Diálogo con Lucía Puenzo

Latinoamérica hoy: diversidad de expresiones, ideas, estéticas…

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Cada una de sus propuestas fílmicas sorprende: siempre transgresoras, polémicas, desafiantes… Su debut con XXY (2007) acaparó los vítores de la crítica en múltiples certámenes internacionales. Dentro del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano enterneció a no pocos cinéfilos, incapaces de sustraerse en comentar lo provocador de su temática, donde la sexualidad —tópico tabú per se— traspasaría los límites de “lo normal” para escalar hacia una cúspide inconcebible en las normativas sociales.

Similar reacción suscitaría dos años después El niño pez (2009), y en la edición de 2013 Wakolda sería uno de los filmes más recordados por su belleza visual y singularidad en el abordaje de una arista del nazismo poco trabajada en la ficción cinematográfica.

Quizás para muchos no necesite presentación: Lucía Puenzo es de esas realizadoras que no olvidan los amantes del cine latinoamericano, fervientes testigos año tras año del festival más importante del séptimo arte en Cuba. Cada uno de sus largometrajes ofrece un matiz único que —a pesar de algunos focos coincidentes— lo distingue del anterior, haciendo incuestionable la originalidad de su discurso estético y conceptual.

En esta trigésimo sexta edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, la escritora, directora y guionista argentina regresó. No presentó ninguna obra a concurso, ahora su rol fue el opuesto: miembro del jurado en la categoría Largometrajes de ficción. Sobre su dualidad profesional de escritora y cineasta, las interioridades de sus producciones cinematográficas y la vitalidad del cine que se realiza hoy en Nuestra América, dialoga Lucía con La Jiribilla.

Los ejercicios de la escritura y la dirección fílmica demandan, cada uno independientemente, una absoluta dedicación, tiempo y entrega. ¿Cómo lleva a la par ambas profesiones?

Muchos creen que el cine y la literatura son lenguajes más cercanos de lo que realmente son. En realidad, no tienen prácticamente nada que ver, sobre todo —justamente— en la manera en que se escriben. Soy muy lenta cuando escribo literatura. En un buen día de seis o siete horas de escritura, con suerte, escribo dos páginas. Escribo literatura sin hoja de ruta, y sin plan, buscando como se va hilvanando cada frase con la siguiente. Ese no saber hacia dónde va, y esa naturaleza digresiva de las novelas, es en realidad lo que más me gusta de la literatura, al escribirla y también al leerla.

En el cine, por el contrario, difícilmente puede ser tan lento y digresivo, justamente porque es más caro. Estudié Letras en la Universidad de Buenos Aires y Cine en la escuela estatal del INCAA, que hoy se llama ENERC. Durante seis años, estudiaba Letras en la mañana, trabajaba por la tarde y estudiaba cine por la noche. Fueron años de leer y filmar sin parar. A los 23 años publiqué mi primera novela, El niño pez. Desde entonces nunca dejé de escribir, publiqué cinco novelas más y un par de libros de cuentos. En cuanto al cine, me formé como guionista, y durante muchos años –más de diez- escribí guiones para otros directores y series de televisión. Escribir para otros es algo que todavía hoy me gusta hacer.

Varios de sus filmes son basados en obras literarias de su autoría (El niño pez, Wakolda…) ¿Cómo han sido los procesos de adaptación de las obras literarias al lenguaje cinematográfico? ¿Cuán fieles son las películas a las novelas que le han dado origen?

Seguramente, de no ser la misma persona la autora de la novela no me hubiera dejado hacer tantos cambios en ambas adaptaciones. Pero justamente, siendo la misma, todo está permitido, y lo que me divierte es sacudir una propia historia para que el libro y la película sean diferentes. En ambos casos, El niño pez y Wakolda, los cambios más grandes son de punto de vista y de tono.

En El niño pez, el narrador es un perro, punk, amoral, lleno de humor, y la novela es una tragicomedia. En la película, el perro es un personaje secundario, y la misma trama —exacta— pasó a ser un policial negro, violento y espeso. Para mí al adaptarlo fue todo un aprendizaje del lugar protagónico y fundamental que el punto de vista tiene en el cine.

Con Wakolda pasó algo similar: en la novela, si bien no está escrita en primera persona, todo el tiempo se percibe la mirada de un fanático (Mengele) que observa el mundo como si fuera un gran laboratorio. La tensión del relato está justamente ahí, en ese monstruo que avanza sobre personajes inocentes. La película es todo lo contrario: ahí es una adolescente, la hija del medio de una familia argentina, la que lleva adelante el relato. Y es su no saber y el de su familia, y la creciente sospecha de todos, lo que articula el relato. Fue de nuevo un juego de punto de vista: como contar una misma historia de dos formas distintas.

Existen coincidencias en las anomalías del cuerpo y del adolescente como sujeto vulnerable dentro de XXY y Wakolda. ¿Siente predilección por los personajes diferentes, con propensión a ser excluidos socialmente y con un discurso que desafía “lo normal” en la figura corporal del ser humano?

La verdad es que mientras escribía Wakolda no tenía la menor consciencia de la cantidad de similitudes y puntos de contacto que tiene con XXY. Por supuesto que al terminar de escribir la novela, al tomar un poco de distancia, entendí que Mengele es la versión fanática del cirujano que busca normalizar el cuerpo de la adolescente intersexual de XXY, y que las dos adolescentes tienen mucho que ver, al ser ambas sexuales y asexuadas, con esa carga de inocencia e intensidad que poseen en sus miradas… Parecen reunir opuestos imposibles de habitar un mismo cuerpo. También hay puntos de contacto con otras de mis películas y novelas, en las que esos otros diferentes y sus sexualidades tienen muchas veces lugares protagónicos. Pero estos puntos de contacto son similitudes que siempre encontré después de haberlos escrito.

¿Cómo fue la concepción de un filme tan complejo como su ópera prima, XXY, y qué ha significado para usted en los ámbitos profesional y personal, teniendo en cuenta que fue multipremiada en varios festivales?

XXY está basado en un cuento de Sergio Bizzio, mi pareja desde hace 14 años, y él lo escribió uno de los tantos veranos que pasamos juntos en Piriápolis, Uruguay. Desde que lo leí supe que quería filmarlo. Me enamoró la relación entre esos dos adolescentes. Yo en ese entonces no había dirigido nada, escribía guiones para otros directores y literatura. Apliqué a una beca de escritura en la Cinefondation del Festival de Cannes y el proyecto fue seleccionado. Aceptar la beca implicaba dirigir esa historia, porque era para guionistas/directores. Y fue el empujón que necesitaba para animarme. Seis meses después filmé la película en Piriápolis con un grupo de amigos de mi escuela de cine. Era la primera película para casi todos nosotros, y la filmamos con esa mezcla de felicidad e inconsciencia de las primeras experiencias, la misma inconsciencia que uno tiene cuando publica una primera novela. Todo lo que pasó con XXY, la vida tan larga, feliz y siempre ramificada que sigue teniendo, fue algo absolutamente inesperado. Lo único que puedo decirte es que mientras editaba, al mismo tiempo que filmábamos, sí tuve la sensación de que el material era muy potente y perturbador. La fuerza que tenía era algo que no había percibido al escribir el guión, pero sí podía verlo en las imágenes.

Tradicionalmente, la muestra de cine argentino que participaba en las diferentes ediciones del festival se caracterizaba por hacer referencia, de forma explícita o implícita, al tema de la dictadura militar. Sin embargo, en los últimos tiempos, tanto su propuesta como la de otros cineastas del país se han inclinado por temáticas distintas, originales y transgresoras. ¿Ha sido su intención alejarse de ese tópico y apostar por una idea diferente?

No creo que haya sido una intención deliberada. Por suerte seguimos viendo cada año películas y documentales que tienen que ver con la dictadura militar. Por darte un ejemplo, Infancia Clandestina hace apenas dos años fue una mirada totalmente nueva de esa historia, al estar filmada por un director que fue hijo de militantes desaparecidos y asesinados, y al haberla vivido desde adentro. Al tener la suerte de vivir en un país que apoya la cultura, y entiende que el cine debe ser protegido, ese nuevo cine argentino que nació con Pizza, Birra y Faso, un año después de la Ley de Cine, ha seguido creciendo y sumando nuevos directores, propuestas y miradas. Cada vez son más los realizadores que se animan a nuevos géneros, y son tantas y tan dispares las temáticas y películas que difícilmente podrían ser englobadas en una misma estética, como sí tuvo al principio el llamado nuevo cine argentino.

Como jurado de ficción ha tenido la oportunidad de apreciar los largometrajes en concurso. De acuerdo a ello, ¿cómo evalúa el estado actual del cine latinoamericano?

Es una alegría ver la enorme diversidad de estéticas, temáticas y miradas que hay en las 21 películas de la competencia oficial. Propuestas tan sólidas como la cubana Conducta, las argentinas Relatos salvajes, Jauja, La tercera orilla o Refugiados, la colombiana Tierra en la lengua, la brasileña Praia do Futuro, la dominicana Dólares de Arena, la chilena Matar un hombre, la uruguaya Mr. Kaplan…, son evidencia de un continente en un gran momento creativo, con una diversidad de ideas y estéticas que hay que celebrar. Y lo mismo pasa en otras artes, como el teatro, la literatura y las artes plásticas. Si hay algo en lo que como latinoamericanos tenemos que trabajar es en la exhibición y en la circulación entre nuestros países de todas esas expresiones de las diferentes artes.

Usted ha participado en diversos eventos internacionales del Séptimo Arte. ¿Qué apreciaciones tiene del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano?

Tengo la suerte de haber estado en La Habana muchas veces desde 1995 hasta el presente. Como estudiante en la escuela de San Antonio de los Baños, llevando mis películas al Festival en varias ocasiones y ahora como jurado. El fervor con el que los cubanos ven las películas, lo que pasa en las salas de cine de La Habana, es algo único en el mundo entero. Siempre disfruté de volver a reencontrarme con viejos amigos y a ver cine de todo el continente. Por estos problemas de exhibición y circulación de nuestras películas y libros entre países tan cercanos, muchas veces —lamentablemente— es solo en estos festivales donde podemos ver el cine de otros países de nuestra región. Digo lamentablemente porque creo que debería ser más fácil, que hay que trabajar en esos circuitos de exhibición que nos permitan ver las producciones del continente en los cines de cada una de nuestras ciudades.

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