Un poliedro de sabiduría

Abel González Melo • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo de Casa de las Américas
 

Una buena biblioteca es quizá el mejor regalo que puede heredarse de una familia de filólogos. No un cúmulo de libros y revistas sino una selección amasada por años, un matiz clasificado y caótico a la vez, un juego de combinaciones literarias. En mi vieja casa de La Víbora, en la zona sur de La Habana, conservamos una habitación inmensa colmada de estanterías: ediciones nuevas y antiguas, incunables y manuscritos. Todo rigurosamente organizado, primero por mi abuela, Mercedes Pereira, que se graduó de maestra en la década de los 40 y ejerció de profesora de Literatura Hispanoamericana por más de medio siglo, y luego por mi madre, Mercedes Melo, que estudió esta especialidad y hoy cultiva la narrativa y el ensayismo.

Imagen: La Jiribilla
Galich editando Conjunto
 

En medio de la pared que guarda los volúmenes de Latinoamérica se encuentra una de nuestras colecciones más preciadas: la revista Conjunto. Ocupa casi dos metro de ancho y luce un aspecto sólido, intensivo, compacto, como una enciclopedia poderosa.

Recuerdo el buen ánimo con que mi abuela me contaba de la fundación de la Casa de las Américas en los años tempranos de la Revolución y el valor que el teatro tuvo desde el inicio, el impulso de su amigo Manuel Galich —también su colega de despacho en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana— para proponer un espacio de reflexión en torno a la escena de Latinoamérica y el Caribe, los primeros festivales de teatro y la fundación de Conjunto como núcleo de todas las acciones. Por otra parte recuerdo la visión de mi madre de “el maestro” Galich, que le enseñó Literatura Precolombina durante la carrera y que estaba abierto al trato con los alumnos siempre que la relación se basara en la avidez de conocimiento. En la perspectiva que mis dos Mercedes tenían del autor de El tren amarillo destaca la vocación por transmitir la herencia cultural, por darle cuerpo a la memoria del teatro de Nuestra América mediante textos e imágenes que componían el perfil de una publicación periódica rica y consistente, por defender desde la investigación y la ficción escénicas una verdad que nos ensambla a los latinoamericanos en el marco de la Patria Grande.

Mi devoción por lo que Conjunto representa tiene su origen, pues, en ese punto: en entender que la memoria del oficio teatral es frágil y merece ser, más que perpetuada, protegida. En la certeza de que la historia de Latinoamérica ha sido una región frágil y manipulada por los circuitos de poder, y que al teatro no le basta con su efímera existencia, sino que necesita, como complemento de vida, un ámbito de discusión, repaso histórico, teorización, sueño ficcional. Una red que acompañe en tiempo presente la práctica de los escenarios y los analice en comunidad, ponga en espacio acciones alejadas y las conecte, las haga fluir, las devuelva como sistema. Esto ha sido durante 50 años, y sigue siendo, Conjunto, en la etimología y en la práctica: una comunidad en red, un poliedro de sabiduría.

Cuando saco un ejemplar de Conjunto de mi biblioteca en La Habana, cuando pido a mi madre que me escanee y me envíe por email algún artículo memorable que necesito para mis clases en Madrid y solo puede encontrarse allí, me reconforta advertir la huella de los años. Los bordes gastados, las anotaciones al margen, el color ambarino de las páginas. También, como editor acucioso, me ilusiona ver cómo ha ido transformándose el estilo de la maquetación de textos, la colocación de ilustraciones y fotografías, el diseño de las cubiertas. Es el cúmulo de diez lustros de voluntad, de personas sabias que han dedicado años de su profesión, como las admiradas Vivian Martínez Tabares y Rosa Ileana Boudet, para que la tradición de esta maravillosa revista —todo lo que como institución Conjunto representa— siga siendo experiencia viva.

Conservo con especial cariño un número dedicado al teatro de la América indígena donde leí por primera vez la Comedia-bailete del Güegüence o Macho Ratón. Fue justo hace 15 años, durante mis estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA), cuando mi profesora de Teatro Latinoamericano y Caribeño, Dianik Flores Martínez, me sugirió preparar un seminario sobre los orígenes de la escena nicaragüense. Tiempo después yo mismo impartiría esta materia a los jóvenes estudiantes del ISA. En esos años iniciáticos la compañía de Conjunto se tornó, más que necesaria, indispensable en mi formación.

Hoy por hoy me alegra ser un colaborador asiduo de la revista y pensar siempre en compartir desde ella mis visiones latinoamericanas. Me enorgullece contar con un espacio, por muy pequeño que sea, en las páginas de esta colección mítica que desde niño he sentido tan cerca.
 

Imagen: La Jiribilla
 
 
Nota
Publicamos el texto gracias a la cortesía de Vivian Martínez Tabares, ya que forma parte del número más reciente de Conjunto, cuya presentación será el 18 de diciembre de 2014.

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