Entrevista con el diseñador Rafael Morante

La vuelta al cine en 35 carteles:
no ha sido fácil

Estrella Díaz • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del artista
 

La vuelta al cine en 35 carteles —que se exhibe en el Pabellón Cuba— es el título de la muestra que en esta 36 edición del Festival de Cine de La Habana se ha dedicado a Rafael Morante, diseñador de larga data y considerado uno de los fundadores dela llamada escuela del cartel cinematográfico cubano en las décadas de los 60 y 70.

Imagen: La Jiribilla

 

Morante, con 83 lúcidos años, dialogó con La Jiribilla sobre diversos temas que tienen que ver con su creación y también con los contextos en que desarrolló su obra: La vuelta al cine en 35 carteles, compendio de su obra, incluye un arco temporal que va desde 1961 hasta el presente 2014.

“Yo, como todos los jóvenes de esa época que trabajábamos en la gráfica veníamos de la publicidad, y  tuve la enorme suerte de entrar en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC, cuando se empezaban a hacer carteles de cine. Hasta ese momento se habían hecho muy pocos, aunque había uno muy famoso de Eduardo Muñoz Bachs para la película Historia de la revolución.

“En el 61 entré en el ICAIC y empecé a hacer carteles en un departamento  de promoción y publicidad que dirigía el doctor Mario Rodríguez Alemán. Al comienzo todos estábamos como ‘dando palos a ciegas’ y tratando de adivinar lo que teníamos que hacer, pero como traíamos un bagaje en cuanto al dominio del dibujo, de la gráfica y demás, fue relativamente fácil adaptarnos a esa nueva disciplina que comenzaba en Cuba en ese momento. No obstante, hay que reconocer que había un grupo de gente que había trabajado el cartel de cine, pero de otra manera y con otros conceptos comunicativos y estéticos”.

Los diseñadores actuales tienen la gran suerte de tenerlos como referentes y, también, las distintas escuelas de diseño, pero ustedes, los fundadores, venían de la publicidad con una visión diferente…

Estamos descubriendo el mundo y esa sensación es maravillosa, pero nosotros no estábamos conscientes de cuánta maravilla encerraba todo aquello. Ahora en la distancia de tantos años es cuando uno se sorprende y hasta se pregunta ¿cómo yo hice esto?, ¿cómo fui capaz de crear y tener este resultado en aquel momento?

En mi caso puntual, sí poseía algunas herramientas teóricas y ciertas referencias de la publicidad norteamericana y muy especialmente de dos diseñadores norteamericanos que para mí dejaron una impronta en el tiempo: Saúl Bass, cartelista que cambió y revolucionó el concepto del cartel del cine a nivel mundial; y Ben Shan, dibujante y pintor muy importante que, creo, fue el que más influyó en mi modo no solamente de hacer sino de pensar.  Ambos han sido irrepetibles.

¿Por qué?

Porque me sentí muy identificado con las ideas de Ben Shan,  quien era muy progresista y fue el hombre que retrató el proceso de Sacco y Vanzetti —protagonistas de aquellos hechos monstruosos que sucedieron en la ciudad norteamericana de Massachusetts entre 1920 y 1927—: él supo convertir esos juicios en arte. Todo el quehacer de este hombre, sus ideas y su línea me marcaron y debo de confesar que durante algún tiempo lo imité. Y, aunque nunca llegué a ser como él, a veces los resultados  eran muy estimulantes. Luego me fui desarrollando hasta encontrar mi propio estilo, mi propia línea.

Imagen: La Jiribilla

Hábleme de su primera etapa como cartelista, es decir, las obras realizadas en el año 1961.

El año 1961 hice alrededor de 60 carteles, pero en aquel momento eso no era un mérito porque en el ICAC había que hacer muchísimas cosas en ese pequeño departamentico que te hablaba —éramos solamente cinco o seis personas. Se realizaban los carteles de cine, se hacían los anuncios de prensa ilustrados para los periódicos, se elaboraban las promociones de las películas nuevas cubanas, también la decoración de algunos cines cuando había una semana dedicada al cine checo, búlgaro, soviético, etc. Ese pequeño grupo hacía una gran cantidad de acciones culturales y, además, nos divertíamos muchísimo. 

¿Por qué para esta exposición seleccionó estos 35 carteles y no otros?

Ha sido difícil, ¡dificilísimo! Y créeme que me enredo en esas cuestiones porque todos me gustan y me parecen buenos, pero mi esposa —que es una crítica severa y tiene criterios firmes y claros— me ayuda en ese empeño y es quien con mayor acierto toma las decisiones… aunque, a veces, no estamos de acuerdo. Es otra mirada que no es la del propio artista y eso es importantísimo porque ella está observando desde afuera y ese distanciamiento es esencial.

Imagen: La Jiribilla

Tengo entendido que luego de unos años alejado de la cartelística en el 2003 la retoma, ¿es así?

Entre el 2003 y el 2006 trabajé para una muy prestigiosa y seria revista española que se dedica al mundo del cine y me encargaron hacer carteles y en ese período hice cerca de 300. Fue una vuelta a los inicios, pero muy interesante porque yo había concebido carteles como se hacían en los 60, es decir, dibujando, pegando, pero ya en el 2003 todo había cambiado y existían y se imponían los nuevos instrumentos: la computadora era la herramienta y no otra cosa.

Ese enfrentamiento con las nuevas tecnologías lo sorprenden a usted no siendo tan joven, ¿cómo pudo vencer ese obstáculo?

Las nuevas tecnologías llegaron a mí siendo una persona con muchos años de edad. Hubo un planteamiento que me hice de manera muy consciente: si no dominaba la computación, definitivamente, me quedaba fuera. Y a mí me interesa mucho trabajar y eso de quedarme como congelado es muy triste, sobre todo, cuando uno siente que tiene ideas que puede aportar.  Fue un gran reto. Empecé a aprender y también tuve la suerte de que mucha  gente amiga me ayudó y me enseñó. Empecé a trabajar con la computadora cuando había pasado ¡los 70 años de vida! La verdad, no ha sido fácil.

Sería muy pretencioso preguntarle, ¿cuál es su cartel favorito?

¿Cuándo tienes varios hijos puedes decir cuál es el favorito?; pues con el trabajo me sucede lo mismo. Pero de todas maneras, cuando se trata de una obra como esta —que sale directamente del cerebro, del alma, del corazón y de las manos— puede resultar interesante hacer una selección de ese tipo.

Tengo muy claro desde cuando trabajé en el diseño gráfico —en la ya remota época del ICAIC— que hay que encontrar la síntesis de la idea que se quiere expresar. Es decir, dar la mayor cantidad de información con la menor cantidad de elementos. Y esa búsqueda constante, incesante, ha producido algunas obras interesantes.

En ese sentido hay un cartel, que está en la exposición, “Éxtasis”, que solamente tiene dos líneas y la palabra. A este cartel le agradezco la vuelta, el retorno, a esta mi segunda etapa como cartelista.

Hay otro cartel que me interesa muchísimo y que tiene un significado muy especial para mí y es el de la película El acorazado Potemkin porque fue el que inauguró la Cinemateca de Cuba. Para mí fue como una reconstrucción de ideas que tenía almacenadas desde que era un niño. Vi esa película cuando era pequeño durante los días de la Guerra Civil Española, y ese filme se me quedó grabado para siempre. Al inaugurarse la  Cinemateca, esa fue la primera película que proyectaron y me encargaron el cartel. Salió interesante, sintético y comunicativo. 

Posteriormente he investigado y ha aparecido información que ha sido como aciertos que fueron un tanto instintivos.  El acorazado Potemkínes una película en blanco y negro y el cartel solo tiene un detalle en rojo, que es el de una bandera que hondea cuando la sublevación de los marinos en 1905. Al cabo de muchos años, conseguí una copia magnífica de esa película y constaté que el director ruso  Serguéi Eisenstein había iluminado en rojo una a una, cuadro a cuadro, la bandera.

Cuando usted revisita su vida de diseñador —que comenzó en 1956— y, sobre todo,los carteles de los años 60, ¿qué se dice a sí mismo?

Me doy cuenta que ¡aún no he hecho mi mejor cartel!

Imagen: La Jiribilla

Y al observar el quehacer de los nuevos diseñadores, ¿qué piensa?

Como siempre en estas cuestiones hay calidades desiguales. Hay jóvenes con muchísimo talento que hacen carteles extraordinarios e ingeniosos y hay otros que no tanto. Lo que sucede puntalmente en Cuba, es que tenemos una referencia del cartel muy fuerte y que la acuñó Eduardo Muñoz Basch. Él hizo cerca de ¡dos mil carteles de cine!: era un hombre muy simpático, ocurrente, ingenioso, y sus carteles eran muy parecidos a él: era una persona maravillosa y fuimos grandes amigos; el hecho de tener esa referencia tan poderosa y cercana todos los días, hace muy difícil evaluar los carteles de hoy. Además, comparados con los de él, todos los que hagamos son malos porque su obra es tan tremenda que continúa aun pesando sobre los diseñadores. No me parezco en nada a él, ni he trabajado a su semejanza, pero siento que su mirada está siempre sobre mí y está más presente que nunca.

¿Y en estos momentos en qué está trabajando?

Hasta este 2014 me mantuve impartiendo clases y en paralelo me he dedicado a escribir. En una ocasión participé, en el género de novela, en un Concurso de Literatura de Ciencia Ficción convocado por la Unión de Escritores y Artista de Cuba, UNEAC, y gané. A partir de ahí he publicado algunos cuentos. En este momento estoy trabajando en un libro de cuentos fantásticos y también en una novela.

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