Mirar al ojo que se mueve:
sobre un libro de Lázaro Saavedra

Antonio Eligio • La Habana, Cuba
Foto: Cortesía del artista
 

No serán pocos los que se acuerden del momento en que la obra de Lázaro Saavedra empezó a verse en La Habana, hacia la segunda mitad de los años ochenta. Los memoriosos recordarán que desde temprano el artista incorporó sus circunstancias y vivencias en la academia de arte y en el entorno social más amplio, para representar conflictos, anécdotas y personajes relacionados con el ambiente que le era familiar.

Desde entonces, en un segmento muy amplio de su obra, el aire desenfadado y lo humorístico han ido de la mano con la soltura gráfica y el ingenio propio de la mejor caricatura editorial. En los temas se reconoce el propósito de hacer crónica desde el arte, para comentar sucesos de actualidad. Esa intención, que domina hasta hoy en una zona muy conocida de su trabajo, reapareció con nuevos bríos en “Galería IMEIL”, un conjunto extenso de dibujos, collages y textos que Lázaro distribuyó electrónicamente durante los últimos años.


Imagen: La Jiribilla

También desde aquellos inicios, su interés por la inmediatez, por los eventos del día a día, fue equilibrándose con una creatividad atemperada por la investigación y el análisis. Muchas de sus obras se presentan con el tono del impromptu más afortunado, aunque una segunda mirada nos permite apreciar que la ligereza juguetona —esa reiteración de formas que combinan la síntesis de la caricatura, la urgencia del grafiti, y la sorpresa del collage libérrimo— es aquí una suerte de umbral, un escalón que permite acceder a preocupaciones filosóficas, y a meditaciones asentadas en una profunda perspectiva humanista.

La afinidad con maneras reflexivas, muy pensadas, de concebir la obra no ha disminuido el peso de la sátira en su quehacer, pero si ha matizado su producción de una manera muy particular. Esa afinidad ha propiciado que el talento para la improvisación, y la capacidad para reaccionar con rapidez a lo que sea noticia —sea en el campo del arte o en cualquier otra zona de la vida social— hallen un contrapeso en el trabajo de mesa exhaustivo, y en la elección consciente, premeditada, de los medios que van a conformar el resultado de su indagación estética. Asumir la obra como un plan desarrollado a mediano y largo plazo, en ocasiones con el concurso de especialistas en diversos campos del conocimiento y la tecnología, contribuye sin dudas a la diversificación de los resultados. No sorprende que las ideas se transformen y tomen cuerpo —a veces, a manera de versiones que van modulando y enriqueciendo el sentido inicial— a guisa de libro, vídeo, animación, dibujo, cuadro, texto, performance, instalación, o escultura.

El equilibrio de lo espontáneo y lo programado, esencial para su identidad creadora, le debe mucho a una formación académica —sobre todo en el Instituto Superior de Arte (ISA) de mediados de los 80 — que ponía el énfasis en metodologías, lecturas y valoraciones inclinadas al conceptualismo. Tal entrenamiento le permitió afinar su sensibilidad, y le ayudó a construir una plataforma instruida desde donde expresar, con las herramientas del artista contemporáneo, su sintonía con un humor de raíz popular. En un proceso que incluyó, entre otros factores, la experiencia del trabajo en colectivo con los demás miembros del Grupo Puré, los primeros escarceos como artista individual, y el paso por la Facultad de Artes Plásticas del ISA, Saavedra encontró —diríase que con algo de precocidad— su propia voz. Su vocación intelectual —la misma que en una vida alternativa, en una sociedad o en un tiempo histórico distintos, le hubiese permitido, casi con certeza, convertirse en un exitoso historietista o caricaturista editorial— se vio reforzada y se expandió, cuando él fue capaz de asimilar la cautela programática y la importancia del saber libresco que promovían varios de sus profesores y condiscípulos.

En su trayectoria de unas tres décadas, Saavedra ha acumulado un patrimonio envidiable: una obra que se permite la libertad de opinar sobre lo inmediato con la premura y la agudeza atribuibles al mejor periodismo crítico, y que sistemáticamente invita a la reflexión mientras avanza argumentos y dudas relacionados con temas universales, trascendentes, significativos más allá de un contexto social, cultural o histórico restringido.

El libro de artista Ojo Video es un ejemplo excelente de este equilibrio entre opiniones relacionadas con acontecimientos e ideas que están sobre el tapete en un momento y lugar histórico precisos (en este caso, el segundo lustro de los ochenta en la escena cultural cubana), de una parte, y por la otra parte, un pensamiento enrumbado a retratar y evaluar conflictos, personajes y problemáticas cuya vigencia, de alcance universal, no se limita a una circunstancia reducida en tiempo y espacio. Puede afirmarse que Saavedra utiliza el escenario local cercano, que le es muy conocido, como modelo para llegar a la representación de lo universal.

La crudeza y el humor negro que recorren esta narración anuncian al autor de Ojo… —quien, no lo olvidemos, es un Lázaro joven, apenas veinteañero— como un moralista despiadado, un sátiro en la estirpe de Goya, Rafael Blanco, o Chago Armada: artistas que encontraron en los males sociales y en la pobreza espiritual de su época la inspiración para crear obras tan extraordinarias como conmovedoras. Ojo Video es un libro de artista resuelto primero como secuencia de dibujos sueltos, presentados en orden consecutivo. Se trata de una historieta sin encuadernar, o mejor, de un verdadero storyboard. Es un esfuerzo narrativo que toma cuerpo como serie de dibujos y también como objeto.

Todo se conjuga en un artefacto que imita, de manera muy artesanal, el empaque de la videocasete o VHS, una tecnología usada en la fecha en que vio la luz el trabajo. El recurso del storyboard es premonitorio, pues acerca este proyecto a su materialización posterior, como dibujo animado (existe otra versión, intermedia, como edición en serigrafía). Ese dibujo animado se realizó unas tres décadas después de la primera manifestación, a manera de dibujos originales, de esta idea.

Por encima de todo, este libro puede apreciarse como una exploración de los salones del arte y la cultura —ese espacio social que algunos, con benevolencia, identificamos como “la escena del arte”—. Saavedra reúne en esos recintos (academias, galerías, museos, salones, con alguna incursión breve a espacios abiertos) una colección de viñetas inspiradas en los personajes con quienes se va topando. Lo que él retrata, con la parquedad del boceto pero sin omitir ningún detalle imprescindible, son situaciones en las que el ojo y la acción de ver atraen toda la atención, todo el tiempo.

Presenta ojos reales y metafóricos, órganos y fragmentos anatómicos tanto como símbolos, imágenes emblemáticas que pueden remitir a refranes y giros lingüísticos del habla popular. Apuesta todo al poder de la imagen, y —actuando como una especie de reportero obstinado— esboza en el papel, con recursos visuales modestos y por ello mismo, poderosos, lo que sucede en la calle, en la sociedad toda, más allá de los recintos del arte. Su mirada, tan fluida como una toma de Steadicam, nos va conduciendo por un set de pesadilla, pleno de ojos violentados, cuencas vacías, y nervios ópticos expuestos al aire.

Lápiz, tinta, papel y cartón son suficientes para mantener un tono grotesco reforzado por la figuración abocetada, tan elemental como eficiente. La escatología es un hilo conductor en este libro, y reaparece con fuerza en la versión reciente, como dibujo animado. Muchos de los actos de estos personajes conducen al dolor y a la mutilación, y van signados por una crueldad impía, desarrollada sin afeites ante los espectadores. Los tópicos son varios, aunque por lo general coinciden en una visión de la sociedad que no es precisamente optimista.

Lo que se resalta es la fatuidad, la traición, la avaricia, la envidia, el egoísmo, la maledicencia, la intervención divisiva del mercado y del dinero en la valoración de la obra de arte y de su creador, y un largo etcétera en el que también pueden vislumbrarse la solidaridad y la colaboración. Digamos que no todo está perdido.

Vancouver, septiembre, 2014. El texto se publica gracias a la cortesía de la esposa de Lázaro Saavedra

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