Oración para Fernando Alonso en su primer centenario

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Tal vez la primera imagen atesorada por mí de Fernando Alonso se encuentra en las páginas de 40 años explorando a Cuba, un librote de Nuñez Jiménez que leí de adolescente. Me causó extrañeza descubrir allí, en excursiones espeleológicas a cavernas de nuestra geografía, a aquel hombre de la cultura cuyo nombre solo asociaba al ballet.

Circunstancias personales me llevaron, 25 años atrás, a conocer en persona a Fernando Alonso. Pude convivir con él en su hermosa casa de Camagüey. Tuve el privilegio de disfrutarlo en su cotidianidad. Yo era jovencito y me encontraba en el final de mis estudios en el ISA.

Poco o nada cohibido, incluso frente a quienes admiro, guardaba distancias ante su figura, pero él las rompió todas. Aunque parezca personalista, es mi primer destaque sobre su lugar en la cultura cubana. Esa actitud del Maestro que se interesa vivamente en un joven, no importa el nombre, la procedencia ni el pobre lugar que ocupe dentro de los círculos artísticos.

Porque Fernando fue el Maestro por antonomasia. Al ejercicio pedagógico en el salón durante décadas, sumó la arquitectura técnica, estilística y, en definitiva, espiritual de la Escuela Cubana de Ballet, la formación o sostenimiento de compañías y, sobre todo, un magisterio que excedió la trasmisión de conocimientos específicos de una manifestación, en este caso del ballet, para encarnar la figura misma del educador que brinda herramientas y enseñanzas útiles para la vida toda.

Quien asistió a una de sus clases o conversó con él, quien haya leído su biografía, escrita por el investigador matancero Raúl R. Ruiz o, en tiempo más reciente, el libro de la profesora norteamericana Toba Singer; quien disfrute de cualquier actuación del ballet cubano sabe de la importancia inmensurable de Fernando Alonso para la cultura cubana.

Quien asistió a una de sus clases o conversó con él, quien haya leído su biografía, escrita por el investigador matancero Raúl R. Ruiz o, en tiempo más reciente, el libro de la profesora norteamericana Toba Singer; quien disfrute de cualquier actuación del ballet cubano sabe de la importancia inmensurable de Fernando Alonso para la cultura cubana.

Porque, sencillamente, la trayectoria de Fernando pesa como la del padre fundador que es. Y las sociedades contemporáneas cuentan con pocos fundadores. Menos con quienes, como él, crearon una escuela de resonancia mundial a partir de una manifestación secular y elitista en contados países, sin tradición en Cuba, hasta que —junto con Alicia Alonso— decidiera emprender una de las más grandes aventuras de creación intelectual y artística en esta tierra, la cual ha culminado con la instauración del ballet como una de las extraordinarias posesiones del patrimonio nacional.

Catalogado con justeza como el Padre del ballet cubano, Fernando Alonso dejó una estela práctica y conceptual, sedimento de su incomparable y vital experiencia formativa, diálogos de permanente actualidad para la danza y la cultura patrias. El Premio Nacional de Danza, el Doctorado Honoris Causa del ISA, el Premio Nacional de Enseñanza Artística y el Maestro de Juventudes se honraron con su nombre.

Desde la altura de su humilde grandeza, sin alardes, echó pie en tierra por Cuba.A propósito me contó de aquella madrugada en los primeros meses de 1959 —tal vez de enero mismo—, en que su viejo compañero de excursiones espeleológicas Antonio Nuñez Jiménez, en uniforme militar, se presentó ante su puerta, se disculpó por la hora y preguntó, de parte de Fidel Castro que aguardaba en la acera, si era posible una visita a esa hora porque no había otro tiempo posible en medio del torbellino revolucionario. Fidel, oteando el horizonte como siempre, quiso saber cuánto dinero y qué más necesitaba para hacer la compañía que sus fundadores habían soñado.

Cuando escucho la delicadeza de Brahms, recuerdo la aristocracia de espíritu de Fernando Alonso. Le agradezco a la vida. Él es, para mí, un símbolo, un aleph que te guía, una presencia, un saber, un príncipe cuyo nombre deberá cifrar el pórtico de la Escuela Nacional de Ballet.

No necesita otro monumento. Un escultor no podría labrar el perfil finísimo de este hombre en movimiento. Maestro de la danza, solo necesita la justicia viva de los salones llenos de niñas y niños de todos los estratos sociales aprendiendo ballet.

No necesita otro monumento. Un escultor no podría labrar el perfil finísimo de este hombre en movimiento. Maestro de la danza, solo necesita la justicia viva de los salones llenos de niñas y niños de todos los estratos sociales aprendiendo ballet.

Ese fue su papel, ese su lugar en nuestra cultura, a la cual sumó un arte imprevisto aquí. La Escuela Cubana de Ballet y el Ballet Nacional de Cuba son hijos del patriotismo, la conciencia cultural y artística, el coraje humano y la locura consciente de Alicia y Fernando Alonso. Y del impulso magnífico de la Revolución cubana a esa semilla que, como árbol florecido, hizo del ballet un extendido paradigma en el pueblo.

Leído en el Aula Magna del Instituto Superior de Arte. Universidad de las Artes, en el panel “Fernando Alonso. Centenario de un maestro”, el 28 de noviembre de 2014.

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