Il convivio

Alberto Ajón León • Las Tunas, Cuba

Una lasca de queso se derretía espesamente sobre la opípara hamburguesa, que se apoltronaba lustrosa y tibia en un amigable cojín de lechugas y ruedas de tomate y papitas fritas. La imagen, de apetitosos contrastes, casi podía olerse, degustarse, diseminaren la lengua hebras de carne molida y migajas de pan candeal, anegar las encías con sus jugos, mientras colmaba la pantalla del televisor que iluminaba el dormitorio.Con el luminiscente parpadeo, lo primero que se divisaba desde la puerta de la habitación era el promontorio hemisférico de un vientre fláccida y copiosamente esparcido en la cama. La pequeña cabeza de la mujer desnuda, con los ojos sin brillo y la punta de la lengua reseca entre los labios, parecía brotar de su papada como dispuesta  en la bandeja de una gorguera jadeante. Sus espaldas se hundían en el amasijo de unas almohadas amarillentas de ácidos sudores, y los senos enormes se le desparramaban hacia los costados como panzas ovinas recién cercenadas por un matarife. Los muslosexcesivos en comparación con la brevedad de las piernas y los pies reducidos, delataban una larga pereza de la mujer, que llevaba años condenada a la postración por sus enfermedades. Eso hacía innecesaria la cautela del que, emboscado al otro lado de la puerta, esperaba a que ella se aletargara o se durmiera, pues la mirada de la mujer estaba fija en el televisor, absorta en la imagen de la hamburguesa.Las tripas se le retorcieron con un ronroneo que le confirmó su ayuno de muchas horas, y no se percató del advenedizo que se escurrió adosándose a la paredy fue a agazaparse tras el armario.

—¡Ayiiiiiii! —exclamó débilmente la mujer, y parecía que chirriaban los goznes de su agónica voz. —¡Ayiiii… Ayiii, ham… hamb… hambre, coño!—balbuceó, señalando hacia el televisor con un índice regordete, y las empellas que colgaban de su brazo se balancearon pesadas antes de volver a caer desfallecidas.Ya no recordaba cuándo había oído por última vez el cansado fastidio con que la anciana entraba en la habitación arrastrando el susurro de unas desgastadas chancletas, para traerle la bandeja con los desayunos de huevos con papas, y tostadas con miel o mostaza o mantequilla, y café con leche, o las meriendas de torrejas y sándwiches ostentosamente provistos que acompañaba de jugos naturales, o los sustanciosos potajes del almuerzo guarnecidos de arroces y viandas y ensaladas de legumbres, o las espesas sopas del atardecer acompañadas de pastas enriquecidas con frutas y carnes de todas las especies, o los enormes vasos de yogur que engullía antes de medianoche con panes untados de lo que fuera…

Dos veces al día regresaba la anciana con palanganas de agua jabonosa para agredir los malos olores que a la mujer encamada se le exacerbaban en los pliegues del cuerpo, y para sustituir los enormes pañales en que se acumulaban las heces y la orina de sus defecaciones desde la infancia, cuando el diagnóstico confirmó la postración vitalicia de la enferma. Atajarle las grietas de la piel para que no se transformaran en letales escaras malolientes, era misión que al principio —confiando en los renovados hallazgos de la ciencia médica o en la misericordia divina— la anciana había supuesto transitoria; pero el tiempo sin esperanza de mejoría le había ido alargando la perpetuidad de su tarea. No obstante, asear a la enferma que crecía había sido siempre menos fastidioso que aplacarle la voracidad, a pesar de la puntual remesa que mensualmente enviaban del extranjerolos padres de la robusta mujer, y que centavo a centavo Ayi transformaba en alimentos, quejándose de que cada vez le alcanzaba para menos. También las fuerzas se le iban agotando a ella con la vejez, y a medida que pasaban los años tenía que esforzarse más para mover durante las maniobras del aseo y el cambio de sábanas aquella mole que el destino le había deparado como nieta.

Una esplendente manzana llenó la pantalla del televisor, coloreando la habitación de un rojo sanguíneo, como el de bares y burdeles. Debía de tener los hechizos de lafruta que incitó elapetito de la Eva primigenia, pues una jubilosa multitud corría a abalanzarse sobre la poma gigantesca para roerla, o mordisquearla, o arrancarle golosos bocados, o libarcon fruición gotas de néctar que sudaban sobre la piel de la manzana… Del corazón del fruto empezaron a emerger los envases de un jugo que podía adquirirse en cafeterías, restaurantes y supermercados. Pero la enferma no atinaba a precisar ahora cuándo había sido alimentada por última vez y sometida a enjuagues y enjabonaduras. Concentrando sus enflaquecidas energías, clamó de nuevo: —¡Ayiiiii!

Y era súplica el languidecido llamamiento al que nadie acudiría, porque la anciana llevaba mucho tiempo rígida sobre el piso de la cocina, comprimidas las mandíbulas, apretadas las manos en el pecho como si intentara atrapar el dolor que la había derribado. Al pasar por la cocina, el recién llegado había cruzado sobre aquel cadáver antes de dirigirse al cuarto y ocultarse tras el armario, donde aguardó a que el debilitamiento inmovilizara a la mujer desparramada sobre la cama, entre los almohadones. Lo primero que hizo fue olisquearla, aspirarla desde el sebáceo rumor de los cabellos hasta los pies inflamados. No lo perturbaba el hedor casi tangible que la envolvía, ni la capa grasienta sobre su piel. Recorrió aquel olor hasta encontrar el sitio en que se fundía con urinarias acideces, y hundió las narices inhalando entre los muslos abultados. Sumergió la cabeza, y cuando halló la rajadura de donde provenían las emanaciones, se fue abriendo paso vagina adentro. Era lo mismo que deslizarse por los apretados conductos de las madrigueras y cloacas en que él solía transitar como cualquier ratón. 

 

Alberto Ajón LeónNarrador, profesor y periodista cubano.Las Tunas, 1948. Graduado de Profesor de Español y Literatura, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, en 1981. Es miembro de la UPEC. Ha ejercido la docencia como profesor de Español y Literatura en los niveles medio y superior. Desde 1987 labora en Radio Reloj, donde trabajó como corrector de estilo y se ha desempeñado como director de la Revista Semanal y redactor-reportero de esa emisora.Ha sido merecedor, entre otros reconocimientos, de la Medalla de la Alfabetización 1986, la Distinción Raúl Gómez García 1997, la Medalla Aniversario 40 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias 1998, la Distinción Félix Elmuza 2003, el Micrófono de la Radio Cubana 2007 y el Sello Aniversario 85 de la Radio Cubana 2008.

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