Si yo me encontrara con Obama

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Si yo me encontrara cara a cara con Barack Obama, le diría que hizo lo correcto al liberar a los tres luchadores antiterroristas cubanos que permanecían encarcelados en Estados Unidos y dar un paso trascendental hacia la normalización de los vínculos entre su país y el mío, que incluye el restablecimiento de relaciones diplomáticas.

Como expresó Raúl Castro en su comparecencia pública del 17 de diciembre: Obama merece respeto. Pero al mismo tiempo, suscribo la letra y el espíritu de las palabras con las que el Presidente cubano cerró su alocución: la necesidad de remover obstáculos,no ya que impidan o restrinjan los vínculos entre nuestros pueblos.

Le devuelvo a Obama una frase de uso diario en Cuba a la que él mismo apeló en su discurso: no es fácil. Y no lo es, en su caso, por el entorno en que ha tenido que tomar decisiones y el escenario en que tendrá que seguirlo haciendo si aspira a que entre Cuba y Estados Unidos las cosas fluyan.

No se lo va a hacer fácil la oposición republicana ni la ultraderecha de origen cubano enquistada en EE. UU. y con presencia en el Congreso. Los legisladores Marco Rubio y Bob Menéndez pasaron inmediatamente al ataque al igual que otras voces reaccionarias al Sur de la Florida. Son gente que han sentido el estremecimiento de un cambio al que se siempre se negaron.

Pero también le diría a Obama que comenzara por remover los obstáculos que alberga en su fuero interno. No le pido que comparta las ideas que me animan y sustentan mi compromiso con las transformaciones revolucionarias inauguradas en mi país desde hace más de cinco décadas mediante el proceso arduo y desafiante que asumimos —cada vez que me asaltan dudas o me impaciento, repito como un mantra la frase de la canción de los trovadores: “a pesar de los pesares, como sea, Cuba va”—, pero sí que haga el intento por descender del olimpo de la verdad única y el prejuicio inconmovible.

Por ejemplo, su creencia de que los cubanos padecemos “continuos obstáculos a la libertad”, o que “los trabajadores cubanos deben tener la libertad de crear sus sindicatos, así como los ciudadanos deben tener la libertad de participar en los procesos políticos”.

Estas palabras, citadas de su discurso, no revelan únicamente desconocimiento de la realidad cubana sino la aplicación de indicadores distorsionados en la observación de lo que aquí acontece. No pretendo que Obama comprenda ni apruebe el funcionamiento dela sociedad cubana y los criterios participativos que avalan nuestra manera de hacer política; solo le pediría un mínimo de humildad intelectual a la hora de emitir juicios.

Porque si me atuviera la lógica de ese pensamiento suyo, podría desmontar las ficciones sobre democracia, libertad, sindicalización y manipulación mediática tan frecuentes en EE.UU. Sin embargo, nunca se me ocurriría exigir que nos tomen allá por modelo. 

También le diría que no me cuento entre quienes “nos han considerado a nosotros como fuente de esperanza” y “luz de libertad”, y sí entre los que lo “han visto como antiguos colonizadores”. Tengo suficientes pruebas de esto último como para olvidarlo. De igual modo abundan las evidencias acerca de la catadura moral de los primeros, no hablo ya de los que desde territorio norteamericano han promovido el terrorismo contra mi país, sino de aquellos que ayer y hoy, allá y aquí, medran con los aportes de los contribuyentes estadounidenses con la ilusión de subvertir nuestra realidad.

Cuídese de estos últimos, presidente Obama, si de verdad quiere que este relanzamiento de relaciones sea en pie de igualdad y con absoluto respeto a las diferencias. 

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