Vestido de novia: el travestimiento
histriónico en una obra mayor

Berta Carricarte • La Habana, Cuba

Es hora de soltar todas las alabanzas, aquellas que siempre se quisieran prodigar al cine cubano sin que se avizorase la oportunidad de hacerlo a plenitud.

Vengo de ver Vestido de novia, una película de Marilyn Solaya. Este año el cine cubano ha dado dos películas muy grandes; una es Conducta (Ernesto Daranas), y la otra es esta. El elenco está para Oscar, todo el mundo, hasta los extras, everybody. Laura de la Uz, Isabel Santos, Luis Alberto García,  Perugorría, Manuel Porto, Alina Rodríguez, Dios mío! ¿Cómo una directora casi debutante pudo lograr semejante obra? Tanto Conducta como Vestido de novia son películas de una narración sencilla, transparente, sin artificios, sin "experimentación", cine puro y duro, cine profundo, cine de verdad.

Quien espere  de mí, en estas breves líneas,  una crítica serena, objetiva e imparcial que pase la página, vaya a otro sitio a buscar cordura, reflexión y prudencia. No deja el arte auténtico espacio para meditaciones frígidas, la emoción tiene que tomar el mando. No hay más sensatez que el sentimiento puro para hablar de filmes trascendentales en el contexto de la Cuba contemporánea, al menos. Vestido de novia tiene la grandeza emocional de Barrio Cuba, el descarnamiento visceral urbano de Conducta,  la pragmática rebeldía de Fresa y chocolate (ahora superada para siempre), la grandeza inamovible de Memorias1

Vestido…  parte de un guion cuya perfección técnica aflora en la organicidad de la puesta en escena.  Fotografía realista, mesurada, ocupada en seguir la acción e invisibilizarse en la historia. Pero ya se sabe que el peso del impacto de un filme sobre el público recae la mayor parte de las veces en la actuación que, aquí, merece comentario aparte.

Isabelita  se echó a todo el público en un bolsillo desde el primer momento. Siempre ha sido una actriz de gran elocuencia interpretativa, incluso cuando andaba extraviada, mal dirigida en algún que otro personaje que ahora no vienen al caso. Quiero pensarla y decirla en presente, a través de Sisi, con la elegancia gestual que ya mostró, por ejemplo, en Los dioses rotos.  Ahora, estelar como es ella,  con aquella bemba abombachada cargada de carmesí y aquel pelucón rubio a lo Katherine Deneuve. ¡A qué alturas inconmensurables de placer estético nos puede elevar un actor, una actriz! El público del Yara (lo mismo que el del Chaplin),   cerró  con una ovación la secuencia fantástica que comienza, en verdad, cuando con el rostro envuelto en un pañuelo y oculto tras unas gafas de sol,  Sisi se traviste en la Nereida2 de Clandestinos  (Fernando Pérez, 1988). Abre el diálogo con una autocita obsequiada a  la historia del cine cubano: “Me manda Carmen”. No querida, a ti te manda Dios.

Para Laura de la Uz  no tengo alabanzas, no porque no las merezca, sino porque su personaje es la historia de Vestido… y es la Historia de Cuba en los últimos 50 años, mejor debiera decir es la historia de la mujer cubana contemporánea. Su Rosa Elena me aprieta el pecho y la garganta, me corta la respiración, y recordarla hace que las lágrimas broten y me impidan escribir. Lo siento, Laurita, ahora no puedo, será en otro momento cuando logre poner distancia y serenidad  frente a la emoción.

Luis Alberto García, ¡de película! El más grande de los actores vivos con que cuenta este país. Sé que me excedo, no me importa, estoy drogada por la carga emotiva que Marilyn Solaya dejó en mí con su prêt-à-porter, su fashion, sus galas de directora. Con el único alivio de Conducta, no sentía la punzada estremecedora del buen  cine desde que vi La separación (Asghar Farhadi, 2011);  hasta aquí, he sufrido amargamente de ver nuestro cine incapaz de construir un relato que tuviera análoga coherencia, similar interés y suspicacia narrativa, excelencia actoral, y suspense dramático. Aquel Ernesto de Clandestinos, es ahora un Ernesto-ingeniero ejemplar, PCC,  honesto, revolucionario, cuya nobleza humana parecería que no puede imaginarse más allá de esos “títulos”, hasta que no libere, mediante el vómito,  siglos de oprobios contra la mujer. No digo más para no aguar la fiesta de los que leyendo estas notas no han visto aun la película. A ellos les digo, prepárense para la escena final, saboreen las últimas transiciones faciales de Luis Alberto, de una descomunal sutileza, pura epifanía; prepárense, pues no volverán a ver  momento de interpretación semejante en el cine mientras vivan.

Al funcionario corrupto que interpreta Jorge Perugorría lo conocemos muy bien, ese tiene pasaporte permanente en la sociedad cubana: explota y se reproduce como el ave fénix en plan aura tiñosa; no tiene doble moral sino una amoralidad construida sobre el discurso demagógico y excluyente, manipulador, testaferro. Va del miedo a perder sus prebendas a la presión  sobre sus secuaces para cultivar su burocrática hegemonía. De modo extraordinario este personaje encarna todas las facetas del falocentrismo imperante en nuestros días: ordena y manda, es cabeza de familia y proveedor material, interviene en la construcción de patrones simbólicos que se reproducen en su seno familiar, es adúltero inconfeso, modelo de traidor viajando en primera clase. Y Pichy dio con eficacia ese rostro, esos gestos, esa malicia morbosa, la violencia, la lascivia, el estupor, el miedo. Por su parte Mario Guerra, explaya en su Roberto su papel de malo; ciertamente se ha convertido en el rostro de la perversión, la traición y la maldad rastrera en el cine cubano.  Tan bien lo hace, que repugna. Por raro que suene, ¿cabe elogio mayor?

Hay tanto que decir sobre Vestido… Que no es perfecta, ya está quien le ve errores, fallas.  Perfecto, me alegro que así sea,  pues no todo el mundo estará dispuesto a compartir, entender,  conectarse y valorar de la misma manera esta obra de arte. Respetar las disensiones es el único modo de ser respetados en nuestras convicciones.  Y Vestido de novia es sencillamente eso: un clamor de respeto a la raza humana, que es una sola, y al amor, que tanta falta nos hace, y  al sexo humano, que también es uno solo multiplicado en millones de seres, cada uno de los cuales lo vive y lo goza a su particular manera, porque (ya se ha dicho) el órgano sexual más importante no está debajo del ombligo sino detrás de la frente.



Notas:
2. Premio  "Coral" a la mejor actuación femenina en el IX Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. La Habana, 1987.

 

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