García Márquez, Séptimus
y La langosta azul

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

El escritor, el periodista, el creador de la realidad de Macondo, Gabriel García Márquez, fue un hombre de cine. En esta Habana enfebrecida por el Festival su presencia planea como un ángel, no porque de modo puntual ahora se le recuerde a pocos meses de su partida, sino porque siempre estuvo, desde la génesis misma del evento, por su asistencia recurrente, su labor fundacional junto a Alfredo Guevara y su compromiso con la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños.Y porque, además de soñar con el cine, quiso siempre hacerlo.

No puedo olvidar, en medio de una conversación que sostuvimos en Santiago de Cuba, en días de la Fiesta del Fuego y con guitarras troveras de fondo, un dato que se filtró desde su memoria: “Si mis amigos de La Cueva hubieran visto lo que hoy vi —se refería a la trasmutación anímica de los bailadores de un conjunto folclórico de la comunidad santiaguera de San Luis, en la Casa del Caribe—, en lugar de La langosta azul se les habría ocurrido algo así como Los diablos colorados”.En ese momento no sabía que aludía a una aventura cinematográfica concreta y real, titulada La langosta azul, emprendida en 1954 por amigos que solían reunirse con cierta frecuencia a descargar en un bar de la ciudad colombiana caribeña de Barranquilla nombrado La Cueva.

García Márquez figura como parte del equipo de realización en los créditos del cortometraje de unos 28 minutos, lo cual ha llevado a no pocos a considerar como codirector del material al autor de Cien años de soledad.

Uno de los contertulios de La Cueva era Álvaro Cepeda Samudio, cuya posterior obra narrativa es una de las más significativas de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo pasado.

En las páginas de Vivir para contarla, memoria autobiográfica de García Márquez lamentablemente jamás concluida, el escritor cuenta su verdadero papel en el proyecto:

“Un viaje ocasional de Álvaro Cepeda a Bogotá me distrajo por unos días de la galera de las noticias diarias. Llegó con la idea de hacer una película de la cual solo tenía el título: La langosta azul. Fue un error certero, porque Luis Vicens, Enrique Grau y el fotógrafo Nereo López se lo tomaron en serio. No volví a saber del proyecto hasta que Vicens me mandó un borrador del guion para que propusiera algo de mi parte sobre la base original de Álvaro. Algo que puse yo que hoy no recuerdo, pero la historia me pareció divertida y con la dosis suficiente de locura para que me pareciera nuestra. Todos hicieron un poco de todo, pero el papá por derecho propio fue Luis Vicens, que impuso muchas de las cosas que le quedaban de sus pininos en París. Mi problema era que me encontraba en medio de algunos de aquellos reportajes prolijos que no me dejaban tiempo para respirar, y cuando logré liberarme ya la película estaba en pleno rodaje en Barranquilla”.

Imagen: La Jiribilla

Por el título y la trama pareciera que La langosta azul es deudora de la estética surrealista próxima a El perro andaluz, que en tiempos de la vanguardia de entre guerras unió los talentos de Luis Buñuel y Salvador Dalí.

Pero no es así. Si bien el argumento gira alrededor de un raro ejemplar de langosta llevado por un extranjero al ámbito de una localidad costera, las peripecias del personaje y la criatura marina se enmarca en un pueblo de pescadores cuya vida, atmósfera y miserias son reflejadas con puntualidad documental  en una estética que le debe más al neorrealismo italiano.

Imagen: La Jiribilla

Ese movimiento fílmico de la postguerra europea marcó a García Márquez y sus amigos. Tanto que al ejercer como crítico de cine en el diario barrranquillero El Heraldo, la primera de aquellas columnas que firmó con el seudónimo Séptimus, estuvo dedicada al análisis de Ladrones de bicicletas, de Vittorio de Sica.

Desde entonces García Márquez soñó con hacer cine.

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