Para recuperar el sonido del Festival de La Habana

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Como es habitual a esta altura del año, la creación contemporánea se adueñó de las más importantes plazas de concierto de la capital. Transcurrió de tal modo la vigésimo séptima edición del festival de La Habana, que organiza la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, con la colaboración del Instituto Cubano de la Música, la Casa de las Américas y la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Para los compositores cubanos este festival es una oportunidad única para hacer escuchar sus obras. De ahí la considerable cantidad de estrenos absolutos. Y al mismo tiempo es un espacio para fijar en la memoria de los oyentes hitos representativos de la creación sonora del último siglo. En virtud de ese planteamiento escuchamos composiciones de Alfredo Diez Nieto, Juan Blanco, Harold Gramatges, Leo Brouwer, Carlos Fariñas, Aurelio de la Vega, José Manuel Lezcano, Roberto Valera, Jorge Garciaporrúa, Héctor Angulo, Jorge López Marín, Eduardo Martín, Guido López Gavilán, Magalys Ruiz, Juan Piñera, Frank Fernández y Efraín Amador, a la vez que llamaron la atención obras de los más jóvenes compositores, muchos de ellos con suficiente talento como para ser reconocidos, como Maureen Reyes, José Víctor Gavilondo, Arianna Amador, Wilma Alba Cal, Mónica O Reilly, y Ariannys Mariño.

En esta oportunidad recibimos la visita de compositores e intérpretes de otros países, algunos habituales como la flautista suiza Antipe della Stella y el pianista italiano Adriano Ambrosini, y otros que se asomaron por primera vez a la escena cubana como la guitarrista puertorriqueña Ana María Rosado y la compositora española Anna Boffil, lo cual fue sumamente estimulante en el orden de los intercambios.

Debo, sin embargo, trasmitir dos observaciones. Una tiene que ver con la concepción del Festival de La Habana. La realización de dos programas diarios a lo largo de una semana resulta un tanto excesiva, más cuando en el diseño de cada uno de estos no toma en cuenta agrupamientos temáticos ni estilísticos. Esto conspira contra la orientación de un público que en gran medida no posee referentes de lo que va a escuchar. En la llamada música contemporánea son frecuentes las experimentaciones formales y los lenguajes de la vanguardia, que requieren cierto grado de predisposición en el auditorio.

En tal sentido, como lo hace con mucho tino el festival que por seis años ha convocado el maestro Leo Brouwer, este de La Habana podría definir hitos clásicos de la música del siglo XX y de lo que va del XXI.

El caso es que una obra maestra como In a landscape, del norteamericano John Cage, magistralmente interpretada por José Víctor Gavilondo, no puede figurar sin jerarquía en medio de un programa de músicas que nada tienen que ver con esa estética.

De que se pueden desbrozar caminos inéditos para el auditorio y a la vez ejercer sobre este un poder de seducción, lo probó la intervención del flautista italiano Tommaso Benciolini y el pianista Adriano Ambrosini. Considerado como uno de los mejores intérpretes de la música italiana del siglo XX, Ambrosini se desempeña en el conservatorio de Verona, donde su joven compañero Benciolini también ejerce la docencia. Este último, con apenas 23 años de edad, clasifica como un talento excepcional en su instrumento, cualidad resaltada por la Sociedad de Autores y Editores de Italia al concederle su Premio Especial.

Ambos abordaron en La Habana un exigente repertorio para flauta y piano, que ilustra algunas de la tendencias predominantes en la vanguardia europea del siglo pasado: la Sonatina, obra de juventud del alemán Hans Werner Henze; El mirlo negro y Sonatine, de los franceses Oliver Messiaen y Henri Dutilleux, respectivamente; y Romancetta, del italiano Goffredo Petrassi. Y ante la respuesta entusiasta del público, entregaron Los sonidos de la selva, de Sofia Gubaidulina (1931), una compositora tártara que debíamos escuchar y conocer mucho mejor.

Otra velada que debe servir de guía a lo que debe aspirar el festival fue la de la clausura, espacio en que tres compositores cubanos de diversas generaciones —José Víctor Gavilondo Peón, Juan Piñera y José Loyola—, desde ópticas diferentes, dieron fe de prodigiosas inquietudes.

Bajo la batuta de José Antonio Méndez Padrón, director que en cada salida confirma su tránsito acelerado hacia la madurez, la Orquesta Sinfónica Nacional plasmó los reveladores perfiles de Cannabis, de Gavilondo, y Apolo en la escalinata, de Piñera. La primera exprime al máximo las posibilidades tímbricas y contrapuntísticas de un motivo recurrente, mientras la obra de Piñera, con absoluto respeto pero decidida inspiración, actualiza el legado de Amadeo Roldán.

Pero si de diversión se trata, Morumba no. 1, de José Loyola, trajo al festival una necesaria bocanada de aire fresco. Diecinueve integrantes de la Banda Nacional de Conciertos, ahora regida por el talentoso director Igor Corcuera, asumieron esta pieza performática. Los intérpretes, con las cañas y embocaduras de sus instrumentos y tocados de simpáticos sombreros, asaltan la escena, circulan y marchan, y suenan. En determinado momento, parte del público, al que han repartido canutillos silbantes, se suma a la vibrante columna sonora.

Una segunda observación apunta hacia la necesidad de sistematizar dosificadamente el repertorio de autores contemporáneos en la programación habitual de conciertos. Sobre todo hablo de autores cubanos, clásicos desde Caturla y Roldán, hasta los que hacen su obra ahora mismo. Ello evitaría cargar al Festival de La Habana tantas deudas de audición.

A pesar de estos reparos, la música contemporánea tendrá que seguir tomando la capital cubana. Solo se requiere pensar mejor la venidera cita.

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