Fátima o la Bella del Parque
de la Fraternidad

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del ICAIC
 

Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014) es una cinta que salva el decoro del que carecen las dos previas propuestas de largometraje de este actor devenido realizador, gracias a la orgánica interpretación que hace Carlos Enrique Almirante de esta “antiheronía” trágica transexual, inicialmente prostituta travesti, con unívocos aires de femme fatale, y por demás drag queen —cual ontológico fenómeno all-in-one—; personaje inmerso y víctima de una historia que busca abarcar, y apretar de un manotazo, todo lo referente a esta zona, otrora desterrada del sistema oficial de representaciones audiovisuales, y olímpicamente obliterada como jalón de la cartografía sociocultural cubana.

Imagen: La Jiribilla

Revindicada está siendo de a poco, en la reciente contemporaneidad audiovisual, desde una inicialmente desafiante e igualmente marginada fílmica, hasta la incipiente eclosión temático-discursiva que en la actualidad busca saldar esta deuda de representación y análisis, acumulada por décadas; junto a otras áreas aún silenciadas de la historia nacional reciente, como las diversas aristas de la emigración, la discriminación de los intelectuales, las tristes UMAP, todo el sistema de becas escolares en el campo, y otros muchos demonios aún encadenados.

Precisamente, por esta gran acumulación de tensiones no liberadas, cintas como Fátima…, que funcionan como “válvulas” aún aisladas, se lanzan a cubrir un amplio terreno temático-discursivo, en este caso con altas pretensiones antropológicas.

Apresurado, en parte por circunstancias que lo trascienden, el guion concentra, a no pocas atmósferas, todas las problemáticas y fenoménicas posibles en una sola historia, en un solo personaje, y en apenas 90 minutos de relato cinematográfico.Por lo menos, en cintas como la australiana Las aventuras de Priscilla, la Reina del Desierto (Stephan Elliot, 1994), se reparten entre tres protagonistas, varias de las principales problemáticas de la comunidad LGBT. Toca a menos, y en más coherentes proporciones. Aquí, Fátima también tiene dos sidekicks, interpretados por Jazz Vilá y Cucu Diamantes, completamente prescindibles en una escritura que se concentró sobremanera en el “gran personaje”, en detrimento del resto del elenco, sostenido, no obstante, por las calidades intrínsecas de actores como Mario Guerra y Mirta Ibarra.

Tampoco debe despreciarse la, en este caso, mínima y discreta, pero siempre efectiva interpretación de Broselianda Hernández como la sufrida madre; sojuzgada es por el iracundo e intolerante progenitor que encarna Néstor Jiménez, verdaderamente convincente en una de las más logradas y climáticas escenas de la película, cuando lanza al vástago “torcido” al gallinero, donde “pertenece”. Quizá es lo más logrado de la cinta, como secuencia integral, pues, con éxito, Perugorría rehúye igualmente la ridiculez y el melodrama, gracias a la intensa y orgánica violencia obtenida de los actores involucrados.       

Imagen: La Jiribilla

En el otro plato de la recargada balanza, contrapesa la extrema victimización, martirización y hasta una pretendida canonización de la protagonista, pues cualquier cosa menos discreta es la identificación del antes niño Manolito con la Virgen de Fátima, que hasta lo escoge como “elegido(a)” mediante su aparición; todo esto dramatizado en una de las secuencias más ingenuas de la cinta. Realmente, una cosa es ser homosexual y otra, ser un iluminado, pero aquí ambas condiciones parecen (con)fundirse en una especie de desmedida  epifanía. Por si fuera poco, Fátima es a la vez exaltada y mitificada como palmario ícono erógeno, verdadera devoradora de hombres, que guarda connivencia (o resulta versión contemporaneizada) con la versión audiovisual que de otro texto de Miguel Barnet se hiciera décadas antes: La Bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet, 1989).

Para asegurar su pureza de alma y sentimientos, los creadores se aseguran de achacar todos sus procederes a una devoción amorosa total al “Vaselina”, interpretado por Tomás Cao con la usual, aunque monocorde, dignidad que siempre enfrenta sus roles —manteniéndose como una de las opciones más confiables por las que puede optar un director cubano en la actualidad—; y a una vocación artística por el transformismo, que se desata al ver a una drag queen clandestina, curiosamente interpretada por el cantante Eduardo Antonio.Súmese el subrayado melodramático y hasta patéticamente lastimero en cuestiones de banda sonora, que tienen varias secuencias, combinadas, claro, con gags y situaciones humorísticas, tributarias al casi omnipresente choteo, aunque en proporciones más atemperadas, que esta vez no rivalizan con el enfoque fundamentalmente “serio” de la historia.           

Mientras transita por ambos senderos, el místico y el sensual, ya lo suficientemente complejos como para copar, cualquiera de los dos, todo el metraje, se abre un tercer frente que viene a recargar en exceso el ya pesado fardo conflictual que acarrea Fátima/Manolito: la del ente que se reconoce encerrado en un cuerpo no correspondiente con su verdadera identidad de género, en este caso la femenina. Algo expuesto exclusiva y  didácticamente por la voz en off del propio protagónico, sin que sus orígenes se adivinen en cualquiera de los flashbacks remitentes a su infancia y adolescencia.

La transición del estadio homosexual a su reconocimiento como transgénero, carece en la cinta de cualquier lógica y progresión dramatúrgica. Es impuesto, planteado de sopetón porque sí, enredándose con los otros ejes conflictuales y saboteándolos a la larga, para una poco profunda complejización del personaje.

Imagen: La Jiribilla

A pesar de sus excesos, que en alta medida determinan sus limitaciones, Fátima… puede considerarse una posición más ganada al choteo banal y escapista que por desgracia muchos públicos buscan en cada película cubana lanzada al ruedo. Y muy apreciables son todos los esfuerzos como este por derruir tantos silencios que inundan la Isla…

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