Intersecciones

Fértil y hermoso encuentro crítico con el teatro pinareño (III)

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Fotos: Sonia Teresa Almaguer
 

La muestra teatral para niños del Primer Taller de la Crítica, realizado en Pinar del Río al cierre de octubre, estuvo a cargo de Titirivida y Alas Teatro.

Adonde van los ríos y Sueños de payasos ofrecen dos caras de Titirivida, equivalente mismo del teatro pinareño durante las dos últimas décadas, pues ha sido el grupo de referencia de la vida teatral allí con su presencia, estrenos e inclusión y organización de eventos.

Imagen: La Jiribilla

La joven actriz y autora matancera María Laura Germán reescribe con suma efectividad en Adonde van los ríos el extraordinario cuento de Onelio Jorge Cardoso “Los tres pichones”, centrado en el objetivo de que un actor pueda asumirlo como un unipersonal con títeres.

El reto lo asumen el actor Nelson Álvarez y el director Aliocha Pérez Vargas, jóvenes a quienes Titirivida les abre la puerta de la experimentación propia. Un signo de sabiduría del grupo en función de explorar caminos y formar a un nuevo director.

Álvarez se entrega con fuerza a su Marino, el protagonista que conduce y recrea la historia propia y de sus hermanos; aquellos pichones nacidos pájaros carpinteros que desafían su destino y logran ser marineros. Sin embargo, podría entregarse más al juego mismo de la puesta y no a la representación, de donde ganaría eficacia su accionar como animador único de todo el dispositivo titiritero y escénico.

Acusa cierta impericia el diseño de los titeritos de sus hermanos pichones. Su pequeñez y colocación en la cabeza del actor restan contundencia a ese lado fundamental de la historia, en medio de las variadas tareas actorales y escénicas autoimpuestas por el espectáculo. No obstante, el sentido del mismo dialoga en presente con el movimiento libre y masivo de los cubanos entre el adentro y el afuera, una connotación más interesada de este montaje que marca un buen comienzo para estos debutantes.

Por su parte, Sueños de payasos, aunque a cargo del líder de siempre, no es sinónimo de un camino trillado. Luciano Beirán escribió y dirigió este espectáculo que rinde culto al circo y al teatro mismo por su capacidad de crear una realidad autónoma para las ilusiones y los sueños. Y al gran, y por desgracia olvidado en estos “tiempos modernos”, Charles Chaplin.

Imagen: La Jiribilla

Se trata de una historia de amor a cargo de cinco actores. Julio César Pérez, Marydania Blanco y Carlos E. Santiesteban protagonizan con eficacia, a caballo entre el mundo del clown y del mimo, mientras Ana Margarita Cordero y Nelson Álvarez les sirven con sus ayudantías en la animación de objetos. 

Destaca la música en vivo de Odalis Rodríguez y Liván Labrador, con violín y guitarra, una fértil compañía de sonidos al transcurso de la acción, sobre todo cuando, de forma instrumental, insertan números tradicionales de nuestro cancionero y menos interesante cuando se trata de los habituales temas del circo.

El amor de una pareja parece interrumpirse al aparecer un tercer personaje. Esta historia simple forma parte del objetivo general de la puesta por recorrer lo sabido, por jugar, mediante trampas y guiños, con las convenciones del público ante un tipo de espectáculo. La elocuencia del gesto que silencia la palabra, la simpatía de las situaciones y la actitud de los actores modifica ese hilo de lugares comunes.

Sueños de payasos puede aún sintetizar y precisar más su diseño de acciones para perfilar su escritura escénica, pero resulta ya un agradecible puente con públicos de todas las edades.

Para Pepe y la Chata, Dorys Méndez trabajó con el relato homónimo de la reconocida escritora Nersys Felipe, quien da vida al niño José Martí muy pequeñito, allí donde el tramo vital solo puede ser historiado por la fabulación.

Imagen: La Jiribilla

Cuatro actores animan títeres de mesa en un sintético espacio limpio y sobrio. Aparecen Martí y su hermana, la Chata, como niños de poca edad. También la pequeña Anita, y Tino, un amiguito. Por supuesto, Leonor, la madre y Mariano, el padre. De hecho, el entorno de la educación familiar en medio de la circunstancia colonial es el foco principal del espectáculo. Los reclamos e ilusiones de los niños, los atisbos de su formación, las primeras contradicciones en el marco íntimo o las incipientes señas del mundo exterior son desvelados con sensibilidad y cuidado.

Méndez lo resuelve con extrema profesionalidad y rigor en su uso de los distintos lenguajes de la escena y en la acertada inclusión de audiovisuales en dibujos animados, proyectados al fondo con el interior de las casas o los recorridos en movimiento por las calles habaneras de la época. El bullicio de vendedores ambulantes o los ambientes interiores resultan particularmente atractivos.

Así logran vencer el origen narrativo y predomina la representación, aunque sea atravesada por un lógico carácter narrativo, eje en el cual tendrá siempre una tarea a atender Pepe y la Chata. Alguna nimiedad en los juegos infantiles, cualquier monotonía o algún problema de ritmo nacen de ahí.

Pero ninguno de esos obstáculos, solubles sin dudas, puede obnubilar la importancia de este montaje de Alas Teatro.

 

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