Fernando Alonso, ave fénix de la danza cubana

Martha Sánchez • La Habana, Cuba
Fotos cortesía: Mayuli Guilarte y Martha Sánchez

Hay omisiones que condenan al silencio, a la inexistencia. Pero en temas muy específicos, omitir una palabra o una persona es quizás el modo más enfático de indicarla. La omisión se transforma en grito. Algo así sucedió con la historia del padre de la Escuela Cubana de Ballet, Fernando Alonso, quien hasta hace poco era una presencia discreta en medios de prensa y los pronunciamientos de instituciones. Al fin, algo pudiera estar cambiando…

Imagen: La Jiribilla

En abril de 2014, una de sus aprendices ilustres, la maître Aurora Bosch, propuso en el octavo Congreso de la UNEAC contrarrestar esta injusticia y ponerle el nombre del Maestro imprescindible a la academia rectora del ballet en el país. La propuesta recibió al instante la aprobación unánime y una ovación cerrada que nunca llegó a ser transmitida por televisión al pueblo, pero el sueño de colegas y alumnos al fin podría estar por cumplirse, pues la placa acreditativa se mandó a hacer y debe estar lista para fines de este año.

Este 27 de diciembre, el Maestro fallecido en 2013 hubiera cumplido 100 años de edad. La mayoría de quienes lo conocimos no dejamos de lamentar su pérdida. Hasta poco antes de su muerte se mantuvo asesorando ensayos y aconsejando a cuanto artista lo encontraba en busca de un criterio.

Imagen: La Jiribilla

Alonso fue, en el mayor sentido de la palabra, un caballero. Jamás habló mal de quienes lo ofendían, prefería concentrarse en el trabajo, en lo moldeable, en el arte esperanzador que lo ayudó a renacer tantas veces, como en 1975, cuando lo enviaron a la central provincia de Camagüey y en lugar de sentirse degradado, trabajó para convertir a una compañía de provincia en un fenómeno nacional y una institución reconocida más allá de las fronteras de la Isla.

Alonso fue, en el mayor sentido de la palabra, un caballero. Jamás habló mal de quienes lo ofendían, prefería concentrarse en el trabajo, en lo moldeable, en el arte esperanzador que lo ayudó a renacer tantas veces.

El Ballet de Camagüey (BC) le rindió homenaje durante todo el año al Maestro, por el centenario de su nacimiento. La actual directora, Regina Balaguer, no solo programó todas las temporadas en función de los honores, sino que organizó coloquios para recordar al artista y a la persona, e impulsó el montaje de Pedro y el lobo, con niños del Centro de Promoción Fernando Alonso apoyados por bailarines del BC. La profesora rememoró que el Maestro interpretó en su juventud el papel de Pedro en esa obra y recordaba aquel momento con especial regocijo y disfrute. Además, desde hace más de un año —cuando la mayoría de las entidades culturales aún no se habían pronunciado— anunció que el próximo 27 de diciembre celebraría una Gala en tributo al aniversario de la persona sin la cual la historia del ballet en Cuba sería distinta a como la conocemos hoy.

Alonso fundó en 1948 el Ballet Nacional de Cuba, en colaboración con su entonces esposa Alicia y su hermano Alberto Alonso, excepcional coreógrafo y primer cubano en ejercer la carrera de bailarín clásico a nivel profesional. No se dice, pero los programas de mano todavía existen, documentos administrativos y personas vivas capaces de atestiguarlo: Fernando fue el primer director de la institución, de 1948 a 1975, cuando finalizó su matrimonio. También algunas de las casas que devinieron sede del Ballet eran propiedad de su familia y él especialmente recordaba la casona de 5 y E, donde los domingos el abuelo materno obligaba a todos los parientes a reunirse para almorzar; cuando desde el balcón se podía divisar el mar. Y pese a negaciones públicas en los últimos tiempos, por escrito y en televisión, también existe constancia gráfica, audiovisual y un montón de testigos vivos que pueden acreditar su labor como maestro de la gran bailarina Alicia Alonso durante años.

El propio Fernando hablaba de ella en cada salón, a menudo le pedía a algún estudiante que intentara una quinta posición de pies como la de Alicia, o un pas de bourrée. No obstante, cuidaba mucho que nadie fuese una copia de otro pues admiraba la capacidad de desdoblamiento, el carácter individual, la riqueza de la diversidad de genes. Si de algo se vanaglorió sin intenciones ostentosas fue de haber logrado cuatro bailarinas excelentes y a la vez con personalidad propia en su primera generación de alumnas: Loipa Araújo, Aurora Bosch, Josefina Méndez y Mirta Plá, a quien el reconocido crítico inglés Arnold Haskell bautizó desde la década de 1960 como las cuatro joyas del ballet cubano.

Si de algo se vanaglorió sin intenciones ostentosas fue de haber logrado cuatro bailarinas excelentes y a la vez con personalidad propia en su primera generación de alumnas: Loipa Araújo, Aurora Bosch, Josefina Méndez y Mirta Plá, a quien el reconocido crítico inglés Arnold Haskell bautizó desde la década de 1960 como las cuatro joyas del ballet cubano.

A Fernando le llamaban “el Maestro”, algunos le hacían reverencias cuando lo encontraban, pero nadie pedía audiencia para verlo, simplemente lo esperaban en un pasillo o a la entrada de la Escuela Nacional. Saludaba a todos los conocidos con una mano, un abrazo o un beso, y no escatimaba elogios cuando veía algo bello, ni se reservaba las críticas ante lo que consideraba mal hecho. Quizás por eso, algunos le temían mientras otros acudían a él en aras de asistencia para perfeccionar un trabajo.

No era amigo de las tecnologías, pero el teléfono lo usaba a menudo para llamar a varios de sus alumnos, preocupado por las relaciones familiares y el desenvolvimiento de los adolescentes en la vida cotidiana. Su intercambio con psicólogos a lo largo de la vida y experiencia en salones le indicaban que toda vivencia tenía luego una expresión allí. Por eso los convidaba a recorrer museos, teatros, lugares de concierto, galerías de arte, cines, sitios de interés histórico y libros. En su casa, la mayoría de los libros no eran de danza sino de filosofía y ciencias como la espeleología y antropología, su favorita.

Entre las pasiones de Alonso se encontraron además la cría de aves y perros, un gusto que compartió durante décadas con Alicia en la casa de 24 entre 5ta y 7ma, en Miramar, obsequiada por la madre de él al matrimonio. Una madre merecedora de reconocimiento público porque respaldó a los dos hijos en sus anhelos de convertirse en profesionales del ballet en una época de muchísimos prejuicios, alcanzó un protagonismo indiscutible en el desarrollo de la institución Pro Arte Musical que trajo a Cuba artistas y conjuntos de relevancia universal, y crió a la única hija de sangre de Alicia y Fernando, una nieta que tiene su nombre: Laura, excelente maestra de ballet y directora de un centro de promoción de la danza.

Imagen: La Jiribilla

Tras publicar un artículo sobre Fernando Alonso este año, un internauta me reclamó mayores detalles de la historia del Maestro y una explicación de por qué había dejado el cargo de director del Ballet Nacional en 1975. La respuesta oficial a esta interrogante no está escrita en ninguna parte y cuando como periodista le pregunté a Fernando en vida, más de una vez, se limitó a contarme que había sido una determinación de alguien con poder de decisión, y aunque pasó momentos duros, llegar a Camagüey, poder trabajar allá y conseguir todo lo logrado fue para él renacer como el ave fénix.
Yo aún no había nacido en aquella época, pero tuve la oportunidad de compartir con el Maestro en diversos espacios y como tantos de sus alumnos y colegas puedo dar fe de que Fernando renacía en cada salón por encima de cualquier dolencia física o del alma. Ante cualquier contrariedad, su lugar de enajenamiento eran los salones de ensayos, el reto de convertir a alguna chica o algún chico en personajes de otra época y latitud. Por ese carácter imperecedero a la directora de la Escuela Nacional de Ballet y a otros maestros les parece verlo caminar a veces por los pasillos del centro, pues nadie duda que ande por ahí, cual ave fénix, repartiendo esperanzas.

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