Danzar en 2014,
una alentadora diversidad

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

A lo largo de 2014 la danza escénica en Cuba ha mostrado una alentadora diversidad de propuestas. El ballet, la danza moderna y (o) posmoderna en sus diferentes vertientes, así como los proyectos asociados a la preservación y reelaboración artística de la tradición folclórica, han ofrecido al público muestras muy alentadoras de su quehacer.

Imagen: La Jiribilla

El Festival Internacional de Ballet de La Habana llegó a su edición vigésimo cuarta. Esta vez estuvo dedicado al 450 aniversario del natalicio de William Shakespeare. Hubo una apreciable muestra de invitados extranjeros, entre ellos se destacaron el Ballet Hispánico de New York y el Ballet Estable del Teatro Colón de Buenos Aires. Los espectadores pudieron tomar contacto con creaciones de coreógrafos extranjeros como es el caso de Annabelle López Ochoa quien sorprendió a público y crítica con sus montajes: Celeste sobre el Concierto para violín y orquesta opus 35 de Chaicovski y, sobre todo, Sombrerísimo, pieza basada en una obra del pintor surrealista belga René Magritte, a partir de la cual se desarrolla un movimiento de carácter lúdico como modo de reflexión filosófica, muy bien desempeñado por la agrupación neoyorkina.

La compañía anfitriona, el Ballet Nacional de Cuba, tanto durante el evento como en sus habituales temporadas habaneras y giras internacionales, se ha destacado en la presentación de clásicos como Giselle, Don Quijote, La bella durmiente y El lago de los cisnes. La troupe cuenta en la actualidad no solo con excelentes primeras figuras como Viengsay Valdés, Ernesto Delgado y Sadaise Arencibia, sino que hemos presenciado el ascenso de otras sumamente prometedoras como Grettel Morejón y Camilo Ramos. Hoy por hoy, la agrupación dirigida por Alicia Alonso ofrece una excepcional formación técnica y sus puestas en escena, caracterizadas por el cuidado estilístico y el respeto a la tradición académica, la mantienen en la primera línea de los espectáculos danzarios del mundo.

Sin embargo, es preciso señalar que en materia de creación coreográfica, el Ballet no ha logrado renovar los laureles del período 1960-1990, época dorada en que no sólo llegó a su cenit la creación artística de Alberto Alonso, sino que surgieron y se desarrollaron al menos tres coreógrafos excepcionales en su seno: Alberto Méndez, Iván Tenorio y Gustavo Herrera. Ellos lograron que la creación contemporánea autóctona alternara en los programas con los grandes clásicos y piezas como: Tarde en la siesta, Rítmicas, Dionaea fueron reconocidas como auténticas expresiones danzarias cubanas.

En los últimos años, la labor coreográfica del BNC no ha sido ni remotamente semejante en número y calidad. En este sentido se impone una renovación, una apertura a la experimentación y al intercambio con lo más novedoso del panorama mundial, tal y como ocurrió en el seno del Ballet en sus primeras décadas de existencia.

En los últimos años, la labor coreográfica del BNC no ha sido ni remotamente semejante en número y calidad. En este sentido se impone una renovación, una apertura a la experimentación y al intercambio con lo más novedoso del panorama mundial, tal y como ocurrió en el seno del Ballet en sus primeras décadas de existencia.

No sería justo dejar de recordar la visita en el mes de julio de un grupo de primeras figuras del Ballet Nacional de China, quienes se presentaron junto al Ballet Nacional de Cuba en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional y su singular desempeño nos ayudó a conocer como este arte de tradición europea se aclimata en una nación de culturas milenarias y ofrece frutos inesperados.

A partir de la tradición y el vocabulario de la danza española, dos proyectos han ofrecido espectáculos muy convincentes, en primer término la compañía de Liz Alfonso, quien ha llegado a una sensible madurez creativa, que le permite ir más allá de la suite de danzas regionales, para conformar propuestas de gran formato que entremezclan los lenguajes de varias artes con mucho acierto. La labor pedagógica de Alfonso, rigurosa y no limitada a las clases técnicas, se ha convertido en paradigmática y basta con conocer a algunas de sus discípulas para descubrir que estamos ante una pedagoga de altos quilates. Por su parte, Irene Rodríguez ha logrado con un puñado de intérpretes mostrar una interpretación fina y personal del arte de tradición hispánica unido a una muy criolla noción de mestizaje, animada por una coherente espiritualidad. Se trata de una carrera ascendente que es preciso seguir y animar.

 

Imagen: La Jiribilla

No todo lo positivo en la labor danzaria se ha concentrado en La Habana. Baste con dirigir la mirada a la ciudad de Holguín para contemplar los resultados no solo de una compañía moderna como Codanza, sino el ambiente creativo que en torno a este y otros proyectos han servido para animar el trabajo con el ballet y la danza moderna, hasta el punto de que al hacer el balance del quehacer cultural en ese territorio es preciso colocar el baile escénico junto a la creación literaria, el teatro lírico y las artes plásticas, hasta ahora los baluartes más notables de la cultura en la región.

El Ballet Folclórico de Camagüey ha llevado a escena uno de sus proyectos más ambiciosos, la versión escénica de Sab, novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda en el bicentenario del natalicio de la escritora. Se trata de una obra extensa, capaz no solo de narrar el drama sentimental de este libro antiesclavista y antirracista, sino de bailarlo con hondo respeto por el ámbito musical, coreográfico y plástico de la época en que se desarrolla. La compañía, dirigida por el maestro Reinaldo Echemendía, a la vez músico de buena formación académica, investigador del folclor principeño y coreógrafo, demuestra que es posible lograr resultados de apreciable alcance artístico a partir de un hondo conocimiento de la tradición local si a este se une un desprejuiciado contacto con el quehacer del resto del mundo.

Imagen: La Jiribilla

Es imposible fijar en estas líneas no ya todo, ni siquiera la mitad de las propuestas danzarias del año, pero aún a riesgo de parecer injusto con ciertas compañías grandes y estables que tuvieron temporadas y giras destacadas en el año como Danza Contemporánea, Conjunto Folklórico Nacional y el Ballet de Camagüey, quiero cerrar estas líneas con un reconocimiento para el encuentro de Danza Callejera, animado una vez más por la compañía Retazos que dirige la maestra Isabel Bustos. Participantes de diversas provincias cubanas, junto a invitados extranjeros, tomaron las calles de nuestra vieja ciudad para sorprender a sus transeúntes con su quehacer. Este irrumpir y a la vez insertarse en el entramado urbano, impregna de arte la ciudad, educa a ese público cautivo por un instante y dota de espontaneidad y espíritu juvenil a los artistas participantes. Esta danza fuera de los escenarios y los ámbitos cerrados airea el quehacer coreográfico y contiene en sí muchos elementos vitalizadores que animarán nuestro baile en años venideros.

Entre las pérdidas sufridas por este arte en el año, destaco la que me parece más dolorosa: Iván Tenorio, coreógrafo vinculado en sus orígenes al teatro y la danza moderna, hombre sensibilidad artística fuerte y desprejuiciada, nos legó obras memorables como Rítmicas, La casa de Bernarda Alba, Leda y el cisne, Hamlet y más recientemente Virgiliando, en homenaje al centenario del escritor Virgilio Piñera. Había obtenido en 2007 el Premio Nacional de Danza. Será preciso desafiar la obra del tiempo para que su legado no se pierda.

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