Motivos para el regocijo

Frank Padrón • La Habana, Cuba

En el año que se despide, el cine cubano celebró en grande. Resulta un índice saludable el hecho de que, en la más reciente edición del Festival de diciembre, haya habido una considerable representación del patio, lo cual hacía muchos años no ocurría.

Pero lo más importante es que, criterios personales a un lado, la mayoría de los filmes detenta un indiscutible decoro, que habla también alto de la consolidación de una industria, de un imaginario.

Imagen: La Jiribilla

Es un hecho nada insignificante el que varios corales del aludido evento fílmico, así como no pocos premios colaterales −que otorgan diversas instituciones tanto nacionales como foráneas− hayan recaído en películas cubanas; a saber: Vestido de novia (Marilyn Solaya), Conducta (Ernesto Daranas), La pared de las palabras (Fernando Pérez) y el guion inédito de Carlos Lechuga Santa y Delfín .

Y si ello ocurrió en la ficción, el documental no quedó detrás; también fueron reconocidos Viaje al país que ya no existe (Isabel Santos) y La isla y los signos (Raydel Araoz).

Al margen de lauros, considero que el principal de todos es el que ha tenido en el más amplio público la mayoría de los filmes exhibidos este año: estrenado en el primer trimestre de 2014, Conducta resultó un acontecimiento sin precedentes en cuanto a recepción multitudinaria y masiva.

Al margen de lauros, considero que el principal de todos es el que ha tenido en el más amplio público la mayoría de los filmes exhibidos este año: estrenado en el primer trimestre de 2014, Conducta resultó un acontecimiento sin precedentes en cuanto a recepción multitudinaria y masiva, algo que trascendió literalmente las barreras nacionales para imponerse en prestigiosos festivales internacionales.

Así mismo ocurrió con otros filmes durante ese acontecimiento de masas que siempre implica el festival; Vestido de novia obtuvo el premio de la popularidad seguido bien de cerca por Fátima o el parque de la fraternidad (Jorge Perugorría).

Volviendo al documental, fueron muy bien recibidos por crítica y público los títulos: Canción de barrio (Alejandro Ramírez Anderson), Never ever, neverland (Marina Ochoa), Me dicen Cuba (Pablo Massip), Ángeles y demonios andan juntos (Lourdes Prieto), Reembarque (Gloria Rolando) y  Mujeres… la hora dorada (Ingrid León).

Imagen: La Jiribilla

Si esto ocurre con los largos o mediometrajes en cualquier género, pero con un apoyo institucional que procede del organismo central (ICAIC) −con la excepción del filme de Fernando Pérez, producción independiente− algunos de los cortos realizados por los bisoños agrupados en torno a la Muestra Joven se han hecho sentir en eventos provinciales y nacionales, más allá incluso del concurso que implica ese evento; entre ellos: Buey (Carlos Machado), Miénteme bien Jackie Chan (Grethel Castillo y Adolfo Mena), Molotov (Irán Hernández), Velas (Alejandro Alonso), entre otros.

Respecto a temáticas, el cine cubano mostró una diversificación importante, al proseguir una línea de amplitud e inclusivismo que ya se viene haciendo  sentir en los últimos años.

Respecto a temáticas, el cine cubano mostró una diversificación importante, al proseguir una línea de amplitud e inclusivismo que ya se viene haciendo  sentir en los últimos años.

Los títulos apuntados, al margen de sus géneros, y del nivel de logros, detentan una pluralidad de temas y enfoques que demuestra la libertad creativa y expresiva de que gozan nuestros cineastas; deben agregarse a esta lista un filme de ciencia ficción (Omega 3, de Eduardo del Llano) y otro procedente del teatro (Contigo pan y cebolla, de Juan Carlos Cremata basado en la pieza homónima de Héctor Quintero), este último pre estrenado por estos días y listo para obtener una proyección comercial generalizada a principios del año próximo.

Aunque se hace imposible reseñar todo lo que 2014 ha traído en materia de cine, −algunos incluso pueden consultarse en estas mismas páginas por haber sido comentados en los momentos de su estreno− propongo a continuación algunas consideraciones sobre dos de esos títulos que han figurado entre los más aplaudidos; me refiero a la ficción Vestido de novia y al documental Me dicen Cuba.

Una ópera prima vestida de largo

Mención de honor del jurado en la edición recién finalizada del festival y como decía, premio del público en el certamen, la ópera prima de Marilyn Solaya demuestra el buen paso que lleva la cineasta.

Imagen: La Jiribilla

Después de su documental En el cuerpo equivocado —también ya abundantemente comentado—, lanza ahora su debut en la ficción con Vestido de novia (2013), la cual ella prefiere definir, no como «una película de trans», sino como «una historia de amor», más allá de las tendencias sexuales. Sin embargo, no puede negarse que, pese a las connotaciones indiscutiblemente universales que detenta su filme, las identidades eróticas tienen un inmenso peso diegético en una historia donde lo social, más que influir, condiciona y ayuda a entender el comportamiento de los personajes y el rumbo de las situaciones.

Rosa Elena y Ernesto son una pareja armónica. Ella, enfermera, alguna que otra vez canta en un coro masculino —reminiscencia de un pasado en el que fuera Alejandro—; él, obrero de la construcción, machista pero cariñoso, un (mal) día descubre el pasado de su cónyuge, lo cual lo pone en entredicho ante su colectivo laboral.

Como subtramas, amistades y compañeros de trabajo (Sisy, trans y amiga de la protagonista, es uno de los personajes más vigorosos) que entretejen un relato donde las (des)lealtades, la doble moral, los prejuicios, las (homo/trans)fobias enlazan también corruptelas de todo tipo —trampas, robos, desvíos de recursos…—, abusos y manipulaciones del poder, desigualdades sociales y apariencias que engañan… hasta un momento en que explotan dentro de una trama que, rica en peripecias y vericuetos, se ubica con profundo conocimiento de causa en el contexto —La Habana, 1994: año más duro del llamado Período Especial— y rastrea con agudeza las singularidades de esa compleja etapa dentro de un equilibrado registro que, no por su gravedad rayana en lo trágico, deja de ofrecer momentos de amargo y bien insertado humor.

Ello, claro, no evita ciertos traspiés en la dramaturgia —elipsis quizá demasiado abruptas, giros que requerían mayor desarrollo…—, pero Solaya nos entrega una historia conmovedora, acusadora y apta para todas las sensibilidades, con un supraenunciado clarísimo: el amor entraña desafíos y requiere mucho valor, está más allá de las identidades, vence prejuicios y fobias, y logra triunfar si pasa por encima de todo aquello que (tanto) amenaza con aplastarlo.

Imagen: La Jiribilla

Colaboradores muy profesionales, como Rafael Solís (fotografía), X Alfonso (música) y una batería de experimentados actores que entregan lo mejor de sí —Laura de la Uz, Luis Alberto García, Isabel Santos, Jorge Perugorría, Mario Guerra, Pancho García…—, complementan los méritos de esta hermosa y contundente historia que, aunque ciertamente trasciende el tema de la otredad sexual, aporta no poco a su desarrollo en nuestro cine.

Más allá del pentagrama

El cine cubano estuvo de siempre vinculado a la música. Antes de 1959 coproducciones con México y títulos completamente nuestros potenciaron la fuerte esencia musical de la cultura cubana y el sentido de pertenencia que el criollo le confería.

Con la Revolución, la creación del ICAIC potenció aún más estos vasos comunicantes.  Resulta significativo cómo, además de aquella experiencia irrepetible y maravillosa que significó el Grupo de Experimentación Sonora (Gesi), la vanguardia cubana se incorporó a la gestión fílmica estampando su sabiduría sonora a nuestras nuevas películas.

Fariñas, Gramatges, Ardévol y Blanco darían paso a Brouwer, Valera, Guerra, Sergio Vitier, Duchezne Cuzán junto con los trovadores y músicos que integraron después el Gesi, lo cual tuvo su continuidad en el otro Vitier, Daly,  Edesio, Beatriz Corona, X Alfonso, Magda/Leyva y algunos más.

Aunque la ficción casi siempre ha vestido de largo en cuanto a músicos importantísimos diseñando la solfa, no menos lo ha sido el documental: valga señalar aquí  al maestro Santiago Álvarez, desde esos años iniciales, en cuyos documentales y noticieros, verdaderas crónicas sobre el Tercer Mundo o la cambiante realidad cubana, empleó una rica banda sonora donde la música de esta región fue componente fundamental.

Aunque la ficción casi siempre ha vestido de largo en cuanto a músicos importantísimos diseñando la solfa, no menos lo ha sido el documental: valga señalar aquí  al maestro Santiago Álvarez, desde esos años iniciales, en cuyos documentales y noticieros, verdaderas crónicas sobre el Tercer Mundo o la cambiante realidad cubana, empleó una rica banda sonora donde la música de esta región fue componente fundamental.

La “no ficción” específicamente musical −sobre cantantes, compositores, músicos, agrupaciones o movidas en ese terreno− ha proliferado desde los inicios del ICAIC, sin contar no pocos de otras temáticas donde la música ha resultado elemento protagónico.

Por ello no es nada casual que fuera un documental de ese tipo el elegido para festejar el nuevo aniversario de ese organismo que tanto impulso ha dado a ellos, y en general, a las excelentes relaciones entre ambas artes: Me dicen Cuba, de Pablo Massip, es no solo homenaje a músicas y músicos de las más diversas tendencias y estéticas (elocuentes del propio mapa que constituye la cubanía), algo más que un homenaje a personas concretas, sino festejo y reafirmación: testimonio, más que musical, de profesiones benditas, fe de vida que salta de las corcheas a las imágenes y habita en la experiencia compartida de más de un espectador agradecido.

Que la “no ficción” ensaye cada día formas más “contaminadas”, que lo emparientan con la ficción, que incorpore técnicas de animación y otros recursos que lo sitúan en la frontera de los géneros artísticos −como cada vez más ocurre con el cine todo−, no implica en lo absoluto que el optar por una morfología más tradicional lo  haga menos legítimo.

Imagen: La Jiribilla

Es el caso de Me dicen Cuba (2014), filme de Pablo Massip (Siempre seré tuya) que recoge la grabación de un CD en homenaje a un aniversario cerrado de la Egrem. Concebido inicialmente como un “making off” sobre los procesos de realización del disco, el  cineasta se percató de que tenía en sus manos un material mucho más rico e inclusivo.

“Me di cuenta −declaró en una reciente entrevista1− de que no debía dejar escapar la oportunidad de entrevistar a representantes de la vanguardia de la música contemporánea cubana para indagar sus motivaciones al involucrarse en este proyecto. A partir de la idea de Digna Guerra y Baby Lores de hacer un audiovisual que complementara el disco, José María Vitier propuso que se hiciera con el ICAIC, idea que fue de inmediato acogida por la dirección del instituto, que a su vez me invita a dirigirlo cuando me encontraba aun realizando el documental sobre Rosario Cárdenas”.

A propósito de este, ya Massip había dado muestras de una peculiar sensibilidad para moverse en los terrenos presuntamente inatrapables del arte y la literatura, lo cual sin embargo arrojó resultados suficientemente estimables −y aprehensibles− en esa ocasión al mezclar los varios registros en que se trasmuta un poema virgiliano: de la letra impresa al ballet (a cargo de Rosario Cárdenas y su innovadora Danza Combinatoria), de este en un salto definitivo y aglutinador, al cine.

Con Me dicen… Massip es menos ambicioso; aspira si acaso a dejar el testimonio de los artistas involucrados en el proyecto-homenaje (que al incluir textos musicalizados de los cinco héroes se tornó a su vez, homenaje a ellos) mediante una entrevista donde la mayoría responde al mismo cuestionario, lo cual alterna con segmentos de sus participaciones directas en el proceso de grabación.

Debe confesarse que el resultado, que goza de una indiscutible dignidad, también detenta limitaciones que le impiden un mayor vuelo estético; primeramente, se echa de menos una presencia más incisiva de la música propiamente dicha: se percibe demasiado el sesgo, la fragmentación, que apenas permite hacerse una idea de lo que graban los músicos, constituyendo ello, sin embargo, la columna vertebral del texto cinematográfico.

Por otra parte, la estructura, que alterna invariablemente declaraciones con tales segmentos musicales, genera una estructura que, para seguir hablando en términos de “letra y solfa”, se torna monocorde; quizá una mejor estrategia discursiva hubiera incluido mayores partes de las canciones y editado ciertos testimonios que, a la verdad, no aportan demasiado al conjunto e incluso reiteran enfoques en los temas, o no trascienden el lugar común.

Imagen: La Jiribilla

Claro que esto era un riesgo con el que se contaba; aunque la estatura artística de todos los convocados, desde sus diferentes poéticas musicales, es incuestionable (a los Vitier, Digna, Lores y Alexander Abreu −quien prestó la pieza-tema del filme−, gestores del proyecto, se suman desde consagrados como Frank Fernández, Amaury Pérez, Juan Formell, Kiki Corona, Vicente Feliú, Paulo FG y Lázaro García, hasta noveles pero ya muy respetables como Raúl Paz, Yadira Estruc, Luna Manzanares, Vania Borges y Eduardo Pérez) no todos responden con el  mismo nivel de profundidad y sabiduría a las preguntas, si bien por otra parte, todos los hacen con honestidad.

Ello también redunda en los resultados del documental, el cual, por otra parte, se ensancha respecto a los límites más o menos definidos de los que partió, a una indagación acerca de universales como la familia, la paz, la patria, el heroísmo, el amor, la amistad…

Tampoco la planimetría y el trabajo  de la cámara trasciende la praxis ad usum: el primer plano, medio o americano para los entrevistados, y una casi perenne fijeza en el punto de vista de la cámara no  mejoran la visualidad en el filme, que sí tiene a bien enriquecer tanto lo concretamente testimonial como la música mediante imágenes que nos muestran en tanto país, con vistas variadas de su emblema acaso más conocido, la capital (día a día, gentes, calles…) , gracias a una edición eficiente.

Pese a las señaladas limitaciones Me dicen Cuba es un documental para agradecer. Además de pertenecer a esa honorable tradición dentro de la  documentalística  en torno a la música −como se sabe, uno de nuestros más ricos patrimonios culturales− el  texto fílmico se inserta en un tipo de cine que pudiéramos llamar antropológico, y que en momentos como los que se vive hoy −desvalorizaciones éticas, falta de perspectivas, consumismo dentro de un mundo que cada vez apunta más a la unipolaridad− defiende un grupo de valores, muchos erosionados o no suficientemente cultivados incluso entre nosotros, que como gesto cultural, más que cinematográfico, merece aplauso y reconocimiento.

Bien se sabe que, aun cuando no sea siempre un dechado en cuanto a cultura e instrucción personal,  un artista es un ser que lidera opiniones, que crea estados de ideas: el hecho que un buen grupo de los más significativos en la música cubana se manifieste sobre aspectos esenciales de la sociedad, el ser humano, la vida, contextualizado en el espacio que compartimos, es algo a valorar extraordinariamente.

Pablo Massip −con el Icaic de cómplice− ha tenido la aplaudible idea de rastrear palabras y criterios que bien pueden resultar −al menos muchos de ellos− paradigmáticos sobre todo para las nuevas generaciones; lo que confiere, per se, valor añadido a Me dicen Cuba, un voto, además, por la consolidación identitaria, unos granos de arcilla a ese proyecto de nación que se forja y forma desde hace tantos siglos, y que no podemos dejar adelgazar, ni mucho menos fenecer. La música, ese poderoso estandarte nuestro, con el cine como eterno aliado y compañero de causas, se suma una vez más a tan noble empresa.



Nota:
1. Cecilia Crespo: “Entre la intimidad y el virtuosísimo”, en: Cartelera de cine y video, La Habana,  marzo 2014, número 101 

 

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