Detector de ideologías de Saavedra es una pieza extraordinaria.

Imagen: La Jiribilla

La he codificado con el color rojo, lo cual indica que si hubiese fuego,  desastre natural o amenaza de guerra, debo salvarla antes que al resto de la colección. No es de plata, no es enorme, no pesa casi, no es nada que valga mucho como materia. En su humilde apariencia de plástico y cartón, sin embargo, el aparato de Saavedra ha sido capaz de tomarle el pulso a la Isla toda durante más de una década. El artefacto ―una mezcla de amperímetro con medidor de tensión arterial― ha determinado el estado de conciencia política de los cubanos mediante una clasificación altamente eficaz, nacida en la cultura popular y constituida desde el humor. Ha verificado, mejor que cualquier partido o institución, si hemos sido revolucionarios o no, si hemos estado devaneando con la incertidumbre y a cuáles niveles de conciencia se han cometido nuestros ideológicos pecados. Realizada en 1989, y aún guardando una inocencia anterior al “período especial”, el valiente artilugio se las encaró con la burocracia de la política, las malformaciones del poder y los maniqueísmos sociales, tal y como fueron sentidos por entonces por muchos cubanos. Pocas obras logran revelar tanto el pensamiento de un momento de la vida social como este Detector, porque tuvo la osadía de plasmar una visión crítica descarnada y directa, que se adelantaba a la avalancha de producciones que harían del comentario político el sello del arte nacional por más de una década.

Quince años después, la Galería I-Meil de Saavedra ha demostrado seguir el rumbo del Detector, aunque al amparo de circunstancias condicionadas por la amarga crisis de los 90 y su nefasta huella en el cuerpo social de la Isla. Respirando las turbulencias de hoy, el creador mantiene su azimut y expande por e-mail sus digitales radiografías cotidianas, en un alcance que escapa a los museos tradicionales. Y aún ahora, mientras reviso por correo su arte electrónico, mantengo mi tarjeta roja para el Detector, en la firme convicción de que todo lo que veré comenzó allí, en esa pequeña cajita de plástico y cartón, colección Museo Nacional.

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