América Latina: tierra de cineastas empecinados

Frank Padrón • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de la Casa del Festival
 

Siempre pienso en el hacedor de cine latinoamericano como aquel personaje de La película del rey, quien en medio de verdaderas tragedias (sin productor ni actores ni dinero…) sigue soñando (y haciendo) su obra, o al menos intentándolo.

La 36 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (FINCL) es una vitrina que muestra esos quehaceres en su diversidad de poéticas, líneas temáticas y estilos. Comentaremos algunos de esos títulos.

Imagen: La Jiribilla
Feriado
 

Familias disfuncionales y adolescentes rebeldes

Gran tema de este festival, los núcleos conflictivos y sus más jóvenes miembros hicieron mayoría este año.

Opera prima del ecuatoriano Diego Araújo, Feriado, que ya tuvo su bautizo de fuego al estrenarse en la Berlinale (en su acápite Generation) de este año. Después de graduarse en producción audiovisual en la Universidad San Francisco de Quito y aventurarse en algunos cortos, además de editar para la televisión en New York, el joven cineasta debuta en el largo con un filme personal y sensible.

Juan Pablo, adolescente de clase media alta, es testigo de un episodio donde la policía golpeaba a unos muchachos que robaban durante un feriado de carnaval en una hacienda de familia en la serranía andina. Las reacciones que este acontecimiento provocan en él, lo impulsan a un viaje de autodescubrimiento, en el que se rebela contra su familia y se adentra en el universo de Juano, un joven de origen modesto y fan del black metal.

Como fondo aparece el llamado 'feriado bancario': cierre de bancos ocurrido en Ecuador el 8 de marzo de 1999 luego de la orden de congelar el dinero, en el gobierno de Jamil Mahuad, pero ello no es un mero “telón histórico” sino que detenta toda una connotación simbólica al establecer un notable contraste: mientras la economía del país colapsa y se produce un cisma social, el adolescente protagónico busca y parece encontrar su camino.

El personaje no solo emerge con intereses artísticos que lo diferencian de primos convencionales y cargantes (pinta y hace poemas) sino que a medida que se relaciona con el mundo diametralmente opuesto de su nuevo amigo —comenzando por sus ancestros, en su caso de ascendientes europeos, mientras Juano es plenamente indígena— va descubriendo un mundo inusitado, donde tiene un papel decisivo la incipiente sexualidad.

Típico coming of age  —textos basados en la búsqueda de la identidad por parte de los adolescentes— Feriado se concentra admirablemente en esa travesía compleja y apasionante de Juan Pablo.

Para ello, toma como certero cómplice a la directora de fotografía Magela Crosignani, quien ha reflejado con indiscutible virtuosismo esa estación de cambios e irrupciones del protagonista que constituye el meollo dramático del filme.

Los verdores de la salvaje naturaleza que los amigos recorren, la ciudad que gusta Juan Pablo de apreciar en lo alto e invertida —quizá un guiño a las designaciones sobre cierta condición sexual—, la fuerza de los colores en el entorno, que tienen su momento cumbre en la zambullida en el río —del que emerge el joven como renovado, con otra visión del mundo y la vida—refuerzan desde la imagen los supranenunciados fundamentales del relato. Muy notables también son los desempeños: Juan Manuel Arregui (Juan Pablo), Manuela Merchán (la prima cómplice) o Diego Andrés Paredes (Juano) asumen sus roles con apreciable sensibilidad.

Sin duda, Feriado es un candidato fuerte al Coral de óperas primas.

Imagen: La Jiribilla
Ciencias naturales
 

Ciencias naturales, de Argentina, trae a otra adolescente como protagonista; Lila tiene 12 años, y ya ha transitado físicamente hacia la condición de mujer; es interna en un colegio para niñas en plena montaña sito en Córdoba; su poco rendimiento y sus intentos de fuga tienen un nombre: está obsesionada con la idea de conocer a un padre cuya identidad le ha sido escamoteada por su madre. Con la complicidad de su profesora de biología, ella se lanzará de lleno a lograr el objetivo.

El director Matías Lucchesi emprende en esta, su primer filme (laureado ya en la Berlinale, Guadalajara y San Sebastián) una narración lineal, ausente de complicaciones y torceduras; a diferencia de otros títulos con temas semejantes (Juana a los 12 o La otra orilla, por ejemplo) tenemos acceso a la información sobre las motivaciones de los personajes y el porqué de sus actitudes.

Una hermosa partitura también muy sencilla, sobre la base de cuerdas, acompaña esta sensible road movie en torno a búsqueda de esencias e identidades, viajes hacia sí mismos (no por gusto Lila cambia de humor al finalizar el periplo) más una fotografía que explora con esmero el entorno, suerte de prolongación del argumento: el cruel invierno —un desafío que afrontan las valientes mujeres— y la naturaleza salvaje del lugar, semejante a la de la joven protagonista.

Quizá hubiera sido pertinente conocer un poco más sobre el pasado de la profesora que va adentrándose en la tenacidad de su “novicia rebelde” y haciéndose cada vez más su cómplice, a contrapelo de la misma directora del plantel, pero con todo, Ciencias naturales es una graciosa y motivadora coming of age que desde su minimalismo, invita a la reflexión y el análisis.

Los desempeños sutiles y concentrados de Paula Markovitch (Lila) y Paola Barrientos (la profesora), también premiados ya, complementan esos valores.  

Imagen: La Jiribilla
Casa grande
 

Segunda obra del carioca Felipe Gamarano Barbosa (debutó en el cine haciendo documentales ) y primera de ficción, Casa grande es otra disfrutable coming of age que en realidad estudia la familia disfuncional de Jean, adolescente empeñado en huir de la sobreprotección de sus progenitores, —el padre , un rígido bancario no muy honesto, cuya hermosa mansión y su fortuna, ahora en crisis, parecen haberse levantado mediante procederes nada limpios, y la madre, una beata que recibe clases de francés— ; con una hermana menor a la que califica de aburrida —aunque al final salva a los padres de un paso en falso, Jean prefiere relacionarse, tanto erótica como afectivamente, con las clases inferiores.

Aunque pareciera un contraste melodramático y hasta telenovelero, afortunadamente Casa grande dista de tales enfoques; por el contrario, su tono es muy sereno y realista, se mueve entre la élite de Río y sus zonas humildes, desde la opulencia a punto de destruirse que constituye el contexto familiar del protagonista hasta la escuela pública, adonde asiste en ómnibus cuando su chofer es despedido.

Mediante una narrativa lineal, ágil y libre de zonas muertas, Barbosa va develando motivaciones y rasgos de sus personajes, así como sus interrelaciones entre ellos; sus preocupaciones no se quedan en el ámbito sicológico o afectivo, sino que trascienden a lo social: las oportunidades vocacionales mediante el sistema de cuotas —que permiten el acceso de estudiantes menos favorecidos a prestigiosas universidades— y los prejuicios raciales, son algunos de ellos.

Pero, sin duda, lo más importante parece ser la evolución del adolescente protagónico, quien aprende entre otras cosas que a veces la familia adquirida, elegida voluntariamente es mejor que la impuesta, que una persona socialmente inferior —como su novia Luiza— puede enseñar más que los padres o la misma escuela, y que no siempre los modelos educativos y morales corresponden a las apariencias, como comprueba dentro de su propio núcleo familiar.  

Favorecida también por un competente equipo actoral (Alice Melo, Bruna Amaya, Marcello Novaes, Suzana Pires, Thales Cavalcanti…), una música que apoya diegéticamente las contradicciones que pulsa la trama —desde el forró al samba-canción— y una apreciable fotografía, que aunque se incorpora eficazmente en focalizar ese Río de Janeiro de tantos contrastes evita el paisajismo turístico, Casa grande invita a seguir de cerca la incipiente carrera de Gamarano Barbosa.

Con Hongos, premiada ya en varios festivales del área, el colombiano Oscar Ruiz Navia (Solecito)  se y nos pasea por un Cali transido por jóvenes grafiteros que desean salvar el mundo de la contaminación ambiental y la depredación al reino animal; como parte de la cultura hip hop pintan murales que la policía interrumpe, asisten a conciertos de heavy metal, practican el sexo grupal y se enfrentan a sus propios conflictos familiares y amorosos.

Uno de ellos es negro, la madre integra una comunidad evangélica; el otro vive con la abuela enferma de cáncer y trata en vano de recibir ayuda de un padre que se cree un tenor de ley cuando dista mucho de ello.

Aunque se aprecia una estimable ironía por parte del director al emplazar los excesos de discursos, la verborrea de bar o los fundamentalismos de cualquier signo —políticos, religiosos y/o estéticos—, la obra se resiente por la absoluta falta de organicidad que presiden su guion y su ulterior puesta en pantalla, pletóricos de pasajes superfluos y cabos sueltos.

Su propósito de trasmitir estados de opinión y sondeos sociales más que una historia propiamente dicha, falla en términos generales por carecer de cohesión, aun cuando algunos pasajes valgan en sí mismos y se disfrute una música incidental (salsera) de agradable factura.

Lirismos mal resueltos

Una línea poetizante y lírica acerca siempre formalismos encomiables, pero no invariablemente las obras resultan acabadas artísticamente como el sistema que son:

En esa descomunal urbe brasileña llamada São Paulo, un joven arquitecto, mientras emprende su primer gran proyecto descubre un cementerio clandestino en el terreno que pertenece a sus antepasados. Al cuestionar su pasado y sus orígenes entra en conflicto con sí mismo, la familia y la propia ciudad que emerge.

Imagen: La Jiribilla
Obra
 

Ópera prima de Gregório Graziosi, el tema de Obra es apasionante per se: la memoria como magma esencial, vital, que lo mismo aflora del propio hombre que de su entorno, de su presente que desde su pasado, enlazando lo personal y lo colectivo, combinando las esferas y deslindando sus tabiques. De veras que hubiéramos tenido aquí una obra… si no maestra, al menos redonda y bien armada.

¿Qué ocurre entonces? Que Graziosi se preocupa tanto por lo morfológico, la envoltura de su filme, que descuida casi hasta la pena la almendra de su texto; el hecho de que la arquitectura como expresión constructiva por excelencia fungiera como metáfora de las inquietudes ontológicas y filosóficas que animan al protagonista, hubiera sido también un elemento dramático de peso, si al joven director le interesara al menos un poco lo dicho por encima de la manera en que lo hace.

He aquí una obra con una fotografía en blanco y negro de impactantes precisión y expresividad, a cargo de André S. Brandao ; un diseño sonoro (Fabio Baldo) de no menor alcance, al llevar a primer plano, con estudiado rigor, todo lo que pasa por el oído y guarda relación con la historia; otro tanto puede agregarse de la dirección de arte (Mario Saladini, Vera Oliveira) atenta a detalles de peso diegético, mientras la cámara recorre con diversos y exactos planos los estados físicos y espirituales, pero…

La anécdota se torna débil y se desarrolla con frecuentes tropiezos narrativos, a los personajes y a sus interrelaciones les falta la fuerza y la vitalidad que acaso prometía el guion en sus minutos iniciales, y en general, todo el plano argumental se va descolorando a medida que avanza la trama, inversamente proporcional a lo que ocurre con la forma, una vestimenta que adquiere belleza y perfección.  

Incluso, no deslucen los desempeños de Irandhir Santos, Júlio Andrade, Lola Peploe y Marku Ribas, mas poco logran ante la anemia general del relato.

Peligroso desliz este en que ha incurrido Graziosi, y ojalá no repita en sus próximas incursiones: su obra, más aun que la de su arquitecto protagónico, se desmorona sin remedio ante el peso de un esteticismo hueco.   

Del mismo Brasil, Playa del futuro, de un brasileño “coralizado” en ediciones anteriores: Karin Aïnouz (Cielo de Sueyli), concursante en la categoría Concurso latinoamericano.

Imagen: La Jiribilla
Playa del futuro
 

El bombero Donato vive feliz en su pueblo costero (Fortaleza) con su madre y su pequeño hermano y por azar conoce al alemán Konrad, cuando este pierde a su amante ahogado en el mar; entre ellos nace una relación que se prolonga a Berlín, adonde marcha el brasileño de visita.

Aunque riñen a la hora del regreso pues Donato extraña lo suyo, este decide finalmente quedarse, pero las cosas entre ellos parecen cambiar…para mal.

Playaconsigue, como es habitual en este realizador, momentos de gran plasticidad visual y no poca fuerza en lo literario, además de discursar con ostensible pertinencia sobre temas esenciales, por encima de la orientación sexual de los protagonistas y la naturaleza de una relación a principio fogosa e intensa y pronto llena de insalvables contradicciones: la identidad, la importancia de las raíces, el desarraigo, la fuerza de ciertos amores que pueden (o no) hasta sustituir otros, en lo cual ambos personajes responden de modo diametralmente opuesto.

Pero un defecto apreciado desde el debut de Aïnouz (Madame Satán), se deja ver en Playa…; esto es: cierta impericia en el narrar con inevitables consecuencias negativas en el redondeo de la historia, lo cual, lejos de suavizarse se agudiza aquí.

Playaextrema el recurso de la elipsis, esos saltos en el tiempo de la historia que los espectadores deben imaginar y completar, al punto de hacerla difícil de seguir en más de una ocasión; por otro lado, la irrupción de Airton en Alemania, el hermano crecido que dejamos de ver adolescente, en medio de la pareja disuelta pero reencontrada, no se inserta felizmente en el corpus narrativo.

La fotografía y ciertas tomas de cámara son más apreciables que el conjunto; digamos, la fruición de los cuerpos que esconde lo invisible de una angustia étnica, y mucho más allá, existencial, denota un tratamiento de imagen muy sutil, así como la contrastación fotográfica de los ambientes diferentes que enmarcan la vida de ambos personajes según sus diferentes personalidades, con elocuentes picados y audaces zooms que intentan trasuntar ciertos estados anímicos.

La música es también muy sugestiva (recordar, por ejemplo, la significativa escena de la discoteca, donde el sonido lógico de un lugar así es sustituido por un segmento sinfónico, para comunicarnos niveles de significado en juego dentro de la trama, algo reforzado también por el empleo de la cámara).   

Sin duda, uno de los sólidos valores del filme es la matizada y sólida labor de sus protagónicos, ante todo el asumido por Wagner Moura (Tropa de élite, y ahora mismo en la telenovela Paraíso tropical asumiendo el personaje de Olavo); él, más algunas sugerencias y méritos parciales bien valen una zambullida en esta Playa… irregular y un tanto errática.

Los ausentes, del mexicano Nicolás Pereda que pone su punto de mira en un campesino cuya propiedad ha sido usurpada por un extranjero la cual él pretende recuperar, intento fallido que lo lanza a un viaje de recuerdos y añoranzas que termina siendo un encuentro consigo mismo en el pasado.

Como ya demostró en una obra anterior (Verano de Goliat) Pereda es un director que se regodea excesivamente en la planimetría con un sentido esteticista que lo convierte en un artista exquisito; en realidad, su trabajo con la cámara, la fotografía, los encuadres, etc., es impecable pero ello le afecta mucho la narración y el ritmo, y por tanto, la comunicación con el espectador, exasperado ante la lentitud insufrible del relato.

La nueva obra, Los ausentes, no escapa a ello, todo lo contrario: que el plano de unas vacas paciendo en pleno campo dure casi 10 ´o que un juego de cartas se demore también más allá de lo soportable sin aportar nada esencial a la trama, es un desperdicio de tiempo y celuloide además de un traspié al propio enfoque del tema. De modo que lo que pudo ser un sólido estudio de caracteres y ambientes, de indagación en la identidad y la esencia, sucumbe ante el tedio.

Hombres y contextos

La tierra, la violencia, las dependencias alimentan las narrativas de otros tantos filmes:

Tierra en la lengua, de Colombia, nos trae una suerte de Doña Bárbara en masculino. Con guion y dirección de Rubén Mendoza, el filme se ubica en una gran finca cuyo propietario, un anciano despótico, patriarcal y machista, aquejado por una dolencia al parecer terminal pero aun rebelde y con fuerzas para dirigir…y destruir, pide a dos de sus nietos que lo maten pues quiere concluir sus días en manos de alguien que lleve su propia sangre. Mas en ese tiempo de carretera y de compartir en su espacio, ellos (una hermosa joven y su hermano, trovador desaliñado) descubren el pasado del abuelo y se dan cuenta de que matarlo es un premio: hay que prolongar su agonía todo lo posible, como hizo él con ellos.

Imagen: La Jiribilla
Tierra en la lengua
 

La cinta resulta elocuente en cuanto a mostrar el contacto entre dos mundos antagónicos: la libertad, los aires modernos, la cosmovisión diferente y superior de la vida que portan los nietos contra el universo cerrado y dictatorial del abuelo; sin embargo, no hay enfoques maniqueos: estamos ante seres humanos, quienes, de ambas partes, muestran virtudes y defectos; aun el viejo con toda su monstruosidad, con rasgos que nos lo hacen simpático.

Junto al esmerado diseño de personajes, aparece la campiña como un personaje más: esa fuerza de la naturaleza que constituye el abuelo aun peleador en su lecho de muerte parece una prolongación de la tierra latinoamericana, hermosa y a la vez salvaje, bravía, siempre protagónica desde su potencia y su capacidad de generar historias “mágico-realistas”, algo que la fotografía inteligente de Juan Carlos Gil ha mostrado en toda su variedad de matices, sus recovecos y contrastes, con el río como otro actor que mueve los hilos dramáticos.

Una partitura no menos rica de Edson Velandia contribuye a fijar la atmósfera de colisiones que se da desde el principio, en una historia donde la violencia explícita, aunque siempre golpee, aparece plenamente justificada dramáticamente.

Jairo Salcedo —Don Bárbaro— encabeza un elenco que lleva a buen puerto sus roles.    

Imagen: La Jiribilla
Matar a un hombre
 

Matar a un hombre, escrita y dirigida por Alejandro Fernández Almendras es la representación chilena a los premios Oscar de este año, y ya obtuvo el «premio a la mejor película» en la categoría World Cinema del Festival de Cine de Sundance.

Aunque nunca he considerado un valor adicional el que una obra se base o no en “hechos reales”, para quienes gustan de seguir estos detalles esta lo es, y sigue a Jorge, un hombre común, padre de familia, quien es asaltado por un conocido delincuente del barrio al regresar del trabajo a su casa. Su hijo decide encarar al ladrón con la intención de recuperar lo robado, pero este reacciona violentamente y le dispara dejándolo gravemente herido. El delincuente es condenado a poco más de un año de prisión y al salir comienza a amenazar y acosar a Jorge y a su familia sin que la policía tome medidas concretas para protegerles. Es entonces cuando el afectado decide tomar la justicia por su mano.

El filme está narrado de manera tradicional, y ocurre sin sobresaltos pese a lo angustioso e inquietante de la historia que nutre su diégesis, mas en esa sencillez radica uno de los méritos de su autor, quien narra con limpieza y economía de recursos, apoyado en una fotografía casi siempre lúgubre, muy a tono con la trama, música muy tenue y un montaje excelente, que articula sucesos y puntos de giro con conocimiento de causa.

La atmósfera del thriller se consigue de principio a fin, aunque no estamos ante el tipo de complicaciones sicológicas ni torceduras dramáticas que afectarían la sencillez morfológica; sin embargo, está claro lo principal: focalizar la tortura de ese hombre al parecer irremediablemente abocado a cometer el crimen, y que no logra, sin embargo, encontrar el alivio esperado en su desesperado acto.

En ello desempeña por tanto un decisivo papel el trabajo actoral, comenzando por el protagónico de Daniel Candia, quien trasmite todo el tormento de su personaje.

En el tintero

Solo son botones de muestra, queda mucho de qué hablar, pero estas obras nos dan la medida de lo que se hace hoy en América Latina en lo que a cine respecta.

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