Literatura

Unplugged, un libro definitivamente conectado

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Al leer por primera vez, hace mucho tiempo, el inolvidable cuento “Flora y el ángel” de Rubén Rodríguez, quedé cautivada por la exquisitez de la narración, que me recordaba a dos cuentos también excepcionales: “¿Por qué llora Leslie Caron”, de Roberto Uría, y “Fallen Angels”, de Joel Cano. No fue hasta varios años después cuando pude acceder a otro ejemplo de la habilidad de este autor. Distantes por geografía, grupo  generacional y orígenes literarios, de Rubén, holguinero, casi diez años más joven que yo, y graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, solo me llegaban noticias esporádicas, y de boca de amigos y amigas. Me decían que sus libros infantiles eran deliciosos, únicos, y que continuaba con la narrativa dedicada al público adulto con la misma destreza con la que obtuvo, en 1999, el Premio Celestino de Cuento, por aquella Flora que me  había deslumbrado. No he tenido acceso a sus novelas Majá no pare caballo, El garrancho de garabulla, ambas publicadas por la Editorial Holguín, ni a Mimundo, por Editorial Oriente, pero sí disfruté de cuentos suyos, sobre todo del que ahora da título al libro que acaba de lanzarse, en un reciente Sábado del Libro, y que debemos a Ediciones La Luz.

La narración “Unplugged”, incluido en la Antología Los que cuentan (Ediciones Cajachina, 2007), encierra en 11 cuartillas la violencia subyacente y, sobre todo la falta de solemnidad de la que a propósito, Rubén tiñe la mayoría de sus cuentos. Dotado de una admirable simbiosis entre erudición e irreverencia (para ser antisolemne ha de poseerse antes el conocimiento preciso para burlarse de la  pedante sapiencia), este autor se mueve en el terreno de un estilo literario que más que respetable, es necesario en cualquier ámbito cultural. En Cuba, en momentos en que la joven narrativa apuesta por una marcada descontextualización, puede decirse que la voz de Rubén sobresale, como si estuviera destinada a consolar el gusto de quienes seguimos anclados en la tradicionalidad de lo que se ha dado en llamar “un cuento redondo”.  Así, con esa redondez que no siempre se alcanza pero siempre se persigue, aparecen diez narraciones en el libro Unplugged, cada una de las cuales podría perfectamente separarse del resto, dada la magnitud del universo que recrean. La escritora Mariela Varona, en el excelente prólogo al libro, señala, entre otros rasgos del quehacer literario de Rubén, la elegancia. Coincido con ella: la distinción y el garbo  tipifican el estilo de cada uno de estos cuentos, armados con  delicadeza y perfección, sin que ello signifique que para el autor existan tópicos vedados, o que intente concentrarse en asuntos pacatos, superficiales, simplemente felices. Todo lo contrario: personajes abandonados, patéticos, convencidos del deja vú de sus existencias, navegan en 114 páginas, legitimando esa parte de la vida que no brilla, que no se exalta, que se esconde más bien.

Como si quisiera demostrar que “la solemnidad es hermana del ridículo”[1] (p.111), una suerte de anticlímax aparece justo en el instante en que cierta melosidad amenaza con distanciarse de la fuerza casi ponzoñosa a que nos acostumbra el escritor: “El muchacho lo miró, curioso, al sentirse observado. Llevaba una barbita corta de filósofo. Seguramente acariciaba todo el tiempo aquella tímida muestra de virilidad, donde había una gota de helado rosa, como una perla. Se limpió con la mano y se arrancó un pelo prendido en el anillo liso. Contrajo el rostro por el dolor, y murmuró una palabrota. Cojones”[2] (p.90). El humor, como herramienta fundamental para la burla que maneja Rubén Rodríguez con mano maestra, es también distinguido en estas narraciones, de forma que literalmente no queda títere con cabeza: “Qué más quisiera que andar por la calle y gritarle a cualquiera conchae tu madre, andá a la cresta, que nunca va a sonar como un buen me cago en el coño e tu madre o un vete pa la pinga, que te salga del alma y te la deje nueva, limpia, vacía”.[3]

“Monjas exploradoras: sor-scouts. Monjas patinadoras acuáticas: sor-fistas. Monjas apresadas: sor-presas. Monjas dulceras: sor-betos. Monjas joyeras: sor-tijas. Monjas con aparatos de audición: sor-das. Monjas taimadas: sor-ras. Monjas arrepentidas: sor-ry. Monjas al azar: sor-teo. Monja reticente: sor-na”.[4]

En contraste con estas muestras de intencionada desfachatez, el uso de un hermoso lenguaje contribuye a la redondez ya señalada en la obra de Rubén, de forma que no hay lugar para la duda, en términos de una hechura literaria cuya impecabilidad la convierte en majestuosa: “El verano como fotografía. Amarillo sobre rojo sobre dorado sobre crema sobre azul sobre verde sobre marfil. Y aquella línea verde mínima de tallos espigados al sol del verano bordeando la arena. […] El mar era un brochazo azul sobre el horizonte, o mejor varios brochazos: tenue azul, azul profundo, azul vitral disuelto en la línea del horizonte. Arriba el brochazo del cielo con nubes blanquecinas ripiadas en los bordes. La arena era un  brochazo marfil bajo el dibujo puntillista de los tallos. El sombrero, como en las estampas asiáticas. De vez en vez una ola se deslizaba sobre la arena, salpicándonos de impalpable espuma”.[5]  

“Este es un libro sobre el dolor y sobre la supervivencia, son diez modos de sobrevivir”, aseguró Rubén Rodríguez al hablar de Unplugged en la calle de madera, hace apenas unas semanas. No podemos, por tanto, refutar dicho criterio, salido de la boca del propio padre de estas diez criaturas, que disfrazadas de letras esperan por nosotros. Después de todo, asegura en el último cuento del libro, “Pierrot ama a Arlequín” que “tu vida y la mía son cuentos más o menos bien contados. […] todo lo que hablamos ya fue dicho por algún cínico anterior y de mejor manera. Y al final, ¿qué sabes tú de la vida?”.[6] 

Por lo pronto, antes de atrevernos a contestar esa pregunta tan complicada y reconocernos como náufragos resistentes, sugerimos adentrarnos en la lectura de este ramillete de ejemplares narraciones, escogidas con acierto por la luz de una editorial de Holguín, que obviamente sabe honrar a uno de sus mejores escritores.
 

Notas:
[1] Rodríguez, Rubén: Unplugged. Ediciones La Luz, Holguín, 2014,  p.p. 111
[2] Ibídem p.p. 90
[3] Ibídem p.p. 53
[4] Ibídem  p.p. 95
[5] Ibídem  p.p. 94
[6] Ibídem p.p. 114

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