Maravilla de ciudad (que no todos ven)

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

La decisión de declarar a La Habana como una de las de las siete ciudades maravillas del mundo ha desatado polémicas.

En verdad no será fácil de asimilar por algunos el resultado de la votación que promovió la fundación suiza New 7 Wonders Cities de incluir la capital cubana como ciudad maravilla junto a Beirut (Líbano), Doha (Qatar), Durban (Sudáfrica), Kuala Lumpur (Malasia), La Paz (Bolivia) y Virgan (Filipinas).

Tal vez ayude mucho la arquitectura colonial el haber sido elegida la maravilla que muchos comparten o rechazan o intentan adivinar; arquitectura, con sus tres períodos, según “los notables profesores y urbanistas Joaquín E. Weiss y José Bens y Arrate”: desde el Formativo al Barroco —el herreriano y el cubano— y de ahí al Neoclásico.

Esa Habana que es mezcla de mar abierto y bahía de bolsa, musicalmente alegre, perfecta en su imperfección, con luces y sombras; que es el bullicio, olores y colores; clima tórrido, cadencia y habitantes cálidos e imagen perdurable y aún más, rescatable.

Tal vez la idea, en abstracto, de considerarla una de las siete maravillas, esté llena de poesía y poco realismo.

Pero la polémica es relativa cuando se confunden opiniones y hechos, gustos y juicios de valor, urgencias y malas nociones urbanísticas. Y depende de quien hable. Alejo Carpentier acuñó el término “Ciudad de las columnas”. El difunto García Márquez consideraba al Capitolio como un esperpento neoclásico y ahora nadie se atreve a poner en duda la validez del significado que tiene la sede de la Escuela Nacional de Arte (ISA).

De la arquitectura republicana habanera al concepto que produjo a Alamar hay un tramo enorme o mínimo, según se mire.

Pensemos las circunstancias.

Cuentan que con la intención de rechazar el estilo colonial, algunos nuevos ricos en los primeros años del siglo XX edificaron residencias privadas, con pésima imitación del gusto norteamericano, del que nacieron casas de madera y ladrillo, de puntal bajo, sin patio interior, con ventanas de guillotina, barandas de madera y torrezuelas terminadas en conos de madera recubiertos de zinc pintados de rojo.

Según los arquitectos cubanos Leonardo Morales y Luis Bay Sevilla  “felizmente el comején, los ciclones y el aire oxidante de nuestro clima acabaron pronto con aquellos castillitos-cottages que infectaban El Vedado y La Víbora, como verdaderos adefesios”.

Esas mismas fuentes señalan un aspecto curioso. Marcan un período “quizá más desdichado, por cuanto sus obras han sido más duraderas” y es la llamada época catalana —1902-1909― que duró hasta la creación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana.

No había casi arquitectos en Cuba. Atraídos por la prosperidad que se anunciaba para la naciente república, llegaron muchos “maestros de obra catalanes”, que trasladaron todas “las fantasías, las exageraciones y las extravagancias del art nouveau: columnas retorcidas, enmadejamiento de curvas, de exceso de ornamentación, de desenfreno de formas en el exterior y de colores en el interior ―llamado todo ello, despectivamente, “estilo de barbería”― que todavía puede hallar en muchas residencias  de La Habana…”.

Los autores señalan como modelo de la anterior afirmación, la edificación situada en Capdevilla No. 1, esquina a Zulueta y que hoy alberga a cierta embajada y que perteneció a un rico hacendado llamado Dionisio Velazco.

Toda la amalgama de estilos y tendencias; de períodos arquitectónicos y conceptos urbanísticos; de progresismos y urgencias hacen de La Habana una ciudad maravilla; a pesar de los que la empañan, la llenan de ruidos, de malas actitudes y poca urbanidad; del tiempo y del viento; de los graves problemas de gestión de algunos de sus directivos, de la desidia de algunos actores sociales y la condición de país pobre en dineros y sobrado en espíritu.

El ajiaco cultural que también se ve en la arquitectura y que en buena medida “hace a La Habana”, tal vez sea parte de la aureola de sortilegio que remite al asombro, admiración, fascinación o sorpresa, que muchos comparten o rechazan o intentan adivinar.

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