La pared de las palabras
o el insoportable hedor del silencio

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

1. Primero, fue el silencio

«Hay peste a silencio». Con tal frase, desde ya (me atrevo a aseverar) antológica para el cine cubano, susurrada por una perturbada Laura de la Uz, inicia La pared de las palabras, la más reciente cinta de Fernando Pérez, y una de las meditaciones audiovisuales más sobrecogedoramente intensas sobre la diferencia, alguna vez articulada por un realizador cubano. Y es que el silencio resulta aquí noción aglutinadora que remite a la incapacidad de expresar, la censura a expresar, la imposibilidad de comunicar; y sobre todo la incapacidad congénita y atávica de los seres humanos para dialogar, con su maldito talento para monologar hasta ensordecerse ante todas las otras voces —y sofocarlas— que espetan sus verdades en idiomas indescifrables. Son habitantes de una Babel omnipresente, multi(re)plicada en cada entidad inteligente, como definitivo eje de un mundo sordo y ensordecedor a la vez.

Y es que el silencio resulta aquí noción aglutinadora que remite a la incapacidad de expresar, la censura a expresar, la imposibilidad de comunicar; y sobre todo la incapacidad congénita y atávica de los seres humanos para dialogar, con su maldito talento para monologar hasta ensordecerse ante todas las otras voces —y sofocarlas— que espetan sus verdades en idiomas indescifrables.

De escuchar al prójimo como a uno mismo, derivaría la verdadera capacidad de amarlo en su plenitud diversa, en su diferencia, de amar su cosmos individual, y sobre todo, su derecho a realizarse en y desde él. Triste y destructivo, aunque verdadero, es el amor que Elena, interpretada por una sólida y desmaquillada —hasta la erosión— Isabel Santos, le tiene a Luis (Jorge Perugorría), su hijo “discapacitado”, sobre todo para conseguir ser escuchado en las frecuencias habituales de este mundo, y para decir en los códigos consensuados. Si se expresa de maneras diferentes, pues nadie intentará descifrarlo, ni siquiera por vileza, sino que, igualmente discapacitados para escuchar lo diferente —¿ver lo importante con el corazón?— sólo se condolerán de su silencio.   

La madre no entiende y no escucha, se obsesiona con la calamitosa diferencia que marca a su vástago, remonta su Gólgota personal para expiar una culpa incógnita, se ensordece al mundo. Pues tampoco escucha a los seres circundantes que reclaman su cuota de cariño, y lo hacen en un lenguaje otrora familiar. Su madre (Verónica Lynn) y su otro hijo (Carlos Enrique Almirante) ya son igualmente inteligibles, están al otro lado del muro de las palabras. Aunque, a escala dramatúrgica, quizás el conflicto de este último personaje sea el menos desarrollado, complejo, con una resolución facilista, donde se obvia toda, o gran parte de una vida, de ser constantemente relegado a un segundo plano por una madre obsesionada con el estado de severa deficiencia físico motora de su hermano mayor.

2. Después, fue Orquídea

Orquídea —encarnada por una no menos que contundente de la Uz—, la desquiciada y más díscola paciente de la institución donde Luis transcurre la mayor parte de su existencia, en un alarde de sordera, no se oyó ni siquiera a sí misma durante su pasado “cuerdo”, que es inferido en el filme por determinadas señales emitidas para buenos entendedores; época pretérita donde la puritana moral exigida por unos rígidos principios políticos, colisionó con sus sentimientos hacia otra mujer, de quien sólo le resta una foto curtida y un océano de remordimientos.

El conflicto aún hierve en ella como el primer día, inmersa como está en una pesadilla perenne, y aún trata de acallar su propia voz interior a puro alarido, a pura “reafirmación revolucionaria”, vociferada a cada instante. Hacia el final de la cinta, este personaje, de singular naturaleza extradiegética respecto al argumento y los conflictos centrales, experimenta una suerte de autorreconocimiento de su agonía. Explaya todo su dolor durante la climática fuga de los pacientes, allende el cerco de la institución psiquiátrica.

Tal escape, llamativamente, no busca alcanzar la “libertad”, vista esta comúnmente cual acceso al mundo “normal” que los desoye y los confina, como la evasión de la tropa de alienados orquestada por el McMurphy que interpreta Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cucu (Miloš Forman, 1975) para pasear en un yate robado; siquiera concomita con la alborozada catarsis al son de la Novena Sinfonía de Beethoven en Hombre mirando al sudeste (Eliseo Subiela, 1986).

Los locos de Fernando Pérez buscan reordenar el mundo, limpiarlo, sanearlo de tanto silencio, de tanta incomunicación, de tanta autorrepresión, tanta intolerancia, tanto egoísmo, tanta homogeneidad impuesta.

Los locos de La pared… se dedican, concienzudamente, a recoger el basurero mostrado desde el primer plano de la película, que emponzoña con su putrefacción y sitia los alrededores de la clínica. Una vez recogidos estos desechos, Orquídea, antes dirigente, ahora líder, ordena recoger la basura que «no da peste».

Los locos de Fernando Pérez no quieren huir al mundo externo a su redil, pues implica renunciar a sus cosmovisiones por abrazar las normas que los discriminan; equivaldría a ensordecer voluntariamente sus voces, para ceñirse al espectro de sonidos autorizado. Los locos de Fernando Pérez buscan reordenar el mundo, limpiarlo, sanearlo de tanto silencio, de tanta incomunicación, de tanta autorrepresión, tanta intolerancia, tanto egoísmo, tanta homogeneidad impuesta.

Tras el sobrio y preciso empaque visual a cargo de Erick Grass, que por lo realista y descarnado, puede resultar incordiante para quienes teman mirar de frente las cicatrices del mundo, La pared… emana un lírico y doloroso humanismo que no se sustenta en una fe ingenua en el mejoramiento de la especie, si no en la tristeza por la incapacidad intrínseca de esta para descubrir lo invisible a los ojos, para escuchar las miles de voces ocultas en el artificioso silencio donde son confinadas, proscritas, prohibidas, por el sí muy sordo egoísmo que corre por nuestras venas.  

3. Luego, fue el dolor…

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato