Nunca te bajes en Niebla

 Después soñé que soñaba.
             Antonio Machado

 

Yo, Teresa Miralles Williams, escritora de poesía y ficciones, con tres libros publicados y algunos premios de cierta importancia, voy a subir al último tren que sale rumbo a Niebla a las 11 y 48 de la noche.

  Mi viaje tiene mucho que ver con las pesadillas. Y cualquier ser humano, sea escritor o no, divide las pesadillas, casi siempre,  en dos tipos: las que se llenan de absurdo, sangre y demonios; pero permiten que uno se despierte dando un grito de terror  y sonriendo, y las que van dejando en el soñador la creencia de que el espanto  acabará muy pronto y podrá abrir los ojos, sonreír, bostezar, levantarse de la cama y prepararse un café…, pero finalmente no sucede el milagro y entonces  la pesadilla sigue su azote  por los siglos de los siglos. No sé, lo digo sinceramente, ignorando en qué clase de las dos estoy sumergida ahora.

  Antes de subir los dos escalones que me llevan hasta la panza del quinto vagón, miro hacia atrás un segundo: aún se encuentran en la entrada del andén los dos hombres que me acompañaron hasta la estación: el que parece tener mayor jerarquía es tan alto como un jugador de baloncesto; el otro es mediano, rechoncho y parece mudo. Tienen el contraste propio de una pareja de comediantes.  Aunque no son en realidad nada graciosos. Me observan con una pose retadora.  Respirarán con alivio cuando por fin me aleje.  La noche amenaza lluvia. Pero si ahora mismo estallara un aguacero, ninguno de los dos se movería de su sitio.  Mientras camino, han vuelto a martillarme en la cabeza las palabras del que parece un basquetbolista:

 -Le advertimos por su bien, señora Miralles: a esta ciudad no vuelva nunca, hágase idea de que esta ciudad no existe, hágase idea que sus amigos poetas no quieren saber de usted, y por tanto no vale la pena que regrese para encontrarse con ellos en la librería El Pensamiento…ni en ninguna parte.

  Subo al vagón detrás de  un  grupo que forman un tipo con sombrero y camisa de cuadros,  una mujer regordeta con una niña delgada que mastica caramelos,  un rubio alto con los ojos hundidos,  un rastafari  con una guitarra, y  un muchacho con una boina y  un libro en la mano: El cero y el infinito. Ninguno de los pasajeros me asombra o me impulsa a ponerme en guardia. A dos minutos de la arrancada, el vagón número cinco está casi vacío. Reviso el boletín que me entregaron y busco mi asiento.  Me han dado el  número 238,  junto a una ventanilla,  para que, en vez de sumergirme  en  turbias ideas, me entretenga en  observar el paisaje nocturno,  la luna entre los nubarrones,  y  las casas  y  los pueblos que pasarán junto al tren  como  fugaces cadáveres iluminados. Pongo bajo el asiento mi maleta de cuero y en breve escucho el grito de arrancada.  La locomotora pita agónicamente, como un animal obstinado, y se dispone a ponerse en movimiento.  Los dos hombres levantan la mano y me dicen adiós. En verdad no es un adiós. Es un gesto de alivio. Adiós y nunca más retornes, criatura inútil.  Adiós para siempre, poetisa perversa. No olvides que en esta ciudad no te amamos.

    El tren es viejo. Todos los trenes de este país lo son.  Pero ser viejo lo pone a tono con el color de mi pesadilla.  En un tren moderno las pesadillas no tendrían sentido, como tampoco las tendrían dentro de un avión. Ni los fantasmas ni los demonios viajan en trenes modernos ni en aviones. Se sentirían tan ridículos como un sacerdote en un desfile de modas. Sin embargo, el hecho de que esta alucinación transcurra en un fiambre de hierro, en una pieza obsoleta, le ofrece campo ideal a la pesadilla que comenzó a incubarse desde hace ya muchas horas.

    El tren avanza con lentitud. El andén y los dos hombres van quedando atrás. Misión cumplida, superiores: la poetisa Teresa Miralles, la perra puta Teresa Miralles va camino a Niebla. El tren gana velocidad, entra en un ritmo acompasado, y la locomotora pita impunemente, violando el sueño de media ciudad.  Nadie ha venido a sentarse junto a mí.  Aprovecho, abro las piernas, disfruto el espacio y la soledad que tendré hasta la estación siguiente, donde seguro subirá mi compañero de viaje. Ya dije que desconozco en qué clase de pesadilla estoy viajando, pero tengo la seguridad de que todo será coherente hasta la próxima estación, y estoy segura de que cuando suba mi compañero del 239 no tendrá orejas de marciano ni trompa de elefante. Entre la estación que voy dejando atrás y la siguiente, este tren no se volverá calabaza o una nave sideral.  Sin embargo, de ahí en adelante vendrá una fatigosa incertidumbre, porque entonces yo deberé preguntarle a mi compañero, apenas se siente, qué tiempo falta para llegar a Niebla, y él o ella me responderá que nadie sabe dónde está Niebla, que si quiero interrogar a todos los pasajeros puedo hacerlo, pero nadie me responderá dónde rayos queda un caserío, una ciudad, o una estación   llamada Niebla.

    El tren ruge, embiste la ciudad, la atraviesa. A paso firme se aleja del centro. Su próxima parada será dentro de quince o veinte minutos. No quiero pensar en cómo surgió esta historia y, sin embargo, un impulso inexplicable me obliga a hacerlo.

   ─La poetisa Teresa Miralles quiere leernos alguna cosa ─señala un escritor en dirección a mí y entonces todas las caras se vuelven hacia la última fila de sillas─.  ¿Qué vas a leer, Teresa?

     ─Voy leer un poema de mi último libro.

     ─¿Y cómo se llama ese libro?

     ─Bestia en la nave que muere.

     ─¡Vaya título, Teresa! Pero adelante, puedes leer.

    No. No quiero recordar. Me niego a revivir esa tragedia. Pero esta pesadilla no me lo permite. Observo a través del cristal: en pocos minutos la periferia irá mostrando sus sórdidos recovecos, sus criaturas noctámbulas, sus casuchas construidas con bandejas de aluminio, retazos de madera y pedazos de cartón tabla.  Dios quiera que uno pueda olvidarse para siempre de noches y días como estos. Comienzo a cantar A hard day nigth. Sí.  Han sido un día y una noche difíciles. No paso de cantar la primera estrofa de la canción de los Beatles y digo en voz alta el último verso de Bestia en la nave que muere, mi favorito: No intentes decirme que nunca fuimos náufragos.

    Un empleado con gorra y uniforme se ha detenido cerca de mí, con una maleta en la mano y un desconcierto más grande que ella. “¿Es suyo este equipaje, señora?”. Niego rotundamente. “Parece que no tiene dueño”.  Sonrío. El empleado no puede comprender por qué lo hago. Pero yo sí: la maleta abandonada es parte de un doble sueño: del que me tiene como protagonista y de uno que soñaba con frecuencia Luis Buñuel: el cineasta surrealista llevaba una maleta y la ponía sobre un tren que estaba por partir. De repente, sin aviso, el tren salía disparado, llevándose el equipaje. Buñuel terminaba gritando de impotencia y se despertaba sudoroso en la habitación de un hotel. Tal vez si grita ahora pudiera despertarme.  Yo sé que no lo hará.

     Las gotas comienzan a resbalar sobre el cristal de la ventanilla. Entre la velocidad del tren y la fuerza que cobra el aguacero, la ciudad se deshace y se recompone ante mis ojos cansados. Apagan las luces. Mala señal. Apagan las luces como hace muchas horas en la librería El Pensamiento.

      ─El poeta Ramirito Núñez quiere decir algo…Parece que algo sobre el poema de Teresa. ¿No es así, Ramiro?

     ─Los lamebotas existen desde hace siglos –dice  en  un tono demasiado grave el poeta Ramirito  Núñez  y se pone de pie de un salto, listo para combatir-.  Y han existido para mal: algunos los llaman quintacolumnistas, como si fueran descendientes de los gloriosos luchadores de la República española. Pero no nos engañemos. Son artistas al servicio de las peores causas. Si escuchamos con detenimiento el poema de Teresa, veremos con claridad ese tumor maligno del que ahora estoy hablando…Compañeros, vivimos tiempos difíciles, ¿quién no lo sabe? Sin embargo la nave que Teresa Miralles da por hundida, está navegando con más fuerza que nunca.

      ─No quise decir lo que estás diciendo.  La poesía no se explica así.

      ─Sí lo quisiste, Teresa.

      ─No entiendes un carajo, Ramiro.

      ─No olvides que entre los fascistas/ los menos fascistas/ son también fascistas… ¿Te acuerdas de ese poema, Teresa Quintacolumnista?

     ─Conozco ese poema mejor que tú.

     ─Pues lo conoces para mal.

     ─¡No me jodas, pendejo!

    ─¡No me jodas, reputa!

    Las luces se encienden. El empleado que cargaba la maleta de Buñuel cruza junto a mí. “No se preocupen, señores, la oscuridad regresa pronto para que duerman felices”, informa sin detenerse, “estamos llegando a Praga”. ¿Praga! ¿Una estación llamada Praga? La lluvia castiga sin piedad los cristales cuando el tren se detiene. Las dos puertas del vagón se abren y varios hombres y mujeres suben de prisa y empapados. No pueden evitar atropellarse.  Buscan sus puestos.  Repiten en voz alta el número que les toca. Alguien pronuncia el número 239. Es un hombre. Me invade un pequeño nerviosismo.  Mi compañero se asoma al hueco que ocupará junto a mí y me saluda con discreción. No pasa de los treinta y cinco, pero tiene un porte antiguo, como el de los actores del cine mudo, y una piel escandalosamente pálida. “Con su permiso, señorita”, dice el hombre amablemente antes de sentarse y poner su maletín sobre las piernas. Después saca un pañuelo y se dedica a secarse.  “Esta lluvia es para frío”, asegura y guarda el pañuelo, sin que su afán por secarse finalmente se cumpla. “En París debe hacer frío… ¿Usted no se baja en París?”. Es tiempo de decirle que sigo hasta Niebla, pero no lo hago.  “Mi destino no es París”, le informo secamente. Hace un gesto afirmativo y se hunde en el asiento.  Cinco minutos más tarde el empleado pasa revisando los boletines y nos mira como a una pareja de prófugos.  “Siempre me ha gustado Praga, pero ahora es un lugar peligroso, ¡demasiado peligroso!”, dice mi compañero mientras observa alejarse al empleado. No sé qué está sucediendo en Praga.  O quizás no quiero saberlo. Afuera ya no queda ciudad.  Ahora reina la lluvia sobre un campo infinito de vegetación salvaje. Debería estar en guardia. Pero he vivido una jornada interminable y estoy agotada. Nada agota tanto como aprender una larga lección de miedo. Cuando se apague la luz intentaré dormir, aunque me corra de una pesadilla a otra. El tren es una flecha de acero que embiste los campos. La lluvia es interminable. Mi compañero de viaje cierra los ojos.  La luz se apaga…

     ─¡Por favor, señores, que alguien encienda la luz! –  gritan desesperadamente en la penumbra de  la librería El Pensamiento-. ¡Enciendan la luz! ¿Nadie está oyendo? ¡Enciendan la luz!

    Nadie la enciende. Yo permanezco quieta, hecha un ovillo bajo la última hilera de sillas en la librería El Pensamiento. El tren ruge, se balancea estruendosamente hacia uno y otro lado. La librería también. Alguien grita gusanos, basuras, eso son ustedes, ¡duro con estos maricones y estas putas!  Explotan otros gritos de rabia y otros gritos de miedo. Estallan todos los odios. Caen los libros, caen las sillas, caen los cuerpos ruidosamente. Se escuchan quejas, ayes, llantos histéricos y hasta un chillido de rata. El tren aúlla con un dolor humano y la luz se enciende…

      ─¿Qué pasa ahora? ─pregunta con timidez mi compañero de viaje.

    El tren comienza a perder velocidad hasta detenerse. Sigue lloviendo. No hemos llegado a ninguna estación y ahora el paisaje está iluminado de forma dantesca: una docena de patrullas de soldados alemanes, armados con perros y ametralladoras, esperan junto a los rieles. El empleado entra al pasillo con paso ligero.  Pide por favor a todos que le prestemos atención.

     ─Los alemanes están allá afuera. Van a subir. Por favor, señores, saquen sus documentos.  Que nadie se ponga nervioso.  En este vagón nadie es judío.

   El empleado desaparece. Los murmullos corren de un lado a otro. Mi compañero y yo nos miramos. Yo estoy en ascuas. Él tiene miedo. Sacamos nuestros documentos de identificación. No sé si los míos servirán para algo. Por el gesto de mi compañero, estoy segura de que piensa lo mismo respecto a los suyos. Un oficial alemán penetra. Lo escoltan dos soldados. Los murmullos crecen y cesan de golpe. El oficial se detiene en el centro del vagón y entonces canta con voz de barítono: “Siberia es hermosa en invierno, un lugar fabuloso para arrancar de la mente los malos espíritus”. Nadie se ríe. Nadie reacciona. Parece que el vagón está desierto. El oficial llega hasta nosotros y saluda marcialmente. Es rígido y más pálido que mi vecino del 239. Le extiendo mi documento, pero lo rechaza con una amabilidad inexplicable:

      ─No, señorita, usted no…Las poetisas como usted son sagradas para nosotros.

      ─¿Usted sabe quién soy?

      ─La camarada Teresa Miralles William, ¡pobre de quien no la conozca! Los escritores son los ingenieros del alma humana ─el tono del oficial pasa de amable─ La leo siempre… ¡y la admiro!  Mi familia también la admira. Somos lectores insaciables de la mejor literatura. Bestia en la nave que muere es una obra maestra… ¿Este señor es su esposo?

    Mi compañero vuelve la cabeza hacia mí en busca de clemencia y apoyo. Se los doy a través de un golpecito en el brazo mientras extiende sus documentos.

     ─No es mi esposo, es un amigo.

     ─Si es su amigo, es nuestro amigo ─decide el oficial mientras rechaza también con delicadeza la mano del pasajero 239─. Siempre que la leemos, señora Miralles, sentimos que usted escribe sus versos para la patria alemana.

    No entiendo la razón del elogio. Jamás he escrito para ninguna patria. Escribo sólo para los hombres, quizás para que puedan derrotar esas fronteras que lleva dentro cada uno.

     ─Señorita Miralles…Señor ─da un paso atrás y se cuadra el oficial alemán─, perdonen la molestia. Tengan un feliz viaje…y no olviden que Siberia es hermosa en invierno.

   El oficial y los soldados continúan revisando documentos, preguntan con malas intenciones, se aburren de registrar y bajan del vagón.  El empleado estaba en lo cierto: nadie es judío en esta pieza. Tal vez en las restantes no sea igual. Pero nadie quiere saber qué pasa en las restantes. Yo tampoco. Mi compañero me codea discretamente, acerca su boca a mi oído y susurra tembloroso:

     ─Gracias, señorita, no tengo cómo pagarle.

     ─¿Podría decirme su nombre?

     ─Simón Abeliansky.

     ─¡Usted es judío!

     ─Dicen que no lo parezco –expresa con voz cautelosa Simón Abeliansky.

     ─El oficial no se dio cuenta.

     ─Estos sabuesos siempre se dan cuenta. Solo quiso congraciarse con usted.

      ─¿Con una poetisa que protege a un judío?

      ─A veces la vida es inexplicable.

    Simón Abeliansky tiene razón: ¡claro que lo supo! ¿De qué modo tan feliz me leería el oficial alemán como para impulsarlo a incumplir sus funciones?  Después de media hora, el tren vuelve a ponerse en camino. Afuera, ante los perros y las ametralladoras, un puñado de judíos se van agrupando, unos a la izquierda, otros a la derecha, para viajar a un destino incierto.  Estoy dispuesta a dormir a la Teresa de las pesadillas, porque la verdadera Teresa Miralles, la que sueña a la otra Teresa, sabe Dios dónde ahora duerme. Saco de la maleta una frazada y me cubro de la cintura hacia arriba. Simón Abeliansky observa mi maniobra sin pronunciar palabra. Ha dicho las suficientes. Un verdadero judío nunca molesta más allá de lo preciso. Apagan las luces. Una decisión bendita. El tren se sigue alejando del basquetbolista, de su colega rechoncho, del oficial alemán, de las patrullas armadas. Caigo por un agujero negro. No existo. Alguien me toca en el hombro. Demoro en atenderlo. Entonces escucho la voz del empleado.

      ─Señorita Miralles…Buenos días…Son las 7 y 43…En pocos minutos estaremos llegando a la estación de Niebla.

      ─¿Niebla!  ¿Ha dicho usted Niebla! ─aparto la frazada y miro hacia afuera: el sol trepa feliz en el horizonte. Ni rastro de la lluvia nocturna.  Vuelvo la cabeza: mi compañero falta ─. ¿No ha visto usted al hombre que estaba sentado…? ─dejo inconclusa la pregunta.

    ─Supongo que se haya bajado en París, señora Miralles. Casi todos quisieron quedarse en París. Por eso apenas quedamos usted, el maquinista y yo.  Pero no se preocupe: ya Niebla está cerca.

    El empleado conoce mi nombre. No sé si es mala señal que en una pesadilla conozcan tu nombre. Me duele el bajo vientre.  Llevo demasiado tiempo sin orinar. Tomo mi equipaje y salgo rumbo al baño. El empleado me sugiere asearme un poco y cepillarme los dientes. Parece mi madre. Niebla ya está muy cerca.  Está por consumarse mi destino. ¿Podré despertar en mi cuarto, sonreír aliviada y colar un poco de café? ¿No podré despertar nunca? Voy hasta mi asiento y espero.  Debería rezar, o escribir algún poema urgente, o pasarle revista a mi vida. ¿Quién sabe si no voy a despertar? ¿Quién sabe si mi variante de pesadilla no es la peor? El tren va perdiendo velocidad. Por el pasillo viene el empleado. Llega hasta mí para entregarme una revista y un par de periódicos. Los tiro sobre el 239. No me interesa leer. Ahora no.  El empleado se detiene al ver mi gesto.

        ─La prensa dice maravillas de usted. La felicito por el premio. Ojalá que gane muchos otros.

     Reviso sorprendida uno de los periódicos. En la página seis encuentro una fotografía y un cintillo que me sobrecogen: Otorgan a la poetisa Teresa Miralles Williams el Premio Letras de Oro.  No logro reunir el aliento suficiente para pronunciar una sílaba siquiera.  Debajo del cintillo una mujer canosa, con casi setenta años, observa sonriente y desafiante la cámara fotográfica. Cuenta la nota que, entre novelas y poemarios, ha escrito catorce libros y es una extraordinaria narradora y poetisa, una voz imprescindible dentro de la lengua castellana, y su poemario Bestia en la nave que muere es un clásico indispensable, que cuando cierta gente reaccionaria le pregunta a la poetisa si está censurado en su país, ella responde: “En mi país no existen libros prohibidos”.  Estrujo el periódico y lo dejo caer. Siento el impulso de quemarlo. Pero despierto. Simplemente despierto. Así de fácil. Y estoy tirada sobre un banco de mármol, sin ninguna clase de equipaje, y veo piernas que caminan de un lado a otro, sin jamás detenerse. Piernas que van, piernas que vienen, piernas que cruzan por mi lado.  Alguien pronuncia mi nombre y después lo repite. Bostezo y me pongo de pie. Un policía pelado al rape se acerca y me ordena acompañarlo. Lo sigo por un pasillo angosto y entro detrás de él a una oficina repleta de buros de bagazo y mal iluminada. Dos sillas están frente a nosotros. Pero el rapado ni siquiera me invita a sentar. Saca un papel que está bajo un teléfono y comienza a leerlo con reposada malicia:

Yo, Teresa Miralles Williams, poetisa y narradora, me presento como testigo ante el oficial de guardia de esta Unidad para declarar que el día 8 de diciembre de 1988, en la librería El Pensamiento, a partir de las 9 y 35 de la noche,  un grupo de poetas  se reunieron allí  para llevar a cabo lecturas de tipo subversivo. Lecturas que culminaron en una fuerte y violenta disputa entre todos los poetas presentes, casi todos borrachos o drogados en el momento de estallar la trifulca…

         ─El resto de la declaración ya la conoce… ¿Está de acuerdo en firmarla? No me haga leerle todo de nuevo.  Esta es la novena vez que lo hago.  No sea testaruda. Una simple firma y   sus problemas se acaban.

   El policía me extiende un bolígrafo, lo tomo y estampo una firma temblorosa sobre una raya al final del papel.

  ─Es usted es una mujer muy valiente ─dice mientras dobla mi declaración, la guarda en una gaveta y la cierra con llave─.  A partir de este momento, tendremos que mirarla con mejores ojos.

Siento pasos a mi espalda. Me vuelvo. Desde el umbral de la puerta me observan el basquetbolista y el tipo rechoncho, que trae en sus manos mi equipaje.  El policía les ordena entrar y les imparte una orden definitiva:

─El tren sale para Niebla dentro de cuarenta y dos minutos. En ese viaje se irá Teresa.  Atiendan a la escritora como se merece. Hagan lo imposible por que se sienta una reina. Café, cigarros, filete, cerveza, jugo…Lo que pida.

    No pido nada.  El basquetbolista, el tipo rechoncho y yo nos encaminamos a un parqueo. La noche está deliciosamente húmeda y respiro a mis anchas.  La gozo a plenitud. Subimos a un auto que conduce el rechoncho sin pronunciar ni un monosílabo. Mientras viajamos rumbo a la estación, mantengo los ojos fijos en el parabrisas.  Siento que la ciudad viene hacia mí, en un gesto semejante al del amigo que corre a abrazarnos. Es, seguramente, un gesto de cordialidad engañoso. Al bajar del automóvil, pregunto la hora. El basquetbolista responde mientras cruzamos la entrada de la Estación Central: “11 y 28… siéntese ahí, póngase cómoda, voy a traerle un café”. Ignoro su orden. Me acerco a un estanquillo de prensa cerrado y veo las doce páginas de un periódico desplegadas detrás de las paredes de vidrio. Un titular me detiene en seco. Laureada escritora impartirá conferencias en París. Mi rostro de setenta años, seguro y retador, mira hacia la cámara.  Sigo en el sueño. No he salido de sus redes. Temo leer lo que está escrito debajo del titular y por eso continuo leyendo a distancia, evitando que las palabras puedan saltar hacia mí y penetrar por mis ojos como sables afilados. Soy una gran poetisa. La prensa de mi país lo jura.

       ─Su café, señora Miralles ─dice a mis espaldas el basquetbolista y me entrega un vaso desechable mediado de café ─. Aquí lo hacen muy bien.

    Demoro en beberlo, quizás porque el calor que atraviesa el vaso me reporta la única sensación agradable que he sentido en largo tiempo.

     ─No entiendo nada ─le digo al basquetbolista después de beber un sorbo-. Juro que no entiendo nada.

─Vivir la vida es difícil. Entenderla es imposible.

─Hablo de entender esta pesadilla.

─Si no trata de entenderla, será mejor para usted…y para todos nosotros. Siga mejor mi consejo: bájese en París y disfrute la ciudad. El hotel Maurice es una maravilla. Pruebe los platos y el champagne más caros… La cuenta va por nosotros.

─¿Entonces no voy a Niebla?

─Las poetisas grandes van a París….Y usted lo es.

    ¡París? Es inútil que pretenda entender algo. Un vozarrón insolente se filtra por una bocina y llama a los pasajeros que deberán subir sin demora al último tren rumbo a Niebla. Bebo el resto del café, el basquetbolista toma mi maleta y vamos hacia el andén.  Me duelen las rodillas y me pesan las piernas. El tipo rechoncho nos sigue en silencio. Lo escucho suspirar cansado. Un suspiro. Nada más. Es triste la palabra del mudo.  Frente a los siete vagones del tren se han ido agrupando los que harán el viaje.  El basquetbolista me entrega la maleta y me detengo a esperar que suban todos los pasajeros.

    ─Y recuerde, señora Miralles: a esta ciudad regrese cuando guste… Aquí la queremos como usted se merece.

   Yo, Teresa Miralles Williams, escritora de poesía y ficciones, no sé con cuántos libros ni cuántos premios, levanto la vista en dirección a la puerta del último de los vagones y veo, donde concluye el segundo escalón, una maleta que parece abandonada. Nadie la toma. Nadie la mira. A nadie parece interesarle.  Ha sido una jornada difícil. Apenas me siente en el 238, caeré rendida. Ahora yo, Teresa Miralles, mientras camino a paso de hormiga hacia el vagón número cinco, espero que de un momento a otro  el grito de Buñuel me haga despertar, y para entonces no quiero acordarme de que al principio hubo una librería, una bestia, una nave, mil gritos de espanto…, o que cierta encumbrada poetisa me sueña mientras viaja hacia París, o que una escritora  nombrada Teresa Miralles, con tres libros apenas y algunos premios de cierta importancia, pudiera estarme soñando, después de haber confesado a un oficial alemán que el hombre escandalosamente pálido que viaja junto a ella no es su esposo, ni  un amigo…ni siquiera un hombre que profesa una religión decente.  

 

Caimito, La Habana, Mayo 6-2009
 
 
Miguel Terry Valdespino: (La Habana, 1963) Destacado narrador y periodista. Ha publicado las piezas teatrales Ángeles y cenizas, Laberinto de lobos, Los duros pierden como Humphrey Bogart, La piedra en la boca, Páginas finales de la náusea y Matar a un hombre; las novelas cortas Ajuar de guerra y Silvestre el conquistador, y el libro de cuentos No me hables de la ira, todos publicados por el sello editorial Unicornio. Ha recibido el premio de cuento Waldo Medina, por el relato “Un solo de saxo para la mundana” y el premio Ciudad de Gerona por el relato “A la hora señalada”, así como una mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009, por el relato “Las lecciones del vampiro”; el Regino Botti, por la pieza Los duros pierden como Humphrey Bogart y el Razón de Ser, por el proyecto de novela Caballo de Batalla. Tres de sus cuentos (“Últimos desnudos de Eva Braun”, “Las lecciones del vampiro” y “La sombra del tigre”), y una de sus piezas teatrales (Matar a un hombre) obtuvieron mención en el concurso internacional Casa de Teatro en República Dominicana. Su novela Carne de cambio obtuvo la Primera Mención del concurso internacional Plaza Mayor en Puerto Rico en el año 2003.

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