Carteles en Festival: arte contra publicidad

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

En medio de un programa paralelo de exposiciones que se distinguen por promover los valores de la cartelística como soporte promocional de la obra fílmica, no deja de ser inquietante el hecho de que el concurso de afiches de la trigésimo sexta edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana apenas considere poco más de una decena de obras.

Contrasta esa limitación cuantitativa con las muestras que se exhiben en el Pabellón Cuba, donde el cartel nacional ocupa espacios significativos mediante el repertorio personal de Rafael Morante y la colección titulada Historia de un harakiri, magníficamente curada por Pepe Menéndez y que gira en torno a la explosión original del cartel cubano que acompañó la producción y exhibición desde el ICAIC en los años 60 y una de cuyas piezas fundamentales fue aquella de Reboiro para anunciar un filme clásico japonés.

Imagen: La Jiribilla

También se halla accesible en el cine La Rampa una muestra de 30 afiches checos, mayoritariamente de la etapa de la República Checoslovaca, en una cronología que va desde 1955 a 1990. En Praga fue estimulada en esas décadas esta zona de la creación que produjo obras de indudable valor y audacia formal. Particularmente resulta deliciosa la composición del cartel para la película María y Napoleón, al conjugar un uso muy estricto de los elementos visuales con un fino sentido del humor.

Al certamen propiamente dicho, como se puede observar en el vestíbulo de la sala Chaplin, concurren esta vez obras de Argentina, Brasil y Cuba. No es ocioso que nuestro país sea el que esté abrumadoramente más representado. Aunque sin el empuje ni el carácter del movimiento que se alentó en la década de los 60, el cartel sigue siendo considerado en nuestro país no solo como publicidad para festivales, jornadas y películas sino como arte.

Una norma impuesta por la industria hegemónica norteamericana se ha globalizado: el cartel como mero vehículo para vender masivamente el producto. Casi todo se resuelve a base del rostro de los protagonistas —si son estrellas, mucho mejor—; de imágenes extraídas de los fotogramas; y frases que sintetizan las tramas. No hay lugar para la imaginación.

Al menos en la limitada muestra en concurso esa concepción está desterrada. Las obras en competencia reivindican el discurso gráfico y los recursos inteligentes para la comunicación.

De Brasil, el afiche de Michelle Braga para Crónicas de una ciudad inventada sobresale por la limpieza de su textura y la condensación simbólica. Entre los cubanos un arco de posibilidades se abre desde la aparente simplicidad, enunciativa sin embargo de una fuerte carga conceptual, conque Alejandro Arango, Dany Falcón y Rubén Cruces trabajaron Un hombre nuevo hasta el sobrentendido grafismo de Buey, de Alejandro Rodríguez Fornés.

Imagen: La Jiribilla

No es casual la referencia estética de Meñique, cartel producido por el propio realizador del filme de animación homónimo, Ernesto Padrón. A nadie pasará inadvertido el homenaje implícito a uno de los grandes del cartel cubano, el siempre recordado Eduardo Muñoz Bachs. Quiero ver en esa obra una línea de continuidad en la cartelística cubana vinculada al cine.

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