Pura Ortiz:

Un piano, los sueños que se cumplen,
la vida

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Tenía solo 12 años cuando su vecina, la arpista de la Orquesta Filarmónica de La Habana, la invitó a asistir a un ensayo de la agrupación. La música irrumpió y durante todo el tiempo no dejó de mirar al señor que se sentaba atrás a tocar el piano. Fue el inicio de un sueño que la acompañaría por siempre: formar parte de la Orquesta Sinfónica Nacional, creada en 1959 por los maestros Enrique González Mantici y Manuel Duchezne Cuzán.

Luego de finalizar sus estudios musicales en los conservatorios Fischermann y Levy, Pura Ortiz se convirtió en pianista y repertorista del Canal 2 de la Televisión Cubana. Quizá no imaginó que siete años después, en 1962, el ideal soñado se convertiría en una realidad vivida por medio siglo.

Imagen: La Jiribilla

“Cuando se funda la Sinfónica no había pianista en la orquesta. El primer concierto se realizó en 1961. En el 62 se organiza otro para Bellas Artes y a última hora el pianista acompañante no pudo asistir. Entonces, algunos músicos de la orquesta que me conocían del Canal 2 me llamaron para tocar, y cuando se acabó el concierto me preguntaron si me interesaría entrar en la orquesta. ¡Figúrate tú, decirme a mí eso! ¡Si ese había sido mi sueño toda la vida!

“Hablé con Duchezne y me hizo la prueba con el Petrushka, de Stravinski. Me estudié aquella parte, la ensayé con la orquesta y le dije: ‘Bueno, maestro, ¿por fin?’ Y me contestó: ‘Puede ser, pero me hace falta probarte en otra cosa’. Entonces me puso el Bembé, de García Caturla, que es para piano y diez instrumentos. Toqué el Bembé, le gustó y empecé a trabajar en la orquesta.

“Los años 60 fueron una época de oro, porque los solistas y directores orquestales que venían eran maravillosos. El director titular era Mantici y el adjunto Duchezne. El repertorio era excelente también: se tocaba mucha música de compositores cubanos, como el mismo Mantici, Félix Guerrero, Amadeo Roldán…”.

En 1963 comenzó a desarrollarse el movimiento de la música contemporánea a nivel mundial. Duchezne insertó varias obras destacadas del momento, entre ellas, una de las piezas más especiales para Pura, Treno por las víctimas de Hiroshima, con motivo de la visita de su autor Krzysztof Penderecki. De Cuba confiesa adorar Sóngoro cosongo, de Félix Guerrero, por la belleza de sus solos de piano. “Es una lástima que ya no la interpreten. Esas obras han significado mucho para mí y tocarlas ha sido una gran satisfacción”.

Pero el espíritu creativo de Duchezne se extendería más allá de la orquesta: nacería el Conjunto Instrumental Nuestro Tiempo, del cual Pura formó parte y cuyo recuerdo más querido conserva hasta hoy: las dos giras internacionales por los países socialistas y en particular, la presentación en la sala Tchaikovski.

Durante aquella etapa, la pianista acompañó a numerosos solistas cubanos y extranjeros, vivió intensamente las giras nacionales que realizaba la Sinfónica anualmente recorriendo todas las provincias del país e integró la Orquesta de Cámara y Solistas de La Habana, junto a otros músicos de la Sinfónica.

“Esos primeros tiempos fueron maravillosos. Enrique González Mantici, que estudió en la antigua URSS, tenía experiencia como director, porque había dirigido la orquesta del ICR y tenía claro qué hacer con una gran orquesta como la Sinfónica. Y Manuel Duchezne era capaz de dirigir cualquier tipo de música y obra. Cuando se paraba frente a la orquesta, sabía bien lo que quería y eso un director tiene que cuidarlo. No se trata de marcar, sino de hacerte sentir, y si tú sientes, el público siente también. Lograr eso en una orquesta no es nada fácil”.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles serían, entonces, los valores que no deben faltar en una orquesta sinfónica para tocar la fibra emocional de su público con cada melodía que interprete?

Una orquesta debe tener, ante todo, disciplina y entrega total, porque si te dan una partitura y nunca la has tocado, tienes que empezar a estudiarla y analizarla. Recuerdo un día en que Duchezne empezó a ensayar y se dio cuenta de que los músicos estaban leyendo, paró y dijo: “Lo siento, pero ustedes no han estudiado la partitura y esto hay que estudiarlo. En esta orquesta se les paga cuatro horas y a los demás trabajadores se les paga ocho. Ustedes hacen cuatro porque se supone que las otras son para estudiar y no lo han hecho, por lo que está suspendido el ensayo y se les rebaja el día. Mañana, espero que vengan con el papel estudiado”.

Yo siempre estuve al tanto del programa que tenía cada semana para estudiármelo y saber de qué se trataba. En una orquesta no se puede ir por primera vez a leer, solo en momentos excepcionales de última hora.

Una orquesta sinfónica tiene que saber también manejar un repertorio de música de todas las clases y estilos. A mí me gusta compararla con un grupo de teatro: son los mismos ejecutantes, pero el resultado varía según quien dirija. Una misma obra hoy la dirige fulano y mañana mengano con los mismos actores, y el resultado no es igual. Te voy a contar una anécdota al respecto muy interesante: un día termino mi ensayo y el CVP que estaba en la puerta me llama y me pregunta: “¿Por qué la orquesta no suena siempre igual? Ahora está sonando tan lindo, y hay otras veces que no suena así”. Entonces le contesté: “¿Sabe lo que pasa? Que hay directores que dirigen marcando y hay otros que hacen entender a la orquesta la música y le transmiten lo que sienten”. El que estaba dirigiendo la orquesta en ese momento era Leo Brouwer, que no estudió dirección, pero tiene el don de que hasta con el movimiento del cuerpo y la expresión te dice lo que quiere.

¿Qué significó para usted en los ámbitos profesional y personal formar parte de la Orquesta Sinfónica durante cinco décadas?

En primer lugar, fue mi deseo cumplido de ser pianista de la orquesta. Aprendí muchísimo de la música, de las sinfonías, de los conciertos, de todo lo que se tocaba y de todos los solistas que venían, porque aunque no tuviera que tocar iba a los ensayos a escuchar, y me fui nutriendo de los distintos estilos y compositores. De ahí aprendí que hay que ensayar mucho, porque una misma obra puede ser tocada de formas diferentes, según el músico. Cada cual tiene su manera y yo debo conocerla si lo voy a acompañar. Durante los 50 años que estuve en la sinfónica interpreté todo tipo de música, clásica y contemporánea, por eso para mí la orquesta ha sido mi vida.

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