Coqui Ortiz: las nostalgias sobre el escenario

Leyda Machado Oramas • La Habana, Cuba

Con el viejo sonido de un “chamamé que se eleva” llegó Coqui Ortiz por primera vez a Cuba —aparentemente acompañado solo de su “compadre” Julio Ramírez y su infaltable acordeón verdulera— pero nada más escuchar las primeras canciones uno va sintiendo a lo lejos otras guitarras, los amigos, el murmullo del barrio, el mate cocido, los recuerdos…. y es que todo ese universo que lo define le sigue a donde quiera que vaya y se asoma sin querer en sus conciertos, en la manera en que habla: “Ciertamente yo soy un tipo bastante aferrado a mi entorno afectivo, a mi ciudad, a mi lugar y quizá por eso notes ahí esas nostalgias”, me confiesa.

Imagen: La Jiribilla

Invitado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau para hacer una gira en la Isla, Coqui estuvo recorriendo en el mes de octubre algunos espacios trovadorescos del país como el Mejunje de Santa Clara, la Casa Cofradía en Trinidad y el Patio de las yagrumas del Centro Pablo; en un viaje que representó la oportunidad de traer a esta tierra el espíritu de esa música litoraleña y al mismo tiempo fue también la consumación de un viejo anhelo: “Yo no sé si hay algún otro sitio del mundo que me desvele demasiado conocer, pero te aseguro que Cuba era un lugar al que siempre había querido venir, y es que este país por su música, por su historia está muy metido en mi casa. Demasiadas cosas que serían muy difíciles de explicar ahora…”.

Y como si esas palabras no bastaran ya para resumir su emoción por esta visita, Coqui continúa hablando entonces de sus referentes musicales, de la impronta de este país y su historia, del contraste entre una sociedad lejana y otra recién descubierta.

“Cuando yo arranqué a componer me pegué mucho tiempo a Silvio Rodríguez, a Pablo y hay cosas de sus canciones que yo las conozco desde hace 25 años, me las aprendí al cantarlas y no me las olvidé más. Obviamente estamos hablando de artistas internacionales pero para mí son referentes muy fuertes en cuanto a un modo de tocar, de abordar la canción,  y esa canción desnuda, fuera de toda orquestación, tenía y tiene una poética que necesariamente te pone un horizonte. Esas cosas entran a tu casa y te emocionan, se impregnan en las paredes, pasan a formar parte de tu sustento para vivir, dentro de todo ese otro bagaje musical que yo llevaba de mi entorno. 

“Después con los años fui conociendo más música de acá, además de toda la historia social y política que también a uno le marcan un norte hacia dónde ir y nos hizo pensar que un mundo más justo, más equilibrado podría ser posible. Entonces todo eso concentrado en una Isla es muy fuerte. Uno lo conoce y quiere venir algún día y escuchar sus voces, saber cómo piensan. A mí me toca venir ya a esta altura de la historia donde uno ve cómo naturalmente, después de 50 años que han pasado, la perspectiva y la mirada de la gente es otra”.

Aunque su música y sus canciones siguen la esencia de un trovador de pueblo, Coqui cuenta ya con dos discos editados por el sello Shagrada Medra y es actualmente un artista de renombrada trayectoria, ¿cuándo das ese salto de cantar en las “guitarreadas” habituales del Chaco para iniciar un recorrido más profesional en la música?

En el 2002 fue cuando concreté la grabación de ese primer disco titulado Coqui en grupo, aunque componer es algo que hice casi desde que comencé a tocar la guitarra a los 15 años, pero mi mayor desarrollo dentro de la música comenzó en el año 1998 cuando empecé a tocar con un guitarrista uruguayo que se llama Ricardo Panisa y después al conocer al Negro Aguirre (Carlos), un pianista de Paraná. Con él creamos una afinidad y una complicidad en la música que me sirvió para ir asentando mi trabajo e ir definiendo lo que quería hacer, pues comencé a viajar a su casa en Paraná para estudiar con él, para revisar lo que yo estaba haciendo. Ahí nace entonces la idea de grabar un primer disco que no se concretó hasta dos años después en un sello discográfico que el Negro Aguirre y otros compañeros de  su ciudad como Ramiro Gallo y Luis Valviero habían creado para editar cosas de su interés, un sello muy artesanal cuyas ganancias favorecen más al artista y los discos se mueven por un circuito alternativo que no es el de las grandes discográficas.

En medio de ese ambiente logré concretar ese primer disco y también tomar confianza en lo que yo hacía. Hasta ese momento venía tocando profesionalmente (entre comillas), acompañaba a cantantes allá en el interior de mi provincia, donde tocaba una diversidad de músicas tanto del folclore argentino como de la música de mi zona y también latinoamericana. Entonces todo eso fue como mi escuela: al no existir una academia de música popular, yo fui aprendiendo con los músicos con los que tenía oportunidad de tocar; compartía el escenario con ellos, pero al mismo tiempo eso era material de estudio para mí”.

En el 2005 aparece su segundo álbum, Parece pajarito que resume la misma ternura del disco anterior y que igualmente le debe mucho a los amigos; en ese disco también están —como diría Coqui al interior del fonograma— “la guitarra, los muchachos del barrio, los acordes que me pasaron Martillo y Carlota, las primeras canciones, como aquella “Garzas viajeras” que después de aprenderla me llevó tanto tiempo poder cantarla sin echar un lagrimón”.

¿Es entonces Parece pajarito una prolongación del primer fonograma?

Esos dos discos yo los veo como una continuidad. Las canciones parten de lo que hago con la guitarra, otras de cómo pensé que deberían sonar y a eso se van sumando los amigos músicos con los que compartí y en algunos casos ellos le van aportando algo a ese espíritu del cual ya traigo una matriz para trabajar; pero sí, las canciones son una continuidad, sobre todo porque las temáticas se repiten: el amor, la memoria, la historia, el paisaje, las cosas que te conmueven...”.

Al título del disco le rodea una anécdota hermosa y también una leyenda del norte argentino que Coqui me cuenta mientras conversamos en el Hotel Colina del Vedado: “Una tarde en que llevaba a mi hija Paloma, en bicicleta ella, siendo muy pequeñita aún, comienza a preguntarme por varios tíos que en realidad son amigos de la familia con los que ha crecido y en una de esas se acuerda de mi viejo que ya murió y me dice:

__ ¿Y el abuelo Alfredo donde está?

__ Se fue, le respondí. Pero ella insistió:

__ Sí, pero ¿a dónde se fue?

__ Lo mandé al cielo, le dije.

__ Ehhhh, gritó. Parece pajarito, ¿eh?

Esa idea me gustó mucho por esa concepción de la inocencia y de quitarle toda la tragedia a la muerte. Por otro lado también existe una creencia del pueblo indígena del Chaco que cuando un abuelo se muere en el lugar donde se entierran sus huesos nacen flores y el picaflor viene a beber de esas flores para llevar el alma a un lugar sagrado. Y entonces cada vez que el picaflor visita la casa significa que el alma de los abuelos nos viene a acompañar, a proteger, a visitar.

De algún modo la música que uno hace es eso: creo cada vez que tocamos está presente esa idea, porque conmigo vienen todos aquellos con los que aprendí, todos esos músicos populares que me enseñaron con tanto cariño… Cada vez que sueno un primer acorde pienso en eso y sale todo ese bagaje que uno trae, porque esa música nos marca un territorio, por más que uno haya investigado después o haya escuchado otras cosas. Yo me di cuenta que nunca me pude ir de ese lugar por la forma de cantar que ya me trasmitieron. Después ya le pongo mis cosas, mis letras, otros acordes…le puedo poner lo que sea, pero hay un territorio entrañable y marcado a fuego que es el que me dejaron estos viejos con los que me crié.

Imagen: La Jiribilla

Quizá por eso el chamamé es casi siempre el género que más prevalece, porque tiene que ver con ese espíritu del lugar, de las canciones y la música que te definen…

Por supuesto. Yo siempre  compongo más o menos dentro de ese territorio en el que me crié y por eso siempre hablo de la música litoraleña, que incluye no solo al chamamé o al rasguido doble  —aunque este último ya tiene mucho más parentesco con la milonga y esta a su vez con el candombe y el milongón o con las cosas que uno escucha al sur de Brasil… O sea, para mí se trata de toda una gran zona cultural, porque pienso en el mapa cultural y no en esas divisiones geográficas porque crecí escuchando autores que quizá fueran uruguayos porque nacieron del otro lado del río pero que si nacían de este lado era la misma música, porque es muy similar todo lo que tiene que ver con el litoral de Argentina, con Paraguay, el sur de Brasil y con Uruguay… entonces hay muchas cosas en estos dos discos que son como una mezcla de géneros de toda esa zona.

Paralelo a la música hay también toda una labor como gestor cultural  que comenzó de manera independiente y que desde el 2008 tiene el respaldo de un centro cultural del estado: “Eso también te abre otras perspectivas sobre lo que es trabajar desde una institución pública, el compromiso de ocupar un lugar así —dice Coqui—. En Argentina hay siempre una disputa entre lo independiente y lo que es del estado, y lo que el estado debería hacer y no hace, entonces a alguien como yo que viene de trabajar en lo independiente durante muchísimos años, un día lo llaman y le dicen: ‘tú que hablas y haces tanto, ven y hazlo acá, desde el estado’. Obviamente es un desafío y un compromiso; tratar de diseñar así políticas públicas tiene un peso y un valor agregado”.

¿Cómo surge entonces la idea de crear un Centro de documentación de la música en la provincia del Chaco?

Con el tiempo y a partir de algunos trabajos que hice me di cuenta que si alguien llega a mi  provincia y pregunta por la música de allí, yo te la puedo contar y te puedo mostrar lo que tengo en casa o lo que tienen otros amigos, pero todo está en manos de particulares y hay muchísimos buenos compositores —que no fueron gente muy del escenario— que seguramente con el paso de los años toda su música se perdería, porque no existe una institución pública o privada que lo resguarde, dedicada a eso. Entonces desde hace mucho tiempo vengo intentando crear en la provincia un centro documental de la música para el cual ya diseñamos un proyecto que, por cuestiones de decisión política, se ha tardado el poder dotarlo de equipamiento. Ahora hay —no ya en el ámbito de la provincia sino del ministerio de la nación—  una esperanza de que todo eso pueda llegar a buen término, así que estamos trabajando desde el ministerio para hacerlo en principio a nivel regional, y ya después el centro seguiría avanzando hacia otras zonas del país. La idea es que sea un centro cultural dinámico para la promoción y el resguardo de la música, de la palabra, de las danzas… de todo eso que está en todas partes y en ningún lado.

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