Ese venturoso alumbramiento

Jesús Ortega • La Habana, Cuba
Fotos: K&K
 

Es significativo que muy próximo al triunfo de la Revolución Cubana las nuevas autoridades crearan tres importantes instituciones, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, el Ballet Nacional de Cuba y la Orquesta Sinfónica Nacional, muy pronto les seguiría la Casa de las Américas. Sin dudas desde muy pronto la cultura fue objetivo esencial en los nuevos rumbos que tomaría nuestra nación.

Con la creación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba (OSN) se materializaron los sueños de algunos de los músicos más importantes de nuestra historia, quienes habían hecho enormes esfuerzos desde principios del siglo XX para que se escucharan entre nosotros las obras más importantes de la historia de la música sinfónica. Para Guillermo Tomás, Amadeo Roldán y Cesar Pérez Sentenat por una parte o Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona por otra, según los conceptos estéticos de ambas tendencias, se cumplían ampliamente los objetivos por los que lucharon por mucho tiempo.

Imagen: La Jiribilla

Mi generación fue muy afortunada al participar, aunque fuera muy modestamente de ese venturoso alumbramiento. La historia había comenzado apenas unas semanas después del triunfo de los guerrilleros comandados por Fidel, al asumir la dirección del Teatro Nacional de Cuba, aún inconclusas sus obras constructivas, una intelectual extraordinaria, brillante pensadora, profesora y marxista de sólida formación: Isabel Monal. Muy pronto creó dentro de la nueva institución grupos de danza moderna, danza folclórica, teatro, cultura comunitaria; y dentro de su Departamento de Música, que dirigía el compositor Carlos Fariñas, una Orquesta Sinfónica encabezada por el Maestro Enrique González Mantici y el entonces muy joven director Manuel Duchesne Cuzán, integrada por los mejores intérpretes de los instrumentos que conforman esa institución, muchos de los cuales eran muy jóvenes por esos días. Alrededor de ese departamento y de su orquesta se nuclearon los músicos más importantes de nuestro país, recuerdo muy bien a José Ardévol, Harold Gramatges, Argeliers León (quien también dirigía el Departamento de Folclore del propio teatro) Edgardo Martín, los mencionados Mantici y Duchesne y algunos jóvenes entre los que nos encontrábamos Leo Brouwer y quien esto cuenta. Con el mismo interés y la misma pasión nuestro Alejo Carpentier apoyaba y a veces protagonizaba las acciones que pretendían hacer crecer lo más posible la música cubana en todos sus aspectos. El resultado de todo ello fue la decisión del gobierno revolucionario de crear la OSN de Cuba.

La nueva institución musical no se limitó a la música sinfónica, dentro de su estructura también se creó la Orquesta de Cámara, el Cuarteto de Cuerdas, el Quinteto de Vientos y los Conjuntos Instrumentales, al mismo tiempo se incluyeron en su plantilla los solistas de música de concierto más importantes del país. Paralelamente se creó el Coro Polifónico Nacional. De ese modo se podía abordar prácticamente todo el repertorio de la música universal.

Mi vinculación con la orquesta sinfónica se estableció desde que era estudiante del Conservatorio Municipal de Música de La Habana, algunos de mis maestros como Gramatges, Ardévol y Argeliers despertaron mi curiosidad por el instrumento musical más completo que existe y logré la amistad de algunos de los músicos más importantes de la Orquesta Filarmónica de La Habana, quienes me permitían el acceso a sus ensayos, lo que resultaba una maravillosa escuela, donde aprendía lo que era hacer “música de verdad”. Esos amigos que conservé mientras su vida lo permitió fueron entre otros: Roberto Ondina, Juan Jorge Junco, Fernando Bencomo, Domingo Aragú y otros que harían interminable la relación, además se convirtieron, junto a otros, en los más importantes músicos de atril no solo de nuestro país sino especialistas muy apreciados en el mundo musical internacional. Tuve la ocasión en varias oportunidades de incorporarme a la orquesta como músico de atril en aquellas obras que necesitaban de la guitarra y también muchas veces como solista en conciertos para este instrumento musical y orquesta de autores cubanos y de otros países.

Todavía hoy, más de 60 años después de mi primer contacto con la música sinfónica, sigo disfrutando y aprendiendo igualmente de un ensayo sinfónico que de un concierto. Creo que hubiera logrado mucho menos en mi ya extensa carrera como intérprete, compositor y maestro si no hubiera tenido esa formidable oportunidad: el estrecho contacto con ese maravilloso instrumento musical que es la Orquesta Sinfónica. Igualmente pienso que una parte del estupendo desarrollo de la música cubana en general es fruto también de la muy feliz idea del gobierno revolucionario de crear esta institución.

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