El Polvo, el puente y el ciclón

Ma. del Carmen Muzio • La Habana, Cuba

Si alguien tuviera dudas de la permanencia de la literatura policial en Cuba, bastaría el reciente concurso “Luis Rogelio Nogueras”, auspiciado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura donde se presentaron 27 obras. Este Centro, junto con la Editorial Extramuros ha tenido, desde hace tiempo, la feliz idea de convocar, en ediciones alternas con otros géneros, el policial.

La novela de misterio, detectivesca o novela negra, tiene una larga historia en nuestro país, y disfrutó de un verdadero boom en las décadas de los sesenta y setenta. Desgraciadamente, a veces con obras más olvidables unas que otras; no obstante, de esa misma época es Y si muero mañana de Luis Rogelio Nogueras, un verdadero clásico cubano del espionaje.

Ya en las décadas posteriores el policial fue preterido, menospreciado por las editoriales y editores del país, sin un concurso que lo cobijara, y ha sido salvado únicamente por algunos pocos nombres:Daniel Chavarría y  Leonardo Padura.

Si Extramuros se encuentra a la vanguardia, en un verdadero desafío a las políticas editoriales, con publicaciones de novelas policiales, que vuelan de los estantes de las librerías, y a esto le añadimos la profusión de concursantes en esta última edición, con obras de calidad y otras publicables, entonces estamos en presencia de un resurgir de la ficción policial.

Por muchísimas razones Polvo de cementerio, de Carlos Manuel León Castillo, resultó la ganadora indiscutible de este año. Desde su fragmento inicial nos atrapa:

¡El puente! ¡Pa’l coño de su madre!

Otra vez el dichoso puente, porque a mi jefe no hicieron más que solicitarle a alguien y enseguida pensó en mí. Primero en mí. Después en mí. Definitivamente en mí.

Algunos aseguran que le saqué partido a aquella esquirla “perdida”, no por la medalla que recibí a cambio de una cojera que he de llevar por siempre, sino porque me libró de las molestias (…)

Las meditaciones de este combatiente de Angola devenido policía y más específicamente, criminalista, se intercalan con su cotidiana labor, cuidar un puente (que tan malos recuerdos le trae) ante un próximo ciclón, y además, resolver el primer asesinato. Y casualidades de la vida, le toca hacerlo en un pueblo por él conocido, donde vivió su gran romance de juventud, fallido por la infidelidad.

De esta forma, se entremezclan una serie de personajes pintorescos pero reales. Lo mismo un homosexual que le ofrece las pistas sobre el bajo mundo del pueblo, una antigua enamorada y compañera de estudios, u otros de singulares características, todos ellos envueltos en la cotidianidad de la vida en un batey.

Si la primera muerte aparenta no ser un asesinato, un pobre retrasado mental que no vio el tren que se acercaba, luego las subsiguientes, hasta un falso suicidio, van complicando la trama de tal forma que las sospechas sobre algunos personajes van diluyéndose a medida que se avanza en la lectura.

El protagonista es un teniente que se empapa de los chaparrones que presagian el ciclón, que por lo general la comida que le deben enviar de la Unidad nunca llega en tiempo, que tiene que esperar por los resultados de criminalística, mientras medita, indaga, y al final, como buena novela policiaca, nos sorprende con la captura del asesino.

Una expresión es recurrente en el habla y los pensamientos del investigador, sus remembranzas durante la soledad forzosa por la investigación y el mal tiempo:

Me dejé caer dentro de la zanja arrastrando el fusil y una caja de balas. Me acomodé al lado de Cantinflas, un negrito jodedor de Camagüey, que se desempeñaba como jefe de escuadra y había hecho el último turno de guardia. Era mi amigo y decidí combatir junto a él, en esa posición que era la más vulnerable de nuestra defensa.

–¡Ahora sí que se cagó la perra! ¡Pa’l coño de su madre! –dijo y me eché a reír. De su última frase me apoderé para siempre.

Carlos Manuel León logra confundirnos en una maraña de sospechosos, sin que ninguno pueda descartarse, porque se presume que el aplastado por el tren sea un asesinato; y en la segunda víctima hubo un ensañamiento postmortem difícil de explicar.

Me voy hasta la delegación del MININT, aprovecho un oportuno viaje a la capital de la provincia para enviar el bate de aluminio, los zapatos y la gorra al Laboratorio Provincial de Criminalística y una nota al teniente coronel Udaeta, con la encomienda de que se priorice el caso por encima de cualquier otro. Después, decido consultar los registros operativos para comprobar los antecedentes de mis sospechosos, que no son pocos. A última hora se suma un personaje muy interesante. Ingresa en mi lista en el instante en que el oficial de Carpeta me informa que lo acaban de circular por encontrarse ausente del Correccional desde hace nueve días.

Por lo general, en una novela policial se busca misterio, enigma, intriga, todo ello matizado a través de un detective-investigador que resulte creíble, similar a cualquier hijo de vecino que conozcamos. Y además, un final que nos sorprenda; también, si hay sus dosis de erotismo, mejor.

Son casi las ocho y no ha aparecido Raudel con la comida, los toques en la puerta son como la alarma de combate que me sacó del puente. Puede ser él, aunque en realidad he perdido el apetito. Abro. Reparo en la inesperada visitante y no puedo evitar un sobresalto.

–Buenas noches –dice.

Debo parecerle estúpido, con dos ojos que no dejan de mirarle el rostro, ahora con un ligero maquillaje, tiene un pulóver gris y una saya negra lo bastante corta como para dejar al descubierto más de la mitad de los muslos. Hago un gesto y le cedo el paso.

–Margarita, ¿no?

La principal premisa que debe cumplir una narración, y si es policial con más razón, es la de envolvernos en sus redes desde la primera página, el primer párrafo, la primera oración. Después, no dejarnos escapar de sus tentáculos.

Luego, personajes cotidianos, comunes, que pueden ser nuestros amigos o algún conocido, anécdotas similares escuchadas, dentro de una historia relatada con amenidad, que nos imposibilita cerrar el libro hasta el final.

Abundan en Polvo de cementerio figuras dignas de un estudio a pesar de no ser protagónicas; una de ellas es el agente infiltrado en los suburbios del mercado negro, quien desde su extraño apodo, no provoca sospechas ni en el lector.

Narración disfrutable, entretenida, Polvo de cementerio es un claro ejemplo de que aún se puede hacer policial en la literatura cubana sin vergüenza de ningún tipo, porque donde hay una buena pluma y una historia que contar, hay una novela.

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