Un año como espectador teatral

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

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Sobre el calendario que componen estos 12 meses a punto de culminar, está otro: el de mis días como espectador que ha acudido una y otra vez a las salas y otros espacios para reafirmarse como un testigo de la escena cubana. No ha sido en particular este un año pródigo en grandes sorpresas para quien elija este ir y venir. Y sin embargo, a pesar de ello, no han faltado tampoco fenómenos ni espectáculos de interés que consigan hacer que no perdamos el ánimo del todo. Voy a desgranar aquí lo que deja en mi memoria ese otro calendario, repasando lo mejor de cuanto vi en nuestro país, y dejando testimonio, también, de algunas puestas que pude ver fuera de la Isla. En ese espejo remoto también el teatro de este país me dejó leer algunas señales que hablan de nuestras carencias y de nuestras potencialidades.

Imagen: La Jiribilla

Foto: Alexis Montes de Oca

Antigonón, un contingente épico, se mantuvo en cartelera hasta llegar a las 100 funciones, como es ya tradición en Teatro El Público. La puesta de Carlos Díaz, con textos de Rogelio Orizondo, es el resultado de un largo proceso que cubre casi dos años de trabajo e investigación. El espectáculo ganó premios y desató controversias, confirmándose como el punto más alto de la relación entre novísimos autores y un director ya consagrado, que cambia de piel de una puesta a la otra siendo siempre una figura retadora. Anunciado para el 2015 en las carteleras de Miami y Buenos Aires, es un montaje que desde el inicio de este año, plantaba su bandera de interrogantes y provocaciones en la calle Línea, nuestro circuito teatral más visible. No muy lejos del Trianón se entregaba, en la sala Tito Junco, el Premio Nacional de Teatro a Nicolás Dorr y Gerardo Fulleda León, el 22 de enero, Día del Teatro Cubano. Este era el umbral que atravesamos en el inicio mismo del 2014. Con esos aplausos y esas noticias se abría el período que aquí comento.

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Resulta acaso innegable que el mejor espectáculo de este ciclo es El tío Vania, de Argos Teatro. A partir del original de Chéjov, de la pieza más desnuda de este gran dramaturgo, Carlos Celdrán releía al clásico y lo acercaba sutilmente a nuestro ahogo contemporáneo.

Resulta acaso innegable que el mejor espectáculo de este ciclo es El tío Vania, de Argos Teatro. A partir del original de Chéjov, de la pieza más desnuda de este gran dramaturgo, Carlos Celdrán releía al clásico y lo acercaba sutilmente a nuestro ahogo contemporáneo. A través de un empeño más sutil que su precedente en el mismo repertorio (Fíchenla, si pueden, a partir de Sarte y La puta respetuosa), el colectivo radicado en Ayestarán profundizaba en la pequeñez y mezquindad de las costumbres humanas, logrando un trabajo sólido de su elenco, dentro del marco asfixiante que imaginó Alain Ortiz y que Manolo Garriga iluminaba con un sentido de progresión dramática que es el resultado de su madurez. Héctor Noas, en el papel del médico, resultó una contraparte magnífica a José Luis Hidalgo, que se enfrentaba probablemente al mayor reto de toda su carrera.

El equilibrio, la mesura, la contención, son virtudes de una puesta que nos dice qué no necesita ya este director para ser eficaz, y que se coloca en una línea digna de espectáculos cubanos que rinde tributo al maestro ruso.

 

 

Imagen: La Jiribilla

La salud del teatro de títeres y para niños en Cuba es, pese a todo lo que aún pueda exigirse, cosa loable. Sobre todo en el quehacer de grupos que ya han logrado un perfil y un concepto depurado de lo que desean legar al espectador. A la cabeza de ese esfuerzo va Teatro de Las Estaciones, que arribó a 20 años de intenso bregar y celebró la ocasión como sabe hacerlo este colectivo fundado por Rubén Darío Salazar y Zenén Calero. Mesas y testimonios, funciones en la sala Pepe Camejo, exposiciones y un libro, firmado por María Laura Germán, que recopila esas dos décadas desde una mirada muy fresca. A ello se añaden las funciones de Alicia en busca del conejo blanco, ya estrenado en el 2013, y los estrenos de Cuento de amor en Barrio Barroco, con la participación especial de William Vivanco; y para adultos, de El irrepresentable paseo de Buster Keaton. Solo un colectivo inquieto y vivo, basado en la relación dinámica y poderosa con la mejor tradición de nuestro patrimonio titiritero, puede darse tantos lujos sin caer en la repetición o el manierismo.

Muy ligado estuvo Teatro de Las Estaciones, junto a Teatro Papalote, a la nueva edición del Taller Internacional de Títeres de Matanzas, evento que también celebra dos decenios de persistencia, y de cuyos frutos se ha alimentado la escena nuestra en muchas dimensiones. Esta vez el evento se combinó con la celebración, por vez primera en la Isla, de un Consejo Mundial de la Unión Internacional de la Marioneta, entidad que, al igual que la ASSITEJ, se ha revivificado entre nosotros. Me ahorro los detalles de cuánto agotamiento, empeño y dolores de cabeza sufrieron los anfitriones. Baste decir que la reunión fue un éxito, y nos permitió tener y abrazar aquí a fieles y colegas de muchas partes del mundo, que ya conocen a Matanzas como la capital titiritera de Cuba. En la muestra internacional, tuvimos al grupo Karromato de Checoslovaquia, a SandglassTheater de los EE.UU., al extraordinario mamulenguero Chico Simoes, y también de Brasil, a XPTO, el grupo que tiene como líder al argentino Osvaldo Gabrieli. Montajes reveladores del compromiso estético con un determinado público fueron las entregas cubanas de Teatro Tuyo, con Gris; y de Retablos, con La muchachita del mar y El ruiseñor. Ernesto Parra ha conseguido filtrar a sus muy jóvenes actores una idea del clown que no pacta con la simple fiesta cumpleañera ni del circo, en pos de otras sensibilidades. Christian Medina agudiza su proyección en cada nuevo unipersonal, replanteando a clásicos como Andersen para decir al espectador, niño o adulto, de qué otras maneras puede aprehenderse la belleza y la tristeza del mundo.

Imagen: La Jiribilla

Casi sin descanso, pasamos de ahí al Mayo Teatral, organizado por el Departamento de Teatro de Casa de las Américas. Distintas razones me impidieron ver la totalidad de su programación, pero quiero saludar dos propuestas que me interesaron. Con El automóvil gris, Teatro de Ciertos Habitantes rescata el gran clásico del cine mudo mexicano, para hablarnos desde su trastienda, en una labor que recupera a los actores que daban voz a esas imágenes silentes, con humor, sentido lúdico, y una gran dosis de irreverencia. Cine, teatro, espectáculo que mezcla lenguajes y propone la disolvencia de ciertas barreras, me atrajo por mi inveterada pasión por la prehistoria del cine, como diría Cabrera Infante, pero también por la desparpajada manera de hacernos sentir, nuevamente, la humanidad de esas imágenes. Con Sed, Marianela Boán regresaba a Cuba, para presentar el primer espectáculo que creó junto a la Compañía Nacional de Danza de República Dominicana, donde esta gran mujer está radicada ahora. En un ejercicio a la inversa, ya habíamos visto Caribe Deluxe, y ahora vemos su antecedente. Fiel a sí misma, la Boán persiste en esa idea de la danza contaminada que ya expresaba aquí con su DanzAbierta. Y los espectáculos la vemos en lucha y gozo con lo que tiene para hacerlos: esos bailarines de procedencias diversas, de los que quiere extraer, por encima de todo, claves de su realidad para convertirlas en danza, con el sello de su impronta siempre a la vista. A ver cuándo le damos a esta coreógrafa el Premio Nacional de Danza, que este año recayó en Silvina Fabars, para alegría de quienes la respetamos y admiramos. Y en ese mismo ámbito, quiero saludar al proyecto Persona, dirigido por Sandra Ramy, que presentó su coreografía ¿De qué está hecha tu casa?, rebasando la tarea de una graduación de estudiantes de danza para alzarse como un puñado lúcido de cuestionamientos muy necesarios, en el que los niños no eran simples replicantes de una idea adulta, sino figuras capaces de aportar color y textura propia a esta propuesta que les exigía el abandono de comodidades y clichés.

Un punto aparte merecen las dos funciones que tuvo Hamlet en Cuba, a cargo de los actores de The Globe, la compañía británica que lleva esta producción por el mundo como saludo al 450 aniversario del bardo inglés. El Teatro Mella fue el sitio de encuentro de quienes disfrutaron, en el idioma de Shakespeare, de la célebre tragedia, en una oportunidad de lujo que nos demostró el respeto que en esa nación se siente ante un dramaturgo tan poderoso, y cómo se le mantiene vivo desde perspectivas muy contemporáneas. A ver si aprendemos.

El teatro cubano requiere más espacio de diálogo y confrontación, libres de las tensiones de una rivalidad que estéticamente pueden sostener muy pocos
de sus tantos colectivos,
y creo que el futuro de esta convocatoria depende de su capacidad para servir
en tal sentido.

Los preparativos del Festival Nacional de Teatro, que como cada dos años regresa a Camagüey, ya se hacían sentir desde inicios del año. Fue mi primer regreso a la ciudad agramontina desde que esta cita abandonó su carácter competitivo, y debo confesar lo mucho que agradezco tal cambio.

El teatro cubano requiere más espacio de diálogo y confrontación, libres de las tensiones de una rivalidad que estéticamente pueden sostener muy pocos de sus tantos colectivos, y creo que el futuro de esta convocatoria depende de su capacidad para servir en tal sentido.

El bicentenario de la Avellaneda nos devolvió con mayor énfasis a su plaza natal, y el estreno de El millonario y la maleta, su última comedia, nos dejó ver a Teatro del Viento en un estadio más ambicioso, pues es la primera vez en sus 15 años que se enfrenta este colectivo a un clásico. La dirección de Freddys Núñez Estenoz resolvió con dignidad el reto, actualizando los resortes de la sencilla pieza y eludiendo la frialdad del museo. Es una pena que los demás espectáculos que intentaban honrar a Tula, por lo general, fallaran en esa tarea, por ampulosidad o desacralización mal encaminada.

Camagüey, por encima de los recelos que la selección siempre desata, demostró la pertinencia de la crítica como testigo necesario y no añadido como mirada parásita. El verdadero crítico teatral acompaña a ese movimiento al que pertenece por ley propia, y no como huésped que se recibe a disgusto. Es la memoria y el canal a través del que se esclarecen los logros y las medianías no solo de un espectáculo en particular, sino de un concepto mayor de la cultura escénica, que, de no erigirse como juez o fantasma conmiserativo, puede jugar un rol imprescindible.

En Camagüey hubo debates, controversias, aplausos, decepciones y confirmaciones: esa es la imagen real de nuestra escena. No disimular sus defectos, preguntarse por las ausencias de quienes hace poco eran líderes, o recibir a los nuevos talentos, son gestos que nos hablan de una verdad más prístina.

En Camagüey hubo debates, controversias, aplausos, decepciones y confirmaciones: esa es la imagen real de nuestra escena. No disimular sus defectos, preguntarse por las ausencias de quienes hace poco eran líderes, o recibir a los nuevos talentos, son gestos que nos hablan de una verdad más prístina.

Y que debiera guiarnos a mejores acciones en pro de este arte tan condenadamente frágil. Saludé en la cita el regreso de Los Cuenteros, de San Antonio de los Baños, a un paisaje que conocen bien, con Aventura en Pueblo Chiflado. Y celebramos la manera sobria y amarga con la cual Teatro del Espacio Interior construye su metáfora en La panza del caimán. Los novísimos, representados con un café que acaso necesitaba mejor sentido de sí mismo y una locación menos árida, y una puesta como Aleja a tus hijos del alcohol, demandaron una atención que más allá de las fricciones generacionales, nos lleven a verlos como parte de este horizonte en el que ya hablan y coinciden con maestros que en su día fueron tan irreverentes como ellos. O no. Y de ese cruce proviene mucho de interés.

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Sin descanso, prácticamente, salí de Camagüey y me fui a Puerto Rico a participar en el Festival de la Palabra, una cita que ha crecido desde su primera edición, hace ya cinco años, y que ha puesto a esa nación en el mapa literario de América. Con extensiones a Nueva York, esta feria literaria me dejó conocer a una nación tan cercana, tan parecida y tan distinta, y abrazar a la nonagenaria Victoria Espinosa, una de esas grandes fundadoras a las que deberían darse honores como el Gallo de La Habana, por todo lo que asentó y dispersó como figura matriz de la escena de su nación y más allá. El paso a Nueva York me regaló otros tres espectáculos. Verlos me otorgó otra clase de placer, y al mismo tiempo me devolvió a pensar la escena nuestra, desde una nueva intensidad.

Por fin entré a Repertorio Español, el pequeñísimo teatro donde un grupo de personas muy persistentes lleva tantas décadas presentando montajes en este idioma. Es el veterano de aquellas compañías que desde fines de los 60 proclamaban la necesidad de que en ese país el teatro en nuestra lengua tuviera un sitio. Ahora fui a su sede, para ver la puesta de Aire frío que Leyma López ha dirigido en este 2014. Como piñeriano confeso, ir a ver un montaje basado en alguno de sus textos, es siempre una emoción innegable. Y si se trata de su obra cumbre, como lo fue ahora, todo se multiplica. La gran alegría de este montaje fue reencontrarme con Zulema Clares, actriz que por muchos años fuera la protagonista de los títulos anunciados por Argos Teatro, formada por Ignacio Gutiérrez, Carlos Celdrán y otros maestros. Desde hace un tiempo, ella es la actriz de cabecera de Repertorio. Y ahora ha asumido los parlamentos, la angustia, la risa, las manías, las majaderías y sobre todo el calor de Luz Marina Romaguera. Verla ante la máquina de coser me hizo pensar en Verónica Lynn, en Lillian Llerena, en Teresa María Rojas, en Isabel Santos y Miriam Learra, y en Yuliet Cruz, esas muchas mujeres que han sido este personaje, cuyas frases puedo repetir también en Nueva York, en ese teatro en el que alguna vez hizo títeres Pepe Camejo, y en el que Adria Santana y Abelardo Estorino también se robaron muchos aplausos.

Imagen: La Jiribilla

Los otros dos regalos, caros pero regalos al fin y al cabo, fueron dos musicales de éxito en Broadway: Hedwig and theangryinch y el revival de Pippin. El primero nació como un acto off-Broadway, interpretado por su autor, el actor y director de teatro y cine John Cameron Mitchell. La historia de este transexual alemán, estrella ignorada del rock and roll, sirvió de base al filme homónimo, centralizado por el propio autor, y que es uno de los más deslumbrantes debuts cinematográficos que recuerde. Ahora, esta pieza irreverente y desgarradora llega a la Gran Vía Blanca de la mano de Neil Patrick Harris, la estrella que era necesaria para tal salto. Y en el Belasco Theater fue el acontecimiento, aunque cuando llegué a él, tras varios meses de representaciones exitosas, quien interpretaba a Hedwig era ya Michael C. Hall, en reemplazo de Harris y de Andrew Rannells, quien siguió a aquel en la temporada que continuará hasta fines de enero. Hall es el deslumbrante actor que vimos en series como Dos metros bajo tierra y como protagónico en Dexter. Y no es una figura novel en Broadway, donde ya ha interpretado al Maestro de Ceremonias de Cabaret, amén de aparecer en Chicago. La puesta en escena, cosa rara en este circuito, se presenta en un solo acto sin intermedios, y en un set único. Hall está todo el tiempo en escena: sus cambios de ropajes ocurren ante el auditorio. Lo secunda un excelente conjunto de músicos y Lena Hall, como Yitzhak, rol por el que ganó el prestigioso Premio Tony, galardón que el montaje obtuvo como mejor revival del 2014. La dirección de Michael Mayer logra que todos los recursos de la escena dilaten el empeño del actor central, apoyándose en proyecciones y animación para un tema tan hermoso como “Origin of love”, o en el deslumbrante vestuario de Arianne Phillips. El paso a Broadway no arrebató a Hedwig su sarcasmo, su rabia, su lirismo ni su humanidad. Obra de culto, me hizo recordar las letras de sus prodigiosas canciones, y admirar mucho más a Michael C. Hall.

Pippin, por su parte, es uno de los grandes éxitos debidos a Bob Fosse. Regresa ahora, tras su larga temporada de más de 1,900 funciones en los años 70, en un revival que saca partido de su naturaleza experimental. Dirigida por Diane Paulus en TheMusic Box Theater, mezcla actores, cantantes y artistas de circo provenientes del Circo del Sol o de la también canadiense Los siete dedos de la mano en un empeño hermoso y seductor. La puesta consiguió el Tony en su categoría durante la entrega del 2013, y Pattina Miller, quien interpretaba al Maestro de Ceremonias, consiguió ese lauro. El primer acto es un derroche de imaginación e ingenio, resuelto mediante la fusión de esas expresiones en un ámbito sólido, al que la carpa azul y estrellada que sirve de fondo realza adecuadamente. La música de Stephen Schwartz sigue siendo eficaz. La fábula de la obra reinventa la biografía del rey Pipino el Breve, pero lo enfoca como un joven que sale al mundo en busca de sí mismo.

Estos dos espectáculos me deslumbraron, y me hicieron pensar en cómo lograr que Cuba se ponga en sintonía con la actualidad de un género que requiere dinero, infraestructura y actores y artistas especializados en un empeño tan virtuoso como el teatro musical, uno de los puntales del turismo en la Gran Manzana.

El segundo acto queda por debajo de lo antes visto, algo que acaso pueda achacarse al guion. En la función que vi el protagónico estuvo a cargo de Sam Lips, quien trabaja como understudy de Kyle Dean Masen. Y lamentablemente ya Pattina Miller no forma parte del elenco, aunque su sustituta, Carly Hughes, me permitió no extrañarla demasiado.

Estos dos espectáculos me deslumbraron, y me hicieron pensar en cómo lograr que Cuba se ponga en sintonía con la actualidad de un género que requiere dinero, infraestructura y actores y artistas especializados en un empeño tan virtuoso como el teatro musical, uno de los puntales del turismo en la Gran Manzana.

Los pasos que se dan en esa dirección entre nosotros tendrán que acelerarse. Hay mucho que aprender. Lástima que el contacto directo con lo mejor de esta expresión nos sea tan vedado.

Imagen: La Jiribilla

Y en Miami me esperaba el último regalo como espectador del año fuera de Cuba. Ahí, gracias a FUNDarte, pude ver en el Black Box del Miami Dade County Auditorium al grupo chileno Teatro en el Blanco con La reunión, la puesta que ahora los tiene girando por tantos escenarios. Reencontrarme con los miembros de esta compañía, a los que aplaudimos en La Habana cuando triunfaron aquí con Neva y Diciembre, era un lujo que no quería perderme. Aquellos espectáculos, escritos y dirigidos por Guillermo Calderón, nos revelaron a tres talentos en perfecta sincronía, que devolvían al hecho escénico su verdad más despojada: la del actor manejando ideas y deseos en una dimensión trascendental, que no pacta con sentimentalismos fáciles ni con aderezos innecesarios. Quienes vivieron algunas de esas representaciones, sabrán lo que digo. De ahí que presenciar La reunión, escrita y dirigida por Trinidad González reactivó aquella impresión y dejó saber que los integrantes de Teatro en el Blanco pueden seguir rumbo con proyectos no menos intensos que los ya aplaudidos. Ahora, imaginando el diálogo entre Isabel de Castilla y Cristóbal Colón, quien regresa a España cargado de cadenas y acusado de excesos y abusos de poder en las tierras que descubriera a la Corona, Jorge Becker y la propia Trinidad (el papel de la Reina lo interpreta también Paula Zúñiga, aunque no en esta ocasión) desatan una representación tensa, veraz, que no pacta con versiones de museo, y que acerca esos rostros a la propia biografía de esos actores y de sus compromisos con el teatro. Una y otra vez se violenta la imagen para saltar sobre épocas y referencias, en un manejo consciente y controlado de tal provocación, para que sintamos el eco de esa conversación recuperada hasta nuestros días, defendida con el pulso vibrante que caracteriza a este colectivo. La reunión es más que esa superficie, y no necesita más que una mesa, una silla de ruedas, y un público expectante. Hacia el final de la puesta, se introduce un elemento más, que puede resultar polémico, en tanto altera las fórmulas que hasta ese momento el espectáculo ha desarrollado. Pero eso es también parte de lo que Teatro en el Blanco no quiere que recibamos mansamente. Una manera más de recordarnos que antes que lágrimas o aplausos rendidos, quiere dejar en nuestra cabeza interrogantes e incomodidades mucho más poderosas. Ojalá pueda este montaje traerlos de vuelta a La Habana, donde tanto se les admira y se les quiere. En eso ya estamos trabajando.

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Cerrando el año, este es el álbum de lo que probablemente recordaré. A la vuelta de mi viaje, en el que también disfruté de Skeletons, el nuevo espectáculo que Manuel Morán, el actor y titiritero puertorriqueño radicado en Nueva York estrenó con su Teatro SEA: un grupo que lleva un admirable trabajo para niños y adultos desde una relación intensa con su comunidad, me encontré con otros montajes. Entre ellos, La pasión desobediente, el texto de Fulleda León que rescata a la Avellaneda como mujer de pasiones encontradas. Gina Caro se entrega a este personaje con toda su experiencia, y tras muchos obstáculos, lo llevó a la sala Raquel Revuelta. La dirección de Milva Benítez insiste en una cadena de acciones no naturalista que a ratos se siente forzada. Espero que el diálogo entre estas dos mujeres nos deje ver otros estrenos, nacidos de la mezcla de sus intereses y talentos.

Tuvimos una semana de teatro noruego, y otra de teatro polaco. Habría que ver cómo, más allá del compromiso de puro calendario, emanan de esas iniciativas espectáculos perdurables, en tanto resultado de acuerdos genuinos y no solo de encargos que luego no siempre perduran en la memoria o en la programación.

Tuvimos una semana de teatro noruego, y otra de teatro polaco. Habría que ver cómo, más allá del compromiso de puro calendario, emanan de esas iniciativas espectáculos perdurables, en tanto resultado de acuerdos genuinos y no solo de encargos que luego no siempre perduran en la memoria o en la programación.

La Segunda Bacanal de Títeres para Adultos venció a la lluvia pertinaz y a problemas de producción y promoción para hacerse sentir en varios espacios. De lo visto ahí, ya destaqué el trabajo de Las Estaciones, y acudí a ver el Shango de Ima que a partir del texto rotundo de Pepe Carril estrenó Teatro Océano. Es un trabajo que supera los pasos anteriores del colectivo, y que tiene que vérselas con el mito del espectáculo que desde el Teatro Nacional de Guiñol levantó esa obra por vez primera en nuestra escena. A diferencia de aquella, aquí la figura animada es primordial. El rol protagónico va de un actor a otro, en pos de dinámicas más interesantes. Se advierte que el grupo estaba consciente del riesgo y que procuró referentes para tal lidia. Aún requiere de mayor entrenamiento actoral, de una fusión más orgánica entre canto y baile, de un sentido dramático que mantenga la expectativa hasta el final. Concebido en una cámara blanca, deja a un lado las proposiciones de teatro negro que el autor indicó. Shango de Ima, un texto que exige su regreso a las antologías de nuestra dramaturgia más lograda, demuestra, por encima de detalles o insuficiencias, el por qué de su leyenda también con este montaje.

El 2015 ya está ahí, como un escenario posible. Espero ver en los próximos meses espectáculos que me debo, como el estreno de Los Hijos del Director, la compañía que el coreógrafo George Céspedes ha creado. Espero eso y más, que mi colección de imágenes teatrales crezca. Veamos qué pasa con Rent, el musical que viene desde Broadway en un proyecto de colaboración que ojalá ayude al género entre nosotros. Y qué pasa con los grupos que no dan señales de vida real, junto a aquellos que sí se mantienen en lucha constante. Son numerosas las preguntas. Ojalá podamos responderlas con muchos y mejores espectáculos.

Comentarios

Gracias NORGE, por esa reseña tan puntual, nos hace tener un panorama amplio e interesante de la escena de tu pais, y nos acerca a nuestros amigos y colegas titiriteros de las estaciones, siempre infatigables y laboriosos. Te envio un abrazo desde Guadalajara, MÉXICO.

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