De las letras a los sellos y de los sellos a las letras…

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba
Foto: Cortesía del autor
 

No puedo recordar el momento exacto, pero era muy pequeño cuando un buen día mi madre se apareció en casa con un álbum temático de sellos publicados en la Revolución, con una pinza, una lupa, varios sobres con sellos diversos y un paquetico de charnelas —unos papelitos engomados que al humedecerse sujetaban el sello al álbum—, que entonces se me antojó otro en mi larga colección de postalitas.

Entonces, sin saberlo, estaba potenciando en mí una nueva forma de leer, una forma diferente de adquirir cultura, conocimientos, visiones sobre el mundo y, sobre todo, de emplear el tiempo libre. Confieso que siempre he tenido, por lo general, poco tiempo libre, pues soy de esas personas que no conocen el aburrimiento. No quiere esto decir que haya pasado cada hora de mi vida haciendo algo. En realidad he pasado muchas horas sin hacer nada, esperando algo, por eso mi vida ha discurrido, durante muchos años, entre el exceso de ocupaciones y la nostalgia, la añoranza, sobre todo por personas que siempre se han hecho esperar…

Desde el momento en que mi madre me obsequiara aquello, guardé muchos sellos que aparecían entonces y puntual, cada mes, apostando por su hijo filatélico, no sé de qué salario, pero siempre mi madre sacaba los kilos y me seguía comprando sellos y más sellos que iban engrosando las páginas de mi álbum sobre Cuba revolucionaria y los muchos sobres donde guardaba series de otros países.

Esta pasión se fue adueñando de mí paulatinamente y estimulaba mis ansias coleccionistas, pues era época en que todos los niños andábamos siempre coleccionando algo diferente.

Los niños de las primarias en los años 60 no teníamos celular, ni ataris, nintendos o MP3 y todo ese tipo de artilugios con que hoy se viste la infancia. Sin embargo, leíamos durante horas en las bibliotecas, y no para hacer apuradas tareas desde la Encarta o Wikipedia, sino que leíamos por leer y disfrutar de las historias que contaban los libros.

Y estas bibliotecas eran sedes de clubes literarios, filatélicos, numismáticos, colombófilos, teatrales, deportivos, de espeleología y no sé cuántas cosas más. Yo, salvo por su valor de cambio, nunca fui muy amante de las monedas, tampoco era muy deportista como ya he dicho y al amar los espacios abiertos nunca me sedujo en demasía el tema de andar en cuevas rastreando viejos restos.

Pero la literatura, el teatro y los sellos siempre llamaron mi atención y de estos últimos llegué a tener valiosísimas colecciones que atesoraba con esmero. Sufría horriblemente cuando conseguía un anhelado sello y este tenía una punta rota (pues según la ley filatélica ya eso lo descalifica para ser coleccionable). Y así, me fui haciendo de muchos, con gatos, flores, paisajes, peces, series enteras de mariposas, en fin, un mundo en estampillas.

Sin embargo, me ocurrió entonces algo muy curioso, un buen día advertí con verdadero asombro que, lamentablemente, en los sellos de correo no abundaban las imágenes de los libros que con tanto furor a veces devoraba a diario, y sobre todo en largas noches de insomnio mientras trataba de recuperarme de mis frecuentes ataques de asma.

Y, como todo en esta vida, pasó el tiempo y un buen día dejé los sellos atrás como a otros tantos pasatiempos, amigos o costumbres, pero los libros me arrastraron consigo, bueno, es historia conocida.

El caso es que un día, unos 40 años después de aquel pasatiempo, de la mano del editor Aldo Gutiérrez Rivera, en la editorial Gente Nueva se habló de un libro sobre sellos y luego de otro y otro, hasta convertirse en algo cotidiano entre nosotros estos volúmenes de filatelia; y conversando con Lucía Sanz, autora de Angola en sus sellos de correo, quien a la sazón me proponía un manuscrito sobre cómo el correo ha llevado a sellos toda una gran iconografía martiana, me lamenté de que en las estampillas no se recogieran imágenes de la literatura universal escrita para niños… Inesperadamente, Lucía me dijo que sí conocía de numerosos sellos que mostraban imágenes de libros, autores y personajes emblemáticos de la literatura infantojuvenil (LIJ) y que ella aceptaba el reto de convencerme de que estaba equivocado.

Y un buen día, con toda una gráfica en la que apoyar su aseveración, nos trajo un libro singular que luego llamamos Pasaporte a la fantasía y este volumen es la inteligente, indagatoria, acuciosa y muy seria y pormenorizada respuesta de su autora a mi desinformada apreciación de que la filatelia no se había ocupado de la llamada LIJ.

Imagen: La Jiribilla

Con un estilo ameno, periodístico, hilvanando imágenes con textos breves, informativos, pero también evocadores y entrañables, la autora me regaló un libro que juntos imaginamos y le ha regalado a la infancia y a los investigadores, volver a la niñez redescubriendo cómo la filatelia ha rescatado mundialmente un gran imaginario de obras, personajes y autores de historias para niños. Hay en verdad un inaudito caudal de seres variopintos que ya figuran en la estampilla postal.

Emocionado por el hallazgo, no pude menos que escribirle a Lucía un entrañable correo al que ella respondió con estas sinceras y vehementes palabras que todavía me conmueven: “Tú eres el PADRE de este libro, de ti partió la GENIAL IDEA, así que el mérito es buena parte obra tuya también. Se quedaron escritores fuera que hubiese querido incluir, tal vez en otro momento sea factible. Y sí, es la primera vez que veo reflejado este tema a partir de los sellos de correo. También te abrazo y mi gratitud eterna por confiarme la realización de este libro que nadie sabe cuánto me ha costado por la búsqueda, investigación hasta el último minuto, pero también porque coincidió con la pérdida de la persona más importante en mi vida, mi madre, que recién había cumplido 91 vitales años y que es mi madre, mi amiga, mi confidente y mi hermana. Ella me dio fuerzas para realizar y concluir este libro”.

Creo que la literatura siempre tiende esos puentes invisibles entre nosotros los seres humanos. Al leer este correo quedé tan atónito, que apenas atiné a responderle a Lucía como hubiera sido menester. También mi madre fue la artífice que moldeó mi personalidad lectora, de tantas y tantas maneras intangibles que todavía hoy no alcanzo a contar y la filatelia fue, por supuesto, una entre ellas.

El otro puente invisible es algo que siempre he pensado: cuanto quedó trunco en la infancia debe ser solucionado en el futuro. Si en mi niñez no existía un libro que deseaba, ¿por qué no soñar con su existencia, por qué no pedirle al universo que nos lo regale? Lucía fue el instrumento para devolverme en forma de libro un deseo largo tiempo acariciado.

Podría, a estas alturas, anunciarles con quiénes se van a encontrar en las páginas de ese volumen, pero sería un pecado tan grande como contar el final de un cuento emocionante. Por eso solo les voy a decir que Pasaporte a la fantasía. La literatura infantojuvenil en los sellos de correo, al haber sido hecho con tanto amor, dedicación e inspiración, es de esos libros que pedía Martí, que a la par brindan información, recrean, enriquecen el espíritu, elevan el alma y tienen esa rara y prodigiosa virtud de, por unos mágicos instantes, devolvernos a la infancia perdida. Poco importa si no pude leerlo en mi infancia. Al fin existe y alguien, respondiendo a mi sueño, lo puso en las manos de muchos lectores, a los cuales solo me queda decirles: ¡Buen viaje y feliz lectura…!

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