Una historia como un hermoso cuento

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Yo no estuve en ese nacimiento, bien que me habría gustado, pero conocí a Teatro de Las Estaciones tras haber cumplido su primer quinquenio. En el año 1999 todavía pensaba que los títeres eran un muñeco golpeando a un diablo en la sala de guiñol donde mi papá me llevaba siendo niña. Para mí los títeres pertenecían, exclusivamente, a ese tiempo y lugar. Hasta un día, en la sala del noveno piso del Teatro Nacional (lugar del que conservo mis mejores recuerdos como espectadora), que encontré a Miguel y Maité, dos orientales… como yo, queriendo que La Habana los acogiera… como yo. Tan solo cinco meses atrás estudiaba en las aulas de Quintero códigos y leyes, y ahora estaba allí, junto a ellos, de nuevo frente a la escalera de Padre Pico, por la Plaza de Marte, revisitando estancias del pasado, y ese día conocí a Teatro de Las Estaciones. Era El guiñol de los Matamoros al que también recuerdo como un “agitado vaivén de muñecos”, como reseña una crítica recogida en este volumen. Un desfile de arquetipos lo llamé en mi trabajo de crítica de aquel primer año de mi nueva carrera: vendedores, cantantes, artistas tras el anhelo del éxito, tras parabanes sepias, cual daguerrotipos. De lujo fue mi presentación a un nuevo teatro en el que los títeres hablaban, ya sin cachiporras, sobre tristezas, esperanzas y desilusiones, sobre tomar decisiones en colores ocres, para un espectador mayor, con música cubana de fondo.

Imagen: La Jiribilla

Después de eso se acumulan imágenes de las obras de Teatro de Las Estaciones que conservo desde la preservación de sensaciones que nunca he querido compartir en una crítica por temor a empalagar con mis percepciones elogiosas. Es así como siempre permanecerán intactas: la certeza del viaje a otro tiempo En un retablo viejo, en una esquina del Sauto; el sonido —como de un abanico gigante al abrirse— cuando el coro de aves de Pelusín y los pájaros sale del árbol, a una, a demandar justicia y el mismo retablo descubierto por detrás con Fara usando coturnos; una clase magistral de composición escénica en La Virgencita de Bronce, la precisión de los roles de los titiriteros, presentados cual esclavos de una historia en la que animar a sus amos se asume como otra de sus tareas, con mutaciones en su relación títere/animador que los vuelven a veces invisibles y otras cómplices o partenaires, delimitando relaciones exactas que de haber sufrido fisura en uno solo de los actores, en un solo instante, habría torcido el sentido de una obra donde el erotismo imprescindible de la trama —en la que todos se dejan arrastrar por sus pasiones— es eso, impulso, pecado, sensualidad en figuras de papier maché y jamás vulgaridad; mi hija confundiendo a las muñecas Lili con princesas, mi hija conociendo a Martí entre rondas y juegos cubanos; mi hija siendo espectadora atenta de un teatro musical esencialmente pensado para niños como ella; Lorca y yo, ¡al fin!, comulgando juntos en el teatro; Alicia cayendo, de veras, en un segundo, por un agujero; y Lola y Celia, Celia regresando a Cuba… Las Estaciones vienen a mí como un golpe de múltiples regalos y llega en imágenes.

Al cumplir la compañía sus diez años se publica el libro Teatro de Las Estaciones: el alma en viaje, de Yamina Gibert, quien hacía un recorrido cuidadoso de su quehacer escénico. Ha pasado el doble del tiempo para ser reseñado; pero de la fecha hasta hoy es mucho más que el doble la actividad que se despliega en torno a este grupo y a sus líderes creadores: Rubén Darío Salazar y Zenén Calero. Pero atento, estimado(a) lector(a), que el presente libro no es una segunda parte de aquel, ni para completar la década siguiente. Este libro devela la visión de una niña —hoy adulta— que creció también con esas imágenes y desde una profunda investigación cuenta la historia —la suya—, desde el principio.

Travesía poética en cuatro estaciones se estructura desde un recorrido cronológico en el que los meses, las estaciones, se hacen visibles en cada año… y eso lo logra porque la autora consigue un tono ligero en su redacción —con una poesía sincera— y sabe hacer una elección acertada de los acontecimientos más relevantes. Estimando a Teatro de Las Estaciones como lo que es, una institución de múltiples acciones, no se retiene solo en los espectáculos y sus respectivos procesos investigativos. Lo hace, y crea una relación proceso/resultado, evaluando sus particularidades; encontrando puntos de diferencia y, asimismo, posibles conexiones entre ellos, pero además facilita desde la exposición todas las actividades que caracterizan “la manera de operar” de Teatro de Las Estaciones: los eventos en los que participan; las giras nacionales e internacionales; la intervención en conferencias, ponencias y debates teóricos; las estancias habitadas por el grupo, sus múltiples traslados físicos; las exposiciones que curan o protagonizan; la actividad editorial en dueto antologador/editor/diseñador; la programación paralela en comunidades, escuelas, círculos y hospitales; los matices de su repertorio: cuando a la par de los análisis de espectáculos más grandes y conocidos, se intercalan esos que la autora llama de entrenamiento; demuestra igualmente la permanencia de estos en la escena; además del recurso temporal dibuja un contexto teatral específico cuando hace mención a las obras, que de forma homóloga, compartían los lauros de las puestas en escena; aborda la composición del grupo, la fluctuación de sus miembros: sus llegadas, sus partidas y sus permanencias; la filiación pedagógica en la promoción de talleres para niños y jóvenes; la mirada desde múltiples ángulos de la crítica y es notable como, en medio de la admiración profunda hacia sus mayores, ofrece las tonalidades de una crítica diversa en criterios: el peligro de convertir el libro en una apología sospechosa Laura lo ha rebasado. Esta monografía nos presenta a un grupo que funciona hace mucho tiempo como una entidad gestora de diversas actividades en pro del títere, de los titiriteros y de nuestra nacionalidad.

Parecería que tanta información tan solo puede ser precisa desde una destreza y laconismo de reportero; pero otro de su atractivos es la manera en que ofrece sus ambientaciones; atrae por sus estilos de escritura: ya bien a la manera del informe policial, o por el uso de didascalias teatrales en el que “Pausa” y “fin de la pausa” constituyen el paréntesis para un merecido tributo, la manera en que sabe matizar con intenciones precisas “las estaciones” de crecimiento del grupo, la forma en que lo personaliza, invitan a una lectura no solo informativa, sino placentera. Es como un diario íntimo pero que no profana secretos. Hay aquí un espacio introspectivo —y no melodramático— para admirar y documentar la vida y muerte de personas fundamentales para los miembros rectores del colectivo y para su fe de vida, guías y madrinas: Dora Alonso y Carucha Camejo. Asimismo sus intervenciones como personaje integrante son variadas: lo mismo está en primera persona cuando, niña aún, ayudó con las mudanzas, o habla de sí misma como parte del segundo lote de actores en tercera persona, hasta que vuelve a entrar —quizá ya madura, ya actriz, ya graduada—, para mirar y establecer el diálogo desde sí misma, sin tapujos.

Y también se escucha una segunda voz en estas líneas, legible, nítida, reconocible: la de Rubén. María Laura es actriz, poeta y dramaturga y habiendo hurgado en los archivos de Teatro de Las Estaciones, viendo los apuntes, las angustias y descubrimientos del creador, seleccionando el fragmento indicado desde su propia pluma —exponiendo las tesis de sus espectáculos, sintetizadas con claridad y poesía las notas al programa—, o en algún artículo referido, no es de extrañar la sensación constante de que en este libro estás leyendo al propio Rubén, incluso desde sus predilecciones. Quien escribe, desde un cenital discreto, también lo va caracterizando, así como un guiño. Una de las reseñas por ejemplo, anuncia la organización de un encuentro nacional de teatristas —Clásicos para niños en escena (1996) —, se mencionan los grupos y las obras participantes y se incluyen algunas palabras de Rubén en defensa de los clásicos. Y ya. Para quien no esté informado es una de las tantas cosas que hizo Rubén cuando su grupo aún se llamaba proyecto y no pertenecía al catálogo del Consejo Nacional. Para quien repasa nuestra historia es una clara defensa de su generación, así de joven ya se alzaba como voz firme contra disposiciones asentadas por una errada política cultural, en la que voces como la propia Mirta Aguirre y Dora Alonso habían tenido que intervenir: iba desde sus acciones y palabras en contra de la censura de los cuentos clásicos como argumentos legítimos para los niños y Rubén, joven y desde siempre no ingenuo, arremetía ante tal absurdo para eliminar cualquier vestigio que legitimara tan ridículo argumento. Me parece leerlo como una declaratoria del propio Rubén. Leo este libro como una especie de alter ego. Es la voz de Rubén como lo pretendió algún día en el que aquel padeciera una afonía: “me descubrí inventando una manera de regalarle mi voz para que la suya no faltara más”; pero es la de Zenén en la descripción precisa de sus imágenes creadas, la de Norge, la de los amigos fieles tras cada espectáculo: Ulises, Marilyn, Amado o Jaime, incluso, la voz de los otros.

Poner adjetivos podría ser fácil; caracterizar con precisión es lo difícil. Este libro no es tan solo una hermosa narración, constituye un ejercicio serio de opinión cuando intenta describir y extractar cada puesta como los elementos de un todo: determinar el carácter propio de cada proceso/espectáculo es otro de los inconvenientes zanjados por la novel ensayista: a Federico… su “carácter lúdico”; a El patico feo “fusión de la imagen y la música”; a Los zapaticos… “carácter verbal y sonoro”; Una niña con alas “pequeña laguna, un taller de improvisaciones fue la fórmula aplicada”, Por el monte… “entrelazando sucesos ocurridos con algunos que debieron suceder” o “concentra en los detalles rojos los momentos de alta significación”; Pinocho “el tono de farsa, de comedia en vivo”. Y es que detectar la particularidad desde adentro, no es tan simple.

Estas páginas hay que leérselas de un golpe. Para los estudiosos que quieran ir al directo, el libro de Yamina Gibert de 2004 es puntual, categórico. Para sistematizar en el estudio de tres obras medulares, la tesis de Mayra Almarales “Sobres cerrados, memoria abierta. Aproximación a tres espectáculos de Teatro de Las Estaciones desde la metamorfosis del títere en cuerpo teatralizado y la estructura invisible” (2010), es la indicada. Pero para entender el camino recorrido desde el amor, el empeño y la perseverancia, para hurgar en sus interioridades, para, por qué no, conocer mejor a ese Rubén que muchos amamos, para eso habrá que leerse Travesía poética en cuatro estaciones.

No cuento con un lenguaje a la altura. No tengo palabras dignas para suplantar la propia definición de María Laura cuando concluye este libro, que es una historia como un cuento… “como una sospecha, una insinuación, como una breve y sincerísima carta de amor”.

Yo no estuve en ese nacimiento; mas un breve ejercicio mnemotécnico me hizo recordar dónde estaba yo cuando Teatro de Las Estaciones vino al mundo y tuve que sonreír cuando lo supe: mis padres me habían ofrecido unas vacaciones en casa de un primo por mis 15 años, mi primo reside en Boca de Camarioca, del mismo lado del puente que Zenén.

Yo no estaba allí cuando surgió Teatro de Las Estaciones; sin embargo, estaba cerca.

 

Nota

El texto corresponde a las palabras introductorias del libro Travesía poética en cuatro estaciones, de la actriz y dramaturga María Laura Germán Aguiar, publicado por Ediciones Matanzas y presentado por vez primera el 12 de noviembre de 2014, en la Sala Pepe Camejo, sede del Teatro de Las Estaciones, en Matanzas.

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