El cadáver de un sueño sobre
la hierba mojada

Yonnier Torres Rodríguez • Villa Clara, Cuba

Magnesia

Desperté de golpe con un fuerte dolor de cabeza, el estómago revuelto y la vista nublada. De un manotazo traté de borrar las últimas imágenes del sueño: dos rinocerontes blancos me miraban con indiferencia, como se podría mirar a un payaso, cuando en el camerino, borra de su rostro el maquillaje. Era un zoológico enorme, pero yo solo sentía atracción por aquellos dos rinocerontes. Había manejado casi cuatrocientos kilómetros para verlos, lo cual, ya de por sí, conlleva un alto grado de sacrificio, sobre todo considerando que no sé conducir.

El cartel junto al muro ofrecía una descripción de la especie: familia de mamíferos placentarios del suborden ceratomorfos perteneciente al orden de los perisodáctilos. Actualmente sobreviven cinco especies: el rinoceronte blanco y rinoceronte negro, en África, el de Java, de la India y de Sumatra, en Asia. Según la clasificación confeccionada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, las especies de rinocerontes de Java, Sumatra y negro se encuentran en "peligro crítico"'; el de la India está en "peligro", y el blanco se considera "vulnerable".

En aquel sueño, los dos animales estaban muy lejos de la vulnerabilidad. No hacían otra cosa que mirarme con desprecio, como se podría mirar a una bailarina cuando se descalza las zapatillas.

Me senté en la cama durante unos segundos. A mi lado dormía una chica desnuda. Estaba tendida boca abajo y el pelo negro cubría toda la almohada. Traté de recordar la ubicación del baño, caminé descalzo tanteando las paredes, avanzando hacia un punto de luz que resultó ser una ventana abierta.

La ventana daba al patio. En el patio había una mata de almendras, una mesa de plástico, dos sillas y el cuerpo de un hombre sobre la hierba mojada.

Crucé la puerta del baño. Me incliné en el lavamanos, tuve dos arqueadas, mi estómago devolvió un líquido amarillento que subió por mi garganta como lenguas de fuego. Magnesia. Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

Abrí la llave del grifo, metí la cabeza dentro del lavamanos y llegué a creer, por un momento, que hacía el tragante corrían varias líneas de sangre.

Sentado sobre la tapa del inodoro traté de recordar lo que había sucedido la noche anterior. A la mente solo me llegaban las miradas de los rinocerontes y el cuerpo tendido en el patio. Abrí el botiquín tras el espejo, me tragué un par de aspirinas y caminé hacia la sala. En el sofá dormía una chica desnuda. El pelo le caía sobre los senos. Respiraba despacio, como imagino que deben respirar las personas cuando duermen.

Dentro del refrigerador encontré un litro de leche y media docena de cervezas. Destapé una y me la tomé casi de un tirón.  Magnesia. Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

En un descuido dejé caer la botella. El sol entraba a través de los cristales. En un descuido me caí al suelo. La chica acostada en el sofá despertó de a poco, o al menos parecía regresar de un viaje largo, algo así como un viaje de cuatrocientos kilómetros sobre una furgoneta roja, solo para ver la mirada de un par de rinocerontes.

Los colores retornaron al sueño: la furgoneta era roja, los rinocerontes, blancos, sus ojos, azules, el guardia de seguridad que me dijo: “esos animales son capaces de comprender tus sentimientos”, tenía un uniforme de color verde, la mujer que sostenía al niño, como si de un momento a otro fuera a salir corriendo, traía un vestido malva.

En un descuido me corté el antebrazo con los cristales de la botella. Chupé la sangre, cual si temiera perderla toda de un tirón. Magnesia. Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

La chica me preguntó la hora, dijo que se le hacía tarde para algo, solo que no recordaba exactamente para qué. Buscó por el suelo la ropa interior. Encontró unos ajustadores negros y una camiseta con la imagen de Kurt Cobain, una camiseta que le llegaba casi a las rodillas.

Traté de hallar un reloj por toda la casa. La chica que dormía a mi lado en el cuarto despertó y me preguntó si ya Donald había preparado el desayuno. Le dije que yo nunca había conocido a alguien que se llamara Donald, que había leche en el refrigerador y un tipo en el patio.

La mujer sacó el litro de leche y una cerveza.

-La combinación es buenísima para aliviar la resaca. ¿Te preparo un trago?

Sin esperar respuesta mezcló a partes iguales en dos vasos. Me lo tomé de un tirón. Magnesia. Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

El dolor de cabeza aún persistía. La chica con la camiseta de Kurt Cobain regresó del baño. Volvió a preguntar la hora. Me encogí de hombros. Repitió que se le hacía tarde para algo.

La mujer que dormía a mi lado en el cuarto se puso un vestido azul celeste, unas sandalias muy bajas de color marrón y una cadenita al cuello con las iniciales G.G. Pensé en Greta Garbo, en Grethel Gonzaga, mi profesora de portugués, y en Giselle Gorka, la chica que vende revistas de cine en la 7ma avenida, junto al Café de los toldos rayados. La mujer, en realidad, no se parecía mucho a esas tres personas.

-Donald tiene un agujero de bala en la cabeza- dijo-. Encontré el revólver en el patio.

Puso el arma sobre la mesa. El sol, filtrado a través de las persianas, le sacó destellos al cañón metálico.

Carbono

La chica del vestido azul celeste abrió los estantes en la cocina. Sacó un paquete de galletas, un pomo de mayonesa y dijo que estaba muerta de hambre, que siempre despierta con un hambre de muerte.

Preparó galletas para los cuatro, pensando, quizás, que Donald podría despertar de un momento a otro. Creyendo, quizás, que un agujero de bala en la cabeza no era suficiente.

Destapé una botella de cerveza. Subí los pies a la silla y miré a través de la ventana. Del otro lado estaba la calle. La frialdad de la bebida fue como un bálsamo para mis lenguas de fuego. Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

Yo estaba muerto de aburrimiento en el bar Saturno. Acodado a la barra hablaba con el camarero sobre un músico de la banda Red Hot Chili Peppers, que había sido acusado de abuso infantil. En los noticiarios salía el rostro del tipo. Los padres del niño pedían la pena de muerte con unos carteles muy mal pintados, hechos como al descuido.

Pedí una cerveza mexicana, el barman me dijo que solo tenía bebidas nacionales. Hice un gesto de indiferencia, un gesto digno de un rinoceronte blanco, de un animal lejos de la vulnerabilidad, un animal que podría mirarte como se mira a un pintor, inclinado sobre el fregadero, sacándose las manchas de óleo de las manos.

Al rato entró un tipo con una gorra de los Yankees de New York, se sentó en la barra y me preguntó qué bebida de mierda estaba tomando. Le dije que en el bar solo tenían cervezas nacionales. Maldijo al bar, al camarero y a la tonta idea de viajar a un país tan nacionalista.

-Estoy muerto de aburrimiento- dijo antes de leer las etiquetas de todas las botellas que adornaban los estantes. -¿Tienes algo de vodka?- le preguntó al barman.

-Solo bebidas nacionales- repitió el hombre.

Yo había terminado mi primera cerveza. Estaba listo para pedir la segunda.

El hombre de la gorra le dijo al camarero que nos sirviera del whisky más fuerte.

-Yo invito -aclaró.

Brindamos por la aldea global, o por algo parecido a la aldea global y tomé el trago.  Carbono. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

Fijé la vista a la calle, a través de la ventana, como queriendo ver más allá, como si el asfalto contuviera mensajes encriptados.

-¿No vas a comer?- preguntó la mujer del vestido azul celeste.

Probé una de las galletas. Estaba horrenda. Sabía a magnesia, a carbono.

El tipo de la gorra me preguntó que podía hacer uno en este país para divertirse.

-Tomar cerveza. Ver un partido de fútbol. Visitar el zoológico. Pedir la pena de muerte frente a la cárcel del condado. Enviarle amenazas al juez.

-¿Aquí no hay putas?- preguntó el tipo.

-Las hay- dije- se apostan en la avenida.

El hombre revisó su billetera.

-Allá fuera tengo el auto- dijo- te invito a una noche de putas. He alquilado una casa en el centro.

En principio quise resistirme. Nunca me han gustado mucho las putas. En realidad nunca antes alguien me había invitado a irme de putas. Pensé por un  momento en las mujeres violadas, mutiladas y arrojadas al desierto. Me vino a la mente la imagen de un perro, a las puertas del basurero de una zona industrial, cargando entre sus dientes el antebrazo de una mujer.

El tipo podría ser uno de esos que violan y matan. Uno de esos que hacen tríos, se visten con ropa de cuero y ven los maratones de cuarenta kilómetros por la televisión. El tipo podía ser un depravado, un  abusador de memores, o columnista de un diario nacional.  Nunca antes alguien me había invitado a irme de putas. Le dije que necesitaba alcohol.

El hombre pidió la botella y avanzamos despacio por la avenida, hasta que dos chicas se acercaron al auto, introdujeron sus tetas por la ventanilla y nos regalaron una sonrisa idéntica, una perfecta sonrisa de puta.

Tamarindo

La chica de la camiseta con la imagen de Kurt Cobain dijo que su impaciencia comenzaba a cobrar sentido. Lo que debía hacer de inmediato estaba relacionado con una promesa personal, algo que se había prometido a sí misma.

Le aconsejé que hiciera una lista de objetivos personales.

La mujer del vestido azul celeste echó al suelo mi propuesta:

-No hay nada más tonto que prometerse algo a sí mismo- dijo, mientras se comía la última galleta de magnesia- es muestra de la poca confianza que uno se tiene.

-Las promesas se hacen- dije- en la búsqueda de un objetivo. Por ejemplo: un hombre promete dejar de beber, con tal de que la relación matrimonial se restablezca; un guardia de seguridad promete no quedarse dormido en toda la noche, con tal de que no lo despidan; un adolescente promete suicidarse si sus padres no le prestan la furgoneta para irse a un concierto de Red Hot Chili Peppers.

-Estoy segura que mi promesa tiene algo que ver con un viaje. Un viaje en furgoneta- dijo la chica.

-¿En una furgoneta roja?- pregunté.

-Eso- dijo ella- en una furgoneta roja.

El tipo condujo de prisa hacia la casa que había alquilado en el centro de la ciudad. Una mujer se sentó delante, el hombre le acariciaba los muslos. La otra se acomodó a mi lado. No supe de momento qué hacer. Le puse mis manos sobre los hombros y le pregunté su nombre:

-Me llamo Greta Garbo.

-Tiene sentido- le dije- te pareces mucho a ella.

-Tú te pareces a Johnny Deep.

-Para nada- le dije- no existen personas más distintas, físicamente, que Johnny Deep y yo.

-¿Puedo llamarte Johnny?- preguntó y me lamió la oreja con su lengua como papel de lija.

-Puedes llamarme como quieras- le dije, mientras el tipo anunciaba que habíamos llegado.

La casa era pequeña. Tenía portal, sala-comedor, cocina, dos habitaciones conectadas por un baño intermedio y un patio donde señoreaba una mata de almendras. En el refrigerador había una caja de cerveza, un litro de leche y una jarra de jugo de tamarindo.

Una de las mujeres caminó hasta el equipo de música. Revisó los discos, dijo que no existía otra banda de música en el mundo como los Rolling Stones.

-Ahí no encontrarás nada que sirva- advirtió el hombre, fue hasta el cuarto y regresó con un CD en la mano. –Lo que necesitamos es música caribeña: salsa, merengue, cumbia, algo que nos haga mover las caderas- y mostró unos pasitos de baile, bastante ridículos, por cierto.

La mujer pasó sus uñas pintadas de rojo por la lista de canciones. Escogió un tema puertorriqueño, la otra chica, uno cubano.

Sentados sobre los butacones en la sala, nos dispusimos a disfrutar del striptease.

-No hay nada mejor para la resaca como el jugo de tamarindo- dijo la chica de la camiseta con la imagen de Kurt Cobain, después de haber elaborado mentalmente una lista de objetivos personales.

Fue hasta el refrigerador, tomó la jarra y sirvió para los tres sin preguntarnos siquiera. El jugo era amargo, pero aplacaba las lenguas de fuego en mi garganta y sacudía de a poco las imágenes y los sabores enterrados en la memoria. Tamarindo. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

Semen

La mujer del vestido azul celeste guardó la mayonesa en el refrigerador, dijo que si Donald no quería desayunar, era asunto de él, y fue hasta el cuarto por sus cosas. Le advertí que aún nos quedaba cerveza y que a esa hora de la mañana el transporte público se tornaba insoportable.

-Allá afuera está el auto- dijo ella- ¿sabes conducir?

-No- le respondí.

La mujer destapó una botella y se sentó a la mesa. La chica de la camiseta con la imagen de Kurt Cobain aún no recordaba cuál era la promesa, mucho menos qué cambiaría en el caso de que lograra cumplirla.

Regresé la vista a la calle. El sol comenzaba a cubrir los primeros metros del portal. Tomé lo que quedaba de mi cerveza. Semen. Alcohol. El rostro atormentado de un hombre jurando que la felicidad es un revólver caliente.

Las putas se desnudaron de a poco y luego nos quitaron la ropa. Primero me acosté con Greta Garbo. Luego con la otra chica. Para el fondo de la botella ya no sabía cuál me llamaba Johnny y cuál no.

El tipo dijo que debíamos hacer algo distinto. Eso del mete y saca ya lo estaba aburriendo. Salimos a la calle en el auto. Paramos en todos los bares menos en el Saturno. Trazamos un mapa de cervezas mexicanas, húngaras, dominicanas, austríacas, alemanas, francesas y norteamericanas. Al final todas nos sabían a lo mismo, el paladar se me atolondraba y no sabía si la lengua de mi puta sabía a alcohol, o si el alcohol sabía a la lengua de mi puta.

Nos sentamos en uno de los muros de 5ta Avenida a ver pasar las luces de los autos. La noche caía lenta y desde la luna bajaba una fina niebla.

-Mañana va a ser un día de mucho calor- dije, mientras Greta Garbo metía su mano en mi portañuela y le advertía al tipo que si queríamos seguir la fiesta tenía que desembolsar otros doscientos.

El hombre sacó de su cartera dos billetes de a cien. Con la mano libre la mujer se los guardó en los ajustadores. Me abrió el zipper y comenzó a chuparme la verga con más elegancia que destreza, cual si poseyera algo así como un sello personal.

Al rato el tipo le dijo a Greta que se detuviera, apartó la cabeza de la chica y comenzó a chupármela. En principio pensé resistirme, pero luego creí que sería muy feo hacerle el desaire, a fin de cuentas él era quien ponía el dinero y yo estaba a punto del desborde. Luego me pidió que se la chupara. Media hora después estábamos aburridos de lo mismo y decidimos trazar una ruta de regreso a través de las cervezas argentinas, turcas, canadienses, japonesas y cubanas.

-Solo nos quedan tres botellas- les dije a las chicas.

La mujer del vestido azul celeste tomó una y dijo:

-Brindemos por el tonto de Donald, que no se decide a levantarse del patio.

Esa fue la cerveza más fría de toda la mañana, me supo a semen.

Alcohol

De vuelta en el apartamento el hombre caminó hasta el cuarto, regresó con un revólver y dijo que jugaríamos a la ruleta rusa.

-No hay nada más divertido- aseguró- que jugar a la ruleta rusa. Vamos para el patio.

Nos sentamos alrededor de la mesa plástica. La fina niebla cubría las hojas en la mata de almendras. Una frialdad leve, muy leve, comenzaba a descender.

-Yo empiezo- dijo el hombre, y con el entusiasmo, olvidó quitarle las balas al revólver.

La chica se sacó la camiseta con la imagen de Kurt Cobain, se puso una falda corta y una blusa naranja con un escote de lujo. Dijo que había recordado la promesa a cumplir. Debía viajar cuatrocientos kilómetros en una furgoneta roja.

Le dije que yo tenía en casa una furgoneta roja y que siempre quise visitar el zoológico, siempre quise enfrentarme a la dura mirada de un par de rinocerontes blancos.

 

Especial para La Jiribilla
Ficha: Yonnier Torres Rodríguez: Sociólogo y Narrador. Nació en Placetas, Villa Clara, en 1981. Egresado del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido numerosos premios. Entre sus últimos títulos publicados se encuentran los libros de cuentos “La oscura superficie” (Editorial Ávila, 2012), “El juego perfecto” (Editorial Sed de belleza, 2013) y las novelas “Clavar los ojos al cielo” (Editorial Mecenas, 2012) y “Azul pálido” (Editorial Marlex, 2014). Cuentos suyos aparecen publicados en antologías y revistas de Bolivia, Argentina, Colombia, España y Cuba. Es miembro de la AHS y de la UNEAC.

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