Antecedentes del movimiento sinfónico en Cuba

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

La Orquesta Sinfónica Nacional ha arribado a los 55 años de labor ininterrumpida. Tal aniversario nos invita a repasar la accidentada historia del movimiento sinfónico cubano.

A pesar de que en la Isla trabajaron algunos músicos de cierto relieve desde la segunda mitad del siglo XVIII, no es posible hablar de la existencia de orquestas consagradas a la música de conciertos. Cuando Esteban Salas, nuestro primer compositor notable, organizó la capilla de música de la catedral santiaguera, debió configurar su orquesta con una mezcla de aquellos músicos dedicados a tocar en fiestas bailables y aficionados a los que hubo que impartir algunas lecciones; y la agrupación en modo alguno llegaba a alcanzar siquiera el formato de una orquesta de cámara de las que en ese tiempo existían en Europa. De hecho, como señala el musicólogo Pablo Hernández Balaguer, los villancicos de este autor están acompañados por dos partes de violín, un violonchelo, trompa, órgano y arpa, sin más posibilidades, dada la carencia de instrumentistas al alcance de su mano.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuál fue el primer concierto sinfónico en Cuba? A ciencia cierta no es posible decirlo, quizá sea aquel de que nos da noticia Alejo Carpentier en La música en Cuba siguiendo un anuncio del Papel Periódico el 12 de febrero de 1801 en el que Jorge Eduardo Saliment anuncia al público un “concierto a grande orquesta” que incluye una obertura de Pleyel, varios solos instrumentales, arias de ópera y un “final de Haydn”, a celebrarse en casa de Don Silvestre Bozalengo, maestro de baile, en Inquisidor 101. Los billetes costaban un peso.

En las décadas siguientes la música “selecta” se refugia en los salones de los ricos aficionados, donde se pueden aplaudir las interpretaciones al clave de María Luisa O’Farrill, Asunción Montalvo y Dolores Espadero —madre del compositor Nicolás Ruiz—, así como el trío clásico que Joaquín Gavira fundó en 1811 con escaso éxito. Cinco años después la ciudad verá el surgimiento de la Academia de Música de Santa Cecilia y aunque la nobleza criolla prefiere las romanzas para voz y piano o las paráfrasis de óperas, la música orquestal se abre paso poco a poco: en 1829, cuando el Reverendo Abiel Abbot visita el cafetal de Angerona se sorprende al encontrar una orquesta formada por 40 negros, educada por un maestro de música especialmente contratado en la capital.

Sin embargo, por esos años, la noción de una orquesta estable para conciertos era imposible: los aficionados ricos no se sometían a ciertos rigores y los profesionales se ganaban la vida en los conjuntos que animaban los bailes, muchos de ellos además, tocaban en los templos cuando eran requeridos y ocupaban un atril en las temporadas de ópera. Cuando una compañía lírica o de ballet llegaba a la Isla, traía consigo al director de orquesta y a unos pocos músicos que fungían como jefes de cuerda, el conjunto se completaba con algunos contratados del lugar, que en poco más de un par de ensayos debían estar listos para acompañar la función. Eso explica que un músico de la talla de Manuel Saumell pasara la mayor parte de su vida tocando contradanzas en orquestas de baile y que no llegara a componer obras más ambiciosas.

Años más tarde, en 1861, cuando un compositor de la Louisiana, Luis MoreauGottschalk, quiso estrenar en el teatro Tacón su sinfonía Una noche en el trópico, a falta de orquesta, tuvo que reunir en el escenario 40 pianos y una batería de percusión afrocubana, presidida por el “rey del cabildo de negros franceses” de Santiago de Cuba.

Aunque en 1866 se había inaugurado en La Habana una Sociedad de Música Clásica, en cuyo seno se llegó a tocar la Séptima Sinfonía de Beethoven en una reducción para pequeña orquesta, todavía en el año 1900 los habaneros llegaron a conocer algunas de las grandes partituras sinfónicas en las transcripciones del maestro Guillermo Tomás, a la sazón director de la Banda Municipal habanera. Este hacía sonar en sus conciertos oberturas de Wagner junto a obras de César Franck, VincentD’Indy y hasta de Claude Debussy. En 1908, con más fervor que recursos, se animó a fundar una Orquesta Sinfónica que ofreció presentaciones irregulares por casi un lustro. No eran muchos los que podían apreciar aquellos conciertos pero ya era evidente la necesidad de una orquesta estable.

Como sólo podría ocurrir en el mundo mágico de una nación antillana, después de carecer por siglos de una orquesta sinfónica, vinieron a surgir nada menos que dos en la capital cubana, de manera casi simultánea: en 1922 la Sinfónica de La Habana, dirigida por Gonzalo Roig y en 1924 la Orquesta Filarmónica, a cargo del español Pedro Sanjuán y, como resulta lógico, desde el primer momento quedaron enfrentadas entre sí: ser “sinfónico” o “filarmónico” era un distintivo entre los jóvenes intelectuales habaneros.

La Sinfónica tenía una proyección más tradicionalista, su repertorio se nutría de los grandes clásicos europeos y no incursionaba mucho en las vanguardias, aunque es preciso señalar que la agrupación promovió mucho la divulgación de la música cubana desde Espadero y Cervantes hasta Sindo Garay y Luis Casas Romero, además de apoyar con frecuencia la labor artística de Ernesto Lecuona y sirvió de marco para las presentaciones de importantes cantantes e instrumentistas cubanos de la época, entre los que se encontraban el trovador Eusebio Delfín y la cantante Rita Montaner.Sobrevivió apenas dos décadas.

La Filarmónica en sus primeros tiempos, bajo la batuta de Sanjuán y Amadeo Roldán, tenía dos líneas bien delimitadas: poner al día al auditorio en el repertorio universal  y en sus programas se incluían obras de Stravinski, Satie, Schonberg y Varese y por otra parte, servir de vocero a los novísimos compositores cubanos, defensores del elemento musical afrocubano, especialmente el propio Roldán y Alejandro García Caturla, que encontraron en la orquesta el conjunto adecuado para estrenar algunas de sus grandes partituras como La rebambaramba y La rumba.

La Filarmónica tuvo una vida mucho más extensa que la Sinfónica y más llena de implicaciones para la música cubana. Su primera etapa, que duró unos tres lustros y concluyó con la salida del país de Pedro Sanjuán y poco después con la temprana muerte de Roldán, tuvo este signo polémico de apertura a las vanguardias. A partir de la temporada 1939-40 se abre un período de estabilización: la orquesta comienza a ser regida por grandes directores extranjeros, contratados por varias temporadas, que otorgarán un altísimo nivel técnico a la agrupación. El primero de ellos fue Massimo Freccia que permaneció con el conjunto entre 1939 y 1943, año en que le sucedería el maestro Erich Kleiber, quizá la figura de más relieve que estuvo a cargo de la institución de manera sistemática.

Imagen: La Jiribilla

La actuación de Kleiber quien, con algunas interrupciones, estuvo al frente de la Orquesta hasta 1947, ha resultado polémica para algunos artistas y estudiosos cubanos. Por una parte hay que resaltar que fue un maestro excelente para el conjunto y amplió de manera notable el repertorio de la entidad, símbolo de ello fueron las históricas ejecuciones de la Novena sinfonía de Beethoven el 7 y 8 de abril de 1946 en el Teatro Auditorium. Por otra parte se le ha reprochado el dar más peso a la música europea que a la creación cubana en los programas. Esto debe tomarse con reservas: en sus conciertos Kleiber incluyó partituras de Caturla y Roldán, así como dePablo Ruiz Castellanos, Julián Orbón, Gilberto Valdés, José Ardévol, aunque esto no dejara satisfechos a otros compositores. No hay que olvidar que el conductor, que conocía muy bien sus propio valer, tenía mucho de autoritario, lo que le valió más de un roce con sus músicos y con el Patronato que regía los destinos de la orquesta.

La marcha de Kleiber, motivada por sus desacuerdos con el Patronato, levantó muchísimos clamores y de hecho fue una pérdida sensible desde el punto de vista formativo, aunque por el podio continuaban pasando invitados ilustres, aunque efímeros: Fausto Cleva, Juan José Castro, Bruno Walter, Clemens Krauss, Herbert von Karajan.

A partir de 1950, la orquesta, regida por un Consejo Superior, procura reorganizarse, su director titular por esos años es el alemán FriederWeissmann, quien continúa la labor formativa de su predecesor y en cierto modo procura incluir más autores cubanos en las presentaciones. Sin embargo, pronto la agrupación se ve acosada por problemas económicos. A partir de 1952, el gobierno de Batista comienza su campaña para controlarla de modo oficial. Tras unos años de resistencia, en 1956 se ve obligada a capitular y entra en el Instituto Nacional de Cultura, su director musical allí será el cubano Alberto Bolet, aunque en los dos años siguientes el director invitado Igor Markevitch estará a cargo de las funciones más relevantes. El último concierto de la agrupación bajo el mandato del INC fue el 13 de abril de 1958, en el Teatro Auditórium, dirigida por Bolet.

Como un signo de los nuevos tiempos, aunque ya no existía el Instituto, la orquesta reapareció en febrero de 1959: Manuel DuchesneCuzán la lleva al Teatro Blanquita para acompañar, los días 3 y 15, dos funciones del Ballet Alicia Alonso que procuraba volver a la luz, tras su disolución en 1956. El programa incluía El cisne negro de Chaicovski, Las sílfides de Chopin y Cuatro fugas de Edgardo Martín. Al año siguiente un buen número de músicos de la entidad entrarían en la agrupación recién transformada en Orquesta Sinfónica Nacional, gracias a la Ley 590 del Gobierno Revolucionario. Ofrecería su primer concierto formal el 11 de noviembre de 1960, en el Teatro Auditórium, conducida por uno de sus directores titulares, el maestro Enrique González Mántici.

Los 11 lustros transcurridos desde entonces no sólo registran la importante ejecutoria de esa orquesta sino también un crecimiento notable del movimiento sinfónico en el país: la fundación de orquestas en provincias como Matanzas, Santa Clara, Camagüey y Santiago de Cuba —aunque no todas hayan tenido vida estable—, la creación de una cátedra de dirección orquestal en el Instituto Superior de Arte y la peculiaridad de resultar uno de los países latinoamericanos donde se hayan formado más mujeres en esta disciplina — baste con pensar en María Elena Mendiola, Elena Herrera, Zenaida Castro Romeu— evidencian una síntesis del legado del pasado más o menos lejano con los profundos avances de las últimas décadas.

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