El primer hidalgo

Thais Gárciga • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de Martha Sánchez

De una estirpe muy especial debía descender Fernando Alonso cuando casi todos —para no ser absolutos— los que le conocieron resumen su personalidad en adjetivos como admirable, extraordinario, noble, magistral. Sin desgastarnos en frases apologéticas, su figura se sintetiza en una palabra: caballero.

El padre fundador del ballet en la Isla y creador de la metodología cubana en esta disciplina, celebraría este 27 de diciembre una centuria vital.

Por sus manos mágicas pasaron generaciones enteras del Ballet Nacional de Cuba (BNC) —otrora Ballet Alicia Alonso (1948-1959)— hasta mediados de 1970, luego ese privilegio se trasladó a Camagüey. Sin embargo, continuó ensayando y asistiendo a cuanto bailarín se le acercara en los predios de la Escuela Nacional de Ballet (ENB), o llegara hasta al umbral de su casa. Lo de mago no es pura metáfora. Cuentan que este artífice convertía en milagro el barro, como canta otro maestro.

Clotilde Peón, actual maitre y bailarina retirada, y Dani Hernández, primer bailarín, ambos del BNC, tuvieron la dicha de trabajar con Fernando Alonso. Ella lo tuvo como profesor en la década del 70; él como ensayador a principios del milenio, para los dos fue un Maestro, sin distinción.

¿Cómo fueron los primeros encuentros con el maestro Fernando Alonso, sus clases, en el salón…?

Clotilde Peón (CP): Yo me gradué en 1970 y entré directamente a las filas del Ballet… La figura de Fernando fue siempre fundamental para nosotros. Cuando empecé no tuve precisamente mucho apoyo de su parte. Él había tenido un (mal) episodio previo con una hermana mía que también integró la compañía por poco tiempo, y por eso estaba un poco predispuesto de manera negativa con mi nombre. Sí me costó trabajo ganármelo, con mucho esfuerzo, pero lo logré.

Él quería lo mejor en el escenario. Cuando alcanzabas un nivel —aunque fueras su preferida o no— asumía que tenías que hacerlo así siempre. Era un maestro magnífico, con una pedagogía y una didáctica excepcional.

Imagen: La Jiribilla

Se mostraba impecable todo el tiempo. Nunca se cambió de ropa para impartir las clases de ballet. Llegaba limpio y almidonado, se veía guapísimo y muy masculino. Siempre me llamó la atención que en la época en que comenzó a bailar era raro ver a un hombre tan vigoroso escoger esta carrera.

Había otros muchos buenos profesores en esos años, entre ellos las Cuatro Joyas, y otros que aun siendo bailarines se habían convertido en maestros de la compañía. Fue Fernando quien me dio la categoría de solista. Me la gané pronto porque la obtuve a “empujones”, él era muy exigente. Yo se lo decía: “maestro, usted me llevaba muy recio”, y me contestaba que lo hacía por mi bien. Nunca dejaré de agradecérselo.

Prácticamente era el ensayador de todo lo que se ponía en el escenario: de los cuerpos de baile, de los solistas, de los primeros bailarines, de cualquier papel.

Dani Hernández (DH): Cuando tuve la oportunidad de verlo en la escuela —en ese momento era estudiante de la Escuela Nacional de Ballet (ENA)— fue algo impresionante. Tener al fundador del Ballet Nacional de Cuba delante de mí y que estuviera dispuesto a ensayarme era algo magnífico.

Imagen: La Jiribilla
                           Dani Hernández y Grettel Morejón en la Escuela Nacional de Ballet                               con el maestro Fernando Alonso.

Como bailarín, primero sentí un poco de nervio porque no sabía si iba a estar a la altura de lo que me pediría, o si iba a cumplir con las expectativas del ensayo. Él simplemente habló conmigo y con Grettel Morejón (bailarina principal del BNC actualmente), la muchacha que bailó conmigo en ese momento. Nos dijo: “Piensen que solo están ensayando como siempre con la maestra, y no en las dificultades, ni quieran dar más allá de lo que han estado haciendo para impresionar”. Nos dijo que disfrutáramos lo que íbamos a hacer, y partir de ahí trabajaríamos y veríamos lo que se lograba poco a poco. Después de esas palabras me di cuenta de que el ballet no es solo hacer diez pirouttes o saltar mucho, es también pensar el baile y disfrutar.

He leído que el maestro traspasaba la mera enseñanza técnica, que a sus alumnos los instruía artísticamente para prepararlos e incentivar su formación cultural.

CP: Poseía una cultura tremenda: de la anatomía, de la historia, del arte, que trasmitía mediante el ballet. No separaba una cosa de la otra. Al tiempo que te enseñaba un paso de danza, te narraba la historia de la música de ese ballet, del coreógrafo, de la anatomía del cuerpo.

DH: Él se basaba en lo que estábamos haciendo en el salón, no sólo en el ballet. Trabajamos muchas otras cosas relacionadas con la cultura. Por ejemplo, si estábamos danzando un ballet romántico, él nos hablaba del romanticismo como tal, cómo se manifestaban las personas en esa época. Si era una obra de nobles y de reyes nos hacía buscar y leer sobre cómo se comportaba un príncipe en una corte, o en un salón de baile que era lo que nosotros íbamos a representar. Todos los días aportaba un granito que nos enriquecía tanto en lo artístico para el ballet, como humanamente para la vida y la sociedad.

Imagen: La Jiribilla

Nuestro instrumento de trabajo es el cuerpo. Uno va aprendiendo cómo funciona aunque no estudie anatomía, eso él lo empleaba en el ballet. Nos decía: “traten de saltar de tal forma para que no sufra el menisco o la tibia no tenga sobrecarga”. Cuando ensayábamos mucho nos pedía descansar. Una fatiga muscular podía ser peor y nos arriesgábamos a sufrir un desgarro.

Ese conocimiento nos ayudó mucho, y en ese momento fue esencial. Estábamos todavía en la escuela, en una etapa en que uno está creciendo y formándose. Haber trabajado dos años seguidos con él y que me transmitiera su experiencia fue muy importante para mí. Hoy por hoy si hay alguien a quien le debo agradecer mi carrera es a él.

La mejor lección que legó…

CP: No haberme tenido entre sus preferidas fue lo mejor que me pudo pasar. Es algo inevitable para los maestros…, eso sí: era justo a la hora de poner a bailar en el escenario a los mejores, de colocar en un rol determinado a quien se lo merecía.

DH: La mejor, entre tantas que me dio Fernando, fue la de disfrutar el ballet, no pensarlo como algo mecánico que haces porque te toca, sino sentir dentro de ti lo que quieres transmitirle al público.

Describirlo en pocas palabras…

CP: Impecable, brillante, muy educado y pedagogo integral.

DH: El Maestro de maestros, y no lo digo yo solamente.

El tributo a Fernando es diario. De alguna manera, los que tuvimos la oportunidad de trabajar con él y aprendimos sobre la base de su método de enseñanza, cada día lo homenajeamos.

En unos días se develará una tarja en su honor en la Escuela Nacional de Ballet, que a partir de ese momento llevará su nombre ¿Qué opinión les merece este suceso?

CP: Todo lo que se haga por él es poco y que la escuela le ponga su nombre es merecido. El tributo a Fernando es diario. De alguna manera, los que tuvimos la oportunidad de trabajar con él y aprendimos sobre la base de su método de enseñanza, cada día lo homenajeamos. 

DH: Sería un honor recordarlo así, no sólo por la trayectoria que tuvo y por lo que logró. La compañía se convirtió en lo que es hoy gracias a él y a todos los demás fundadores. Para las generaciones jóvenes y para los que no le conocieron es esencial. No basta solo con entrar a la escuela, estudiar y bailar ballet porque es lo que me gusta; se trata de tener un referente, en Fernando Alonso y en lo que le aportó a esta profesión.

Comentarios

gracias x todo lo referente al maestro de maestros. vivira eternamente en el corazon de todos los que lo admiramos

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