Revista Negra

Bofetada con rodillas

Legna Rodríguez • La Habana, Cuba
Fotos tomadas de la revista
 

Recibí la primera copia del número nueve de la revista de fotografía Negra (entiéndase por primera copia, algo que no está terminado, que tal vez cambie un poco cuando la diseñadora le dé los toques finales) el viernes 28 de noviembre casi a medianoche. El lugar donde se me entregó la revista no me gustaba, la música no me gustaba, noviembre era una especie de terror nocturno y no me gustaba. Así que metí la revista en el bolso, cerré el bolso con doble candado, salí del lugar, tomé un taxi y me fui a casa. No metí el disco en la máquina hasta dos días después, y los terrores nocturnos seguían. La máquina carraspeó, relinchó, y leyó el pdf. Yo carraspeé, relinché, y copié el pdf en el escritorio.

Imagen: La Jiribilla

El par de rodillas negras en la imagen de portada me dio un bofetón, me dijo algo. El impacto duró unos minutos, como para tener la certeza de lo que había abierto, el tipo de documento, el tipo de revista, el tipo de número, el tipo de naturaleza. Y supe, entonces, que esas rodillas negras se habían fotografiado en 1989, a través de los ojos de Juan Carlos Alom.

De Juan Carlos Alom mismo, se ocupa Astrid Orive en el primer segmento de la revista, el “Dossier”. «Mientras para muchos la realidad cotidiana pasa inadvertida, a la mirada sagaz y curiosa del antropólogo no escapa ningún detalle », empieza Astrid Orive, abofeteada por esas fotos, seguramente, igual que yo. Entiende a Juan Carlos Alom como un hombre de mirada antropológica. Yo no entiendo nada, yo tengo el alma llena de moretones.La gente en esas fotos no tiene alma, si la tiene, está tan llena de moretones como la mía. Tal vez Juan Carlos Alom sepa de qué se trata, yo prefiero no saberlo, prefiero andar con mis moretones al aire, sonriente, confundiendo alos fotógrafos, preguntándome dónde está el policlínico más cercano.

La “Caja de luz”me auxilia, segundo segmento de la revista, página 12. En el paseo por la fotografía dominicana contemporánea a los ojos de sus mujeres fotógrafas no hay rodillas aunque sí angustia, máscaras, un motivo recurrente en el planeta. Titulado Todas para una y una para todas, el paseo es un performance donde me veo, incluida, histriónica, maquillada. Aurora Elisa González me lleva por la oreja, oigo. Las mujeres, como mi máquina, carraspean, relinchan. Tres artistas fundamentales que presentan procesos de enmascaramiento femenino, de identidad humana y sexual, procesos estéticamente diferentes, aunque ya en la construcción fotográfica se unen a través de un hilo performático. Esas artistas son Tatiana Fernández Geara, Elia Alba y Raquel Paiewonsky. (Recuerdo que una vez yo estuve en esa mitad de isla, República Dominicana, y me pasaba el santo domingo día preguntándome por qué las negras, hermosas, querían tener el pelo más lacio, incluso, que yo.)

Imagen: La Jiribilla

Llegado el momento de la “Fotomanía”, con el “Mundo de un mundo no tan ajeno”, a cargo de Eduardo Lázaro Navarrete; “El Reino Unido en la librería Alma Máter”, “Otra Habana fotografiada”, y “Xpajes, muestra fotográfica de Alexis Rodríguez”, a cargo de Claudio Sotolongo; “Rebekah Bowman y los diosecillos del ballet cubano”, a cargo de Antonio Enrique González; “Lo que ves no es lo que es”y “Los últimos samuráis en La Habana”, a cargo de Abel Fernández Larrea; y cerrando con “Y nos dieron las dos”, a cargo de Dazra Novak; yo me desinflo, salgo de la silla, orino un poco, me preparo una taza de café frío y oxidado. Aquello que viera antes fue el policlínico, el algodón con alcohol, el rojo acetil en la herida. Descripciones de varias exposiciones de fotos, demasiado diferentes como para poner demasiada atención, pero sí tan atractivas como para mirarlas, de reojo, y hacérseme un trabalenguas la lengua.

Vuelvo a sentarme, vuelvo a abrir el pdf, en el “Revelado”, gracias a Oneidys  Hernández Vidal, me encuentro con Kaloian Santos, artista joven y experimentado, abanderado y embanderado, quien ve de cerca el asunto, lo ve y le es difícil mirar, le es complicado apuntar, disparar, matar, aprender. Querido Kaloian Santos, tú lo dijiste y yo quiero decirlo, en mi voz, con voz de jirafa, de gallina, de héroe y de monstruo: es difícil mirar, apuntar, disparar, matar, aprender. Se Trata de una entrevista donde, como en todas las entrevistas, hay preguntas y respuestas. La entrevista termina así: «para que tus fotos sean lo suficientemente buenas hay que mezclarse con lo retratado, sentirlo, meterse dentro del conflicto, ser más que un mero observador frente a esa realidad circundante de la que recortaremos un fragmento y congelaremos en fracciones de segundos». Solo lo menciono porque es algo común a la escritura, eso mismo me pasa a mí cuando escribo, como ahora, escribiendo esta presentación.

En “La clase”, Márgel Sánchez me enseña“Photoshop básico para fotógrafos”, aprendo poco, quiero mirarme las rodillas, acariciarlas, tatuarlas, compararlas con las rodillas de la portada, para siempre en mi mente. Solo llego a la conclusión de que un proceso fotográfico es un proceso revolucionario. Luces y sombras. Píxeles, megapíxeles y valores. Rectificación de errores. Rectificación de colores. Profundidad y pérdida.

¿Dónde te he visto antes, Jamila M. Ríos, yo te conozco?, es la pregunta en mi mente, al ver ese nombre en los “Noveles”, próximo segmento de la revista ante mí, ocupándose de “Ángel Vázquez Rivero: el otro, el doble y yo”. Y otra vez el otro, su doble y él, dándome por el rostro, bofetadas, galletazos, tapabocas, autorretratos y situaciones, fotos tristes, paisajes que yo conozco, como a la tal Jamila, dolores que he visto. Por eso en la página 70 pongo música. Pongo a Aretha Franklin cantando I Say a Little Prayer. Compréndeme Ángel Vázquez, ¿tú me comprendes, verdad? Según Jamila M. Ríos (claro que te conozco), «Las visitaciones fotográficas de Ángel Vázquez Rivero nos colocan, por tanto, frente a decenas de imágenes que engendran a su vez decenas de preguntas sobre el yo y los otros (con sus cuotas de realidad e irrealidad), pero rebasan esas testificaciones con curiosos guiños a otros reinos de lo mítico, lo lúdico, lo fantasmagórico y lo ar­tificial…, en una época donde las coordenadas de lo virtual invade cada vez más nuestra vida y pide su plato en la mesa».Una falta de respeto a mí, que también pido mi plato en la mesa, voy a la cocina, me revuelvo unos huevos, me pongo a ver las fotos de este Ángel Rivero otra vez. Veo fotos de la serie Fotografía callejera, de la serie A Ken le importa, y de la serie En la tierra de nunca jamás. Como siempre me ocurre cada vez que veo fotos, imagino cuál me gustaría para mí, por si algún día nos conocemos Ángel Rivero y yo, pedírsela tímidamente. Y la que me gustaría para mí es la de la serie A Ken le importa. Por cierto, Ángel Rivero y yo compartimos el mismo nombre.

Imagen: La Jiribilla

Bienvenido F1, bienvenido el aire, una bocanada digital de Adobe. Bienvenido a mi pantalla, Tomás R. Inda. Te juro que al terminar de leer esta revista abriré una nueva ventana y saltaré por ella, si no encuentro F1 o F2 o F3. El problema es encontrar F.

El segmento “Foto a foto”en este número nueve es una Estación Central de Ferrocarril. Con fotos de Michel L. Sendin, Sandra González, Catherine Van Hoof, Indiara Rivero, Dorcas Rodríguez y Amaya Oria, Haydeé Oliva me coloca en un raíl, sobre el primer coche de un tren, y pito, echo humo, me descarrilo. Lo que cuenta Haydeé Oliva y lo que cuentan las fotos es lo mismo pero no se escribe igual, para mí bizca, tuerta, y hasta ciega, cegata de todos los ojos, la historia del ferrocarril es una historia de amor que termina en dos grúas queriéndose, casándose, hasta que la muerte las separe. Yo soy una grúa, y aquella persona del otro lado, es otra grúa. Entre paréntesis: (regálame esa foto, Amaya Oria, o véndemela).Gracias Haydeé Oliva, por presentarme Las Murallas de La Habana, Tallapiedra y el Castillo de Atarés, del único modo en que pudiera interesar algo desconocido.

Entonces empieza“La tendedera”, antepenúltimo segmento de un pdf maldito. Alguien llama por teléfono y me desconcentra. Le cuento que estoy mirando fotos y me pregunta fotos de qué. Le cuento que de una revista y me pregunta qué revista. Observo el teléfono como Juan Carlos Alom, o Kaloian Santos, o Ángel Rivero lo observarían, observo la revista en la máquina, tres metros más allá, y cuelgo, como una jirafa maleducada que quiere terminar de ver su álbum. Déjame ver mi álbum, déjame en paz.

Abel Carmenate y Alberto Morales, Alberto Darias y Harold Ferrer, Benny López y Dianelys Guelmes, Iván Friman e Indiara Rivero, Glenda Bonne y Milo Septién, Jessica San Román y Eridiana Gillama, Aylin Martínez y Tomás R. Inda, Juan Manuel Cruz, Adriano Toledo y Carlos Vilá, esos fueron mis trapos sucios, lavados, planchados, en una tendedera fotográfica.

El segmento “Cuento”, en la página siguiente a la última foto de “La tendedera”, me hace creer que alucino, es mi propio nombre y mi propio cuento, insignificantes, tontos, al lado de una foto de Jenny Sánchez Martínez, nada insignificante ni nada tonta. Ten esperanza, me digo,  mírate a ti misma en una revista de fotos. Pero solo puedo mirar aquello que no soy yo, la foto de Jenny Sánchez junto a la palabra mala. Foto con labios rojos y reloj azul, desenfocada, como el recuerdo. A ti también te conozco, Jenny Sánchez, reloj.

Es mi fin y el de la revista, que termina con una broma.

Agradezco mucho el viaje.

Quiero volver a irme.

Quiero esconderme bajo la mesa.

Me duelen las rodillas.

Y no estoy para bromas.

 

La revista fue presentada en La Habana, 30 de noviembre de 2014.

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