Un héroe de Santa Clara olvidado (Final)

Rolando Rodríguez • La Habana, Cuba

Varona había dicho que en Nueva York y en Jamaica había contraído con Bonachea formal compromiso de ir cuanto antes a los campos de Cuba. Pues con dos expediciones se podrían sostener hasta que llegaran los caudillos. Otra expedición en combinación con Bonachea iría a Tunas, donde varios insurgentes se habían comprometido hasta la llegada de Maceo, Gómez, Crombet, Rodríguez, Carrillo, Núñez, Maestre, Borrero y otros que decían irían en 1885.

Bonachea tenía ya unos 3 500 pesos, pasó a Panamá y allí aumentó la cantidad a unos 8 mil pesos, aparte del armamento y parque que le proporcionaron.

El comité de Nueva York le había entregado a Varona diploma de coronel, pero este no quiso asumir el mando de la expedición y lo entregó a Limbano. Acordaron que la expedición saliera de Colombia y la de Bonachea de Jamaica, para evitar los obstáculos de las autoridades estadounidenses. Limbano y Varona fueron desde Nueva York, el primero de septiembre del 84 y los 18 expedicionarios a Kingston y llegaron el 16 de octubre de 1884. Una junta se reunió en Kingston. Se propuso a Varona y sus hombres que se quedaran para unirse a Bonachea. Pero  el jefe de los expedicionarios dijo que tenía que ir a Colón. A Bonachea al parecer se le fueron cinco hombres con Varona. Al fin llegaron a Colón los expedicionarios y se unieron Limbano y Varona. No tenían dinero y los 29 expedicionarios decidieron tomar el buque San Jacinto en alta mar. Este iba para Kingston.

El 10 de noviembre de 1884 Bonachea le escribió a Figueredo desde Kingston: “Tengo la íntima convicción de que solo así cumpliré con las promesas que en todos los tonos y de todas maneras hube de hacer para levantar el espíritu, un tanto abatido, de las emigraciones ante las cuales me presentara y las que, debo hacer justicia, respondieron generosamente a mi llamamiento. El mismo día que recibí tu apreciable carta, llegaron otras a mi  poder, y en todas me significan el deber que tengo de ir a Cuba a llenar el solemne compromiso que he contraído, so pena de caer en el ridículo y en el desprecio. Mi posición, por tanto es hoy mucho más difícil de lo que tú puedes imaginar. Por una parte los que me aconsejan me ponga incondicionalmente a la órdenes de […,] por otra parte los que me señalan mi único deber, mi solo compromiso de ir a Cuba. Si puedo sostenerme allí, haré bien a la Revolución; si muero, moriré después de haber llenado mi deber […] y puedes estar en la segura persuasión de que quien quiera que sea el Jefe Supremo que estos y el pueblo cubano designaren lo acataré, apoyando el plan de operaciones que estableciese. El principio que sustentamos es fijo, recto e invariable, y del cumplimiento de nuestro deber y de la unidad de acción, de la armonía de sentimientos y de la fraternidad que ante el enemigo debe unirnos, depende el triunfo de nuestra santa causa por la independencia. En mi pobre concepto las personalidades nada valen ante los principios. Por estos vamos a combatir y en pro de ellos debemos deponer todo lo que directa o indirectamente pueda retardar su triunfo. Esta será mi única guía, de este camino jamás me apartaré, pues a mi modo de ver no basta para formar la Patria el estruendo de las armas, ni la fiereza en la contienda: necesitamos también orden, disciplina, moralidad y obediencia a las leyes que deban regirnos […]”.

El 16 de noviembre de 1884 el cónsul informó al Capitán General de la Isla todos los movimientos de Bonachea: “Ya todos los individuos que componían la expedición marcharon el 18 a reunirse en el punto convenido de partida, cuando por orden de Bonachea se adelantó una carreta que recogió las armas y demás efectos de la expedición acompañada de Cestero y otros que fueran a Dry Harbour donde debían estar antes de la madrugada. Viendo el individuo de la expedición que se me había vendido tan repentina orden de marcha y en la imposibilidad de avisarme por la distancia a que estaba de esta y a riesgo de ser descubierto por sus compañeros logró adelantarse a avisar a las gentes de policía que ya estaban reunidos de antemano y estos con gran [ilegible] se apoderaron de las armas y municiones […]”. Bonachea pagó fianzas y sacó de la cárcel a alguno de los detenidos. El delator debió haber sido el barbero jamaicano que desertó de la expedición.

El 29 de noviembre de 1884, según Casasús, y el 30 de noviembre de 1884 según el delator, Bonachea partió con 14 hombres  rumbo a Cuba. Según el primero de Montego Bay, y según el segundo de Dry Harbour. Pero los espías españoles avisaron de la salida de El Roncador. En efecto, el cónsul en Kingston informó de la desaparición de Bonachea y la salida del barco.

 

A las cuatro y media de la tarde del 2 de diciembre El Roncador estuvo sobre Niquero, cerca de Cabo Cruz. El comandante militar de Manzanillo, Vallés, recibió la información el primero, de que debía acentuar la vigilancia en la costa pues podía intentarse un desembarco. Movió cuatro naves. El 3 por la noche recibió Vallés instrucciones de redoblar la vigilancia por Cabo Cruz y el cayo de Las Doce Leguas. Cayó la noche sobre El Roncador, estaban por Las Coloradas, donde había un rancho en que vivían Manuel Pérez y su hijo, pescadores y antiguos guerrilleros al servicio de España. Bonachea quería alijar en El Arrozal, un lugar cercano. Por las cercanías estaba El Júcaro, donde vivía el también guerrillero Antonio Reytor, cabo de la guerrilla de Vicana.

Pasó la noche del 2 de diciembre de 1884. Al amanecer del 3 de diciembre los mambises lograron acercarse a la costa. Bajaron dos exploradores. Uno de ellos, Pedro Ros, perfectamente armado les preguntó a los pescadores dónde estaban y cómo ir hasta El Arrozal. Estaban en Las Coloradas. Reembarcaron los hombres y se dirigió El Roncador a los bajos de Buena Esperanza. Bonachea pretendía desembarcar por Palo Alto, en el extremo occidental de Camagüey, entre el río Jatibonico y Júcaro, zona para él conocida. Los dos pescadores, a quienes preguntaron, dieron cuenta al alcalde de barrio de Belic: “Andan moros por la costa”,  le dijeron a José Reytor. Entonces, Reytor, su hermano Jorge, el hijo de Ángel Pérez y Ramón González,  fueron en un bote hasta el cañonero La Caridad, fondeado en Cabo Cruz. Pérez tomó el timón. El cañonero divisó a las dos de la tarde a El Roncador, que frente al Bajo de Buena Esperanza, enfilaba tierra. Bonachea vio el cañonero. Pensó resistir, pero para no sacrificar a sus hombres hizo lanzar los fusiles y cartuchos al agua para privar de pruebas a las autoridades españolas. El comandante de La Caridad, el cubano Emiliano Enríquez de Loño vio con los gemelos que los navegantes arrojaban al agua lo que llevaban. Pero el barbero jamaicano desertor, tenía un documento dado por Bonachea cuando se desenroló. Amarrados los expedicionarios fueron llevados a Manzanillo. Cuando lo llevaban por las calles de Manzanillo, atrapado El Rocador, fueron víctimas de los escupitajos y las burlas de los voluntarios. Uno de los apresados más jóvenes se echó el sombrero sobre el rostro y bajó la cabeza. Bonachea le gritó: “Levanta la cabeza, que no es indigno luchar por la patria y la libertad”. El 4 de diciembre de 1884 se les tomó declaración. El 6 de diciembre de 1884 fueron llevados a Santiago de Cuba en el Thomas Brooke. En Santiago los pasaron al Sánchez Barcaíztegui. Cuando este tuvo que salir los pasaron a Cayo Ratones, en medio de la bahía. El 13 de enero de 1885 los llevan a las mazmorras del castillo del Morro.

Del Morro fueron al Jorge Juan, para ser juzgados. Condenaron a muerte a cinco por rebelión y filibusterismo. Fueron el general de división José Ramón Leocadio Bonachea, el coronel Porfirio Estrada, el capitán Pedro Cestero, el teniente Cornelio Oropesa y el práctico Bernardo Torres. A otros se les condenó a cadena perpetua, a Miguel Suárez y Pedro Ros a 17 años y  a los marineros griegos a 12 años de reclusión. El capitán general Fajardo ratificó la sentencia.

Fueron fusilados el 7 de marzo de 1885. Cerca de ellos colocaron a los otros reos para que presenciaran la ejecución. Serafín Sánchez no solo denostó a  las hienas colonialistas sino a los autonomistas que no dijeron una palabra que pudiera haber salvado a Bonachea y sus hombres.

Un familiar de uno de los cinco expedicionarios que montaron en Kingston había denunciado el plan de la otra expedición. El cónsul español en Panamá logró se hiciera un registro en el San Jacinto y se ocuparon las armas de los rebeldes. Hasta meses después, en 1885, no podrían 12 expedicionarios salir de Colón para Puerto Plata. El 7 de mayo de 1885 salieron en una goleta de Puerto Plata rumbo a Cuba. El capitán los dejó en dos botes a varias millas. Al desembarcar se dividieron en dos grupos, uno por Caleta y otro por Punta Negra de Baracoa, el 18 de mayo de 1885. Limbano murió en combate. Varona, apresado, fue condenado a una larga pena de presidio.

Maceo le escribió en 1886, al que había sido su ayudante y secretario en la Guerra de los Diez Años, Javier Urquiza, lo siguiente: “Bonachea no operó como jefe autónomo en la guerra pasada y por tanto resultó inexperto al no rechazar la astucia enemiga.

“Ningún jefe oriental, camagüeyano o villareño de los que pasaron con nosotros las duras lecciones en la Guerra Grande, habría caído en la nasa de la guerrillera picardía tan dócilmente como Bonachea. Lo lógico hubiera sido como tú bien claro lo habrás visto, que Bonachea en Las Coloradas, cuando el guerrillero Manuel Pérez le enseñó cómo había que hacer la última navegación hasta El Arrozal, en pocas horas, haberlo metido a él y al hijo dentro de El Roncador, para que hubieran servido de prácticos. Y de este tan fácil modo se hubiera evitado el desastre que tuvo por consecuencia el inicuo fusilamiento en plena paz de un puñado de patriotas dignos y valientes en el Morro de Cuba.

“Y después de desembarcado en la costa de Campechuela, lo que encajaba era abonarle con justo merecimiento a esos “distinguidos” miembros de la guerrilla de Vicana”.        

Maceo le escribió a Gómez el primero de septiembre de 1886: “Recuerda usted que en muchas ocasiones le indiqué que escribiera a Bonachea, llamándolo con el fin de que hubiéramos aprovechado sus servicios y los fondos que había colectado. ¿Con Limbano no hice lo mismo? Ambas proposiciones fueron rechazadas y si algo hizo después fue lo que no convenía a su buen nombre”.

En 1926, en Hornos de Cal, en la misma casa donde estaban los hombres que se congregaron para que Bonachea redactara y firmara la protesta el 15 de abril de 1879 se inauguró un obelisco que recordaría la gesta inmortal.

En Santa Clara hay un busto de Bonachea en las calles Independencia y Virtudes, casi en El Condado, y una calle en Vigía Sur, en los suburbios, lleva su nombre. El busto debía estar en el parque Vidal. La calle debía ser una de las del centro. Santa Clara no tiene otro general de la epopeya independentista.

El 10 de octubre de 1934 Victoria Sarduy, viuda de Bonachea, esposa, hija y hermana de patriotas, escribió a los gobernadores de Las Villas, Santiago de Cuba y La Habana, coroneles mambises Gabino Gálvez, Gonzalo Pérez Andreu y Celestino Baizán, respectivamente, para pedirle ayuda pues literalmente se estaba muriendo de hambre. Solo percibía 29 pesos y no se los pagaban desde el diciembre anterior. A Zubizarreta, el exsecretario de Gobernación de Machado, preso, le daban 200 pesos.

 

Bibliografía
- Raúl Rodríguez La O: Ramón Leocadio Bonachea. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.
- J. J. E. Casasús: Ramón Leocadio Bonachea, el jefe de la vanguardia. Editorial Lex, La Habana, 1950.
- Gonzalo Cabrales Necolardes: Epistolario de héroes. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996.
- Diario El Mundo, La Habana, 1936.

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